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domingo. 25.09.2022
Crucianella Maritima

Voy por un camino arenoso que se dirige a la playa, en la península de O Grove. A los lados, entre los pinos que se plantaron y que casi acaban con la fronda natural, sobreviven algunos robles de muchos años y otros más jóvenes; también algunos castaños, muchos laureles, zarzas y algo que, de lejos, parecen sauces. Hacia el interior, los pinos y los eucaliptos ocupan casi toda la zona de bosque; pero aquí, el cielo se abre a las dunas de arena fina y brillo de turmalita blanca y nácar. Las conchas de las caracolas que los ermitaños no ocupan se desgastan junto a piedras de cierta transparencia extraña, y se arremolinan en la línea del agua con las algas multicolores que dan fe de una playa viva y sana. Si se tiene suerte, se ve un chorlitejo; de momento tendré que conformarme con las gaviotas. Ya en la arena, las plantas de Arenaria de Mar con las hojas abiertas en flor de espiral naciendo de los tallos encarnados y las flores amarillas de la Crucianella Maritima van dejando paso a matas esporádicas de Alhelí de Mar cuajadas de flores violeta. Después, la blancura. Al fondo, bateas.

He venido escuchando gaviotas hermanas de las que aquí trazan el cielo de blanco, en una grabación de Daniel Regueiro, íntima, profunda y volandera, cabalgando mentalmente al ritmo de la música sucesos de las últimas semanas, lecturas, pensamientos que afloran cada poco, y lo poco que sé , me doy cuenta, sobre el protagonista de sus canciones: su padre fallecido hace muchos años. El último recuerdo presencial que tengo de él está ligado a la cocina de su casa; a su hijo lo vi por última vez en el tanatorio, jugaba con los ojos abismados con sus hermanos junto a unos pilares. Tal vez, la memoria a veces consagra imágenes que no son reales. Por algún motivo las pocas veces que vi al padre fui tímida y conservo un conjunto de palabras asociadas a su persona: silencioso, alto, ¿pelirrojo?, amable, marido, padre. Para mí era la extensión de su esposa -cuya pintura siempre me ha sobrecogido por la destreza, la belleza, la elección de motivos, la paz-, quien a su vez era en cierta manera la extensión de su hermana, mi tía Merche, a quien adoro.

Ahora pienso que la memoria es como una red de pesca o un chal de croché, con nudos que se extienden en múltiples direcciones y que conectan con otros nudos. Tejemos como Ariadna y la vida está llena de anzuelos que tocan esta red como si fuera una red nerviosa y la electricidad rescata de las sucesivas capas de nuestra mente un instante preciso, una emoción, una palabra, una imagen y la deja flotando amarrada a una boya en la superficie de la conciencia. Con frecuencia, en la ascensión, otros recuerdos se ensartan y lo que flota tiende a islote temporal; lo exploramos mientras delicadamente se hunde de nuevo. Si la exploración conecta este improvisado accidente marítimo con ideas nuevas o acontecimientos recientes, se crea otro nudo. Nunca dejamos de tejer.

La música de Pájaro de invierno, Faro de Hierro, Mil canciones y Tiempo, deliciosa, me ha emocionado por muchos motivos. Tengo resonando en mi cerebro una duna flotante gemela de las que ahora piso, cubierta de vegetación de agarre: dura, hermosa, resistente. Tengo debilidad por la guitarra acústica, entre otras cosas, y las letras tocan muchos puntos de mi propio mapa vital, porque la poesía es de quien la escribe y de quien la lee o la escucha, cada vez.

Regueiro explora, reproduce, recrea la figura de su padre; tenemos una necesidad atávica de reconstruir la memoria personal, familiar, comunitaria, social, histórica para conocernos, entendernos y, desde ahí, construir vidas con sentido y que procuren crecimiento; para no hacer siempre el mismo tramo del camino, aunque cada camino sea propio. Somos seres sociales, nos entendemos como arenal, no como grano de piedra flotando en la nada; para brillar, la turmalita precisa del desgaste milenario de olas sucesivas que confunden una piedra con otra.

Pienso también en los cuentos que estoy escribiendo ahora y que reconstruyen mi propia memoria familiar. Tiro de anzuelo para dotar esos espacios de la consistencia que el relato que conservo, a veces grabado y de segunda mano, no tiene. No pasa nada, incluso cuando la experiencia es propia los recuerdos siguen su propio discurso.

Para la memoria colectiva, es interesante y necesario contrastar, con otras personas y también con pruebas gráficas, registros, documentos si se tiene la oportunidad; al fin y al cabo parece ser que tenemos la necesidad de generar elementos simbólicos a través de los cuales clasificar el mundo y estudiar las relaciones que lo dotan de sentido.

También es necesario dar cuenta de esa memoria, como han hecho los vecinos y vecinas de Villaverde, en Madrid, de la mano de las imágenes que el fotógrafo @JEOS tomó durante el primer confinamiento, con el libro Villaverde. Resistir en Pandemia, que relata los desafíos y las soluciones que las personas de este distrito encontraron durante los meses de encierro y el temporal Filomena y sus destrozos. Yo se lo agradezco; algunas memorias son una luz.

Por eso no entiendo que You Tube haya censurado (no disponible para menores) el canal Deportados del periodista Carlos Hernández, en que se da cuenta de la historia de los prisioneros españoles en los campos nazis de exterminio, ni que la excusa sea el cuerpo desnudo. Lo primero es aún un espejo en que mirarnos, tantas son las muestras que la violencia asociada a consignas fascistas nos está dejando. Lo segundo, el cuerpo herido, desnudo o no -a veces la desnudez es una humillación que también lacera-, es parte de esa memoria, porque la historia sucede en nuestros cuerpos y la hacemos suceder mediante nuestros cuerpos.

Los testimonios son terapéuticos para quienes lo padecieron, incluso en aquellos casos en que los campos siguen siendo una cárcel durante el sueño, cada noche, porque contar nos inserta en el mapa general con nuestra verdadera identidad, reconocible y reconocida, que es como existir verdaderamente. A nadie le gusta vivir ni vivirse a oscuras. Los demás tampoco aprendemos nada de lo silenciado y ocultado; quienes nos hacen luz de gas nos hurtan parte de quiénes somos. Soy educadora y sé que nada se entiende sin contexto, nada se aprende sin contexto. Y si no aprendemos de los que nos han precedido, ¿cómo viviremos? Si el desarrollo matemático infinitesimal, la dinámica de fluidos, las técnicas de cura de enfermería, las pruebas diagnósticas médicas, la escala musical y las armonías, los puntos de ganchillo, la fundición del metal, la óptica, la teoría del color, la fabricación de pigmentos y las recetas de cocina que son experiencia y conocimiento del mundo que otros nos dejaron nos ayudan a vivir, la memoria del horror y los caminos que condujeron hasta ese pozo, también.

Dejen de taparnos el mapa.

La música y otros mapas