domingo 28/2/21
MEMORIA DEMOCRÁTICA

En memoria de Manuel Azaña

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Si hay una figura política que personifica lo que supuso la experiencia democratizadora y progresista de la Segunda República es, sin duda, Manuel Azaña Díaz (1880-1940) de cuyo fallecimiento se cumplen ahora 80 años. De él dijo Salvador de Madariaga que fue “el español de más talla que reveló la breve etapa republicana” y ello le lleva a definirlo como “el hombre de más valor en el nuevo régimen, sencillamente por su superioridad intelectual y moral” y es que, ciertamente, la preparación de Azaña para la vida pública no tenía precedentes entre los políticos de su época.

Por su parte, Paul Preston destacaba los tres objetivos principales que inspiraron la acción política azañista, que eran: la modernización de las relaciones entre la Iglesia y el Estado mediante el impulso de una política laicista por parte de la joven República (véase la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas); la modernización del ejército, no sólo en sus aspectos técnicos sino, sobre todo, subordinándolo al poder civil del Gobierno para evitar el endémico (y nefasto) intervencionismo de los militares en la vida política, de lo cual había sobrados ejemplos en nuestra historia reciente de los siglos XIX y XX, a lo cual habría que añadir un tercer objetivo, no menos importante que los anteriores: la necesidad de introducir la racionalidad y el diálogo en la vida política y parlamentaria, un anhelo del cual deberían tomar buena nota, también, nuestra actual clase política.

Manuel Azaña, siendo Presidente del Consejo de Ministros durante el llamado “bienio social-azañista” (1931-1933) fue el impulsor de toda una amplia de reformas educativas, militares y de profundo contenido social o estructural como la reforma agraria o la aprobación del Estatuto de Cataluña, todo lo cual le granjeó tres poderosos (y peligrosos) enemigos cual eran la Iglesia, unas derechas cada vez más fascistizadas y buena parte del Ejército.

Ahora, 80 años después, Manuel Azaña sigue reposando en tierras francesas, al igual que Juan Negrín o Antonio Machado, tres personas que representan lo mejor del ideal político transformador y cultural que supuso la II República española

Durante el período de gobierno de derechas (Partido Radical-CEDA) conocido como “Bienio Negro” (noviembre 1933 – febrero 1936), alejado momentáneamente del poder, Azaña volvió a la vida política de la mano de Izquierda Republicana, partido fundado en 1934 y que más tarde se integraría en la amplia coalición que supuso el Frente Popular. Tras la histórica victoria electoral de éste en los comicios del 16 de febrero de 1936, Azaña retornó de nuevo a la primera línea política republicana, primero como Presidente de Gobierno y después como Presidente de la República. Para entonces, la crispación social y la radicalización política eran evidentes y, pese a ello, Azaña asumió el cargo, como él mismo dijo, “con el deseo de que haya sonado la hora de que los españoles dejen de fusilarse los unos a los otros”, lo cual como los hechos demostraron pocos meses después, era una vana esperanza ante el endémico cainismo hispano del cual se lamentara más tarde Antonio Machado.

Así las cosas, el golpe de Estado militar del 18 de julio de 1936 y la violencia desatada tras el inicio de una contienda, tanto la de los rebeldes como la de los elementos incontrolados revolucionarios sobrecogieron a Azaña. Para evitar esta delirante sangría entre españoles, el brillante intelectual y político que siempre fue Azaña, realizó desesperados intentos para encontrar una solución conciliadora y negociada, confiando en la mediación de Francia y Gran Bretaña que pusiera fin a la guerra, pero todo fue en vano pues sus gestiones quedaron anuladas por el bramido de las armas que desangraban a las tierras y a los hijos de España.

La actitud de Azaña, cada vez más pesimista ante el desarrollo de la contienda para las fuerzas leales a la República al igual que le ocurrió a Indalecio Prieto, contrasta con la resolución y firmeza combativa del nuevo presidente de Gobierno, el socialista Juan Negrín puesto que, como señalaba de nuevo Paul Preston, Negrín no compartía “la profunda desconfianza” de Azaña hacia los comunistas ni tampoco la esperanza de éste de que” la guerra terminara con una mediación” debido no sólo por la beligerancia de las potencias fascistas, la Alemania nazi y la Italia fascista, contra la República, sino también por la desafección de las democracias europeas tal y como quedó patente en esa indignidad llamada Comité de No Intervención, por lo que Negrín optó por mantener hasta el final su consigna de resistencia a ultranza por parte de la acosada República española.

En contraste con la firmeza de Negrín, Azaña se fue sumiendo en el desánimo y aun así, con una grandeza política que le honra, en su célebre y emotivo discurso pronunciado en Barcelona el 18 de julio de 1938, siendo consciente de que “nadie vence sobre compatriotas”, invocó la reconciliación entre las dos España enfrentadas y en la que, tras la previsible victoria de los rebeldes y la derrota de los leales, evocando a los muertos de la contienda, los cuales “ya no tienen odio ni rencor”, recordaba que a todos los españoles enfrentados, “el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”, emotivo ruego que fue desoído tras la victoria franquista.

Azaña cumplió con su obligación institucional como Presidente de una República agonizante hasta el último momento declarando que, “mi presencia en este sitio significa y denota la continuidad del Estado legítimo republicano, que encuentra en el presidente de la República, en el Gobierno responsable en funciones y en las Cortes los órganos supremos de su expresión representativa y de mando”. Siendo consciente de que la guerra estaba perdida, siguió intentando hasta el último momento la mediación franco-británica con el triple objetivo, como señala Santos Julia, de lograr, una vez más de forma infructuosa,  una tregua inmediata que pusiera fin a las hostilidades, la designación de negociadores para la toma de posesión de todo el territorio nacional por el Gobierno franquista y la garantía de un trato humanitario para los vencidos, permitiéndose la evacuación de todas las personas y familias cuyas vidas corriesen peligro por “no ser toleradas por el nuevo régimen”, esto es, una paz sin represalias. No obstante, tras el avance imparable de las fuerzas franquistas en Cataluña, el 6 de febrero de 1939 Azaña cruzó la frontera francesa camino del exilio y el 27 de ese mes, un día después de que Francia y Gran Bretaña reconocieran al gobierno de Franco, dimitió como Presidente de la República.

Pocos meses después del final de la Guerra de España, se iniciaba la II Guerra Mundial, continuación en Europa de la misma lucha contra el fascismo que se había librado en España por parte de la República. Para entonces, su periplo por tierras francesas, acosado por los agentes franquistas que pretendían su detención y posterior traslado a España para ser juzgado y condenado como les ocurrió a otros dirigentes republicanos como Julián Zugazagoitia o el President de la Generalitat de Catalunya Lluìs Companys, culminó en la ciudad de Montauban, donde pudo evitar la deportación al contar con la protección diplomática de Luis Rodríguez, el embajador de México ante el régimen de Vichy.

Manuel Azaña murió en Montauban el 3 de noviembre de 1940. El mariscal Pétain prohibió que fuera enterrado con honores de Jefe de Estado así como que su féretro fuera cubierto con la bandera republicana, ante lo cual el embajador mexicano decidió que fuera enterrado con la bandera del país azteca y así se lo manifestó a las autoridades pétainistas señalando a Azaña “lo cubrirá con orgullo la bandera de México. Para nosotros será un privilegio; para los republicanos una esperanza, y para ustedes, una dolorosa lección”.

Ahora, 80 años después, Manuel Azaña sigue reposando en tierras francesas, al igual que Juan Negrín o Antonio Machado, tres personas que representan lo mejor del ideal político transformador y cultural que supuso la II República española, tres ejemplos de compromiso político y lucidez intelectual, siempre presentes en nuestra historia y memoria democrática.

En memoria de Manuel Azaña
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