martes 17.09.2019
ESCRITORES

La nueva poesía y los retos del siglo XXI

La nueva poesía y los retos del siglo XXI

En el último año he tenido dos oportunidades para reflexionar en voz alta sobre la poesía de hoy y sobre la perspectiva que se apunta al final de la segunda década del siglo. En Granada, con motivo del coloquio internacional sobre la nueva poesía en la era digital celebrado en diciembre del pasado año, y la conferencia inaugural de la feria del libro poético Expoesía 2019, impartida en Soria el último agosto. La primera intervención fue enriquecida con reflexiones posteriores, que se incorporaron al texto definitivo, el leído en la ciudad machadiana. Eliminados los formulismos protocolarios, la he convertido en un artículo que, confío, nos ayudará a acercarnos a una realidad como la poética, no por minoritaria menos decisiva a la hora de evaluar el estado de salud de una etapa cultural. Vayamos a ello.


UN POEMA Y UNA ANÉCDOTA

Antes de entrar en materia, o quizá como elementos básicos para entrar en materia, voy a leer un poema y a contar una anécdota. Ambos hablan, directa o indirectamente del futuro y sus retos. Ahí va el poema:

Cómo recuerdo las quebradizas tristezas,
escondidas en las grutas de mi memoria
ya siempre muertas.
Cuánto deseo las torpes nubes,
desde ahora temidas.
Golpearán rotos y triunfales
sus golpes porque habrá empezado
el instante de no llorar.
Junio quería matarme y el ruido
acabó en cobarde
Hablarán acabados y oscuros
mis gritos porque habrá amanecido
el día de no temer

La pregunta que haría a un lector atento es si identifica a su autor. Casi seguro que no. A esa pregunta añadiría otra: ¿Es un buen poema? No parece fácil la respuesta. El lector solo sabe que en él se quiebra el lenguaje convencional, por lo que podría ser un texto vanguardista. Y, ¿qué diría de él un avezado crítico o un profesor? No lo sabemos. Lo cierto es que ninguno de esos tres interrogantes tendría una respuesta nítida. Bien, revelemos el secreto: el poema no tiene autor, ha sido escrito por una máquina. Por una computadora. Es decir, que no es descabellado pensar que, en este siglo XXI pueda haber editoriales o plataformas digitales (pensemos en Amazon) dispuestas a comercializar libros de poemas escritos por máquinas en los que el autor, el poeta, haya desaparecido o sea, pura y llanamente, un personaje inventado. 

Hasta aquí el poema. Vayamos a la anécdota:

Diciembre de 2018, Granada, después de una de las sesiones del “Coloquio “Poéticas en las redes sociales. La nueva poesía española en la era digital”, celebrado en la Universidad, coincidimos en la cena varios intervinientes, poetas unos, profesores otros y dos, llamémosles, representantes de la llamada parapoesía, jóvenes youtubers que venden decenas de miles de ejemplares de libros de versos y que están generando un polo de referencia para los más jóvenes. Uno de ellos es muy conocido en ese ámbito por haber sido lanzado en un programa de televisión de máxima audiencia. En medio de la conversación, me preguntó si le podría aconsejar un buen taller literario porque quería familiarizarse con las formas clásicas y aprender la técnica de escritura. Yo le cité algunos y le dije que un poeta debía conocer y dominar esas técnicas destacando que en una estrofa clásica como el soneto se podría contener toda la modernidad e innovación del mundo y toda la profundidad de nuestro pensamiento. Dije “Por ejemplo, José Hierro con dos palabras, todo y nada, escribió una obra maestra en forma de soneto”. Asintieron quienes estaban a mi alrededor y los dos youtubers me miraron desconcertados y en silencio. Al poco, uno de ellos le dijo a otro ¿José Hierro? ¿Te suena?  El otro se encogió de hombros y negó con la cabeza. Después, seguimos cenando y hablando de poesía y de poetas: ninguno de los youtubers tenía noticia de Blas de Otero, o de Claudio Rodríguez, o de Rosales, o de clásicos como Lope, Garcilaso o Rosalía de Castro. Los poetas que reconocían haber leído eran Ángel González y Benjamín Prado (deduzco que algunos poetas más de la órbita y el entorno de este último estarían en su particular catálogo de lecturas). Es decir, autores que están vendiendo, hasta en los supermercados, decenas de miles de libros de versos, reconocieron carecer de un fondo de lecturas y de una memoria literaria y poética que hasta ahora hemos considerado básicos, imprescindibles para abordar la complejidad de un poema o para acceder al patrimonio poético acumulado a lo largo de los siglos, fuente de aprendizaje y de conocimiento no solo poético. Retengamos el dato.

DEL UNIVERSO PAPEL AL MUNDO DIGITAL

Esas dos anécdotas, que hablan de una realidad que va ocupando cada vez más espacio en el nuevo siglo, invitan a evocar un tiempo no demasiado lejano. Lo haré en forma de cuento: hace cuarenta años yo tenía veintipocos. Ser escritor entonces era adentrarse en un mundo presidido por el papel, la estilográfica. el bolígrafo y la máquina de escribir. Las revistas, los diarios, los suplementos literarios, los libros, las plaquettes, la publicidad, los folletos…. Incluso las invitaciones a lecturas, presentaciones o jornadas…, todo era papel. Tinta y papel y un mundo literario que se había modificado muy poco desde el siglo XVIII. Solo la radio y a veces la televisión ayudaban a ese mundo a conectar con públicos más amplios. Los contactos entre autores eran por teléfono (fijo, por supuesto), o en citas en cafés y tertulias. Y siempre con un tiempo de reflexión de por medio. Éramos otros y era otro el mundo.

Recuerdo que en aquellos años la poesía en España salía del dominio novísimo, del culturalismo neobarroco, para adentrarse en un nuevo realismo volviendo la mirada a los poetas del 50, a Antonio Machado, a algunos poetas críticos como Blas de Otero a Pepe Hierro, a la Italia post neorrealista (Pavese, Pasolini sobre todo) y caminando hacia una pluralidad estética impensable sólo una década antes. Por supuesto, toda la reflexión, toda la creación poética circulaban en papel.

A finales de los ochenta, llegaron los ordenadores. Y los móviles. Contemplados con desconfianza al principio, como enemigos a batir o a ignorar, fueron abriéndose paso en nuestra vida. Y a condicionar la relación de los autores con los lectores. Y la relación entre autores. Y el modo de leer. Y de escribir. El blog, el libro electrónico, las redes sociales, las revistas digitales y los diarios….  Y, por supuesto, el correo electrónico, los e-mails…. De manera gradual, el mundo de tertulias, invitaciones en papel, visitas al maestro o a la maestra (recuerdo los encuentros en la Plaza de la Villa con Luis Mateo Díez y, más atrás, las visitas casi obligadas a Vicente Aleixandre en su exilio interior de Velintonia) fue, en parte sustituido y en parte complementado, por una realidad virtual, por el llamado ciberespacio… Hasta configurarse dos mundos poéticos en paralelo e interrelacionados. El mundo nuevo viene con Internet y, en gran parte, tiende a convertirse, en lo esencial, en mercado; el viejo se mantiene todavía y a duras penas intenta sobrevivir o recuperar espacio. El mercado, para este mundo, no es lo esencial.  

DEFENDER LA POESÍA

En ExPoesía se habló, sobre todo, de poesía, de los nuevos retos. Aunque subrayaré los grandes desafíos que los poetas, como el conjunto de la sociedad y, de modo especial, los intelectuales, tienen ante sí en ese horizonte, a mi juicio es necesario partir de uno esencial, vertebral. Me refiero a un desafío “interior”, que forma parte del sentido último de la propia poesía como voz de la conciencia y como lenguaje extremadamente singular y que se deriva de cuanto llevo contado. Los poetas, el llamado “mundo poético” en su conjunto, ha de hacer frente a la triple eventualidad (¿al triple peligro?) de la desaparición del poeta a manos de la tecnología (“poesía” de máquinas), de la trivialización del texto poético en el mundo virtual y en las redes, y del borrado de la memoria literaria, poética, artística, sobre la que se asienta la poesía contemporánea, la tradición letrada.  

La responsabilidad primera de los poetas es salvar la poesía de las amenazas que acompañan su presencia en el ciberespacio

En otras palabras: la responsabilidad primera de los poetas es salvar la poesía de las amenazas que acompañan su presencia en el ciberespacio. Igual que la naturaleza es un bien a proteger, lo es también un intangible básico para el desarrollo cultural como la poesía. Una parte, y no menor, de ese abanico de amenazas está representada por esa, llamémosla, poesía pop tardo adolescente (en palabras de Martín Rodríguez-Gaona), subprosa (calificación de Antonio Rivero Taravillo), o para poesía, según Luis Alberto de Cuenca, que se lee y difunde en las redes, desde Facebook o Twitter hasta Instagram, que nació en los blogs, se coló, mezclándose con otros contenidos, en You Tube, y acabó encontrando en el libro, un artefacto tan tradicional como la estilográfica, la más rentable fuente de negocio. Me refiero a grandes y poderosos grupos editoriales y a algún sello históricamente vinculado a la poesía, que, a la vez que impulsan y se comprometen con esas fórmulas, esconden o relegan a segundo o tercer plano la poesía como lenguaje singular, perturbador y misterioso. En el fondo, se trata de operaciones comerciales que acaban trivializando el hecho poético y trasladando a las nuevas generaciones un mensaje tóxico, en todo caso limitado y muy pobre, sobre aquel.

Jovencísimos autores con miles (o decenas de miles) de lectores escribiendo libros de versos y apoyándose en las redes. Transmisión, sin apenas reflexión sobre el lenguaje, de los sentimientos y experiencias más directos y antiguos del ser humano —amor, amistad, odio, deseo— enfocados desde un adanismo casi infantil que en mucho nos recuerda los versos que escribimos a la amada en el tramo final del bachiller. Una experiencia creadora que, a mi juicio, ni siquiera está en la frontera de la poesía. Cierto que tuvo antecedentes en raperos, cantautores y en otras fórmulas de comunicación “alternativa” con lectores u oyentes, pero mientras que esos antecedentes nunca enterraron la poesía conectada con la tradición (fuera de corte clásico, vanguardista o de la irracionalidad) el fenómeno actual llega a las nuevas generaciones con la etiqueta de poesía y en forma de libro (en convivencia con la realidad virtual de Internet) barriendo incluso la tradición más inmediata y cercana. .

¿UN ARMA CARGADA DE FUTURO?

Situado el principal reto de los poetas para los nuevos tiempos, que no es otro que salvar la propia poesía, hay que decir que fuera de ella hay otros mundos, viven realidades que nos acechan y reivindicaciones que a los poetas no nos pueden ser ajenas. Hablo del cambio climático o de la crisis ambiental. De la Agenda 2030 y los compromisos adquiridos por ciudades, regiones, países, con las generaciones venideras; de la despoblación de amplias zonas de nuestro territorio, de la llamada España vacía, a la que se acerca, con rigor y una potente carga emotiva, cierta poesía de la naturaleza; del mestizaje cultural, de la inmigración y de las oleadas de refugiados, de buscar la paz y redistribuir la riqueza, de velar por la salud de cientos de millones de hombres, mujeres y niños en un mundo que globaliza la frivolidad y esconde la miseria, de la igualdad real entre hombres y mujeres y del creciente papel de las mujeres en la conformación de nuestra cultura, del peligro de un autoritarismo que se extiende, poco a poco, que permea conciencias colectivas y prostituye valores como la igualdad y la libertad; de la paz y de la convivencia entre los pueblos y naciones, de la necesaria conjura del peligro nuclear…

¿Qué podemos hacer los poetas, qué puede hacer la poesía, ante los retos que plantea el siglo XXI?

En verdad que esos retos para el siglo XXI, que fueron también grandes desafíos en el siglo XX, cobran formas nuevas y más complejas. Que han de ser abordados por y desde la política y la lucha social aunque también, como antaño, debamos hacernos, con toda objetividad y sin caer en lo ilusorio, las mismas preguntas: ¿Qué podemos hacer los poetas? ¿Qué puede hacer la poesía? 

Escribió Manuel Vázquez Montalbán: “En la actualidad”  —era 1968— la significación de 'poesía social' se corresponde a la función de un modesto tirachinas”. Era verdad entonces, fue verdad a lo largo de los años de la transición política en España y es verdad hoy. Lo será en el futuro. No nos podemos engañar: la poesía como arma cargada de futuro que diría Celaya tiene muy poco recorrido en el campo de la acción en tiempos de globalización, redes sociales e Internet.

¿Entonces? Creo que la poesía sigue y seguirá ahí, ocupando un lugar distinto a las corrientes e impulsos de moda, a su trivialización. La necesitamos. ¿Para hacer una hipotética revolución? No. Para adentrarnos en los enigmas de la vida y sus zozobras. Para reflexionar sobre los límites y servidumbres de una realidad injusta y apuntar caminos de liberación. Para gozar del lenguaje y de su proteína más allá de lo que nos ofrece una primera lectura. Para vivir, como lectores, digámoslo al modo de José Hierro, “lo que vivió, o no vivió, el poeta”. Para saber de las angustias y contradicciones de un siglo cargado de amenazas.  Crítica, reflexión, emociones, lenguaje, memoria íntima y colectiva, miedo, gozo…. Poesía necesaria.

Esas inquietudes de fondo no las abordará la parapoesía porque dejaría de ser “comercial”, se alejaría de lo light y de una visión cuasi naif de las relaciones personales, especialmente de la relación amorosa, y asumiría una complejidad significativa contradictoria con esos fines.

¿CON QUÉ INSTRUMENTOS?

Si las grandes editoriales, algunas con nombre canónico (Espasa, Random House, Planeta….) y tradición de más de un siglo, aprovechan ese impulso para mejorar su cuenta de resultados y sustituir la literatura (la poesía) por el mercado, hay otros “frentes” desde los que actuar. El esencial es el de los planes educativos: devolver el protagonismo de la lectura y de la poesía a los programas de secundaria debe ser una exigencia prioritaria a los gobiernos. Otro "frente", poderoso aunque no mayoritario, lo constituyen las ferias del libro y otros eventos similares como Expoesía (y Cosmopoética y determinados festivales de referencia), dedicados a la poesía, de los que cabría esperar una actitud beligerante o, al menos, claramente diferenciadora. Las editoriales independientes (su labor en los tiempos que corren es casi de “servicio público”), en su mayor parte proyectos heroicos, son también imprescindibles para delimitar el espacio de la poesía y para impedir su desnaturalización mediante el rigor selectivo y la aplicación del principio irrenunciable de la búsqueda de la calidad. También estaría en ese catálogo de actuaciones la consideración de Internet como un instrumento de liberación y solidaridad, de crítica y de prescripción razonada y el impulso a la cultura de la participación, del humanismo y la solidaridad. Por último (aquí juegan un papel clave las instituciones), el rescate, la defensa y la divulgación de autores que han conformado, a través de los siglos, la sensibilidad poética contemporánea, de Juan de la Cruz o Garcilaso a Lope, de Quevedo a Bécquer o Góngora, pasando por Juan Ramón, Antonio Machado, Gerardo Diego, Federico García Lorca, César Vallejo o Pedro Salinas, y acabando en los poetas y las poetas de las generaciones más próximas (Claudio Rodríguez, Antonio Gamoneda, el citado Hierro, María Victoria Atencia, Paca Aguirre, Angelina Gatell, Clara Janés, Olvido García Valdés...). 

Los poetas convencidos de la necesidad absoluta de un ecosistema letrado, de una ciudad de la “ilustración poética” y de la búsqueda en el lenguaje y en las zonas no visibles de la conciencia del ser humano, tienen también que actuar en el medio en el que se expresan y comunican los poetas nativos digitales. Utilizar las redes de acuerdo con los principios que han de regir toda obra lírica trascendente: complejidad significativa, profundidad de pensamiento, emoción sentimental y emoción lingüística, investigación en el lenguaje y… una conciencia crítica sobre “lo que pasa en la calle”, que diría don Antonio.   

No descalifiquemos de manera generalizada lo que creemos que está en ese campo de la 'parapoesía', pero sepamos distinguir el lugar de la poesía con mayúsculas

Termino con una advertencia: no descalifiquemos de manera generalizada lo que creemos que está en ese campo de la parapoesía, pero sepamos distinguir el lugar de la poesía con mayúsculas. En la cabeza de todos están los nombres cuya obra ha prevalecido por encima del tiempo gracias a esa misteriosa proteína que vive en el lenguaje. Si no fuera así, ¿qué sentido hubiera tenido para la historia y para nuestra propia vida que Antonio Machado llegara a su sustancia llamándola “palabra en el tiempo”, o definiéndola como “una honda palpitación del espíritu”? ¿Nos creemos que respondía y responde a una realidad de lenguaje la definición de Eliot cuando nos habla de la palabra poética como la “intersección de lo intemporal con el tiempo”?  Preguntas sobre lo que hace que el poema nos emocione e inquiete. Todo eso vive en el poema que hoy, buen número de escritores, muchos de ellos jóvenes o muy jóvenes, están escribiendo. Y vive en los que se escribieron hace siglos y todavía respiran como si fueran hijos del tercer milenio. Palabra reveladora, conciencia crítica, misterio en lo cotidiano, memoria…. Poesía de hoy y de siempre. 

Al Margen, de Manuel Rico

La nueva poesía y los retos del siglo XXI
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