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miércoles. 28.09.2022
HISTORIA

Nueva Caledonia: la descolonización que Francia aplastó con las armas

La víspera de las elecciones de 1988, el ejército galo mató a veintiún militantes proindependencia, entre los que estaba el líder Alphonse Dianou

El pasado 12 de diciembre, al votar en contra de la independencia, los habitantes de Nueva Caledonia —archipiélago situado en el Océano Pacífico, a mil kilómetros al este de Australia— confirmaron su voluntad de seguir siendo franceses. Al mismo tiempo, truncaron —quizá definitivamente— el proceso de emancipación de las islas, que aún son colonia de Francia.

En Kanaky, el escritor Joseph Andras (Le Havre, Francia, 1984) aborda dicho proceso. En particular, la ocupación de una gendarmería y la toma de rehenes por parte de militantes proindependencia en el atolón de Ouvéa, en 1988. Además, Andras biografía al líder de ambas acciones, Alphonse Dianou, al que Francia consideró terrorista hasta 2018, cuando el gobierno galo suavizó su versión de los hechos. No obstante, el presidente Emmanuel Macron evitó admitir la colonización del archipiélago, cuyos aborígenes —los kanak— viven segregados por un apartheid socioeconómico.

Para combatir tal desigualdad, militantes anticolonialistas kanak crearon en 1984 el FLNKS (Frente de Liberación Nacional Kanak Socialista), al que perteneció Alphonse Dianou. Dianou, que estudió para ser cura, era marxista y pacifista. A mediados de la década de 1980, la policía le golpeó mientras reivindicaba mejores condiciones de vida para su pueblo. Acusado de desorden público, pasó un tiempo en prisión, donde abandonó el sacerdocio para luchar por la independencia caledonia.

Con veintiocho años saltó a la esfera pública: el 22 de abril de 1988, a dos días de las elecciones presidenciales, varias decenas de militantes del FLNKS liderados por Dianou ocuparon pacíficamente (aunque armados “para intimidar”) la gendarmería de Ouvéa, al norte del archipiélago. Querían influir en los comicios locales (convocados para el mismo día que los presidenciales) y forzar la derogación de la ley “Pons II”, que perjudicaba a los separatistas en el escrutinio.

Sorprendidos, los gendarmes dispararon contra los ocupantes, que respondieron matando a cuatro agentes, y secuestraron al resto. Un grupo fue hacia el sur con once rehenes y otras dos fracciones, al norte. Inmediatamente, Francia envió trescientos militares al atolón, que quedó aislado. Mientras, los secesionistas huidos al norte se ocultaron en la gruta Watetö, próxima a la tribu Gossanah. Para liberar a los prisioneros, pensaban imponer al gobierno la independencia caledonia.

Días antes, François Mitterrand había ganado la primera vuelta de las elecciones por delante de Jacques Chirac. La segunda ronda tendría lugar en dos semanas y estaría marcada por el secuestro. De hecho, el FLNKS declaró que los rehenes serían liberados bajo tres condiciones: que las tropas llegadas de Francia salieran del atolón, que las elecciones locales y la ley “Pons II” se anulasen, y que Mitterrand, como presidente, y Chirac, como primer ministro, nombrasen a un intermediario para negociar.

Entre tanto, los separatistas huidos al sur se entregaron liberando a sus rehenes, que admitieron no haber sufrido maltrato. Los militares, incapaces de hallar la gruta Watetö, torturaron a los miembros de la tribu Gossanah para que revelaran su ubicación; luego la rodearon exigiendo que salieran los cautivos. Para hacerlo, los kanak querían a cambio la retirada del ejército y la declaración de independencia caledonia. No pensaban herir a los prisioneros, a quienes una acción militar podía poner en peligro. Sin embargo, los soldados querían “vengarse”, y Chirac se negaba a negociar. Mitterrand consideraba erróneo mantener la misma política que en la guerra de Argelia, pero dejaba hacer a aquel para no perder popularidad.

El 4 de mayo —coincidiendo con la liberación de tres rehenes franceses en Líbano— se produjo el asalto, para aprovechar el efecto mediático de ambas acciones. Dos militares y diecinueve secesionistas murieron. Entre ellos, Dianou, quien, según la versión oficial, falleció por las heridas del combate tras matar a sangre fría a un soldado, lo que niegan los kanak, y Andras no logra aclarar.

En cambio, sí dilucida la muerte de Dianou, que, según los testigos, recibió un disparo en la pierna al estar tendido en el suelo, tras entregarse. Luego, varios militares vieron el suero que le habían puesto en el brazo “arrojado” al suelo del helicóptero que lo transportó a la iglesia de Saint-Joseph. En el aterrizaje, lo lanzaron a la pista desde un metro de altura, y las dos bolsas de suero que le colocaron después también fueron retiradas.

Además, dos kanak vieron a unos militares golpeando a Dianou e inyectándole una sustancia en la bolsa. Luego estuvo expuesto al sol durante horas y, al día siguiente, lo llevaron al hospital, adonde llegó casi muerto. Tras la autopsia —realizada un mes después de exhumar el cadáver—, el capitán Belhadj, que había apaleado a Dianou, fue destituido. Más tarde recuperó el rango y Chirac le entregó la Légion de Honneur.

Por su parte, los independentistas Wenceslas Lavelloi y Samuel Wamo fueron ejecutados a sangre fría. Mitterrand, tras ganar las elecciones, confesó: “Es algo muy doloroso. Veintiún muertos, un perjurio y mentiras… ¡por cien mil votos! No se ganan votos con dinero y sangre”. Se refería, entre otras cosas, a los cadáveres de los captores expuestos en los medios de comunicación, que trataron lo ocurrido como un asunto extranjero aunque todos los fallecidos tuvieran nacionalidad francesa.

Los “acontecimientos” de Ouvéa conllevaron los acuerdos de Matignon y Numea, que firmaron en 1988 y 1998 el gobierno francés y los independentistas. Los pactos, además de mayor autonomía para las islas, conllevaron la amnistía. No hubo juicio, ni investigación oficial sobre los hechos. Para los kanak el resultado es agridulce: la situación socioeconómica ha mejorado, pero están “los muertos, los huérfanos”.

Treinta y cuatro años después de los “acontecimientos” y con el movimiento soberanista más débil que nunca, el “destino común” propugnado por el gobierno galo marcará la política de Nueva Caledonia en las próximas décadas. La última colonia de Francia seguirá, por tanto, siéndolo.

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