RELATOS

Másqueunsentimiento

Bailas con los ojos cerrados a punto de quedarte dormido en esta fiesta de Nochevieja que estáis celebrando cerca de tu casa y entretienes el tiempo esperando a que quien quiera que esté dentro abandone el cuarto de baño para que puedas ir tú a sentarte en la taza del váter y logres ya por fin hacer de vientre para seguir disfrutando de ese intento tuyo prolongado por no quedarte dormido en medio de ese jolgorio que tanto tiempo llevabas esperando aunque ahora se te antoja estando como estás al borde del sueño una especie de tortura que tienes que sufrir para poder llegar a esa edad en la que dejes de ser un niño y convertirte en eso que crees que te toca ser con los años que ya tienes. Bailas, pero te haces caca y decides sentarte a ver si así se te pasa esa sensación tan desagradable que no te deja disfrutar ni te permite hacer el conveniente esfuerzo para no quedarte dormido ahora que suena Boston y crees que estás capacitado para poder bailar másqueunsentimiento y lo que te echen. La noche está llegando a su final y eso que no sabes que se llama alba se abre paso en estos instantes en los que vuelves a acordarte de las bombillas que se lanzaban esa misma mañana mientras preparabais la fiesta Rodolfo y Bayo y estaban una y otra vez a punto de estallar tras estrellarse contra el suelo al que finalmente nunca llegaron. Se abre la puerta y el inodoro queda accesible aunque dañado como si acabaran de lanzar en ese cuarto de baño exiguo un par de bombas de hidrógeno y algo de napalm o meramente de gasolina sacada del vientre de miles de ratas. Te sientas en la taza del váter… Y te quedas dormido unos segundos en los que hasta sueñas que estás bailando en la calle desnudo ante todos los chavales y chavalas de tu barrio junto a una fogata que te deja las ropas empapadas del olor del invierno sucio de los días de las calles y las melenas y los billares y el no ir ya a misa los domingos. La música te llama, te despierta y te devuelve a la realidad de la Nochevieja que deberías estar disfrutando si se cumplieran dos requisitos, el más importante de los cuales es que supieras beber, supieras disfrutar del alcohol, y otro, que no es moco de pavo, que no tuvieras un sueño parecido al de un narcoléptico con sus ademanes de fiera herida, te mantiene de pie la música de Dr. Feelgood lo suficiente como para que te mezas en ese balanceo extático que tanto te divierte y con el cual quizás puedas derrotar al Morfeo ese del que te han hablado hace un rato y en cuyos brazos no tenías pensado caer. Dos requisitos que son ahora que lo pensamos todos los que estamos escribiendo este cuento, que no es sólo memoria pues esconde, como siempre que se escribe, los trucos de la literatura, un único requisito, el requisito del saber enfrentarse a la sensación del abandono que sabemos todos que produce beber en exceso, un requisito que no pareces cumplir ahora que te acercas a la barra sin camarero donde coges otro vaso blanco de plástico y te pones una copa sin medida ni estilo, un cubata pantagruélico, un cubata que vomitarás completo en unos minutos y que en su licor delicuescente y de fuego arrastrará la cena de esta Nochevieja tan larga ya que te está sentando como un tiro y en aquella y con aquella todo su contenido exagerado y hace unas horas tan suculento. Mientras te llegan las arcadas parece que flotas sobre esos pies tuyos donde sostienes la somnolencia y el desequilibrio neurológico y muscular que navega desde tus venas hasta el futuro de tu alma todavía inhóspita, es como si no hubiera nadie más en ese piso que habéis alquilado vacío como está, sin habitantes, para celebrar vuestra segunda fiesta de Nochevieja, la segunda de una ristra de reuniones donde tú y tus amigos recibiréis año tras año a cada año durante décadas, creciendo al compás del paso del tiempo y su medición computada y perfecta, es como si las chicas se hubieran ido ya, todas, y como si los chicos te hubieran dejado a ti anfibio en el centro de la habitación donde escuchas a Peter Frampton taladrarte con su guitarra las sienes del niño que ya estás dejando de ser lentamente, porque todo aparenta que te resistieras a abandonar esa patria que ya no te abandonará jamás y que una y otra vez nos obligas a recordarte en estos cuentos que te escribimos quienes quiera que seamos nosotros.