jueves. 18.04.2024
TedGioiaPop_1 ENCABEZADO

Retomo aquí cuanto escribí sobre un libro excelente, provocador, sugerente, útil: La música. Una historia subversiva, escrito por el estudioso estadounidense Ted Gioia y publicado por Turner en 2020 (la versión original es de 2019). Y lo retomo para centrarme en cuanto en esta maravilla se dice sobre la música de lo que va de nuestro actual siglo y del anterior.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, el cabaret y el music hall se distinguieron por ser “el epicentro vital de la música popular de la vida europea, y todo el mundo se dio cuenta de que su osadía y su irreverencia eran los componentes fundamentales de esta exitosa fórmula”. Estos locales se mantendrían en la vanguardia del mundo del espectáculo durante décadas. Pero el cabaret no acabó por ser el futuro de la música popular del siglo XX: “otro grupo de marginados modificará el curso de la música comercial moderna y después lo seguiría haciendo repetidamente”.

La música de la población negra se adueña del siglo XX: el blues y el jazz

Descendientes de esclavos, la población negra de América sería la que reinventaría la música popular del siglo XX y lo hará de muchas maneras: “primero con el ragtime y el blues, después con el primer jazz y el swing y los inicios del rhythm and blues y después con el soul, el reggae, el boogie-woogie, el doo-wop, el bebop, el calipso, el funk, la salsa, el hip hop…” De tal manera que, cada vez que los músicos blancos propongan estilos musicales nuevos o distintos, casi siempre lo harán “empleando materiales que procedían claramente de fuentes negras”.  

“Resulta imposible datar el origen de los nuevos estilos musicales: estos surgen de los márgenes de la periferia, de zonas alejadas de los focos y del escrutinio de los especialistas, que siempre llegan tarde a la escena. Pero el ragtime, casi con certeza, siguió ese modelo recurrente consistente en que las innovaciones surgen en ciertos lugares donde se realizan actividades prohibidas y escandalosas”.

Estamos a finales del siglo XIX, “los rags en sus primeros tiempos solían ser la banda sonora de la prostitución y la ebriedad, y probablemente de otros muchos vicios sociales”. El rag más famoso de la época fue la canción Maple Leaf rag, de Scott Joplin, que en 1899 contribuyó a que este nuevo estilo musical se convirtiera en un fenómeno a nivel nacional estadounidense. Scott Joplin tuvo que hacer frente a obstáculos insuperables, o casi insuperables. En su caso, quienes intentaron legitimar esa música dejaron “muy claro que los adversarios de la renovación musical han sido tan insistentes y severos en la época moderna como en las sociedades antiguas y medievales”. Se acaba permitiendo que estos rebeldes entren en el Carnegie Hall, “pero cuando ya ha transcurrido un periodo de prueba: para entonces ya contamos con nuevos sonidos subversivos y podemos dejar que los antiguos se conviertan en clásicos totalmente respetables”.

Si hay un primer hito en la historia de la música popular del siglo XX, ese es el año 1917, un hito meramente casual, por supuesto, pero muy significativo. En ese año falleció Scott Joplin, pocos días después de que se grabara el primer disco de una música a la que llamaremos jazz y en ese año la cantante afroamericana Ethel Waters decidió incluir en su repertorio una canción señera de un nuevo género, el blues, llamada St. Louis Blues. 1917, el año de la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Eran los tiempos en que comenzaba a generalizarse el fonógrafo, un paso capital en la historia de la cultura pop.

“El surgimiento del blues tal vez constituye el caso más potente que podamos presentar para defender la tesis fundamental de este libro: que la innovación musical procede de las clases marginadas. Esta hipótesis, de poderse demostrar, mostraría lo distinta que es la música de las demás disciplinas artísticas”.

Ni la pintura, ni la escultura, ni la novela siguen unas reglas distintas de las del negocio, de la producción industrial, de la riqueza, sólo la música lo hace de un modo casi desafiante. Los cantantes de blues, al negarse a cantar afinados, devolvían así la canción a su origen: el del sonido sin restricciones. “Más de dos mil años después del paradigma pitagórico, el blues afirmaba que la música ya no tenía por qué seguir subordinada a las matemáticas: sus melodías se negaban a encajar en el sistema establecido de notación musical”. Los primeros blues de los que tenemos noticia, de comienzos del siglo XX o finales de la centuria anterior, eran “una afrenta a la esencia de la música occidental”. Como vemos que siempre ocurre a lo largo de la historia de la música, “la industria no inventó el blues, pero desde luego supo venderlo”.   

Frente al chamanismo de otros pioneros, como Skip James y Son House, el también músico afroamericano del delta del Misisisipi Robert Johnson, nacido en 1911 y muerto en 1938, “aportó una claridad conceptual y una precisión en la ejecución que sirvieron para transformar una actividad cuasifolclórica en una nueva clase de canción occidental de alto nivel estético”. Tanto él como W. C. Handy, Bessy Smith, Buddy Bolden, Muddy Waters, Howlin’ Wolf, B. B. King y muchos otros músicos “consiguieron conciliar las demandas de la industria musical con la característica irritabilidad de las tradiciones interpretativas africanas”. Pero a Johnson le debemos la capacidad para combinar el enfoque de la tradición folklórica con el espectáculo comercial “de un modo natural y fluido y convertirlo en inspiradas canciones de tres minutos”, de tal manera que “es difícil imaginarse cómo habría sido la música popular durante el medio siglo siguiente sin sus aportaciones”.

Por su parte, el jazz es, al igual que el blues, un estilo regional de canción surgido en las comunidades más marginadas de la sociedad estadounidense que modificará el curso de la industria del entretenimiento a nivel global. El éxito de ambos creció casi al mismo ritmo y casi durante el mismo periodo.

“Una vez más vemos cómo una despreciada clase marginal marca el rumbo de la cultura mayoritaria con una música que resultaba muy difícil de manejar, por lo menos en un primer momento”.

El jazz es “una música urbana que surgió del ajetreo de la que a comienzos del siglo XX era la ciudad más multicultural de Occidente”, Nueva Orleans, “su lenguaje se desarrolla en contextos en los que conviven culturas distintas porque está orientado hacia fuera y ávido de nuevas fuentes de inspiración”. Y ello, a diferencia del blues, que surgió “en las áreas rurales más aisladas y cuya belleza estética tiene más que ver con tradiciones preservadas de un pasado lejano”. En el blues todavía pueden oírse a los griots, los contadores de historias de las comunidades africanas “cuya función es conservar su acervo cultural”. Semejantes influencias “también reverberan en el jazz, pero formando parte de una atmósfera afrofuturista, es decir, con una mayor receptividad a las distintas posibilidades de síntesis y metamorfosis”

El rasgo que diferencia al jazz de todas las demás manifestaciones artísticas folclóricas es que “desde sus comienzos ha mostrado una extraordinaria capacidad para devorar y digerir otros estilos interpretativos”. Aquel jazz de Nueva Orleans con influencias del rag le dio mucha importancia a la improvisación, a alterar espontáneamente las composiciones: sus músicos tocaban también “alrededor de la melodía o la abandonaban por completo para centrarse en un juego libre de expresión personal”.

“Desde el principio, el jazz se basó en la transgresión de los límites entre géneros musicales”.

Entre los principales pioneros del jazz cabe mencionar a Jelly Roll Morton: al ya citado Buddy Bolden, a quien suele atribuirse el mérito de haber sido el primero en liderar una banda de jazz, que tal vez ya se dedicara a tocar blues incluso antes del cambio de siglo y cuya canción Funky butt (‘Culo maloliente’) es la más antigua pieza de jazz que conocemos; Sidney Bechet; por supuesto Luis Armstrong y Duke Ellington, Count Basie, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Coleman Hawkins, Art Tatum, Bix Beiderbecke, George Gershwin

Llegados a la década de 1940, tuvo lugar un movimiento de jazz, moderno, “que abrazó abiertamente su estatus marginal”: los tiempos se hicieron más rápidos, “con frecuencia demasiado como para poder bailar”, las melodías y los ritmos adoptaron una complejidad nueva que provocó una separación entre el jazz y la música popular que se volvería cada vez mayor en las siguientes décadas. “Los primeros líderes del bebop fueron acogidos por la contracultura, no por la cultura dominante”: entre ellos el saxofonista Charlie Parker, el trompetista Dizzy Gillespie y los pianistas Thelonious Monk y Bud Powell, que “reafirmaron el estatus marginal de jazz en un momento en que esta música se había convertido en mayoritaria”. El jazz prosperó como forma artística “a pesar de, tal vez debido a su menguante público”: entre los músicos más destacados de este estilo Gioia añade a Miles Davis, John Coltrane o Charles Mingus.

El country, el rock… y lo que vino después

Otra música de influyente futuro surgida a comienzos del siglo XX de entre poblaciones marginales norteamericanas, en esta ocasión en las comunidades blancas, es el country, “la primera música que representó un estilo de vida y se promocionó así durante toda una generación”. Los cantantes de country “celebraban en su música el mundo que había desaparecido, y que en muchos casos, para la mayoría de sus oyentes, nunca había existido”.

Y… El rock and roll “fue el primer movimiento importante de la historia de la música que se resistió al habitual proceso de legitimación”. Saber quién fue el instigador de la revolución permanente, quién sacó el primer disco de rock and roll es una cuestión bastante irrelevante a juicio de Gioia. ¿Fats Domino, Ike Turner, Big Joe Turner, Big Mama Thorton, Little Richard, Bill Haley? “El cambio verdaderamente revolucionario no estaba en la música, se produjo en el público”. El caso es que en 1960, el rock and roll, llamado pronto más a menudo rock, a secas, tras las canciones de Chuck Berry y la gran irrupción carismática, regia, de Elvis Presley años antes, “se había adueñado de la industria de la música comercial y, lejos de agotarse como hacen las modas pasajeras, se afirmó como el nuevo statu quo”.

A Gioia no le sorprende que el siguiente gran momento de la historia del rock and roll fuera descrito por la prensa generalista como una invasión: “la invasión británica que puso la industria musical patas arriba a mediados de la década de los 60”. En prácticamente todos los casos, las bandas de esa invasión británica “se inspiraban en la música afroamericana”: en ellos se oían las influencias negras pero transformadas, si pretendían ser una copia aquel error supuso un éxito fastuoso.

Durante la segunda mitad de los años 60 del siglo XX, lo que verdaderamente importaba era que “el espíritu de los tiempos exigía constantes reinvenciones, nadie podía permitirse quedarse quieto o revisar los éxitos del pasado, y los principales artistas de la época destacaron precisamente por su voluntad de romper con los modelos que los habían catapultado a la fama en un momento anterior”. Todo aquel movimiento parecía flotar en torno al concepto de la revolución permanente.

Muy interesado en demostrar la relación entre la violencia y la música a lo largo de su historia, para Gioia “el verdadero objetivo del rock es jugar con fuego sin quemarse”. No es de extrañar que titule ‘el rito sacrificial’ uno de sus últimos capítulos, donde dice que durante la guerra de Vietnam “los conciertos de rock comenzaron a funcionar como ritos sacrificiales”.

Hablando de ritos sacrificiales… Cuando apareció en la segunda mitad de los años 70, el punk “simplemente estaba desarrollando una venerable tradición cuyo origen hemos rastreado hasta miles de años atrás, que consiste en vincular nuevas formas de cantar con la ampliación de la autonomía personal y la amenaza a quienes ocupan las posiciones de autoridad: este nuevo movimiento subversivo se dedicó a cuestionar casi todos los valores fundamentales del mundo del rock”.

¿Qué supusieron los Sex Pistols? Gioia lo tiene muy claro, supusieron “algo definitivo y revelador y profundamente inquietante, algo que nunca se pudo borrar ni superar en los capítulos siguientes de la historia del rock […], lo cierto es que no hay nada después que parezca adecuado como continuación, nada que pueda llevar un poco más lejos la ética de la rebelión característica de este género: lo que empezó con Elvis terminó con Sid Vicious”.

Por otra parte, años después, “la tecnología de la música comenzó a evolucionar más rápido que los propios estilos musicales “, y ello al tiempo que se asistía a la decadencia del rock:

“En este contexto, la idea de que una banda de rock podría cambiarte la vida, por no hablar de cambiar el rumbo de la sociedad, era sumamente sospechosa: el rock se estaba convirtiendo en un estilo entre tantos otros en la batalla por la lealtad del público y, a medida que su público principal iba envejeciendo, su potencial para generar movimientos sociales revolucionarios decaía de manera proporcional. ¿Cómo podía el rock alterar el statu quo cuando era el statu quo?”

Dado que según la tesis de La música. Una historia subversiva, el alma de la industria de la música son los rebeldes procedentes de la periferia, dicha industria logró encontrar a los siguientes rebeldes: los raperos y el estilo de vida del hip hop proporcionaron una nueva subversión, una música alternativa para la revolución permanente. De nuevo, las corporaciones globales del entretenimiento no son los responsables del hallazgo, pues esa música “surgió por sí misma, sin que los contables ni los abogados se dieran cuenta”.

“Es extraordinario o extraordinariamente llamativo que incluso a finales del siglo XX, cuando una industria musical con abundante efectivo invertía millones de dólares en bandas que aún no habían demostrado nada, las verdaderas innovaciones tuvieron lugar sin que los grandes sellos se enteraran.”

Los nuevos marginales volvieron a ser la fuente de la innovación: la atención se dirigía ahora a la metrópolis más influyente del mundo, Nueva York, “pero no a sus elites ni a sus adineradas instituciones artísticas, sino a sus barrios más pobres”. No obstante, aunque apareciera en ese tipo de lugares, desde sus orígenes en casi todas sus manifestaciones este género reconvirtió las antiguas tecnologías e inventó otras nuevas.

“El hip hop ha seguido el mismo camino que siguieron todos los géneros musicales escandalosos anteriores hasta ser declarado respetable y esto nos plantea una pregunta muy obvia: ¿es posible una revolución permanente en el ámbito de la música?”

Gioia deja otra pregunta abierta en el aire: ¿quizás sea el destino inevitable de todas las revoluciones musicales importantes acabar entrando en los museos e instituciones?”

Y en éstas, la cultura de la industria, en lugar de centrarse en satisfacer las necesidades de los consumidores, lo que hizo fue intentar perpetuarse por medio de una visión del mundo legalista basada en amenazas y vivir de espaldas a la realidad: las ventas de discos alcanzaron su punto álgido en 1999. Ya nada volvió a ser lo mismo.

“La gente conseguía las canciones a través de unas compañías que no tenían ningún compromiso emocional, por no hablar del económico, con las carreras de los músicos”.

En los primeros años de la era digital, la cantidad de géneros y subgéneros era ya tan enorme, que, “cuando el servicio de streaming Spotify decidió definir todos los estilos musicales la compañía elaboró una lista con 1.387 categorías (algunos ejemplos: electro latino, neo mellow, christian dance, cinematic dubstep, laboratorio, stomp and wittle, neurofunk y hop Christmas)”.

“En este nuevo entorno, los modelos económicos tienden a recompensar más a las compañías tecnológicas que a los creadores musicales, que ahora se conocen con el poco inspirado nombre de proveedores de contenidos. Los músicos miran desde el banquillo, mientras su futuro está en juego, cómo los gigantes tecnológicos luchan por el territorio e incluso los artistas más talentosos sufren las consecuencias. ¿Cómo lograrán sobrevivir en un sistema que contempla cada vez más las canciones como algo que los líderes regalan para poder vender otra cosa?”

Y, mientras, seguimos esperando la nueva revolución en el ámbito de las canciones. Pero ya sabemos que su poder para alterar la sociedad volverá a ser efímero, la nueva música acabará siendo “legitimada y aceptada por el público mayoritario, por las mismas instituciones que anteriormente la habían combatido”: es la historia de la música.  

Esto no es un manifiesto: la vida y la magia

Gioia finaliza su libro con 40 puntos, 40 ideas que componen algo que no es un manifiesto, que es un resumen de la esencia de su obra. Rescato algunas de esas frases:

“La música en otras épocas formaba parte de la vida de la gente; en la actualidad proyecta el estilo de vida de la gente.

La música entretiene, pero nunca puede reducirse a un mero entretenimiento.

Las canciones siguen cargadas de magia incluso para quienes han olvidado cómo acceder a ella: con la música todos podemos ser magos”.

TedGioiaPop_1 haciaelfinal

[Blog de José Luis Ibáñez Salas]

La música pop en un libro de Ted Gioia