Nuevatribuna

El necio y la luna

Un espectador, desde la platea del Auditori del Fòrum, le espetó a Serrat durante una breve pausa entre canción y canción: “Canta en catalán, que estamos en Barcelona”.

“Corrige al sabio y lo harás más sabio. Corrige al necio y lo harás tu enemigo”.
Proverbio chino


Acusar a Serrat de no cantar en catalán cuando ya es fácil hacerlo, es de una cobardía tremenda, de una imbecilidad “bordeline” y de una ignorancia supina. Ignora este cateto independentista que Serrat, el “noi de Poble Sec” lanzó un órdago en la dictadura franquista hace 50 años

Con frecuencia, el periodismo de ensayo parte de hechos triviales; pero, mediante la reflexión y el pensamiento crítico, lo anecdótico puede enriquecerse hasta convertirse en categoría. Eungenio d’Ors fue un maestro en pasar de la anécdota a la categoría, pues toda realidad, mirada en profundidad, tiene suficiente riqueza como para conducirnos al estupor y al asombro y suscitar la reflexión.

Este artículo me lo sugiere al escuchar lo que le ha sucedido el pasado viernes a Joan Manuel Serrat en el concierto en Barcelona. Un espectador, un imbécil, desde la platea del Auditori del Fòrum, le espetó durante una breve pausa entre canción y canción: “Canta en catalán, que estamos en Barcelona”. Es despreciable aquel que impone a gritos su incoherencia. Este necio obtuvo el aplauso de cuatro necios como él. Serrat, visiblemente molesto, pidió al público de forma contundente que no aplaudiera las palabras que iba a decir: “Siempre hay alguien que viene despistado”. Recordó que “Mediterráneo es un disco compuesto en 1971 con 10 canciones, todas en castellano”, y que en su espectáculo “las canta una a una, en orden”. “Sé perfectamente que estoy en Barcelona, -prosiguió-, seguramente lo sepa antes que usted”. “Y desde antes que usted, estoy trabajando por hacer cosas en esta ciudad, así que le pido que me deje hacer mi espectáculo”. Serrat concluyó diciendo que “era la primera vez, después de girar por todo el mundo, que me hacen este tipo de recriminación”. Tras un largo aplauso del público, Serrat siguió cantando. Siempre es bueno decir la verdad; lo que no tiene es remedio es ser imbécil. Una vez más, Serrat ha demostrado su “saber hacer” y su sobrada valentía como cuando durante la dictadura, eran otros tiempos, las cosas eran realmente difíciles. Cuando te la jugabas de verdad.

Acusar a Serrat de no cantar en catalán cuando ya es fácil hacerlo, es de una cobardía tremenda, de una imbecilidad “bordeline” y de una ignorancia supina. Ignora este cateto independentista que Serrat, el “noi de Poble Sec” lanzó un órdago en la dictadura franquista hace 50 años, en 1968, al negarse a cantar el “La, la, la”, -canción que después cantaría Massiel-, si no era en catalán. Sabía Serrat lo que se jugaba entonces y demostró tener muy claro lo que es la libertad y tener principios. El franquismo no le permitió cantar en catalán y los del “procès” le recriminan que cante en castellano. No les permitió la imposición a los franquistas y tampoco se lo iba a permitir a un independentista despistado. Bien lo expresó en una carta escrita a raíz de esta negación en 1968: “Yo soy y continúo siendo, por encima de todo, un cantante catalán, y en esta lengua me he expresado para cantar durante cuatro años. (...) Un hombre ha de ser fiel a sí mismo y a la gente que le es fiel”. Entonces le llamaron traidor muchos franquistas; hoy le llaman “botifler” muchos independentistas. Ambos se han pasado al bando de los intolerantes. Una vez más los extremos se tocan.

No creo que haya muchos catalanes que se puedan sentir más catalán que Serrat. Es el “noi de Poble Sec” y con cabeza. ¡Qué largo es el camino hacia la libertad y la tolerancia y cuántos obstáculos ponen algunos! Menos mal que tenemos guías que nos conducen a él y Serrat es uno de ellos. Es evidente que el grado de sectarismo es inversamente proporcional al de la inteligencia y eso por no hablar del respeto. ¿Qué se puede esperar de esos independentistas que tildaron a Serrat de fascista por no comulgar con sus ruedas de molino? Serrat ha sido siempre un símbolo, una manera de exigir respeto para la cultura e identidad catalana y que siempre ha estado y estará -según él- dentro de la identidad española. Los independentistas no le perdonan que no sea nacionalista. Serrat ha hecho por Cataluña, con su música y sus canciones, mucho más de lo que hoy están haciendo tantos fanáticos separatistas, con sus banderas y “lazos amarillos”, en nombre de una causa, cuyo lema es “la exclusión y la división de un pueblo” con una historia, una cultura y una lengua importantes; hoy, en riesgo de destrucción.

Repugna la cerrazón de necios como el del viernes en el concierto que, ignorando el pasado, pretendan construir el futuro. Soportar la mala educación de los necios, produce vergüenza; y si los independentistas no la critican, es porque la comparten. Una prueba más del oscurantismo y de la mentalidad excluyente de ciertos catalanes. Ese individuo no hubiera gritado nada en un concierto en inglés en el que no entendería ni una palabra. Recuerdo en los viejos tiempos de Universidad cuando, en la época del “pitufo general”, asistí a algunos conciertos de intérpretes catalanes (Serrat, Pi de la Serra, Raimon, Llach…) y siempre había algún necio falangista que gritaba: “Canta en castellano”. Hoy, el mismo tipo de estúpidos, gritan: “Canta en catalán”. Y se atreven a salir por todas partes estos tontos útiles que juegan a hacer la revolución como si estuvieran en el patio del colegio o haciendo una excursión. El independentismo en Cataluña está creciendo a costa de imbéciles y bufones. ¡Pobre Cataluña, con gente como ésta! Son carne fácil de manipulación en manos de descerebrados que ignoran su propia historia.

La estupidez y la falta de coherencia son uno de los déficits de los supremacistas. De ahí que resulte cuando menos contradictoria la postura de Lluis Llach. En 1968 compuso, en plena dictadura, la canción “L’estaca”; fue un llamamiento a la unidad de acción para liberarse de las ataduras de la dictadura: un símbolo de la lucha por la libertad. Hoy Llach y “L’estaca” se han convertido en un símbolo excluyente. Excluyente fue el grito de ese espectador, desde la platea del Auditori del Fòrum: “ese alguien que viene despistado”, como dijo Serrat. Se cumplió en él ese dicho de Confucio: “Cuando el sabio señala la luna, el necio mira al dedo”. Han pasado miles de años y el dicho del sabio chino se cumple. Así lo tradujo san Jerónimo, según el Eclesiastés: “El número de los necios es infinito”.

En 2016 salía al mercado el libro “Trump: ensayo sobre la imbecilidad”, un trabajo deslumbrante del doctor en filosofía por la Universidad de Harvard, Aaron James. Es un retrato descarnado del personaje Trump, y un valiosísimo manual para lidiar con imbéciles; el autor no se detiene en analizar si Trump es un imbécil, pues, según el autor esto, es un “consenso generalizado”, sino qué peligro tiene la conducta de los necios, de los imbéciles; el libro es, fundamentalmente, una didáctica teoría sobre la imbecilidad, la necedad, y el peligroso poder que pueden tener.

Existe cierta tendencia a confundir un imbécil con un idiota, incluso con un estúpido. No son lo mismo. El estúpido suele ser desconsiderado por sistema, producto de su escaso sentido común, aunque no duda en disculparse llegado el caso. El idiota es idiota por su ignorancia; sencillamente, no da para más. En cambio, el imbécil, el necio, es plenamente consciente del acto que está realizando. El problema, y ahí estriba su peligrosidad, es que lo ha planeado y ha desarrollado estrategias para ascender socialmente a base de imbecilidades. El imbécil, el necio, es de los que te roba el taxi en un día de lluvia y luego te hace una peineta desde dentro. Responder a cuán peligrosos son los necios, si el mundo está al borde de un colapso por la abundancia de ellos y cómo saber lidiar con ellos es precisamente el objetivo que pretende aclarar James en su libro. El lector encuentra un buen número de respuestas. De ahí que a uno le entre cierto escalofrío cuando Aaron James demuestra de manera convincente por qué debemos tomarnos muy en serio el problema de la imbecilidad.

Resignadamente, James asume que imbéciles los hay en todas partes, la diferencia es que no les imaginamos aspirando a liderar ni a dirigir la política del país. Por desgracia, se lamenta, de que Trump lo ha conseguido y se pregunta, ¿acaso no había disponibles más imbéciles? Y, sobre todo, ¿por qué elegir al mayor de todos ellos? James no escatima en detalles cuando describe a la clase política. Según él, los políticos (de cualquier partido y país) creen que su mierda no apesta. Y el resultado es lo que es y lo que parece. Lo increíble es que para el necio cualquier forma de solución es un problema; prefiere el ciento por ciento de nada, que el cincuenta por ciento de algo.

Desde la anécdota con la que he iniciado este artículo, la de ese espectador exigiendo a Serrat que “cantase en catalán porque estamos en Barcelona”, debo concluir que algunos independentistas catalanes tienen cierta enfermedad mental, pues, invirtiendo los poderes del “rey Midas”, lo que tocan lo convierten en basura. Algunos se han olvidado de ese grito de Salvador Espriu, ese catalán universal al que no han sabido valorar objetivamente; ese poeta que sintió fracasar su deseo de que su pueblo fuese un país normal, en libertad y en convivencia. Ese catalán que escribió: “Haz que sean seguros los puentes del diálogo y trata de comprender y de estimar las diversas razones y hablas de tus hijos. Que la lluvia caiga poco a poco en los sembrados y el aire pase como una mano extendida, suave y muy benigna sobre los anchos campos. Que Sepharad (España) viva eternamente en el orden y en la paz, en el trabajo, en la difícil y merecida libertad”.