CRÍTICA DE LIBROS

Manuel Vilas proclama la Ley Ordesa

Hace meses que venía viendo su cubierta en muchos lugares, semanas que venía leyendo sobre ella y que escuchaba hablar de su categoría, de su relevancia, de la necesidad de leerla. Y la he leído.

Ordesa es una novela, aunque parezca que no lo es si uno se deja llevar por esa corriente lectora-crítica-literaria actual que ya duda sobre cualquier cosa respecto de los grandes géneros. Como nos pasa ya a casi todos con casi todo. El caso es que sea lo que sea, Ordesa es una obra maestra. Una obra maestra literaria. Una obra maestra literaria española. Una de las grandes obras maestras literarias españolas del siglo XXI. Al menos de cuantas tengo noticia, de cuantas no sólo he leído con la delectación con la que he leído Ordesa sino de cuantas sé por los demás, las cuales a veces es como si las hubiese leído yo mismo. O eso quiero creer.

Hablemos de la gran novela de Manuel Vilas, aparecida en el mes de enero de este año 2018, publicada por Alfaguara.

Manuel Vilas, escritor

Es la primera vez que leo a Vilas, el escritor aragonés casi de mi edad, y eso es algo que me ha resultado imperdonable al leer su deslumbrante Ordesa, pero me lo voy a perdonar. Porque tras leer este libro imprescindible casi soy capaz de perdonarme todo. Literariamente hablando. Poeta y narrador, Manuel Vilas ha escrito una hermosa y dolorosa y asombrosa y poderosa y cautelosa poesía que ha sabido ocultar dentro de una hermosa y dolorosa y asombrosa y poderosa y cautelosa narración que finaliza con lo que a mí me ha parecido lo peor de ella, varios poemas. Lo peor es aquí no decir gran cosa, porque esos poemas que a mí me han sobrado son magníficos poemas de un escritor que escribe como si su alma ya no fuera del todo suya.

Porque, digo yo, ¿no es mejor poema este párrafo de prosa excelsa que cualquiera de las poesías que rematan el volumen?

“Mi corazón parece un árbol negro lleno de pájaros amarillos que chillan y taladran mi carne como en un martirio. Entiendo el martirio: el martirio es arrancarse la carne para estar más desnudo; el martirio es un deseo de desnudez catastrófica”.

La desnudez. La desnudez de Vilas es tan absoluta en buena parte de su libro que en ocasiones espanta. Y, para abandonar ya el asunto de la relación de la poesía con Ordesa, volviendo al párrafo citado recientemente, ¿no habría sido un admirable poema oscuro si se hubiera presentado así?

“Mi corazón parece un árbol negro
lleno de pájaros amarillos
que chillan y taladran mi carne
como en un martirio.
Entiendo el martirio:
el martirio es arrancarse la carne
para estar más desnudo;
el martirio es un deseo
de desnudez catastrófica”.

Ordesa es, y lo digo ya, una novela sobre la ausencia, un poema con forma de novela sobre lo que se ha tomado conciencia de que ya no es lo que fue y ahora no es nada. Para Vilas, para el dolorido narrador de Ordesa, la vida es “servir a la vida”, es “derrotar a la soledad”, porque para el poderoso poeta de Ordesa, mientras vives, “o ves morir o te ven morir”.

Derrotar a la soledad. Quizás para eso sirva la literatura, al menos a menudo, al menos a muchos. Quizás para eso les sirva escribir a menudo a muchos. A Vilas, sin ir más lejos.

“La soledad es una ley de la materia que enamora: LA LEY ORDESA”.

Las mayúsculas son mías, no del autor de la oscense Barbastro. Y son para evidenciarte de qué estoy hablando. De la Ley Ordesa. El silencio en el que se envuelve Vilas para que veas el silencio de la ausencia:

“Me estoy lacerando el alma, porque no entiendo ese taimado movimiento que va de lo que se mueve y habla a lo inmóvil y mudo”.

En el pasado, la vida se entrega “al santo oficio de la oscuridad”

El pasado, pero también lo que se escribe sobre el pasado, esto es, la Historia (cuyo nervio es “la idea de mejora”, una “alegría universal”), es uno de los protagonistas de Ordesa. Es el protagonista descarnado, porque pronto te diré que quien protagoniza Ordesa es Manuel, son sus padres, muertos, son sus hijos, vivos.

“La Historia es también un cuerpo con remordimientos. Tengo 52 años y soy la historia de mí mismo”.

Nada tiene que ver Ordesa con una obra histórica, con un libro de Historia, quiero decir, aunque Vilas se reconozca sin quizás pretenderlo como un historiador, algo que no necesita ser, siendo como es un narrador y un poeta que escribe una novela:

“No me interesa enjuiciar lo que pasó, sino narrarlo o decirlo o celebrarlo. La moralidad de los hechos es siempre una construcción de la cultura. Los hechos en sí mismos sí son seguros. Los hechos son naturaleza, su interpretación es política. […]

Hechos que producen otros hechos: la catarata de la vida, agua que está corriendo todo el rato, mientras enloquecemos. […]

El pasado es la vida ya entregada al santo oficio de la oscuridad. El pasado nunca se marcha, siempre puede retornar. Vuelve, siempre vuelve. Contiene alegría el pasado. Es un huracán el pasado. Lo es todo en la vida de la gente. El pasado es amor también. Vivir obsesionado con el pasado no te deja disfrutar del presente, pero disfrutar del presente sin que el peso del pasado acuda con su desolación a ese presente no es gozo sino una alienación. No hay alienación en el pasado. […]

Y todo da igual porque la Historia se ha muerto y porque la gente se ha dado cuenta de que lo que narra la Historia no existe en el presente y la gente ya no quiere heredar las cargas fantasmagóricas de tiempos pasados, de tiempos ficticios. […]

La Historia, como el agua, avanza por donde menos se la espera. […]

Quienes más necesitan la Historia es quienes no tienen nada, sólo la Historia. […]

La mayoría de hombres y de mujeres no tienen historia. Poseyeron vidas sin historia. Y eso es hermoso también. Y al fin y al cabo el planeta Tierra es un cementerio general de millones de seres humanos que estuvieron aquí y carecen de historia, y si careces de historia, cabe preguntarse si estuviste vivo alguna vez”.

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El pasado es en Ordesa un enigma, pero es el presente el que lo convierte en enigma, por eso Vilas mira “al presente con lupa, con microscopio”, para ver cómo se produce esa transformación. Y de ahí brota la literatura prodigiosa de esta novela prodigiosa, de la visión del autor de su recuerdo mientras su recuerdo “está viendo el pasado”. Exactamente de ahí, de una forma reconocible pero al mismo tiempo única de ver el pasado como un momento de velocidad pausada, como a cámara lenta, como aquel pasado de los años 70, de la infancia y adolescencia de Vilas (y mías), “cuando la vida iba más despacio y podías verla”.

Porque la historia que nos explica la Historia, la odisea de los hombres, brotó de un Dios detestable. Lo dice Vilas. Lo escribe Vilas. Palabra de Vilas.

           “Nada debe ser recordado. Eso es tener competencia sobre la muerte”.

Ser hijo, ser padre

Ordesa es una oda a la vida a la manera de Vilas, una oda al envejecimiento (“nuestro futuro”), a la belleza (que hubo en todo lo que fue) y a la muerte (porque “el mañana es de los muertos”, hasta “las cosas también se mueren”).

Quienes protagonizan Ordesa son Vilas, sus padres muertos y sus hijos vivos. Lo he dicho. Por eso Ordesa es además una novela de lucha, de la lucha de los padres por sus hijos.

“Aunque en España nadie quiere exhibir nada. Nos vendría muy bien escribir sobre nuestras familias, sin ficción alguna, sin novelas. Solo contando lo que pasó, o lo que creemos que pasó. La gente oculta la vida de sus progenitores. […]

Me gusta mucho que los amigos me cuenten la vida de sus padres. De repente, soy todo oídos. Puedo verlos. Puedo ver a esos padres, luchando por sus hijos.

             Esa lucha es la cosa más hermosa del mundo. Dios, qué hermosa es”.

La muerte es en Ordesa una presencia constante en su merodeo perpetuo, y con ella Vilas acude al pasado a hacer, afortunadamente para nosotros sus lectores, lo que quiere con él, lo que mejor sabe hacer:

“La gente es como es, y ya está. Y cuando todos han muerto todo da igual, porque todos los muertos fueron grandes hombres y mujeres; la muerte les dio un significado final digno y afortunado. […]

Todos se han marchado. Es como si me hubieran dicho: ‘Invéntatelo todo, nosotros nos vamos, haz lo que quieras con tu pasado, da igual, ya no estamos vivos”.

Volver a ver a sus padres, volver a Ordesa, a la Ley Ordesa, la esperanza… Es conmovedora toda la relación establecida entre Vilas y sus padres vivos, entre Vilas y sus padres muertos, entre un Vilas a veces muerto y sus padres ya muertos definitivamente:

“La esperanza de volver a veros, papá y mamá. Sólo soy eso, esperanza de volver a veros”.

             “La solemne nada histórica en que vivimos [mamá,] papá, tú y yo”.

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Una novela española

Cuando escribí mi libro ¿Qué eres, España? rehuí con ahínco las ambiciones literarias que no estuvieran amparadas por mi oficio de historiador, pero estoy convencido de que si hubiera querido acudir a ellas me habría gustado mucho haberme acercado a los límites artísticos de Manuel Vilas cada vez que se pregunta por lo que es este país de países donde vivo, crezco y amo:

“Ese es el misterio de España por el que se preguntan los historiadores y se preguntan los hombres de buena voluntad y se preguntan los escritores inteligentes y se preguntan los intelectuales honestos; ver caer a la gente, eso nos pone a mil. […] Y yo lo entiendo, porque soy de aquí. El último español, cuando todos los demás españoles estén ya muertos, será feliz al fin”.

Leo por ahí que Vilas es un experto, que opina a menudo, que sabe y quiere y le gusta discernir sobre el capitalismo. Y en Ordesa el sistema económico que domina el mundo desde hace siglos se hace un sugerente hueco dentro de la peculiarísima narrativa de la obra. Y si no, ¿qué me dices de esta frase?

            “El capitalismo se basa en el abigarramiento de la codicia”.

Porque uno podría leer la novela de Manuel Vilas como un ensayo también, si uno tuviera algún interés, digo, en categorizar cada una de las cosas que hace: leer, pensar, escuchar… Vivir. Y sobre el sentido de la vida tiene también algo que decir Ordesa, pues de las muchas cosas que acaba por ser subsidiariamente es una escalofriante manera de buscarle el sentido a la vida:

“Que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de la vida, y el único éxito”.

La vida es un complot detrás del cual no está Dios, no está el azar: “quien está es el tiempo”. El tiempo, otro de los protagonistas de Ordesa, la novela donde vemos literariamente comenzar el tiempo como lo vio su autor cuando era un niño (o dejaba de serlo) y fue con su padre por vez primera al segundo parque nacional más antiguo de España, ubicado en el Pirineo oscense: “todo era futuro entonces, todo es pasado ahora”.

A menudo parece que Vilas fue y ya no fuera, que su vida tuvo lugar como la tuvo la de sus abuelos, la de sus padres, la de sus tíos, y así podemos leerle, a modo de epitafio, que…

         “Toda mi vida fue feudalismo freudiano y matriarcado”.

Ordesa es toda la vida de Vilas… hasta ahora, y yo pienso leerme todo lo que escriba después de su extraordinaria novela.

        “Puede que un hombre acabe por enamorarse de su propia vida. […]
        La vida es absurda, por eso es tan buena”.