viernes 21/1/22
zapallo-calabaza
 

El invierno es muy duro para los que no tienen un amparo en esta vida, eso dice mi papá. Y es cierto, siempre lo supe, pero ahora que soy más grande es peor, lo sufro más. Por mí y por mis hermanos, y por mi papá, claro.

Somos cuatro de familia: Tulio de once; yo, Mecha, de ocho; Bebo, de seis; y mi papá que no debe ser muy viejo, pero camina encorvado y tiene arrugas de tristeza que lo hacen parecer un anciano.

Trabajamos vendiendo, pero ya nos quedan pocas cosas para vender, lo más valioso se fue para pagar el entierro de mamá. Y está bien, papá y yo queríamos un entierro con cajón y todo, Tulio no quería gastar en eso. Que para qué si estaba muerta, que para qué gastar tanta plata en eso si mamá no se iba a dar cuenta. Pero papá no hizo caso y le dio el entierro. Eso sí, nosotros quedamos vivos y en la ruina. La extraño a mi mami, papá dice que ella estaba muy enferma y ahora no sufre más, que fue mejor así.

Vendemos todo lo que se pueda vender, primero fueron nuestras cosas, las camas, los colchones, la ropa de mamá, los faroles, las sillas, sacábamos todo a la calle y la gente lo compraba. Pero cuando se fueron acabando las cosas y papá seguía sin trabajo, salimos a pedir por las casas. Y eso hacemos hasta ahora, yo lo acompaño a papá puerta por puerta, él pide trabajo para él o para mí, pero nunca conseguimos, entonces ahí mismo agarramos lo que puedan darnos, ya sea para comer o para vender después. Papá dice que es por mi cara de ángel que la gente se apiada y nos da algo. Tulio me dice que es mentira, que el viejo me lleva con él porque soy linda y tiene miedo de que si me deja sola me violen los vecinos. Yo no sé si creerle, y no tengo miedo de que me violen. Rosita me contó que a ella la violó el padrastro hace mucho unas cuantas veces, y ahora ella se deja que la violen y gana plata. Yo quiero hacer lo mismo, sacarme la bombacha y que me violen, pero ella me dice que yo todavía soy chica, que cuando cumpla catorce o quince me va a presentar a unos tipos pero que tengo que esperar. Y la verdad que no sé qué hacer, porque hasta los catorce me da un tiempo larguísimo que no puedo esperar, y yo preciso ahora la plata.

Todos los días limpiamos la mercadería que traemos, las cacerolas, las sartenes, los jarros, los platos, y otras cosas que no sé bien  qué son, lustramos todo hasta que queda brillante, si hay ropa la doblamos bien prolija y la separamos por tamaño, igual con las zapatillas. Acomodamos las cosas en el carrito que hizo  Tulio con una rueda que encontró cerca de la vía del tren y unos cajones de madera descuajeringados que le dio Miguel, el verdulero. Tulio es el más inteligente de los tres, y eso que dejó hace un montón la escuela. Yo también dejé la escuela, no fui más, si total no aprendía nada ahí. Duré mientras duró mamá. Bebo no conoció todavía  la escuela, y no me parece que la conozca algún día.

El invierno es muy duro, sí. Somos más pobres en invierno. La escarcha hace blanco el barro y no se va hasta que el sol sube más fuerte, por eso no vendimos los zapatos ni la ropa caliente, y yo me pude quedar con el gorro de lana, por suerte, porque  a mí el frío en la cabeza me  duele. Tulio dice que hay que aguantar sin quejarse y sin llorar, que nadie se entere de nuestra miseria, que no tengo que decirle a la gente donde vivimos. Que si se enteran los del gobierno nos van a encerrar y nos van a separar y nos van a castigar. Yo no le creo, por qué nos van encerrar si no hacemos nada malo. Tulio lo dice para asustarme, yo sé, porque está celoso, él quiere salir a la calle como yo, pero está encargado de quedarse en la casa a cuidar que no nos roben y cuidar a Bebo también.

Hay días que no vendemos nada, y tampoco nos dan ni un pan. Vamos cada vez más lejos  para conseguir algo, recorremos los barrios donde están las casas más lindas y las calles de asfalto. Pero hay días que ni siquiera allá conseguimos cosas. La gente rica se debe cansar de ser buena, y yo me canso de caminar tanto y cuando estoy así no quiero andar más y papá me deja meterme en el carro y me lleva, y yo igual me canso, me canso del frío y de verlo así, tan cansado él también.

Lo bueno de hoy es que nos agarramos de la basura dos pedazos gigantes de alfombra, son tan grandes que a papá le costó un montón acomodarlos para que no se caigan. Yo le pedí que por favor nos quedemos con un pedazo, un pedacito aunque sea, qué lindo pisar algo calentito y suave así, pero no sé si me va a dar bolilla. A lo mejor con la alfombra no viene la laucha a la noche. El otro día papá les puso comida trampa para que se mueran, y algunas se habrán muerto, pero una quedó viva y a la noche aparece, y eso sí que me da miedo. Me da miedo de que me muerda los dedos de los pies mientras duermo. Papá no me cree, pero yo la vi. Tendría que matarla. Yo sé que la comida trampa está en la bolsa negra en el cajón de las herramientas. Tendría que matarla, así duermo tranquila. Papá dice que la alfombra la tiene vendida, toda.

Tulio está hirviendo un zapallo, le puso arroz y el picante rojo

Me encanta la sopa con picante, me calienta tanto la panza que me dura hasta que me duermo. Hoy está picante y especial porque yo le puse un buen puñadito de la comida de lauchas, y la estamos tomando todos, menos papá porque le duele el estómago. Siempre le duele el estómago cuando vamos a comer y no come nada. Igual le dejé un poquito en la olla, por ahí come cuando se le pasa y nos alcanza a nosotros que nos vamos a encontrar con mamá, allá donde no se sufre más.

María Angélica Ciciarello, de Nordelta, Tigre, Provincia de Buenos Aires, Argentina

Mecha de ocho