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viernes. 01.07.2022

Manolo Santana, hijo de la periferia madrileña

El tenista tuvo que recorrer un durísimo camino que escasos jóvenes tuvieron la suerte de poder afrontar.
MSantana
Foto: Wikipedia

Acta de la sesión ordinaria del Pleno del Ayuntamiento de Marbella del 26 de junio de 2009: Manuel Santana Martínez, famoso jugador de tenis que residía en Marbella desde los años ochenta, nacido en el barrio madrileño de Cuatro Caminos el 10 de mayo de 1938, que perteneció -prosigue el texto- “a ese grupo de deportistas que ellos solos, sin casi medios y con todo en contra han logrado destacar…”, era nombrado por unanimidad hijo predilecto de Marbella.

Para lograr este reconocimiento tan glamuroso, Santana tuvo que recorrer un durísimo camino que escasos jóvenes de la periferia madrileña tuvieron la suerte de poder afrontar. Solo los elegidos para la gloria eran acunados y bendecidos por el franquismo. De Cuatro Caminos, la familia del tenista se trasladó a vivir al humilde barrio de casitas bajas del Ventorro del Tío Chaleco, que iba desde las cercanías del arroyo Abroñigal hasta la calle Arturo Soria. Llegó con cuatro o cinco años, y su casa, en la que compartían cuarto de baño cerca de veinte familias, estaba en la calle López de Hoyos casi llegando al cruce con la vía dedicada al célebre urbanista.

En el Ventorro, el futuro tenista conoció una infancia gris, como la mayoría de familias durante el franquismo

En el Ventorro, el futuro tenista conoció una infancia gris, como la mayoría de familias durante el franquismo. Su padre, que luchó en el bando republicano durante la Guerra Civil, estuvo diez años en prisión: seis en la cárcel de Colmenar Viejo y el resto en la Modelo de Madrid; por eso Manolo tuvo que dejar de estudiar y ponerse a trabajar con diez años. Lo hizo en el Club Velázquez de recogepelotas, siguiendo la trayectoria de su hermano mayor, tras quedar deslumbrado por su ambiente. El padre falleció poco después de lograr la libertad. Tenía 48 años, y Manolo 14. Su madre, sin embargo, no educó a sus cuatro hijos en el rencor, rememoraba una y otra vez el tenista en la democracia, cuando ya no era necesario ocultar los recuerdos. Adivinó -manifestó el tenista en varias ocasiones- que su vida iba a transcurrir “en un mundo de derechas”.

El ocio de Manolo Santana era el de los descampados, con una imagen de contraste social que se repetía cuando hacía buen tiempo, con los años expresada por el tenista por ejemplo así: “Entonces vivíamos en López de Hoyos, cerca de Arturo Soria, en una zona que en aquel momento era la periferia de Madrid y a la que muy poca gente iba. Por delante de nuestra casa solo pasaban los coches de quienes acudían a una discoteca llamada Villa Rosa, frecuentada por gente de dinero. Esa era nuestra distracción en las tardes y las noches de verano: poníamos música en la radio, salíamos al portal y veíamos los coches.” (Las Provincias, 30 de marzo de 2016). La discoteca, en realidad sala de fiestas con actuaciones y restaurante, era el Parque Jardín Villa Rosa, un exótico paraíso de las élites triunfantes inaugurado nada más y nada menos que en julio de 1940, con el país sumido en la miseria y las fratricidas armas aún calientes.

Su primera raqueta se la construyó él mismo con el palo de una silla y unos alambres, y la segunda fue una vieja raqueta que le regaló un socio del club. En 1949, con doce años, los hermanos Álvaro y Aurora Romero Girón le apadrinaron y se lo llevaron a vivir con ellos, pudiendo terminar, además, el bachillerato. Y así comenzó su fulgurante carrera. Sus grandes logros deportivos, de inusitado mérito dadas sus circunstancias, fueron dos Roland Garros, un Wimbledon y un abierto de EEUU; en un tiempo en el que el deporte español apenas cosechaba importantes triunfos.

Franco le dijo: “Quiero que sepa que en esta vida muchas veces pagan justos por pecadores”

Franco le dijo: “Quiero que sepa que en esta vida muchas veces pagan justos por pecadores”. Manolo y su madre nunca olvidaron aquellas crueles palabras. Fue en el acto de imposición de la medalla de Isabel la Católica tras ganar Wimbledon, tras verle jugar en la pista de tenis que el dictador mandó montar en El Pardo. Franco abría sus puertas, a ojos del mundo, a las milagrosas figuras del deporte español, la mayoría criadas en barrios o pueblos humildes, con exhibiciones de sus facultades, si era posible, con él delante, como en la Roma imperial.

España adoraba a sus héroes, a sus grandes boxeadores, como Carrasco, Legrá, Perico Fernández o Pepe Durán; a ciclistas como Ocaña o Fuente; a los hermanos esquiadores Fernández Ochoa; al motociclista Ángel Nieto, y a multitud de futbolistas que aprendieron a jugar en las calles y en los descampados. Los ídolos fueron ensalzados por el régimen franquista y sus continuadores antes de caer en el olvido y, con frecuencia, en la penuria económica, cuando no en un final trágico.

No fue el caso de Manolo Santana, que en paz descanse, que siguió los consejos de Mercedes, su madre, hasta la tumba. Así tuvieron que actuar la mayoría de madres con sus hijos durante el franquismo: escondiendo de un modo u otro unas verdades que eran sangrantes heridas nunca cerradas.

Juan Jiménez Mancha


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