miércoles 8/12/21

Los viejos consejos del refranero nos decían que “no hay que estirar más el brazo que la manga”, pero el mundo globalizado no hace caso de los antiguos consejos y fuerza las estructuras hasta el máximo: hasta el desastre. Y ese desastre acecha en cuanto algo falla y no tenemos la capacidad de solucionarlo de forma normal.

Las plataformas petrolíferas buscan perforar allí donde no se puede llegar para arreglar las posibles fugas y nada se lo impide. Parece lógico pensar que sólo se dejara perforar allí donde es posible el trabajo y la reparación, pero eso no pasa: cada cual hace de su capa un sayo y hoy, comprobado el desastre, seguimos igual que antes de la última y enorme fuga del Golfo de México.

Tras los confinamientos y parones producidos por el Covid-19 vivimos la imposibilidad de recuperar el ritmo normal del comercio, el aprovisionamiento, la logística y el normal flujo de bienes al que nos habíamos acostumbrado. Todos esperamos que la cosa vuelva a funcionar, pero parece que no pensamos demasiado en la razones de este lío y en el por qué lo habíamos bendecido como normal en lugar de descalificarlo como absurdo. 

Rehagamos las líneas, seamos sensatos y que cada cual gane lo que la justa recompensa de su trabajo le proporcione sin desequilibrios y sin destrozar los tejidos productivos y de consumo de los países. China no es la solución para todo. Dejémoslo en “casi todo”, que será bastante

¿Repasamos? Cualquier empresa, grande, pequeña y mediana, se había acostumbrado a encargar productos manufacturados a China buscando la economía de los costes, de manera que todas las pequeñas empresas que rodeaban ese núcleo de fabricación aportando componentes o materias primas, fueron cerrando por inactividad. Es la globalización, decían, estirando el modelo sin pensar en la huella de carbono, la repercusión en el propio mercado del fabricante -cada vez más adelgazado- y nadie cuestionaba el hecho de que un botón diera la vuelta al mundo para encontrar esa camisa que luego nos enviaban desde Saigón a nuestro centro comercial.

La historia militar, desde siempre, nos cuenta que cuando un ejército estira sus líneas de suministro más allá de lo conveniente, el desastre está cerca. Todos los generales lo han sabido, antes o después, y todos se han tenido que preocupar de conocer con anterioridad lo que el terreno ofrecía para sus tropas. Stalin forzó las líneas alemanas dejando frente a la Wermach un territorio calcinado en el que nada se podía aprovechar: el hambre, las comunicaciones y la falta de suministros dejaron al 6º ejército de Von Paulus atascado en la trampa mortal de Stalingrado. Cuando Eisenhower oía las loas a las gestas del Desembarco de Normandía, siempre insistía en que el mayor logro había sido logístico: la intendencia fue capaz de suministrar todo lo que ese enorme contingente desembarcado iba necesitando, desde gasolina hasta tabaco y chocolatinas. Casi nunca faltó de nada entre los aliados mientras los alemanes empezaban a carecer de todo.

Hoy nuestra logística falla y no podemos manejar y gestionar las cargas en los puertos: no hay camiones ni camioneros y los contenedores, tanto llenos como vacíos, entorpecen los movimientos en los muelles. Si añadimos al desastre los bajos sueldos de camioneros -también arrastrados a una carrera sin final tras los costes más competitivos - veremos que, en definitiva, hemos hecho un pan como unas hostias, pero con una buena moraleja: el retorno a la sensatez y a la proximidad es posible y obligado. 

¿Por qué obligado? Fundamentalmente, por el cambio climático: mientras se reducían costes gracias a la deslocalización, lo que hemos disparado es la liberación de CO2 debido a nuestro consumo: desde las frutas que cruzan océanos gracias  a unos precios en origen que no permiten la vida del agricultor hasta el algodón, las telas o esos balones cosidos por niños esclavizados que no pueden jugar con lo que fabrican.

Estamos viviendo las consecuencias de la búsqueda del imposible sueño liberal, tan imposible como la llamada utopía comunista pero todavía vivo en la mente de muchos: el liberalismo es tan absurdo como el comunismo tanto en cuanto pretenden ambos un imposible,enfrentados según su modelo de mucho estado o su absoluta eliminación en favor de la libertad del individuo; ese que, cuando las cosas van mal, busca la protección del estado del que abomina. Todos sabemos cómo han terminado los horrores del comunismo, pero estamos por ver las consecuencias de este liberalismo de medio pelo que,pareciendo intocable, empieza a mostrar sus pies de barro.

Es cierto que hay una diferencia grande entre ambos absurdos: el comunismo ha supuesto muchas vidas y el liberalismo nos cuesta la pasta cada vez que la caga: la última, el rescate a los bancos que no nos iba a costar un euro y con el que ya hemos perdido miles de millones.

Rehagamos las líneas, seamos sensatos y que cada cual gane lo que la justa recompensa de su trabajo le proporcione sin desequilibrios y sin destrozar los tejidos productivos y de consumo de los países. China no es la solución para todo. Dejémoslo en “casi todo”, que será bastante

Líneas forzadas