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lunes. 08.08.2022
RELATOS

¡Menudo pájaro!

Por Carmen Barrios | “Suiza es el paraíso de los animales. Su legislación los ampara hasta el punto de considerar maltrato el hecho de tener un canario enjaulado sin una pareja”…

FOTO: Carmen Barrios.

“Suiza es el paraíso de los animales. Su legislación los ampara hasta el punto de considerar maltrato el hecho de tener un canario enjaulado sin una pareja”…

-Vaya Pichí, ¿has oído lo que cuentan por la radio esta mañana? Menudas noticias dan a las siete últimamente. Me gustaría saber si en Suiza se tiene tanta consideración con las personas…, en fin, aunque seguro que a ti te parece estupendo, claro que la radio hablaba de “canarios”, lo mismo a los “periquitos”…¡pero que guapo eres, Pichí! ¡Te voy a dar una sorpresa!, que ya es hora de disfrutar un poco.

María Encarnación rondaba los cuarenta. Sus facciones reflejaban una expresión fría de cierto desaliento sólo cuando se la pillaba distraída. Sin embargo, cuando se sabía observada procuraba mostrar una sonrisa abierta y franca, que disipaba cualquier duda sobre su verdadero estado de ánimo. Era así. Tenía el aspecto de un perfecto melocotón de escaparate, agradable a la vista, pero insípido y duro como la madera cuando se tiene la oportunidad de catarlos. Aquélla mañana se había despertado con más energía de lo habitual, no sabía si achacarlo a la inminente primavera, ¡por fin había salido el sol! -no recordaba un invierno tan frío y lluvioso, como el que estaba a punto de finalizar-, o a que hacía ya algunas semanas que no tenía noticias de su ex. Un tipo con el alma retorcida como la raíz de un olivo, que acababa de salir de su vida urgido por una demanda de alejamiento que hizo firme el juzgado.

Se encontraba con fuerzas renovadas y la noticia de la radio la había estimulado para concederle una gracia a su periquito. Le traería una pareja. ¡Qué suerte tienes saquito de plumas!, me has pillado en un día tonto y te voy a traer una compañera. –Le dijo al pájaro con los labios muy pegados a los finos barrotes de su jaula plateada.

Cuando dieron las cinco de la tarde, salió del trabajo directa a la tienda de Hajmed, un argelino que tenía una pajarería algo peculiar muy cerca de su casa. Caminaba de prisa, con el nerviosismo que imprime el frío cuando se piensa que remite, que se ha dejado atrás, pero sigue ahí persistiendo y se filtra implacable entre los pliegues de la ropa fina. Comenzó a notar como una lluvia suave pero tenaz humedecía su pelo, y pensó que otra vez el invierno cabalgaba con brío sobre la primavera, dejando atrás el incipiente sol matinal, como si fuera parte del paisaje perdido en el último fotograma de una película triste. Fiel a la imagen que se había propuesto dar de sí misma, decidió soslayar el mal tiempo luciendo una sonrisa de vendedora de seguros justo cuando estaba apunto de cruzar la puerta de la tienda de animales.

Hajmed estaba como la última vez que le vio. Cuidaba de sus pájaros con la naturalidad  de quien se siente plenamente integrado en su mundo, piaba y hacía ruiditos guturales como si fuera uno de ellos. Cuando María Encarnación entró en la tienda ni se enteró. Menos mal que Lope, el Guacamayo, empezó a gritar: “fue-ra”, fue-ra”…, dando el aviso. A ese pájaro no le gustaban nada las personas. Era un espécimen curioso, Hajmed no sabía bien la edad del bicho, formaba parte del lote cuando le traspasaron la tienda. Era del antiguo dueño, un hombre anciano al que todos en el barrio conocían como “El manco”. Un tipo curioso, de novela, que había regentado esa pajarería durante más de veinticinco años hasta el mismo día de su muerte. Hajmed cuidaba con esmero del Guacamayo, que era más viejo que los sillares de la antigua muralla y estaba ya casi desplumado. Su aspecto era milenario, destartalado, como el de un poeta febril que se encontrara totalmente fuera de su época y hacía reír a los clientes. Algunos se burlaban tanto del pobre animal que el bicho se hizo hosco y en cuanto alguien entraba por la puerta gritaba sin miramientos. Cuando “El Manco” vivía contaba siempre que aquél pájaro era un ser bendecido con el don del sentido de la orientación más precisa, como si el alma de Gonzalo Pizarro habitara su cuerpo de plumas multicolores, que durante sus aventuras en Brasil salvó su vida en dos ocasiones, al convertirse en sus ojos y su brújula cuando se perdió en medio de la selva por avaricioso, y la naturaleza le quiso escarmentar. Pero esta es otra historia, concluía siempre “El Manco”, sin terminar nunca de aclarar qué pasó. María Encarnación no había llegado a conocer a “El Manco”, pero Hajmedle había relatado una vez ese trocito de historia con aires de encantamiento y se había hecho con un espacio en su memoria, de manera que en cuanto abría la puerta de la tienda y veían ese pájaro desplumado se trasladaba a Brasil sin querer y se imaginaba rodeada de vegetación, perdida a expensas de un hermoso animal de brillantes plumas verdes, amarillas y rojas -luminosas como las flechas de los indígenas del amazonas que a menudo retrata el “National Geographic- que la guiaba sin descanso hacia un lugar amable lleno de la calidez que ella necesitaba.

-“¿Qué trae por aquí a Madame Vergara?”-, preguntó Hajmed con su tono cantarino y melódico de acento argelino, con una voz educada en los silencios del árabe materno y el francés perfecto de la escuela colonial.

-“Hola Hajmed, quiero comprar una pareja para Pichí, mi periquito”-, contestó saliendo de sus ensoñaciones selváticas.

-“¡Pero bueno!, veo que se te está ablandando el corazón, ¡qué poco has tardado en convencerte de que tu Pichí necesita una novia!

Al poco rato, salió de allí con una periquita preciosa, de plumaje perla azulado, delicada como una brisa de tul. Hajmed le proporcionó una jaulita bien protegida para que no cogiera frío y le advirtió que de momento no podía meterla en la jaula con Pichí. Había que proceder con cautela. Tenía que colocar las dos jaulas una frente a otra para que los animalitos se fueran conociendo. Era fundamental que primero solo se hicieran compañía hasta acostumbrarse cada uno a la presencia del otro, antes de juntarlos dentro del mismo espacio.

Llegó a casa sobre las seis y media de la tarde. María Encarnación colocó la jaulita con la hembra justo frete a la de Pichí, como le había indicado Hajmed. La reacción del periquito no se hizo esperar. Comenzó a revolotear en su jaula sin parar de moverse, mientras que la hembra permanecía quieta sobre su palito de apoyo sin dar muchas señales. Decidió ser paciente y dejarlos tranquilos.

Transcurrieron los días sin incidentes relevantes. Las rutinas continuaron, casa, trabajo, trabajo, casa… hasta que diez días después –más o menos como le había indicado Hajmed-, un luminoso sábado de mediados de marzo, María Encarnación metió a la hembra con mucho cuidado en la jaula del macho. Pichí no paraba de aletear y aletear, pero la hembra permanecía quieta, inmóvil pero temblorosa… “pobrecilla” pensó María Encarnación, “no parece que le agrade mucho este juego, ¿tendrá miedo?”. Al cabo de un rato, le pareció que todo era normal y decidió a bajar a la calle a disfrutar del buen día que se adivinaba tras las cortinas del salón.

Cuando regresó  a casa, a la hora de comer, había un silencio de iglesia. María Encarnación se dirigió a ver a sus pájaros y el espanto se dibujó en el fondo de sus ojos: la hembra estaba tiesa y desplumada en el suelo de la jaula. No cabía duda. Estaba muerta. Pichí estaba quieto en su columpio, como si tal cosa. No encontraba explicación. ¿Cómo era posible que su periquito, un animalito tan lindo, hubiera hecho algo así? No habían estado juntos compartiendo la jaula ni un par de horas. Sacó a la hembra muerta de allí, la envolvió en un pañuelo, la metió en una caja de zapatos y se dirigió a la tienda de Hajmed.

El pajarero no disimuló su asombro. Porque según él, solo pasaba algo así cuando se juntaban dos machos, y estaba seguro de que había elegido bien. Pero bueno, a la luz de los hechos, parecía que se había equivocado.

Después de pensarlo, María Encarnación decidió comprar otra periquita, para darle una nueva oportunidad a Pichí.

Una vez en casa inició el mismo proceso.

La nueva hembra permaneció diez largos días dentro de su jaulita situada encima de una mesa junto al ventanal del salón frente a la de Pichí, que cantaba y revoloteaba como nunca.

Transcurrido el tiempo, llegó el día y María Encarnación colocó a la nueva hembra dentro de la jaula de su pájaro. Ella se quedó quietecita y temblorosa apoyada en el palo y Pichí no paraba de revolotear, hasta que de repente se calmó y se puso a balancearse con delicadeza sobre su columpio. María Encarnación no sabía si podía confiarse, pero había llegado la hora de irse a trabajar.  

Sin embargo, cuando estaba a punto de llegar a la oficina, comenzó a recordar la cara de su ex y se agobió mucho cuando se dio cuenta de que en cierta manera sus facciones se asemejaban a las de un pájaro y justo antes de tener que sentarse en la acera, presa de una especie de ataque de ansiedad, vio en su mente a su periquito con la misma mirada fría y despiadada de su ex dibujada en su pequeña cara de pájaro.

Se levantó todo lo deprisa que pudo y volvió a su casa con la presión de intentar evitar una catástrofe segura. Abrió la puerta, y notó que reinaba otra vez ese extraño silencio. El silencio de la muerte. Cuando atravesó el salón y llegó hasta la jaula, ya era tarde. La nueva hembra estaba muerta y desplumada. Su pequeño cuerpo reposaba inerte en el suelo de la jaula. Había corrido la misma suerte que la anterior.

María Encarnación se enfureció, “¿pero qué especie de asesino en serie eres tú?” -gritó-, mientras intentaba coger a Pichí con la intención de darle su merecido. Pero el pájaro pellizcó su mano y se escapó, y como estaba abierta la parte superior del ventanal del salón, salió volando libre hacia la calle. María Encarnación hizo acopio de todas sus fuerzas y se tranquilizó un poco. “Mejor así”, pensó, “si encima lo llego a matar lo mismo hasta tengo pesadillas por los remordimientos”. “Al fin y al cabo sólo era un pájaro enjaulado, es posible que la cautividad lo tuviera un poco desquiciado”.

Pasó el tiempo, y un mes después, una luminosa mañana de mediados de mayo, María Encarnación se encontraba preparando el desayuno cuando la radio interrumpió sus quehaceres: “información local –escuchó-. Ha ocurrido un extraño fenómeno en el céntrico parque de la ciudad, se han encontrado más de treinta hembras de gorrión y de periquitas muertas y desplumadas. El servicio de parques y jardines no acierta a dar ninguna explicación, al parecer hace unas semanas que se vienen encontrando los pequeños cuerpos sin vida y, bla, bla, bla,…”.

María Encarnación apagó la radio con el alma abrasada por la ira, se sentó despacio sobre una silla, acodó los brazos sobre la mesa de la cocina y se puso a pensar en la manera de dar caza a ese asesino. 

¡Menudo pájaro!