Miércoles 19.06.2019
RELATOS

Esto era una vez Manuel Vázquez Montalbán entrando en el Viñas

Manuel Vázquez Montalbán lee un libro, tiene apoyado en el metal de la barra un periódico, creo que El País, y se ha encendido un cigarrillo...

Esto era una vez Manuel Vázquez Montalbán entrando en el Viñas. A partir de aquí, la cosa se complica. Todo iba bien. Un escritor de aquellos que son peatones de la historia y cronistas de ella a la vez; un bar de barrio, de mi barrio, un bar donde he pasado muchas horas, algunas hasta seguidas… Entra Manuel Vázquez Montalbán en el Viñas, ya digo… ¿y ahora qué?

El camarero se dirige al caballero que se acerca a la barra del bar, que ya se apoya en ella, que ya enciende un puro, que ya le pide una caña y una tapa de lo que más suelan poner. Eso ha dicho: “y una tapa de lo que más suelan poner aquí”. El camarero, nadie en el bar, en realidad, sabe que quien ha entrado ha sido Manuel Vázquez Montalbán. ¿Nadie? Yo sí. Y estoy flipando. Si es que se dice así, ‘estar flipando’. Alucino, me digo. ¡Manuel Vázquez Montalbán! No me atrevo a acercarme. Estaba esperando a alguien, yo, y ahora sólo quiero irme. No ser capaz de ir a saludar a Manuel Vázquez Montalbán, pero tenerle al lado se me hace insufrible. Está comiendo lo que le ha puesto Mino, el camarero. Y se ha bebido la caña de casi un solo trago. Le sirven otra, y otra tapa de lo mismo. El puro humea a todo trapo. Me estoy decidiendo a hablarle. Creo que voy a ir.

Manuel Vázquez Montalbán lee un libro, tiene apoyado en el metal de la barra un periódico, creo que El País, y se ha encendido un cigarrillo. El humo no puede tapar su proyecto humano responsabilidad ya suya, no sólo su rostro sino toda su efigie de tipo normal, muy español, muy convincente como merodeador mediocre por la realidad de un país de países cuya capital está hoy visitando. Muy convincente, pero en absoluto mediocre: en Manuel Vázquez Montalbán se atesoran las principales virtudes de la auténtica cultura a la que pertenezco. Y yo he acercado mi caña a la suya, permanezco de pie junto a la venerable personalidad de mi escritor favorito. ¿Qué le digo?

Entran en el bar un par de amigos míos. Creen que estoy charlando con Manuel Vázquez Montalbán, a quien no han reconocido, y se van a otro sitio en el bar tras saludarme arqueando las cejas. Manuel Vázquez Montalbán me mira, algo importunado. Parece que va a hablarme. Pero prefiere comer la carne en salsa que hay en el platillo que le puso Mino. Pepe Carvalho me mira ahora y me habla. ¿Querías algo? Saludo a Manuel Vázquez Montalbán y a Pepe Carvalho. Están los dos frente a mí. Alucino otra vez. Esto se complica mucho más. De pronto, ha caído la noche, el Viñas es atendido por otros camareros. Manuel y Pepe están charlando conmigo. Que soy otro. Que no soy yo, que aún no soy yo.

Manuel, Manolo, murió hace años. El Viñas ha cerrado hace un mes. Y algo parecido a esto que acabo de contar, de fabular, en este cuento me ocurrió a mí en una Feria del Libro madrileña cuando fui a comprar su Autobiografía del general Franco y al llegar a El Retiro, a las casetas, escuché por megafonía que Manuel Vázquez Montalbán firmaba libros en una de ellas, firmaba Autobiografía del general Franco, recién publicada. Quedé paralizado. Voy, no voy… Acabé saliendo, huyendo en realidad, de la Feria y comprando aquel libro en la Cuesta de Moyano, de regreso a casa. Mejor lo del Viñas, ¡qué duda cabe!

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