miércoles. 19.06.2024
luna9

Cada vez que la luna sale tarde como en la noche de la canción, algo que ocurre más a menudo de lo que se cree, en nuestra casa de Silpa salimos ella y yo y nos sentamos en la escalera a esperarla. Salíamos, porque ella está muerta.

Ella viene con su taza de café muy caliente, casi hirviendo, estilo andaluz, yo con mi gin-tonic. Los dos con la mezcla del aroma de las dos bebidas, con la intersección del perfume de su cuerpo y el olor del jardín que ella protege y cuida. Que ella cuidaba.

De vez en cuando nos besamos en ese cortejo permanente en el que hemos convertido nuestro amor, nos damos besos de esos que dejan en la boca la certeza que sólo los besos saben dejar en las bocas y ella me dice suavemente claro cuando la pregunto si me sigue queriendo. Porque ella me sigue queriendo.

Yo la hablo de los libros que tengo en la cabeza, los míos y los menos míos, y ella me recuerda que tengo que leer su último poema, ese que escribió la noche en que se quedó en el hospital junto a su padre, el poema de las noches y las luces, el de los versos oscuros pero ágiles, el poema en el que me dice que ama mi alma desde que mi alma brotó en un rincón del universo. Me encanta leer los poemas que escribes. Que escribías.

Bebemos casi a la vez, ella de su taza caliente y yo de mi vaso helado. Así saben mejor los besos, me dice ella cada vez que eso ocurre. Y el beso es el colofón de la coincidencia, siempre. La luna sigue retrasándose pero el cielo la está aguardando allí arriba. Y nosotros aquí, en nuestra casa, en la escalera que da al porche que ella pintó tantas veces de los colores más hermosos. Los colores que se llevó para siempre a ese sitio extraño donde se fue. Donde se fue con su muerte y me dejó a mí con mi vacío al principio, hasta que me di cuenta de que ella estaba ya siempre donde yo quisiera que estuviera. Aquí, sentada a mi lado por ejemplo en esta noche en la que la luna debe de estar al llegar, tarde, pero al llegar, para posarse sobre el lugar exacto del cielo donde contemplarla ella y contemplarla yo sin necesidad de repetirnos una vez más te quiero.

Hablamos de nuestros hijos, del futuro que no conoceremos y del pasado que les dimos. Ella sonríe al recordar cuando la niña que es ya una mujer sin dejar de ser la niña que es repetía ensimismada, tratando de representar el papel de la traviesa Sonia, miraquehacesonia. Y yo vuelvo a contar la cara de alivio de su hermano en el momento en el que por fin aparecieron Buzz y Woody tantos días escondidos en su mundo de juguetes. Y ella entorna un poco los ojos como sólo ella debe de saber hacer y me pone su dedo en los labios para que sea únicamente su memoria la que los traiga una vez más desde su infancia y así acercarnos su espíritu y sus voces de verdad. Porque ella podía detener el tiempo y plegar los kilómetros.

Ella entra a por algo que ponerse sobre sus hombros porque la luna tarda y la noche ha sorteado todas las trampas del calor del día hasta arrinconarlas. Yo bebo un trago de mi bebida y chasqueo la lengua de placer, del auténtico placer del alcohol en compañía. En la mejor compañía posible. Un murmullo va creciendo hasta transformarse en estruendo de catarata e inundar el cielo. Son las aves que saben que no hay ya ningún sitio mejor en la Tierra que la marisma cercana a Silpa y hacia ella se dirigen alegres y victoriosas. Ella vuelve a dejarse sorprender como si no viera ese fenómeno año tras año y me dice miraaaaaaaa han vuelto. Ojalá tú también volvieras de ese lugar al que te has ido, le digo al hueco que has dejado a mi lado.

Ahora que sobre el cielo reina por fin la luna ya podemos ir a acostarnos, le digo a ella conmovido por la expectativa, una vez más, de su cuerpo y del mío tan dispuestos a acoger nuestro deseo común y único. Espérame, mi amor, que ahora voy; me dice ella desde ese lugar tan extraño de donde a veces regresa.

La luna
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