domingo. 14.04.2024
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La sexta novela del gran escritor estadounidense Jonathan Franzen se titula Encrucijadas (originalmente, Crossroads: A Novel) y ha sido espléndidamente traducida al español por Eugenia Vázquez. Acabo de leerla. Es impresionante. Franzen es una vez más impresionante, descomunal como escritor, un inventor de situaciones auténticas de máximo nivel artístico, un literato grandioso. Sí, he disfrutado enormemente de Encrucijadas, que, me entero ahora, se anuncia como la primera obra de una trilogía que devoraré a medida que se vaya publicando en mi idioma.

Al comienzo leemos a uno de los personajes, el reverendo Russ Hildebrandt, el padre de la familia protagonista, hablar sobre la canción que da título al libro, y prácticamente al grupo juvenil cristiano que de alguna manera está también en el centro protagónico de una novela (Encrucijada):

“Así que le pregunté cómo no conocía la canción original de Robert Johnson y me miró perplejo porque, para él, claro, la historia de la música empieza con los Beatles. Creedme, he oído la versión que hace Cream de Crossroads y sé muy bien lo que hay detrás: un atajo de ingleses desvalijando a un auténtico maestro del blues negro americano y actuando como si esa fuera su música. […]

Da la casualidad de que tengo la grabación original del Cross road blues de Johnson —alardeó en un tono repelente— desde cuando vivía en el Greenwich Village. Bueno, ya sabéis que pasé una temporada en Nueva York. Buscaba viejos discos de 78 revoluciones en las tiendas de segunda mano. Durante la Gran Depresión, las discográficas se echaron al campo e hicieron grabaciones asombrosas, Leadbelly, Charlye Patton, Tommy Johnson. Yo trabajaba para un programa extraescolares en Harlem y cada noche volvía a casa y ponía sus discos: era como si me transportaran directamente al Sur durante los años 20. Había tanto dolor en esas viejas voces… Me ayudó a entender la congoja con que lidiaba a diario en Harlem, porque eso es el blues en el fondo y eso es lo que se perdió cuando las bandas de músicos blancos empezaron a plagiar el estilo. No oigo ni rastro de dolor en esa nueva música”.

En realidad, la novela de Franzen no va de blues, pero tenía que decirlo. ¿O sí es a su manera un blues? No importa. Sigo. O mejor: empiezo.

En Encrucijadas nos vemos humanamente, pero también literariamente, deslumbrados por aquellas cosas que hacen que el futuro se contraiga de forma drástica, que logran “que cualquier hecho más allá del día siguiente carezca de importancia”. Hablo del deslumbramiento maravilloso del arte. Espero que sepas a qué me refiero.

“Es que hay palabras que están ahí fuera en el mundo y empiezas a plantearte qué ocurriría si las dijeras: las palabras tienen su propio poder, crean el sentimiento por el mero hecho de que las digas”.

En la novela de Franzen, los personajes se dicen cosas como esta:

“Amo quien eres, pero no estoy enamorado de ti”

Resulta estremecedor, de un estremecimiento lector que va más allá de la mera lectura (está uno leyendo a Franzen, no lo olvides), el viaje a la locura de uno de sus personajes: un viaje lleno de apagones y de lucidez confusa, patológica, casi asesina. Porque el daño mental y el dolor tienen una presencia memorable en Encrucijadas, casi como la de Dios. Sí, Dios. Asistimos a la reducida visión del padre Russ de un país transformado por una vigorosa ética cristiana, pero también a la pequeña épica de intentar dar muerte a esos dragones que llevamos en el alma, esos dragones que no son más que “cada dolor justificado”. ¿Es la bondad la máxima expresión del universo?

Marion, la esposa de Russ Hildebrandt, vuelve a fumar y brilla el brillante Franzen:

“La primera calada le recordó la pérdida de la virginidad: dolorosa, horrible y excelente”.

El balance que es siempre cuanto vivimos. “Los hechos del mundo se habían sometido a su estado anímico”, escribe luego nuestro autor (sigue con Marion).

Cuando nos magnificamos, cuando nos hacemos reales e inevitables. Encrucijadas está sobrada de las situaciones habituales de quienes viven su vida como la viven los personajes literarios que salen de la realidad mistificada por los escritores singulares.

“Como si la música alguna vez solucionara algo”, piensa en una ocasión Clem, el hijo mayor del matrimonio Hildebrandt al escuchar a un grupo musical agitar a su audiencia a favor de la paz y la retirada estadounidense de la guerra en Vietnam. Porque en esta novela estadounidense, se vuelve a Vietnam, ese gran abismo novelesco, literario, artístico, esencial.

Hablé antes de Dios. Al fin y al cabo, hay una abundancia de Dios en la novela, del Dios de muchos cristianos, del Dios en los corazones, pero también en las cabezas de quienes sienten la necesidad de su existencia, de su amor, de su mera presencia espléndida.

“En los capítulos intermedios de los Evangelios, las multitudes seguían a Jesús allá donde iba: se arremolinaron a su alrededor en la ladera de la montaña, obtuvieron panes y peces multiplicados por millares, lo recibieron con ramas de palma cuando entró en Jerusalén, pero en los últimos capítulos asistimos a escenas de soledad, de dolor íntimo. La última cena: clandestina y acechada por la muerte. Pedro se abisma en la tribulación de su deslealtad; Judas se marcha para ahorcarse; Jesús se siente abandonado en la cruz; María Magdalena llora frente al sepulcro. La muchedumbre se ha dispersado y todo toca a su fin. Lo peor en la historia de la humanidad ha ocurrido vertiginosamente rápido y amanece otra mañana de domingo en Judea, el primer día de la semana judía, una mañana particular de primavera con un particular olor a primavera en el aire. Incluso la verdad que se revela esa mañana (el dogma de la divinidad y la resurrección de Cristo) trascendió austeramente la particularidad humana, a su manera no menos melancólica”.

encrucijadas portada 2No, no es Encrucijadas una novela de sabor bíblico, sobre la vida de Jesucristo, no. Como ya te he dicho, Vietnam está lo suficientemente presente como para recordarnos que estamos a comienzos de la década de los años 70 del siglo pasado, en Estados Unidos. En el país de Franzen.

¿Hay eternidad “cada segundo que estamos vivos”, como Marion creyó alguna vez justo cuando estaba enamorando a Russ? ¿“Las palabras no expresan la emoción, la crean por sí mismas”?

Tal vez Encrucijadas sea una novela sobre encontrar, y reencontrar, la alegría. (“La alegría es un don divino, nadie la merece”.) O a Dios. (“En el principio solo había una partícula de materia oscura en un universo de luz, un cuerpo flotante en el ojo de Dios”.) Quizás sea un libro de ficción sobre los múltiples cortes bruscos que hay entre la fantasía y la realidad.

Franzen es un poderoso artesano de esas palabras que crean la emoción, sin duda, capaz de crear para nosotros, que le leemos arrobados, conmovidos, vibrantes, esos momentos vividos en que tendemos a creer que la esperanza es el refugio de los estúpidos. Por cierto, ¿crees como uno de los personajes de su quinta novela que las primeras impresiones te acompañan para siempre?

Hay un pasaje de la novela en el que leemos una reflexión muy interesante sobre el arte que desprenden las novelas para quienes las leemos encantados:

“Antes de tomar su vuelo, Marion se compró un libro de bolsillo: La plenitud de la señorita Brodie. No esperaba poder concentrarse en una novela. Hace años que no tenía la serenidad suficiente para leer una, pero la absorbió en el acto. Leyó sin parar hasta Phoenix y después en un segundo avión todo el viaje hasta Albuquerque. No llegó a acabar el libro, pero no importaba, el ensueño de una novela era más maleable que otra clase de sueños. Podría interrumpirse en medio de una frase y volver luego a sumergirse de lleno. Gracias a la lectura, la mañana en California se había hecho atardecer en Alburquerque. 

Así que en eso consiste esto, Jonathan Franzen, en la maleabilidad del ensueño que impregna al lector de una novela. Un ensueño que podríamos recuperar en cualquier momento.

Más pensamientos religiosos cercanos a Dios, este de Becky, la hija del matrimonio Hildebrandt (compuesta por otros dos hijos, varones, más): “el tiempo es una ilusión”. 

Sé que muchos lectores de la estirpe irredenta de los letraheridos se enfadan si uno habla de obra maestra cuando se refiere a un libro digamos convencional, de esos que detectamos los simples lectores sin sus dotes, pero lo escribo: ENCRUCIJADAS ES UNA OBRA MAESTRA.

            “La perpetua carga de estar a solas con su conciencia”.

Las magníficas encrucijadas del literato Jonathan Franzen