sábado. 15.06.2024
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El automóvil nos lleva por las carreteras de otro tiempo que surcaban la Cantabria de mi juventud.

Hace calor y la playa se ha quedado en su sitio, con su sonido de agua y su arena de verano.

Y cantamos. Cantamos todos, yo el que más, aunque no el que mejor ni más alto. De los altavoces sale la voz de hombre de un Nino Bravo pletórico pero muerto.

Una voz que casi no podemos escuchar porque son las nuestras las que vencen al ímpetu del coche y al trueno del cantante vivo y muerto a la vez.

Barcenaciones Golbardo y el chiste quedan atrás camino de Cabezón, de Cos y de la estatua de Concha Espina, cerca de los montes de maquis sin maquis.

El mundo está en nuestras manos ahora que algunos, yo, tenemos/tengo sólo quince años cumplidos, o tal vez alguno más. Para mí, para ti.

La vida irá en serio pero ahora es un coche en medio de un valle y un beso y una flor y mi tierra y esa será mi casa y te acuerdas María y América y libre. Libre.

El camino es un recorrido hacia el lugar de los agostos de los años azules, un camino de ida y vuelta sin vuelta, poblado por las voces de mis hermanos, de mi tío Antonio y de mi padre.

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Cantamos con entusiasmo, como si la vida que nos sonríe nos fuera en ella la vida, a pleno pulmón. Con una emoción que perdurará eternamente.

Mientras, afuera, a los lados de las carreteras que nos llevan a donde nos trajeron, está la verdad, tan falsa como lo real sabe ser falso.

El calor se ha confundido en la noche con el frescor de la Cantabria reconocible y es la noche un cielo repleto de estrellas auténticas, fulgurantes y a nuestro alcance.

Y la cinta suena y suena y suena y ya no cantamos, es únicamente Nino el que lo hace para anunciar que La Riachuela se acerca y la humedad de nuestras camas nos aguarda fiel.

Recuerdo los veranos en los que cantábamos todas las canciones de una cassette de Nino Bravo porque nunca dejaron de ser lo que son, nunca dejaron de serme.

Nino