jueves 3/12/20

La noche del búho

Anselmo dejó la copa de coñac con gesto rabioso y miró a Antonio con la cara contraída por la preocupación:

¿Lo has notado? Será esta noche.

Si: esta noche, pero ¿qué podemos hacer?

Cualquier cosa, Antonio, se trata de Rosa. ¿No lo entiendes? Estoy hablando de Rosa, mi nieta.

Si Anselmo, es tu nieta, pero recuerda la última vez, hace 9 años. Siguen sin creérselo, y sin su ayuda no podremos resistirnos. Si por lo menos Rosa nos hubiera hecho caso y no hubiera venido...

Eran amigos, compañeros de trabajo y desde hace muchos años compartían el secreto que, de vez en cuando, golpeaba sus vidas con la misma crueldad con la que ellos se ensañaron con la de ella. Eran pastores y el lobo atacaba; los rebaños se resentían en la primavera de los partos y el lobo, que había resistido el invierno bajó del monte para buscar la comida que su camada necesitaba.

Fueron tras él y en lugar de acabar con el macho, encontraron la paridera guardada por la loba. Acabaron con la madre y con las tres crías, cachorrillos de semanas que apenas salían de la madriguera. A golpes de garrota, las cuatro vidas de la madriguera se apagaron entre dolor, miedo, rabia y valor.

Volvieron a la aldea con la sensación de ser seguidos, de tener tras ellos una presencia poderosa y enemiga. El camino se alargó hasta el anochecer y al llegar a aldea, anunciaron contentos la muerte de la loba. Ese verano los rebaños estarían tranquilos, pues sabían que el macho debería buscar compañera en los terrenos de otras manadas antes de volver por la comarca.

Al salir de la taberna se despidieron comentando la jornada hasta que miraron hacia arriba y se encontraron con un búho posado sobre la casa de Antonio: estaba quieto y los miraba sin miedo, sin rehuir el contacto. Se acercaron y el búho siguió inmóvil, mirando a Antonio sin hacer caso de Anselmo. Se despidieron entre risas y chistes sobre ese búho que no hablaba, pero que se fijaba mucho.

En casa de Antonio, su mujer, su hijo y su hija esperaban para la cena, sobria y frugal como correspondía a la casa de un pastor. Comentaron el día de todos con palabras cortas y se fueron a la cama, con la chica, Clara, ocupando la única estancia de la casa, que ya se había convertido en una buena moza a la que era mejor vigilar las andanzas.

La noche transcurrió agitada, con el búho ululando en la cornisa y las bestias agitadas en los cercanos corrales. Al amanecer, el grito de la mujer de Antonio despertó a todo el pueblo: en la cama de Clara, ensangrentando las sábanas y chorreando sangre hasta el suelo, el cuerpo de una loba apaleada ocupaba el lecho en el que Clara dormía.

Batieron campos, trochas y montes de toda la comarca, se organizaron partidas y batidas, pero Clara no apareció nunca, llevada por la noche y el silencio del olvido que, poco a poco, cubrió la vida de la aldea.

Pasaron los años, nueve años en los que Antonio y Anselmo trabajaban dando la espalda al recuerdo de Clara, de la loba y de esa presencia opresiva que percibían cuando el pastar del rebaño los llevaba a las cercanías de la antigua madriguera en la que mataron a la loba.

El hijo de Antonio marchó a la ciudad y Anselmo cuidaba de la única hija que le quedaba en casa tras la marcha de sus dos hermanos a Madrid.

Los días transcurrían tranquilos hasta que una noche, cuando se despedían tras las faenas del principio del verano, Antonio señaló el tejado de la casa de Anselmo sin decir una palabra. Un búho miraba a Anselmo con determinación, sin hacer caso de la presencia del otro hombre, atento sólo al más alto de los pastores. Esta vez no hubo bromas ni chascarrillos, sólo silencio y miradas llenas de ese miedo que los hombres no pueden confesar.

También esa noche se agitó, también el búho lleno las horas con sus gritos y al amanecer, la mujer de Anselmo gritó como nunca se había oído un grito en el pueblo: sobre la cama de Antonia el cadáver de una anciana deformada y sucia ofendía la vista de la aterrorizada madre. Era un cadáver grotesco, con las uñas como garras y la suciedad de años. Lo envolvieron en la misma sábana en la que yacía boca abajo y en presencia del cura y del cabo de la Guarda Civil, lo enterraron en el campo de atrás de la iglesia, pero no en sagrado.

Tras Antonia se movilizaron, como años antes sin éxito, partidas y batidas hasta que el olvido y los fríos del otoño metieron a todos en las casas al calor de los hogares. Pasó la vida, llegó la noticia de la desaparición de otra moza en un pueblo de las lindes de la comarca años después de la desaparición de Antonia. Los hijos de los pastores formaron familia y los nietos iban y venían, pero Rosa se enamoró de los veranos del monte y de los dos pastores.

Le gustaba el campo y los animales, aprendía los nombres de plantas y bestias; el ordeño y la confección del queso; el cuidado de las pocas colmenas que ambos ancianos trasladaban según la floración de los distintos valles y cada verano volvía para llenar de vitalidad la tranquila vida de la aldea.

Y llegó la noche en la que Anselmo y Antonio volvieron a ver un búho quieto sobre el tejado de Anselmo y se metieron en la taberna para hablar de lo que nunca habían querido hablar.

Antonio continuó con lo que estaba diciendo: nadie nos haría caso, así que esta noche la pasaremos juntos en tu casa velando a Rosa y cuidando de que nada entre en el cuarto. Espérame que voy a por el hacha.

Juntos entraron en la casa donde Rosa esperaba sólo a su abuelo con la cena hecha, pero enseguida le dio un beso a Antonio y se apañó para que hubiera tres platos humeando en la mesa. Mintieron sobre la necesidad de vigilar una vaca de parto, aunque todos sabían que no era posible que esa noche se presentara el ternero.

Al cabo de las horas, llenas del canto del búho y animales moviéndose en los corrales, Rosa se fue a la cama dejando un buen puchero de café junto a la lumbre del hogar. Pasaron las horas y sobre las tres de la madrugada oyeron ruidos en la habitación de Rosa. Los dos ancianos se levantaron y cuando intentaron abrir la puerta, comprobaron que no era posible. Estrellaron hachas y azadas, golpes y patadas y la puerta permanecía intacta mientras el cansancio de los hombres crecía al mismo nivel que su desesperación. Fueron horas de locura, de empeño y fracaso hasta que el cielo fue perdiendo oscuridad para dar paso a la tenue luz de la amanecida, pero la puerta seguía cerrada ante los hombres.

Salió el sol y cuando los primeros rayos llegaron a la casa para iluminar el pánico de los ancianos, la luz dio contra la cerradura y la puerta, que tantos golpes y ataques había resistido, se derrumbó de golpe, como si toda la furia de la noche se hubiera acumulado en una sola explosión.

Atropellados, los dos consiguieron entrar en el cuarto para descubrir, de golpe, la realidad y el horror que habían anticipado: sobre la cama, desnudo y flaco, el cadáver de una anciana les miraba con los ojos velados y muertos.

El cura oyó el grito de Anselmo mientras se preparaba para la primera misa y entró en la casa para encontrarse con un cuadro dantesco: tres cadáveres, uno en la cama y dos en el suelo, llenaban la estancia en la que no había rastro de Rosa, la nieta de Anselmo a la que todos conocían, se había esfumado.

El informe del forense confirmó lo que todos suponían: los dos ancianos habían sufrido un infarto masivo que había acabado con sus vidas, pero la autopsia de la anciana, a la que nadie había reclamado, ofrecía sorpresas: “Mujer, de aproximadamente 70 años, con deformaciones artrósicas y anquilosantes en manos y pies. Presenta desnutrición severa y anomalías anatómicas en la parte ventral. Se observa la presencia de 8 mamas conformadas en dos hileras paralelas entre la ingle y la parte superior del tórax. El tejido glandular de todas ellas presenta signos de funcionalidad reciente junto con signos de lactancia habitual y continuada. Hay rastros de actividad lactogénica reciente. Se diseccionan para un estudio pormenorizado. No hay signos de violencia y la muerte se produce por fracaso orgánico generalizado de causalidad natural. Procede el enterramiento”.

Al entierro de los dos ancianos acudió todo el pueblo y todos recuerdan esa mañana con pavor: durante todo el oficio el aullido de un enorme lobo negro plantado en la cima del monte que dominaba el pueblo se adueñó del valle y sólo se detuvo cuando las lápidas de ambas tumbas quedaron selladas.

El lobo, que había conseguido recuperar las cuatro vidas que los ancianos le arrebataron, se puso en marcha seguido de su última conquista, una joven loba que, durante los próximos años, terminaría de pagar la deuda. Nunca más el búho tuvo que avisar a nadie para que se guardara de las noches de la comarca.

La noche del búho