sábado. 20.07.2024
Doña Francisquita

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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx

Tras su estreno en 2019, Lluís Pasqual vuelve al Teatro de la Zarzuela con su polémica versión de Doña Francisquita, una obra que ha recibido tantos aplausos como críticas y que plantea un reto intelectual muy interesante al espectador. La pregunta es clara: ¿cuál es la fuerza de la zarzuela?

Pasqual ofrece una relectura total de este clásico de Amadeo Vives, estrenado en 1923, con el objetivo de cuestionar la propia esencia narrativa de la zarzuela y su estructura. Para ello, suprime el texto hablado de Doña Francisquita, eliminando gran parte de la historia y el sentido clásico del texto original, y nos presenta una versión totalmente nueva que ofrece lecturas muy distintas y cuya esencia es la provocación. A la pregunta de dónde reside la fuerza de una zarzuela, este director escénico responde que en su música, en sus arias y en su musicalidad, dando como resultado una obra en la que se interpretan los grandes clásicos de Amadeo Vives casi como si fuera un recopilatorio de grandes éxitos.

Lucero Tena en Doña Francisquita
Lucero Tena en Doña Francisquita

No obstante, aquí radica la clave de esta versión de Doña Francisquita: en esta obra se habla mucho, incluso demasiado. Pasqual reemplaza el texto original por uno completamente nuevo, en el que los actores explican constantemente lo que está sucediendo y tratan de justificar lo que ocurre en escena y lo que debería pasar a continuación. Para ello, se crea la figura de un Dios-Demiurgo, interpretado por Gonzalo de Castro, quien va guiando la evolución de la obra, deteniéndola, cambiándola y dando todo tipo de instrucciones técnicas e interpretativas. El resultado es una obra narrativamente muy confusa en la que los propios actores interrumpen la obra para quejarse de que nada tiene sentido y que, si no se explica lo que está ocurriendo, la música carece de objetivo.

Esta dualidad que nos presenta Lluís Pasqual viene a explicar que la fuerza de la música está impregnada de muchos otros elementos, especialmente los humanos, para resaltar la conocida máxima de que la ópera, y en este caso la zarzuela, es un arte total que integra música, narrativa, baile, decorados, iluminación, etc. El problema es que estas intenciones no son excesivamente claras, y la propuesta de Lluís Pasqual bien podría ser calificada como excesivamente intelectual y fría, con unos objetivos que buscan más provocar que seducir. Sí, se cuestiona a la zarzuela clásica, pero para ello se desvirtúan algunos momentos clave de la obra como “Escúchame” o “Era una rosa en un jardín”.

Doña Francisquita. Obra

Esta versión de Doña Francisquita se divide en tres momentos muy diversos de la historia: un estudio de música de los años 30, un plató de televisión de los 60 y el mismo Teatro de la Zarzuela en nuestros días. Estos tres puntos buscan desvirtuar la obra para mostrarnos el esqueleto narrativo de la creación de Amadeo Vives y con ello plantear algunos temas interesantes. Esto funciona en algunos momentos, pero en otros resulta excesivamente estático, limitante y especialmente caótico y frío, dando como resultado final una obra que bajo un fin filosófico-didáctico se automutila con placer y muy poca vergüenza.

Lo curioso es que al final la música se impone ante tanta intelectualidad, y la batuta de Guillermo García-Calvo logra sacar lo mejor de la orquesta y de unos cantantes que alcanzan momentos muy intensos y complejos, como Marina Monzó, María Rodríguez, Manuel de Diego y, especialmente, un gran Alejandro del Cerro que logra una interpretación muy bella de "Por el humo se sabe" en un escenario lleno de elementos que no se lo ponen fácil.

Curiosamente, el mejor momento de la función llega con la inesperada actuación de Lucero Tena, quien a sus 85 años logra emocionar a todo el teatro con la fuerza de su manejo de las castañuelas al dar vida al famoso Fandango de Doña Francisquita. Un momento lleno de emoción, intensidad y verdad, en una obra que en todo momento huye de estos sentimientos y busca el intelecto por encima de las emociones. Por eso, resulta muy estimulante que la propia Lucero Tena, ya en la recta final de la obra, nos recuerde que la música es, por encima de todo, amor y pasión.

Lluís Pasqual regresa al Teatro de la Zarzuela con la provocación de Doña Francisquita