lunes 10/8/20
Cuentos de verano

Lobelias

Lobelias
Lobelias

En el mundo actual, vertiginoso, lleno de cambios e incertidumbres, Mónica y Alberto formaban una pareja singular. Quienes los habían tratado hablan de una relación basada en el cariño y el respeto. Se habían conocido en la noche madrileña, cuando convergieron las pandas en un local de Huertas. Amigos comunes del grupo de la Escuela de Ingeniería unos, entre los que estaba Alberto, y otros del grupo de la facultad de Derecho con los que iba Mónica, los presentaron y los dos grupos juntos siguieron de marcha por los distintos bares de la zona. Entre Mónica y Alberto enseguida surgió una atracción mutua y no se separaban ni en las barras ni los cortos trayectos entre uno y otro local. No tardaron en aflorar puntos de vista, sentimientos, gustos y experiencias compartidas que emergían como por arte de magia. Alberto la acompañó a la casa, quedaron en volver a verse. Mónica pensaba en Alberto en todo momento, debía hacer un gran esfuerzo para seguir las clases, a Alberto le pasaba lo mismo. No necesitaron mucho tiempo para profundizar la relación y formalizarla ante amigos y familiares.

Al final Mónica se licenció como abogada especializada en Derecho Mercantil. Era una mujer atractiva, vital, simpática, pero en el despacho tenía fama de ser muy quisquillosa. Estudiaba a fondo sus casos, era hábil negociando con la parte contraria y clara y contundente exponiendo sus argumentos ante el juez, por lo que, con los años, había conseguido el reconocimiento en el entorno de la magistratura y del despacho. A veces sus puntos de vista eran de un encendido feminismo. No era militante, pero siempre participaba en las manifestaciones del 8 de marzo. Era una buena ocasión para reencontrarse con viejas amigas. Últimamente empezaba a sentir los primeros indicios de la menopausia, si bien no tenía problema por no haber sido madre –habían decidido por común acuerdo no tener hijos–, le preocupaba los síntomas y trataba de prepararse a sus consecuencias.

Mientras, Alberto se había licenciado como ingeniero con excelentes notas. Trabajaba en una empresa importante. Entre los responsables contaba con una alta consideración por su responsabilidad y profesionalidad, sus comentarios y puntos de vista eran escuchados y tenidos en cuenta. Fue ocupando puestos cada vez más relevantes dentro de la empresa. No estaba metido en política, pero era solidario, nunca contradijo las medidas aprobadas por el Comité de Empresa. Cuando una vez se convocó una huelga, estuvo con sus compañeros. Había unanimidad entre todos los que lo conocían en que era un buen tipo, tranquilo, prudente, amigo de sus amigos.

Con los años Mónica y Alberto tejieron una relación que fue sobreviviendo en la travesía del mar de la vida, con sus gratificaciones y sus frustraciones, a veces con vientos favorables otras en calma chicha, a veces buen tiempo, a veces tormentas, incluso algún huracán. Juntos compartían la habilidad de conciliar, de sumar y no solo entre ellos, en la relación con la familia, siempre complejas; con los amigos, los comunes, los de ella, los de él; en compatibilizar su vida en común con sus trabajos y sus exigencias de dedicación.

Les gustaba pasar largas temporadas en el campo y siempre que podían se trasladaban a la casa del pueblo, en Aragón. Era lo único que tenía Alberto de su familia. Sus abuelos habían emigrado a Madrid en tiempos del desarrollismo donde el abuelo se incorporó como obrero en la fábrica Barreiros. Nunca más volvió al pueblo. Con su padre, cuando era pequeño, fueron algunas veces, pocas. «Para qué, ya no quedan parientes», decía su padre. Alberto perdió relativamente pronto a sus padres y se quedó solo. Solo y con la casa del pueblo. Cuando se juntó con Mónica empezaron a ir cada vez con más frecuencia. Poco a poco la fueron haciendo confortable. La aprovechaban para «desenchufar» de Madrid, para disfrutar estando solos y pasear por el campo, leer o pasarse horas, juntos, sin hablar, mirando el fuego de la chimenea. Mónica tenía la oportunidad de dedicarse a la jardinería que tanto le gustaba, el terreno que había al frente lo había llenado de lobelias, le encantaba las flores de color azul, para ella representaban paz, reflexión y relajación, pero también porque tenían un aura llena de misterios y sorpresas.

Pasaba el tiempo y con él el convencimiento de quienes les rodeaban de que eran una pareja «perfecta», «ideal», «ejemplar» … Ellos se ruborizaban mucho cada vez que oían este tipo de comentarios. ¿Cuántas parejas que conocían en común o cada uno de ellos, se habían separado? Unas habían terminado bien, otras fatal y ¿cuántas parejas que conocían vivían juntas pero su intimidad era un infierno? Pensaban que tal vez lo suyo radicaba que era una pareja sin mañana, era hoy y era pasado compartido. Nunca hablaron de futuro, ni se juraron amor eterno, ni se prometieron estar juntos para toda la vida,. Desde el principio fue así y así fue pasando un día y otro y otro. Tal vez por ello no hubo boda, ni tuvieron hijos.

Hacía frío, se acercaban las fiestas. Se acababa el año 2009, un año duro. Desde 2008 se vivía una profunda crisis económica con origen en Estados Unidos que se había expandido por todo el mundo. Por eso, la cena del despacho era una oportunidad de dejar atrás incertidumbres y recuperar las risas perdidas. Mientras Mónica se arreglaba con esmero, Alberto aún se recuperaba de la resaca. La noche anterior había sido la cena de su empresa y, como todos los años, juraba que no iba a repetir nunca más porque eran un coñazo. Se preparó una ensalada y con una Coca-Cola se dispuso a ver una serie que lo tenía enganchado. Mónica se le acercó, «hoy me toca pasarla a mí», le dijo mientras le daba un beso. «Que te sea leve» le contestó con una guiñada. Desde la puerta Mónica le dijo: «para qué mentirnos, vete tú a saber a qué hora vuelvo», le mandó otro beso y cerró la puerta. En el espejo del ascensor se hizo la última revisión, se arregló un poco el pelo y se dijo «allá vamos».

****

La cena fue un rollo, como siempre. Los abogados principales se pavoneaban, los pelotas peloteaban, los hombres formaban su grupo aparte para hablar de fútbol, compitiendo en quién era más fantasma y diciendo estupideces al por mayor. Las chicas, marginadas o sabiamente automarginadas, además de burlarse de ellos, planificaban donde irían una vez que finalizara la cena y se los sacaran de arriba.

El heterogéneo grupo de las mujeres del despacho, de todas las edades, de todos los niveles, desde abogadas a recepcionistas, unas guapas, otras no tanto, pero todas con ganas de divertirse y pasarlo bien, fueron de discoteca en discoteca, dedicándose a bailar, reír poniendo a parir a sus compañeros que se habían quedado decepcionados cuando se abrieron solas. También, y no siempre de buenas maneras, se aplicaban en esquivar a pesados, borrachos y otros personajes nocturnos. Saliendo del primer local, una vieja chocó con Mónica a la que se le cayó el bolso. Con una agilidad sorprendente, la vieja se agachó para ayudarla a recoger sus cosas. Se disculpo con una sonrisa que mostró una boca con pocos dientes, que a Mónica le dio repelús. La noche siguió y, en cada local, se sucedían las rondas de gin-tonic, cubatas, cervezas y algún Baileys.

En cada discoteca se iban alejando más del centro de la ciudad. El grupo, algo disminuido por las deserciones de las más veteranas, llegó sobre las dos a una discoteca que propuso Mónica, se habían jurado que sería la última discoteca, los últimos bailes, las últimas copas. Estoy cansada entre los bailes «ya verás mañana las agujetas» y el alcohol «tanto ajetreo multiplica sus efectos», pensaba Mónica, pero también que estaba a gusto, «linda noche desde que nos quedamos solas». En la barra pidieron la penúltima ronda. Lamentaba haber perdido el pañuelo nada más salir para poder secarse el sudor. Cuando las otras se dirigieron a la pista de baile, ella se recostó en el mostrador. Cuando le hicieron señas para que las acompañara, con una sonrisa se disculpó «ya no tengo edad para tantos trotes ¡Juventud, divino tesoro! Seguid, dentro de un rato voy» Se divertía viendo bailar a sus compañeras. Apuró el cubata y pidió otro, «total mañana no hay que madrugar», excepcionalmente al otro día podían llegar más tarde al despacho.

En la barra, unos metros más allá, un grupo de jóvenes bastante chulitos y macarras también las miraban con sus ojos de buitres. Uno de ellos se separó del grupo y, como un felino sigilosamente se acerca a su víctima, se fue arrimando a Mónica. Cuando ella lo vio venir pensó, «es guapo» y se rio de sí misma «¡estoy borracha!». Él malinterpretó la sonrisa y la abordó, «Hola, soy el Tony y aquellos mis coleguillas. Te vi sola, la más guapa del grupo y pensé que alguien del más allá te había puesto ahí para mí y que estábamos destinados a conocernos, ¿cómo te llamas?» «Mónica», le contestó sin vacilar, «pero no seas zalamero, no soy la más guapa» «¡Zalamero, me llamas … ¿Qué quiere decir zalamero? » Ella divertida se lo explicó. El Tony en el mismo tono le replicó: «Puede que sea un zalamero como tú dices, pero no soy un mentiroso, eres la más guapa». Siguió una conversación que la descolocaba, que nunca había experimentado, llena de insinuaciones, dobles sentidos, palabras seductoras, mensajes lascivos. No se negó a que el Tony la invitara a otro cubata, la tercera penúltima desde que estaba en esa discoteca, ni que fueran a sentarse en un lugar discreto. Un estado extraño le bajaba las defensas, las palabras seductoras, aunque bastante vulgares, la cautivaban.

Las amigas que, rendidas, estaban sentada cerca del grupo del Tony, se levantaron y desfilaron ante Mónica y el Tony despidiéndose, diciendo adiós con las manos, un hasta mañana, guiños y sonrisas cómplices. Quedaron solos, con la lejana compañía de la panda del Tony que a veces miraban disimuladamente a la pareja dándose codazos y haciendo comentarios tontos y soeces. Nunca supo cómo se encontró en una cama haciendo el amor con el Tony. Fue intenso, salvaje, alcanzó orgasmos largo tiempo olvidados. Se sentía rejuvenecida, permeable, liviana, se olvidó de la menopausia, de los sofocos, de su compañero, de sus padres, de su entorno social, del despacho. Llegó a la casa pasadas las cinco de la mañana. Flotaba en una nube de alcohol y sexo, de inconsciencia y placer. Se desvistió, se ducho, puso el despertador y se acostó para caer en un profundo y lascivo sueño. Alberto dormía plácidamente.

A las 10:00 sonó el despertador. Abrió los ojos; le costó ubicar dónde estaba. Resacosa y confusa se levantó, volvió a ducharse y se vistió. Estaba sola en la casa, Alberto hacía mucho que se había ido a trabajar. Mientras se arreglaba vio en el espejo un rostro mezcla de cansancio y placer. Fue a la cocina y se hizo un café. Mientras lo tomaba trataba de ordenar sus ideas, aclarar sus sensaciones imprecisas, sus recuerdos brumosos, sin imágenes concretas de la noche anterior. Al no poder recordar, no podía tener conciencia de lo que había pasado ni podía pensar sobre ello, ni evaluarlo, ¿arrepentirse? Quería retomar el dominio sobre sí misma, pero sentía como una telaraña en su mente que la mantenía en la confusión. Cogió el bolso y se fue al despacho.

El Tony se levantó tarde, la experiencia de la noche anterior justificaba que ese día no fuera al gimnasio. Pasó por la habitación de la abuela para saludarla. Estaba recostada en la cama sobre ella un cuadro de un macho cabrío. Con gesto malicioso la abuela le dijo «¿qué tal anoche?, era guapa esa mujer, ¿no? Se te entregó totalmente, supongo, ¿te hizo gozar? ¿Cómo se llamaba? … ¿Mónica?» Se rio mostrando su boca desdentada. El Tony también y le dio un beso en la frente, «eres una bruja» Cuando él salió de la habitación, la abuela miró la cómoda donde había velas gastadas, una pequeña muñeca de trapo, un pañuelo de mujer con una inicial, M y todos los elementos para hacer conjuros. Mientras Tony se preparaba para salir, pensaba, «¡joder, que tía! había salido con muchas veteranas ricas que después le invitaban a comer o le regalaban ropa, relojes, todo tipo de caprichos, y a veces, también, dinero, pero ninguna como esta, ¡si hasta él había gozado! La alcahueta de la abuela esta vez se había pasado».

Sobre la una fue al bar. Entró con aire triunfal. Los compis de la panda lo recibieron con aplausos y hurras. Los invitó a una ronda. Era la primera vez que el Tony había hecho una conquista con sus amigos de testigos. Durante la segunda o tercera vuelta el Tony les dijo, «tengo que confesaros una cosa, soy un gilipollas. ¿podéis creer que, después de todo lo que hicimos, quedé tan flipado que no le pedí el teléfono?» El Boni le dijo «las tías del grupo hablaron varias de un despacho, espera», cogió el móvil y buscó. «Hay un despacho que se llama así, este es el teléfono, prueba, total no pierdes nada». Al Tony se le iluminó la cara. Salió del bar para llamar. Volvió sonriendo, «Manolo apúntame estas rondas. Me voy, he quedado con la tía» y les dedicó una guiñada cómplice para regocijo de sus amigos. Esta vez no pasó por casa, no vio a la abuela, estaba ansioso por volver a ver a Mónica.

Cuando llegó al despacho la felicitaron por la elección de la última discoteca, ella se sorprendió no sabía hasta entonces de su existencia, nunca había estado allí antes, no les dijo nada. La telefonista marcó la extensión de Mónica y le dijo que tenía una llamada personal, decía que ella lo conocía. Se sorprendió al escuchar la voz de Tony. Quedaron para verse a las tres, ya se inventaría una reunión por la tarde fuera del despacho. Él se encargaría de reservar el hotel. Cuando llegó, lo reconoció, fue donde estuvieron la noche anterior. Tony la esperaba en el vestíbulo. Cuando Mónica lo vio, ahora fresca, a la luz del día, ya no le pareció tan guapo, más bien bastante hortera. El Tony se acercó y la saludó con un beso en la boca, Mónica retrocedió, su boca tenía un gusto amargo, sabía a licor barato. Él le agarró la nuca y volvió a besarla, con más fuerza, más prolongado. Ella, sorprendida, no opuso resistencia. Tony, cariñoso pero autoritario, en un tono en el que no cabían dudas, la invitó a subir a la habitación reservada. Ella lo siguió dócilmente.

Le quitó la ropa, no sin delicadeza, la tiró en la cama y empezó a besarla. Ahora, despejada, consiente, siendo ella misma, la experiencia le estaba resultando extraña. Empezó a deshacerse la telaraña que le envolvía la cabeza y a percibir todo lo que le impidió ver la noche anterior, el machismo, la chulería, el individualismo. La cosa fue yendo a peor, quiso desconectar, no pudo. Se notaba usada, un mero depósito sobre el que Tony daba rienda suelta a su ego. Se fue sintiendo desdichada, cada vez peor, al final el miedo la inmovilizó hasta que él terminó. El Tony la desmontó, se tumbó boca arriba satisfecho, le ofreció una raya de coca que Mónica no aceptó y prendió un cigarro. Él le dijo que quería repetir. Ella contestó que no podía ser, se tenía que ir. A Tony no le gustó la respuesta. Le dijo con un deje de agresividad que no podía tener nada mejor que hacer que repetir el polvo. Mónica le reiteró que se tenía que ir. Tony la cogió de las muñecas, intentó besarla. Mónica se zafó, se levantó de la cama y no se duchó, se vistió rápidamente, con gesto tranquilo, aunque por dentro sentía pánico y quería llorar. Tony le pidió su móvil, Mónica entre sorprendida e indignada, no le contestó. Estaba acostumbrado a la sumisión de las mujeres que estaban con él. Ya en la puerta, Tony le dijo que no se olvidara de pagar las copas y la habitación. En la recepción, Mónica pagó. Salió, estaba temblando.

A la mañana siguiente estando Mónica con un cliente de una cuenta importante, le pasaron la llamada de un empresario que decía ser urgente. Era Tony, quería que se vieran de vuelta, necesitaba disculparse por cómo había terminado algo que había empezado tan bien. Mónica lo cortó en seco. «Estoy trabajando, reunida con un cliente y ahora no puedo atenderlo, llámeme en otro momento» Hablaron otro día, Tony le recordó la primera vez, lo bien que lo habían pasado, le describió todo lo que habían hecho, lo que ella había gozado, las cosas que ella le había dicho. Mónica fue taxativa, no quería verlo nunca más y esperaba que respetara su decisión. Pero Tony no lo hizo, volvió a llamar muchas veces, infinidad de veces, Mónica no volvió a ponerse. La telefonista que ya lo reconocía, simplemente no se lo pasaba. Por precaución empezó a salir del despacho por la puerta de servicios que daba a la calle de atrás.

Durante muchos días Mónica se debatió en si le contaba a Alberto la experiencia que había tenido o no. Se sentía mal consigo misma. Una noche de desenfreno y alucinación, de libido y transgresión la habían transformado en una mujer que no se reconocía, una mujer radicalmente opuesta a sus valores y a sus sentimientos más profundos, a su relación con Alberto. Estaba segura que no fue el alcohol el responsable, tuvo que ser otra cosa más fuerte, más poderosa lo que la trastornó, pero era incapaz de averiguarlo. Su formación no le permitía ir más allá de lo lógico, lo racional. Esta situación con ella misma también repercutía en su relación con Alberto. Decidió que lo mejor era hablarlo con él, con quién si no, y el lugar ideal para hacerlo era en la casa del pueblo. Quedaron en ir el fin de semana.

***

Ese viernes, Mónica y Alberto habían estado cenando con unos amigos y habían llegado no muy tarde a su casa, porque a la mañana siguiente irían al pueblo. Saldrían no muy pronto, porque Alberto había tenido una semana complicada, se hablaba de un expediente de regulación importante en la empresa y necesitaba descansar, así que tomó una pastilla para dormir. No había pasado media hora cuando sonó el telefonillo. Cuando penetró rasgando la nebulosidad del sueño, Mónica abrió los ojos alarmada. Tardó unos segundos en darse cuenta de qué la había despertado. Alarmada corrió al telefonillo y lo descolgó. «Voy a subir», reconoció la voz del Tony. Se le heló la sangre, lo primero que se le vino a la cabeza fue Alberto, que seguía durmiendo. Abrió la boca, no salió ninguna palabra. «Voy a seguir tocando el timbre hasta que me abras», ella apretó el timbre de apertura. Horrorizada vio que se prendía la luz del pasillo, enseguida sintió subir el ascensor, deseó que no llegara nunca. ¿La había seguido?, ¿desde cuándo?, ¿qué quería? Respiró hondo, tenía que tranquilizarse. Se abrió la puerta del ascensor, ahí estaba el Tony. Sin más, le espetó «¿por qué no quieres hablar conmigo?» Mónica en voz baja le pidió que se calmara y trató de razonar con él. «¿No entiendes que no quiero saber nada de ti?» El Tony, sin bajar la voz, no la dejó terminar, «Eso no lo decías en la cama» Así continuó el diálogo de sordos. El Tony cada vez más agresivo. Mónica, cada vez más nerviosa, no encontraba la manera de acabar con la situación. De pronto, Tony dijo «Quiero hablar con tu marido» y avanzó hacia la puerta de la casa. Ella se interpuso. El Tony trató de apartarla. Mónica lo empujó, su voz desprendía odio «¡Jamás! Vete ya, amo a Alberto ¡Entiende que nunca me tendrás!» Él le pegó una bofetada. Mónica intento pegarle, no pudo, intentó morderle, tampoco.

El Tony le dio un fuerte empujón. Mónica cayó dentro de la casa. «¿Dónde está tu marido?» le preguntó intentando pasar sobre ella. Desde el suelo se abrazó a sus rodillas. Cayeron dentro de la cocina, los dos jadeaban. Ella tenía solo una obsesión, que Alberto no se despertara y que Tony se fuera. Los dos en el suelo estaban a unos metros del dormitorio donde dormía Alberto. Furioso, le dijo que si no quería que viera a su marido era porque quería follar otra vez con él. Se colocó encima y trató de levantarle el camisón. Tony era fuerte, ella buscó meterle los dedos en los ojos. Al intentar esquivarla, Mónica aprovechó para ponerse en pie. Con agilidad el Tony la imitó y le dio un fuerte puñetazo que la hizo girar y dar con la cara sobre la encimera. Él la cogió por la espalda con una mano le tapó la boca y con la otra intentaba levantarle nuevamente el camisón y bajarle las bragas. Mónica vio el juego de cuchillos de cocina. Alargó la mano hacia ellos. El Tony fue más rápido. «Hija de puta», le dijo, mientras con la mano que tenía amordazándola le tiraba para atrás la cabeza descubriendo el cuello. Con el cuchillo le hizo un profundo corte. Comenzó a emanar sangre a borbotones mientras su cuerpo inerte se deslizaba al suelo. El Tony limpió las huellas del cuchillo con un trapo. Miró con desprecio el cuerpo de Mónica. Estaba boca abajo, un enorme charco de sangre avanzaba por el suelo. Se dirigió a la puerta, la cerró con sigilo. En el ascensor se miró al espejo, con el pañuelo se limpió la sangre de las manos y la cara. «Espero que en la oscuridad de la noche no se vean las manchas en la ropa». Fuera hacía frío, se levantó el cuello del abrigo y se perdió en las calles de la ciudad.

Cuando Alberto abrió los ojos, vio que estaba solo en la cama. Le costaba despertarse después de las copas de la cena y la pastilla, necesitaba un café. Se dirigió a la cocina. La casa estaba en silencio, «¿dónde estará Mónica? ¿Habrá bajado por churros para darme una sorpresa?» Algunos fines de semana se daban ese capricho. En la cocina encontró a Mónica boca abajo, a la altura del cuello se extendía un charco de sangre. De rodillas, con delicadeza, Alberto le dio la vuelta. Soltó un grito de terror. Mónica lo miraba con los ojos muy abiertos, tenía la boca llena de sangre y un enorme tajo en la garganta. Se cubrió la cara con las manos y lloró y lloró. Era un llanto silencioso, amargo, que se prolongaba en el tiempo. No supo cuánto rato estuvo así. Agotado, volvió a mirar el cadáver de Mónica. El dolor que sentía lo desgarraba por dentro. No entendía nada, «¿qué ha pasado?” se preguntaba una y otra vez sin encontrar respuesta. De pronto, vio el cuchillo ensangrentado en el suelo. «¡El culpable!», pensó con rabia. Lo recogió, se puso de pie y con fuerza lo tiró contra la pared. Golpeó con estrépito y reboto. Aterrizó nuevamente en el suelo. Este gesto lo hizo reaccionar, fue a buscar el móvil para llamar a Urgencias. En el cuchillo, invisibles, quedaron sus huellas.

Se quedó de rodillas junto a ella. Sonó el timbre, se puso con dificultad en pie, se secó las lágrimas con las manos manchadas de sangre. En la puerta, una pareja de la Policía Nacional y sanitarios del SAMUR que habían llegado a la vez. No hubo saludos, la mujer policía sin preámbulos le preguntó dónde estaba la víctima. Alberto, sin poder hablar, le señaló la cocina y ella se dirigió allí con decisión. No tuvo necesidad de entrar. «Está muerta, degollada», les dijo a su compañero mientras sacaba el móvil para informar a sus superiores y activar el protocolo. Alberto se quedó mirándola, con la boca abierta, desconcertado, preguntó «¿ha sido un crimen?» Nadie le respondió, la agente de policía lo fulminó con la mirada. Su compañero le pidió a Alberto que lo acompañara al salón. Se sentaron frente a frente en la mesa del comedor y sacó la libreta para tomar notas. Los del SAMUR se quedaron en la puerta esperando instrucciones. El policía miró a Alberto, le pidió que se pusiera en pie. Lo fotografió de cuerpo entero, la cara, las manos, el torso, cuando terminó con las fotos le dijo que fuera a lavarse y cambiarse. Cayó en la cuenta de que estaba solo con una camiseta ensangrentada y en calzoncillos. El policía lo acompañó. Volvieron al salón, no hablaron. Alberto tenía la mente en blanco, solo sentía dolor por Mónica.

No había pasado mucho tiempo cuando llegaron, primero, los inspectores y un poco después los de la científica. Los sanitarios seguían esperando a la autoridad judicial para poder levantar el cadáver y llevarlo para que le hicieran la autopsia. Los policías se quedaron de guardia en la puerta. Los inspectores le preguntaron qué había pasado. Alberto trato de reconstruir en su cabeza las últimas horas terribles que había vivido. «Anoche fuimos a cenar, volvimos a media noche. Hoy cuando me desperté estaba solo en la cama, pensé que Mónica estaba preparando el desayuno. Cuando entré en la cocina estaba en el suelo, boca abajo. Creí que había tenido un accidente. Le di la vuelta, entonces vi el tajo y supe que estaba muerta. Al principio no reaccioné, me quedé a su lado llorando. Después los llamé». A continuación, Alberto no supo responder a ninguna de las preguntas que le hicieron los inspectores. Ni qué había pasado, tampoco sabía si había entrado alguien en la casa, solo afirmaba que había dormido toda la noche de un tirón, que no había escuchado nada raro, que él no lo había hecho. Estaba convencido que fue un accidente. Repetía una y otra vez la versión que les había dado. Los policías incrédulos, le informaron de que lo trasladarían a la comisaría en calidad de sospechoso del asesinato de su pareja. Lo esposaron por la espalda, en el ascensor le echaron el abrigo por la cabeza. Cuando salieron a la calle para alcanzar el coche patrulla tuvieron que atravesar un nutrido grupo de gente y algunos periodistas. Alberto, sin poder ver, solo escuchaba los flashes y los gritos de asesino.

***

En la comisaría le ofrecieron que llamara a un abogado, Alberto lo rechazó pensando que pronto se aclararía todo. Otros inspectores continuaron el interrogatorio con el mismo resultado. El resto del equipo se había dividido. Unos buscaban en sus fichas y en Internet información tanto sobre Mónica, como sobre Alberto. Otros, sobre el terreno, interrogaban a vecinos y amigos sobre la pareja. Enviaron los móviles y ordenadores a un equipo especializado para que los rastrearan. Con breves momentos para relevar el equipo continuó el interrogatorio. En los informativos del mediodía, todas las cadenas informaron de un nuevo caso de violencia machista, el asesinato de Mónica y la detención de su pareja como único sospechoso. Mientras, Alberto, aunque solícito respondía a los interrogadores repitiendo una y otra vez su primera versión, lo único que quería era estar a solas con su dolor y el recuerdo de Mónica. Preocupado porque la cosa no avanzaba, ahora sí reclamó la presencia de un abogado. Pidió el móvil para llamarlo, le dijeron que no era posible ya que estaba siendo estudiado. Le dio el nombre y un inspector volvió con el número de teléfono. Lo llamó desde la sala. De forma delicada declinó representarlo, no podía defender al acusado de asesinar a Mónica. Alberto lo entendió era uno de los mejores amigos de Mónica, habían estudiado juntos. Las pocas fuerzas que le quedaban se esfumaron. Comprendió que el asunto era público, peor que el hecho de que los policías no le creyeran, era que para la gente ya era un asesino. Dado el estado de Alberto, el inspector jefe decidió suspender el interrogatorio hasta el día siguiente, asignarle un abogado de oficio y que a última hora de la tarde se reuniera el equipo para evaluar la situación.

El grupo, reunido en torno al inspector jefe, analizó las diligencias hechas hasta ese momento. Los que habían interrogado a Alberto subrayaron que no había caído en contradicciones. Los que habían rastreado sus antecedentes e investigado su entorno manifestaron que no encontraron nada significativo, se los consideraba una pareja modelo, por supuesto, no había denuncias previas de malos tratos. En sus respectivos trabajos hablaron con sus jefes y compañeros más cercanos y los dos fueron alabados por su profesionalidad y competencia. No consideraron oportuno indagar más y no sondearon a la telefonista del despacho. Una inspectora manifestó sus dudas, «sin antecedentes ni denuncias, sin haberse contradicho ni una vez, ¿no estará diciéndonos la verdad?» El jefe la miró con el ceño fruncido y le dio la palabra a los de la científica que informaron de que las huellas dactilares que había en la casa eran solo de la pareja, a la víctima el asesino debió de cogerla por detrás, con la mano descubrir el cuello y con la derecha producirle un profundo tajo que le rompió la carótida. Podemos concluir, dijeron, que era hombre, de mediana estatura y diestro y, lo más importante, las huellas encontradas en el cuchillo pertenecían al sospechoso. Después de escucharlos a todos, el inspector jefe intento sintetizar. «Si en la casa no hubo nadie más, solo veo dos hipótesis, una que ella se suicidó, cosa demostrada como imposible, y dos, que la mató el sospechoso, en el cuchillo están sus huellas. No hay que darle muchas más vueltas. A primera hora que vea a su abogado, después un último interrogatorio con los dos y al juez».

Llevaron a Alberto a una celda. Era pequeña, individual, había una estrecha cama, sobre ella una toalla, un jabón y un vaso, una mesa y una silla. Se sentó en la silla, cruzó los brazos sobre la mesa y en ellos apoyó la cabeza. Nadie habló. Cuando se fueron los policías, el chirrido brutal del cerrojo al cerrarse rompió el angustioso silencio. Entonces Alberto comenzó a llorar. Desde que habían llegado los policías a su casa después de haber llamado a urgencias, era la primera vez que se encontraba solo. Habían pasado más de doce horas. Doce horas sin poder llorar por Mónica, doce horas de interrogatorios, doce horas acusándolo de un delito que no había cometido, doce horas en las que fue incapaz de convencerlos de su inocencia, doce horas de impotencia. Estaba cansado, pero no podía dejar de llorar y estos sentimientos de desaliento y soledad obstruían que corriera libre, de forma natural, el dolor que sentía por la pérdida de Mónica, sentimientos que lo agobiaban y tampoco le dejaban pensar. En algún momento, no faltando mucho para que amaneciera, se tumbó en la cama y se quedó dormido. Temprano le trajeron el desayuno. No lo probó. Al poco rato lo vinieron a buscar para llevarlo a la sala de interrogatorios.

Cuando llegó, lo estaba esperando el abogado asignado sentado en la mesa con su expediente abierto. Se levantó y le dio la mano mientras se presentaba. Era mayor, vestía un traje a juego con su edad. Fue al grano, «necesito saber la verdad para poder defenderlo, lo protege mi secreto profesional. Dígame que pasó realmente». Alberto tuvo un deje de esperanza, algo que había perdido al poco tiempo de llegar a la comisaria. Volvió a contar su historia ante la mirada escéptica del abogado. Este lo interrumpió, «me está diciendo exactamente lo mismo que a la policía, me lo pone muy difícil. ¿Qué me dice del cuchillo?» Volvió a explicar que creyó que Mónica había tenido un accidente y que el culpable fue el cuchillo, por eso lo cogió y arrojó contra la pared. El abogado no pudo evitar una mueca desdeñosa, «¿se imagina usted que alguien nos va a creer si decimos eso?» En Alberto desapareció cualquier atisbo de esperanza. Bajó la cabeza y no volvió a decir una palabra hasta que empezó el último interrogatorio que debería ser un mero trámite. Cuando estaba llegando al final, Alberto, sin venir a cuento con los puños cerrados y un tono a medio camino entre la impotencia y la agresividad dijo, «Mónica y yo nos amábamos, no la maté, soy inocente». El resto de los presentes se miraron sin comprender. El inspector jefe dio por terminada la sesión. Esa tarde Alberto fue conducido a los juzgados.

Ante el juez solo repitió que, «Mónica y yo nos amábamos, no la maté, soy inocente» y se negó a hacer más declaraciones, ni que interviniera el abogado. Fue trasladado como preso preventivo al Centro Penitenciario de Soto del Real. Cuando fue presentado ante las autoridades les dijo lo mismo. Cuando lo llevaron al módulo de adaptación y otros presos quisieron entablar conversación, lo único que salía de su boca era: «Mónica y yo nos amábamos, no la maté, soy inocente», los presos se reían, «mira, tío, aquí en la cárcel somos todos inocentes ¡anda ya!» Una vez llegó un equipo para hacerle una evaluación psicológica por decisión del juez. Alberto solo les respondió con su frase. Consideraron que estaba cuerdo y que mantenía una actitud consciente y reivindicativa al negarse a decir otra cosa.

Pasó el tiempo, a Alberto, ya condenado en firme por asesinato, solo se le escuchaba decir: «Mónica y yo nos amábamos, no la maté, soy inocente», ni una palabra más. A esa altura ya casi nadie le hablaba, solo algún recién llegado. Por esas fechas, el Tony murió en un confuso ajuste de cuentas, tal vez por el encargo de un marido celoso. No pasaron muchos días y la abuela adoptó un nuevo nieto. Siguieron pasando los años. Alberto siempre solo, solo en la celda, solo se le veía caminar en el patio, solo en una mesa trabajaba en el taller o leía en la biblioteca. Solo, sin nadie a quien decirle «Mónica y yo nos amábamos, no la maté, soy inocente». Un día no se presentó en el recuento. Un guardia fue a buscarlo a su celda. Alberto se había colgado de una cuerda laboriosamente trabajada con sábanas. Debió de hacer un gran esfuerzo para vencer la debilidad, porque previamente se había cortado las muñecas. Con su sangre había escrito, en dos de las paredes, «Mónica te amo. Soy inocente». A su entierro no fue nadie. En la solitaria y descuidada tumba, surgieron unas lobelias con hermosas flores azules.

Lobelias