domingo 18.08.2019
memoria histórica

Memorias de un viaje a la memoria (siguiendo el rastro de Machado)

Memorias de un viaje a la memoria (siguiendo el rastro de Machado)

Este viaje empezó mucho antes de emprender el camino hacia el hermoso y apacible pueblo del sur de Francia que es Collioure. Mucho tiempo antes de comprar el billete en la estación de Sants, en Barcelona, y subirme al tren que recorre ese litoral en busca de los Pirineos. 

En la biografía de Antonio Machado se encuentran los primeros pasos de ese paseo, y en el final precipitado de su vida unos interrogantes que no dejan a nadie indiferente: ¿De qué huía el poeta? ¿Y qué fue lo que encontró del otro lado de la frontera? 

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Viajar a la memoria en un tren de alta velocidad tiene sus contradicciones y sus comodidades. Machado salió de Barcelona el 22 de enero de 1939, en un vehículo de la Dirección de Sanidad. Escapaba de la inminente toma de la ciudad condal y de la represión franquista que se avecinaba. En ese viaje desesperado le acompañaban otros intelectuales destacados de la república española como el filólogo Tomás Navarro Tomás, el filósofo Joaquín Xirau o el periodista Corpus Barga. España llevaba años en la penumbra, pero en esas horas la oscuridad se acrecentaba, centenares de españoles se unían en un éxodo sin precedentes en Europa, y, sin saberlo, muchos de los exiliados se despedían definitivamente de su tierra. 

El municipio de Collioure, un pueblito de los Pirineos orientales ubicado a unos treinta kilómetros de Perpiñán, y con los pies en el mar Mediterráneo, se convirtió súbitamente en uno de los grandes puntos de acogida de los refugiados españoles.

A diferencia del mío, el viaje de Machado no fue un viaje corto. Tardó cinco días en llegar a destino. Primero el grupo con el que viajaba hizo una parada en el pueblo de Viladasens, en España, y luego, gracias a las gestiones de Corpus Barga –que disponía de un permiso de residencia en el país vecino y algunas influencias– consiguió abrirse paso a Francia. Yo, en cambio, volando en el interior de un AVE, no me percaté de la frontera. No tuve que detenerme en un punto de control para mostrar mi documento de identidad. Esa línea imaginaria ha ido borrándose con los años hasta convertirse en una línea intangible de sentido ambiguo. La Unión europea ha querido convertir esas fronteras en puentes, pero la crisis migratoria y económica de los últimos años ha vuelto a levantarlas inconscientemente.

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En la estación de Cerbère, Machado pasó una noche en un vagón, engañando el frío extremo y los recuerdos más dolorosos, y finalmente, al día siguiente se trasladó en tren hasta Collioure. Allí, el jefe de estación, un joven llamado Jacques Baills [i], le indicó un hotel que quedaba a poco más de diez minutos y donde él también se alojaba: el hotel Bougnol-Quintana.

El último gran viaje de Machado se concluyó con el tren. Iba “ligero de equipaje”, así como recoge uno de los versos de su poema “El tren” [ii], ya que tuvo que dejar las maletas en una de las paradas anteriores. Allí, en ese medio de transporte regional que unía dos localidades del Roussillon francés, el poeta pudo reconstruir en su mente cómo se desdibujaba España y cómo se iban algunos de los pensadores más importantes de aquella época, todos ellos convertidos en fantasmas errantes.

Las infraestructuras y comunicaciones del siglo XXI tienen poco que ver con las que conoció Machado. Nunca se imaginaría el poeta que el tren pudiera cubrir la distancia que separa a Barcelona y Perpiñán en poco más de dos horas y que cada hora saliera un tren en esa dirección. Tampoco se imaginaría que el pueblito en el que se hospedó durante un mes pudiera convertirse en una plaza destacable para recordar los terribles sucesos de la Guerra civil española y el gran éxodo que anunciaba el fin del conflicto armado.

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La playa que bordea el castillo maravillosamente conservado es parte fundamental del aire que exhala este pequeño territorio. Collioure parece un pueblo de otra época, aislado en el fin del mundo, y cortado de las agitaciones que dividen a hombres y civilizaciones. Nada se mueve en el horizonte. En realidad, no hay mejor lugar para sentarse y meditar sobre el paso del tiempo, sobre los conflictos que desfiguran y reconstruyen el rostro de la Humanidad. Sobre la identidad y la muerte. Éste es un lugar para recobrar la memoria y tal vez enhebrar algunas preguntas sobre lo que es el exilio. Sí, ¿Qué es el exilio? ¿Huir de un territorio? ¿Huir de un momento de odio exacerbado o, simplemente, renunciar a lo que en algún momento representó una parte integra de nuestra identidad?   

La muerte del poeta Antonio Machado advino un 22 de febrero de 1939, y se impuso a todo. A la nostalgia, a la tristeza, a los sueños y al deseo de luchar

Sobresale el sol, me acompaña y me arropa en las calles empinadas del pueblito. Su resplandor contribuye a esa sensación de inmensa protección y tranquilidad. Todo confabula para que el paseo sea una experiencia deleitable, pero Machado no conoció la misma suerte. Llegó en pleno invierno, acompañado de su madre, Ana Ruiz, su hermano José, y su esposa Matea [iii], cuando los Pirineos exhalaban ese carácter inclemente que les hace tan atractivos y peligrosos a la vez. El frío les entraba por las vestiduras, se pegaba a la piel hasta entumecerles las extremidades, era tan cruel que incluso el periódico L´Action française del 31 de enero de 1939 informó de la muerte de muchos niños afectados por el frío y la lluvia [iv]. Los integrantes de la familia Machado andaban desorientados, perdidos entre el deseo de huir de España y la nostalgia de volver a sentir alguna vez la dulzura de la tierra natal. Ese estado de perdición se reflejaba en la pregunta que le hizo la madre de Antonio Machado a Corpus Barga, el escritor que les orientaba: “¿Llegaremos pronto a Sevilla?”.

Ellos se refugiaron directamente en el hotel, acorralados por el cansancio y siguiendo los pasos atribulados de Corpus Barga. Yo en cambio, tuve tiempo de apreciar la enormidad de las paredes del castillo, deambular por las calles angostas del centro, contemplar los techos anaranjados del pueblo y esas vistas inesperadas sobre el mar que sedujeron a pintores como Matisse o Derain [v]. Al hotel Bougnol-Quintana llegaron prontamente muestras de hospitalidad y de afecto. Los vecinos se sorprendieron de ver llegar a uno de los poetas más reconocidos de la España republicana y el comisario de policía no dudó en poner su vehículo a disposición de los Machado, pero el poeta sevillano, desprovisto de todo equipaje, prefirió el encierro y tal vez la proximidad de los libros. El estado anímico no favorecía ninguna salida. Yo, en cambio, sólo pude observar la casa cerrada desde fuera. Imponente y misteriosa. Envuelta en un manto de silencio, hace un cierto tiempo que no atiende visitas [vi], y quizás por eso el edificio expele el ambiente tenso y frío de aquellos años. Una sensación de abandono. Justo al lado, otro hotel recibe hoy las visitas y anima la vista de quienes llegan a la plaza del mercado.

Del hotel al cementerio sólo hay unos metros. De la vida a la muerte también. La calle que hoy recibe el nombre de Antonio Machado –y que se asemeja a un pasaje entre jardines y patios–, une los dos lugares que ilustran el estado de fragilidad en el que llegó el poeta. Esa calle es también, sin quererlo, el camino a la memoria republicana.

La muerte del poeta Antonio Machado advino un 22 de febrero de 1939, y se impuso a todo. A la nostalgia, a la tristeza, a los sueños y al deseo de luchar. El hermano José declinó la oferta de enterrar al poeta en París [vii] e hizo, tal vez, lo más atinado: prefirió que reposara en el sencillo pueblo de pescadores de Collioure, cerca de la frontera. Cerca de su tierra natal. En aquel entonces, todo el pueblo, sin divisiones ni recriminaciones, despidió al poeta. Su féretro fue envuelto en una bandera de la República española y llevado en hombros por seis milicianos desde el hotel en el que se había hospedado hasta el cementerio. El alcalde encabezaba la marcha.

En el cementerio de Collioure, esa despedida otorgada a Machado sigue palpable. Su tumba sobresale en la entrada y luce florida, marcada por los mensajes de admiradores. También resuena el paso del presidente Pedro Sánchez, llegado el pasado 24 de febrero para recordar al poeta y a todos los que tuvieron que huir de la guerra civil [viii] en condiciones similares. La primera visita de un presidente español a la tumba del poeta exiliado quedó inmortalizada con la placa que permanece al lado del rostro grabado del poeta. La frase es explícita: “El Gobierno de España rinde homenaje al poeta D. Antonio Machado, uno de los hombres más dignos y preclaros, fallecido hace 80 años en el exilio”.

Machado reivindicado. Conmemorado por la Monarquía española en un acto inédito, y, sin embargo, aunque mi visita se produzca poco después, a mi llegada ya no queda rastro de las flores amarillas estampadas con la bandera española que el presidente Pedro Sánchez colocó sobre la tumba. Sólo puede verse la bandera republicana colgada al fondo, como si ambas no pudieran convivir, como si el recuerdo fuera todavía amargo, o como si estos polos opuestos se rechazaran automáticamente. La herida sigue viva, es un hecho.  

Sentado al lado de la tumba recuerdo algunos versos inolvidables de Machado. “Caminante no hay camino”. O también: “Es una hermosa noche de verano. Tienen las altas casas abiertos los balcones…”. Y luego: “Yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón”. Entonces, el tiempo se expande. Antonio Machado, ya no está aquí, pero dejó un mensaje fundamental para entender la España de hoy: el exilio es una paz incompleta, sin resolver. Y el dolor del exiliado se nutre de la incomprensión o de la indiferencia. 

El jardinero que mantiene las tumbas del cementerio me confirma que la de Machado es la más visitada. Lo dice sin sorpresa, y sin entrar en explicaciones, como si esta pregunta fuera frecuente, tan frecuente como el número de personas que vienen a encontrarse con el pasado. Machado se impone ahora como parte innegable de la historia de Collioure, y a su vez Collioure se convirtió en una etapa inevitable para reconstruir la memoria de la guerra civil.

En el castillo, tras recorrer su interior y descubrir cómo ha ido cambiando a lo largo de la historia, me topo con la otra cara de Collioure. “Esto llegó a ser un campo para intelectuales de la República”, me explica un guía muy interesado por el momento histórico que atraviesa España, los desaciertos de la transición y las recientes reivindicaciones independentistas de Cataluña. De repente, desaparece esa imagen de pueblito sosegado e inmutable.

Collioure fue alguna vez un campo especial (o centro de reagrupamiento especial). El Castillo -que hoy respira un indecible aire de inocencia– llegó a internar hasta 400 refugiados y brigadistas internacionales en las semanas que siguieron la muerte de Machado. Todos andaban matriculados y con el cabello rapado. Los internados eran sometidos a un régimen militar y las visitas prohibidas. Entre ellos se encontraba el secretario catalán de la UGT, Miquel Ferrer, el co-fundador del PSUC, Ángel Estivill, o incluso, Francisco Nitti, el comandante de la decimosegunda brigada Garibaldi, y numerosos oficiales del ejército republicano. Eran combatientes que, por sus ideales políticos, generaban la desconfianza del gobierno francés. Todos ellos –y el mismísimo Machado– fueron testigos de la Europa que se desmenuzaba en islitas devoradas por las tiranías. Aquella Europa fragmentada (y deshumanizada) por las ideologías.   

Los contrastes que nos ofrece la historia son a veces desconcertantes. En el caso de Collioure, se encuentran el recuerdo desolador de un campo de refugiados con el encanto solariego de un pueblo de vacaciones. Antonio Machado quiso posiblemente quedarse con esta segunda impresión cuando le dijo a su hermano en uno de los cortos paseos que hizo frente a las casitas de pescadores: “Quien pudiera vivir ahí, tras una de esas ventanas, libre ya de toda preocupación” [ix]. 

A punto de entrar mi tren en la vieja estación de Collioure, el tiempo empieza a discurrir. De Machado me despido, pero sé que prontamente lo encontraré en las esquinas inesperadas de alguna biblioteca. Ya sabemos todos que un viaje a la memoria nunca se termina.


[i] Antonio Machado en el andén del exilio, por Javier Rodríguez Marcos (El País, 16 de febrero del 2019).
[ii] Poema “El tren” de Antonio Machado, extraído de la obra “Campos de Castilla” (1912)
[iii] Los días finales de Antonio Machado en Collioure, la crónica necesaria. Nuevatribuna.es 4 de diciembre del 2016
[iv] Entre la ira, la inquietud y el pánico. Miquel Izard. Editorial Plataforma (2013), colección Historia.
[v] Collioure, inspiración de artistas. Cincuentopia.com 1 de diciembre del 2016.
[vi] Días de invierno en Collioure: 1939, por Alfons Cervera. InfoLibre, 21 de febrero del 2019.
[vii] Los últimos días de Antonio Machado, Luis Diez. Público.es 22 de febrero del 2019.
[viii] Sánchez visita las tumbas de Azaña y Machado. LaVanguardia.com 25 de febrero del 2019
[ix] El último cielo azul de Machado, Josep Playa Maset. LaVanguardia.com 22 de febrero del 2019

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