HISTORIA | EDUARDO MONTAGUT

Los motines de 1766

En un artículo anterior estudiamos la conflictividad social en las ciudades en la época de los Austrias y aludimos a cómo a partir de la segunda mitad del siglo XVII aumentaron las agitaciones...

Grabado sobre El motín de Esquilache de 1766
Grabado sobre El motín de Esquilache de 1766

El culmen de la conflictividad vinculada a las subsistencias, pero también a otras causas más complejas, tuvo lugar a mediados del siglo XVIII con los motines del año 1766

En un artículo anterior estudiamos la conflictividad social en las ciudades en la época de los Austrias y aludimos a cómo a partir de la segunda mitad del siglo XVII aumentaron las agitaciones cuyas causas tenían que ver con las crisis de subsistencia frente al mayor protagonismo anterior de las motivaciones fiscales. Pues bien, el culmen de la conflictividad vinculada a las subsistencias, pero también a otras causas más complejas, tuvo lugar a mediados del siglo XVIII con los motines del año 1766 y que vamos a abordar en este artículo.

En el año 1766 estalló el conocido como motín de Esquilache, pero además otros motines en unas setenta localidades, lo que demuestra la magnitud de la protesta en pleno despotismo ilustrado. Este fenómeno no podía dejar indiferente a la historiografía. Existen dos grandes interpretaciones sobre estos alborotos. Una primera ve en los disturbios y amotinamientos la mano de sectores opuestos al reformismo intenso de la primera fase del reinado de Carlos III, y que ejemplificaría el ministro italiano Esquilache. En contraposición, otros consideran que estaríamos hablando de prototípicos motines de subsistencia. En realidad, ambas interpretaciones aciertan pero conviene matizar. El motín madrileño, acontecido entre el 23 y el 25 de marzo, obedecería más a la primera interpretación, es decir a la manipulación popular de sectores políticos contrarios al reformismo, sin olvidar el problema de la subida de precios. Pero los motines de abril en muchas ciudades y pueblos españoles tuvieron más que ver con cuestiones de subsistencia.

En la primavera de 1766, justo en los meses previos a la cosecha, hubo una gran escasez de trigo con la consiguiente subida de precios que en ese año fue especialmente importante. Pero en este caso, además, había otro factor. El gobierno ilustrado había establecido una serie de medidas de liberalización económica, como la abolición de la tasa de granos por una Real Pragmática de 1765. Los ilustrados buscaban fomentar un mercado libre y no seguir con la tradicional intervención en los precios del cereal, política seguida por el poder para evitar que subiera el precio del pan y evitar conflictos. Esta fue la principal motivación para la mayoría de los motines. En Madrid se complicó con el asunto de la protesta contra la presencia de extranjeros en el poder como el famoso Esquilache. Así pues, en la Villa y Corte los amotinados además de pedir la rebaja de los precios de los productos básicos comestibles, exigieron la caída del italiano y que desaparecieran los extranjeros de la administración. Los amotinados del resto de las ciudades, que eran jornaleros, labradores modestos, artesanos y desocupados, se centraron en protestar por los precios altos contra las autoridades locales y los acaparadores de grano, que con sus acciones contribuían a aumentar de forma artificial aún más los precios. Reclamaban la vuelta a la tasa, a precios bajos controlados. Conviene señalar que algunos lugares de señorío, especialmente en Valencia, estos motines se complicaron con protestas antiseñoriales.

El resultado de los motines fue variado. En Madrid, el monarca, muy asustado por lo que había ocurrido a las mismas puertas de su palacio, optó por retirar del poder a Esquilache, y nombrar nuevos responsables. En realidad, el motín de Esquilache puede ser considerado un punto de inflexión en el reinado de Carlos III, ya que, a partir de entonces, además de españolizar completamente la administración, se optó por un reformismo más templado. Por otro lado, también se tomaron medidas represivas, ya que para el absolutismo era impensable aceptar rebeliones. Algunas de las medidas de reforzamiento del control de la población, con creación de algunas nuevas instituciones, tienen que ver con el pánico que la Corona tenía a las revueltas urbanas y mucho más en la propia sede de la Corte. Pero también se tuvieron en cuenta alguna de las demandas, como hemos comprobado en la destitución de Esquilache. En este sentido, se tomaron medidas en algunas localidades donde se comprobó la existencia de abusos cometidos por autoridades y acaparadores. Además, es importante destacar que el despotismo ilustrado creó dos nuevos cargos municipales encargados de velar por los intereses populares, el síndico personero y el diputado del común. También se procedió al reparto de tierras baldías y de los Concejos para aliviar las tensiones y permitir el acceso a la propiedad a jornaleros.