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Pablo D. Santonja | @datosantonja
En medio de la sobrecarga de tramas grandilocuentes, multiversos cada vez más incomprensibles y un tono general de gravedad que se ha instalado en muchas de las series principales de Marvel, hay un personaje que sigue haciendo exactamente lo contrario: romperlo todo. Y en España, curiosamente, no lo conocemos por su nombre original. Aquí no se llama Deadpool, sino Masacre. Puede parecer un simple cambio de nombre, pero encierra algo más: una adaptación cultural que ha cuajado con fuerza en el imaginario del lector hispanohablante. Deadpool, tal como suena en inglés, no dice mucho por sí solo. Pero Masacre es directo, sangriento, exagerado, y por tanto, perfecto.
La traducción comenzó en los años noventa, cuando las editoriales españolas optaban por castellanizar todo lo posible. En este caso, funcionó. Masacre no solo describe lo que hace el personaje (y cómo lo hace), sino que refuerza su esencia desmedida, sarcástica y violenta.
El cómic Masacre, escrito por Skottie Young y dibujado por Nic Klein, es una celebración de esa libertad. Publicado por Panini en su línea Marvel Deluxe, esta etapa es puro descontrol narrativo, algo que se agradece profundamente en una editorial que, por momentos, parece atrapada en su propia continuidad. Masacre, como personaje, es un jarro de agua fresca dentro de la fórmula Marvel. Su presencia garantiza que ninguna historia será completamente seria, ni siquiera la suya propia.
Young lo entiende a la perfección: nos entrega a un Wade Wilson desatado, que no respeta las reglas del relato, que se ríe del lector, de los villanos, de los héroes, y sobre todo de sí mismo. La trama importa, sí, pero es lo de menos. Lo importante es la libertad creativa, el humor disparatado, los personajes absurdos que aparecen sin previo aviso, las bromas que rozan el metacomentario y el caos perfectamente coreografiado. Nic Klein aporta un dibujo potente, con un gran sentido del ritmo visual y una capacidad camaleónica para pasar del gore más explícito al humor físico sin perder el tono. Se nota que los autores se divierten, y esa diversión se contagia. No hay pretensiones, solo ganas de jugar con los límites de lo que se puede contar en una página de cómic. Y esa, paradójicamente, es una de las cosas más serias que se pueden hacer en este medio.
En un panorama editorial donde cada personaje parece cargado de responsabilidad cósmica y dilemas éticos interplanetarios, Masacre es el bufón que, como en las mejores cortes reales, dice las verdades más incómodas mientras provoca carcajadas. Su existencia nos recuerda que, por encima de todo, los cómics mainstream también son un espacio para la libertad, la irreverencia y el puro placer de contar historias locas. Que en España se llame Masacre no es un error, es una declaración de intenciones. Y en este tomo, esas intenciones se cumplen con creces.



