miércoles 21.08.2019

Músicas y versos quebrados

Las músicas de Juan Perro y los versos de Raúl Quinto no se mordieron la lengua en la segunda jornada de Fàcyl (Salamanca)

Juan Perro en el Fàcyl 2019 | Fotos: María Ramos
Juan Perro en el Fàcyl 2019 | Fotos: María Ramos

Para poder disfrutar de cualquier festival hay que asumir dos premisas imprescindibles. La primera es que tendrás que elegir entre ver todo el programa o disfrutar de pequeñas dosis. La segunda es que irás por los grandes nombres, pero los mejores momentos siempre se escribirán con letra pequeña.

Las estrellas del cartel de ayer en el Fàcyl de Salamanca eran Morgan y Juan Perro, con permiso de O'Funk'illo. Pero la sorpresa personal saltó en la sesión de Intensidades Poéticas que se celebra paralelamente en el patio de la Casa de las Conchas donde Raúl Quinto, acompañado musicalmente por Ezequiel Jiménez, presentaba el poemario ‘La Lengua Rota’ (La Bella Varsovia, 2018).

Raúl Quinto no se mordió la lengua para arrancársela, al menos literalmente, pero sí nos arrojó unas cuantas verdades y nos habló de los monstruos que nos roban las palabras. Poesía acompañada de proyección de vídeo, sonidos y percusiones en directo, que invocaban a este escenario de poder a los que murieron en los márgenes de la sociedad. Poemas que se convertían en epitafios que  suplicaban ser labrados en la piedra eterna de este patio.

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Raúl Quinto en el Patio de la Casa de las Conchas de Salamanca

En ese trance las músicas de Juan Perro suenan y piensan distinto. Ya daba igual la multitud heterogénea que abarrotaba Anaya. Los ritmos que aparecían sobre el escenario ya tenían el sabor de las culturas aplastadas y olvidadas por el dios del rock’n’roll. La noche debía ser agradable, pues el público alternaba las mangas cortas con la rebequita, pero Juan Perro sonaba también a medium de tantas almas rotas y atrapadas que han utilizado la música como única tabla de salvación.

Nunca había escuchado a Juan Perro de esta manera. Sonidos negros, sonidos esclavos, sonidos contrahegemónicos, sonidos de resistencia. Juan Perro dijo adiós o algo parecido y se marchó del escenario. Él pensaba que la gente aplaudiría para pedirle un bis. Pero salió del escenario el Doctor Jekyll y regresó Mister Hyde. Salió Juan Perro y regresó Santiago Auserón. Ni siquiera estaba anunciado que la estatua del jardín botánico volviera a cobrar vida. Un par de gruñidos bastaron para mostrar el malestar ante un mundo demasiado convencido de que ya no merece la pena resistirse y se conforma en hacer música para la consulta de un dentista de franquicia.

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Juan Perro en el escenario Anaya del Fàcyl

Los kilómetros recorridos, el tiempo derramado, hasta las decepciones diarias, todo empezó a cobrar sentido. Hoy, este día concreto, este momento concreto, será recordado como el día en que Santiago Auserón cantó ‘La estatua del Jardín Botánico’ a la sombra de la catedral de Salamanca. Volveremos a perseguir un enigma al compás de las horas, porque “hablamos un idioma / de palabras quebradas. / Un mundo a medio hacer”. No lo digo yo. Lo dijo Raúl Quinto...

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