sábado. 13.04.2024

El motín del pan o del hambre tuvo lugar en Córdoba en 1652 y obedeció a las características propias de un motín de subsistencias. La ciudad andaluza sufrió intensamente una epidemia de peste entre 1649 y 1650, para luego asistir a un incremento sustancial de los precios de los cereales por las malas cosechas. La situación era tan delicada que estalló un motín el 6 de mayo de 1652 a partir de un hecho que desencadenaría la violencia: la muerte de un niño del Barrio de San Lorenzo a causa del hambre. Su madre recorrió las calles gritando, provocando una rápida movilización de otras mujeres que increparon a los hombres para iniciar la protesta. Es importante destacar cómo estos motines solían estallar en la primavera cuando escaseaba ya el trigo, en víspera de la siega del comienzo del verano. Los precios subían considerablemente, y más si había habido mala cosecha. Por otro lado, debe tenerse en cuenta también el papel de las mujeres en este tipo de revueltas, al ser las que más conocían y sufrían las consecuencias de las subidas de precios.

Una multitud de cordobeses se echó a las calles para dirigirse a la casa del corregidor el vizconde de Peña Parda, algo propio de estas algaradas, para demandar pan. Pero Peña Parda se había refugiado en el convento de los Trinitarios. Los congregados decidieron acudir a otra autoridad, en este caso religiosa, el obispo Pedro de Tapia. Además, se asaltaron las casas de destacados personajes de la ciudad para hacerse con el grano almacenado o acaparado en las mismas. El grano fue llevado al Pósito de la plaza de la Corredera y a la Iglesia de San Lorenzo donde se montó un granero. Los pósitos eran almacenes de granos que las autoridades crearon en el Antiguo Régimen para intentar evitar los riesgos de las crisis de subsistencia y de los acaparamientos, cuyo objeto especular con el precio del grano para conseguir grandes beneficios. Los pósitos acumulaban el grano en tiempos de abundancia para prestarlo a bajo interés en tiempos de escasez.


El obispo Fray Pedro de Tapia, célebre teólogo y dominico, que intercedió por aplacar el descontento del pueblo.

La situación se complicó cuando se tuvo noticia que el marqués de Priego se aproximaba a Córdoba. Los amotinados, liderados por Juan Tocino y el Tío Arrancacepas, entre otros, alentaron al pueblo para que defendiera la ciudad. En este momento apareció la figura de Diego Fernández de Córdoba, muy popular en la ciudad por algunas acciones filantrópicas y que aceptó sustituir al corregidor para estableciera un precio fijo para el pan. Diego de Córdoba pidió al pueblo cordobés que volviera a sus casas y entregara las armas, asegurando que establecería una tasa para el pan. El motín comenzó a cesar ante la abundancia de grano por toda la ciudad.

Por su parte, Felipe IV envió una cantidad de dinero para la compra de trigo con el fin de que se abaratara el precio del pan, y concedió un perdón general para los amotinados. El motín amainó con un repunte en junio, aunque por poco tiempo. Madrid estaba muy preocupado por la situación social explosiva en Andalucía en un tiempo de fuerte crisis de la Monarquía.

El Motín del Pan en Córdoba