jueves 26/11/20
CRÍTICA DE LA ÚLTIMA NOVELA DE PÉREZ-REVERTE

Tomando distancia en la línea de fuego con Pérez-Reverte: palabras y muerte en la Guerra Civil

Antes de leer Línea de fuego, la novela de Arturo Pérez-Reverte con la Guerra Civil como telón de fondo, como escenario esencial insoslayable, aparecida en este miserable año 2020, publiqué esto en Facebook:

Cuando se escribe una novela hay que tratar de evitar usarla como si fuera un ensayo: los ensayos históricos, los libros de Historia son en sí mismos narraciones en los que al prescindir de la ficción, la literatura, la escritura es un mero instrumento cuya belleza no debe eclipsar a la pretensión de verdad. Con las narraciones ocurre lo contrario. Dicho esto, voy a comenzar a leer la nueva de PÉREZ-REVERTE, que es un escritor que, como eso, COMO ESCRITOR, le da mil vueltas artísticas a muchos de quienes le denigran. Aunque me temo lo peor. Lo contaré.

Y a ello me pongo. A contarlo. Conviene comenzar diciendo que no es la primera vez que el prolífico y polémico escritor (más polémico como personaje que como autor, aunque también lo sea como literato, qué duda cabe) sitúa las tramas de novelas suyas en aquella guerra fratricida (que él mira con la equidistancia que tanta inquina levanta entre quienes consideran que semejante acontecimiento luctuoso fue causado por la única y abominable decisión de los poderosos españoles hartos de ver tan de cerca el fin de sus privilegios), pues ya transcurrían en ese ámbito desgarrado y desgarrador las novelas de la trilogía de su personaje Falcó, sobre la cual ya escribí en otro lugar.

Otra excelente ficción sobre la Guerra Civil

A Elsa Osorio, Manuel Chaves Nogales, José Ovejero, Javier Cercas, Camilo José Cela, Antonio Muñoz Molina, Rafael Chirbes, Jordi Soler, Mercè Rodoreda, Almudena Grandes, Andrés Trapiello, Max Aub, Miguel Delibes, Eduardo Zúñiga, Arturo Barea, Juan Pedro Aparicio, Ramiro Pinilla, Juan Benet, Manuel Rivas, Ernest Hemingway y Emilio Gavilanes, a aquellos que han escrito excelente ficción sobre la Guerra Civil, o de la Guerra Civil, hay que añadir, ahora sí, a Arturo Pérez-Reverte, porque en su Línea de fuego los seres humanos que combatieron en el frente se convierten en unos personajes literarios extraordinarios.

Si José Ovejero consiguió en La comedia salvaje, de 2009, como Pedro Crenes nos cuenta en El Placer de la Lectura, en octubre de aquel año, que fuera “una novela sobre la Guerra Civil que nos pone a nosotros, no a sus protagonistas de uno u otro bando, ante el espejo”, Pérez-Reverte nos lleva más allá del Ebro, de aquella última terrible batalla, larga batalla, hasta nuestros días, en los que la guerra sigue brillando como el oro y el fango que fue, más aun, como el lodazal en el que los españoles se envolvieron. Nos lleva hasta nosotros mismos. Nada más y nada menos. A tiros, eso sí.

Me temía lo peor, escribí más arriba. Y me lo temía mal. Porque Línea de fuego me ha parecido una excelente novela.

dibujos linea fuego
​Dibujos de Augusto Ferrer-Dalmau para Línea de Fuego

Varios de los personajes del libro, dos de sus muchos protagonistas principales, sin ir más lejos, son mujeres. Algo que va con los tiempos, se dirá. Por fin, añadirían algunos. Yo, por ejemplo. Y con la soldado y miliciana Pato (Patricia Monzón) nos acercamos a aquella batalla, ya sabes, la del Ebro, a sus comienzos en aquel ardiente julio de 1938:

“Con los ojos muy abiertos asiste, fascinada, al espectáculo pirotécnico de la guerra vista muy de cerca, que nunca imaginó tan bello y tan terrible”.

Porque Linea de fuego va de la guerra, la guerra de verdad, la de los frentes (donde se aprende, viendo morir, que “se piensa menos con la cabeza que con los ojos”), no la del espectáculo desgarrador, más infrahumano si cabe, de las retaguardias españolas en esos años de cainismo terrorífico.

“Yo mato fachistas, no los asesino —replica Panizo—. Para eso están los hijos de puta de nuestra retaguardia… Los milicianos que defienden a la República en los burdeles y los cafés”.

Frente a la soldado Pato (quien, cuando se le dice que “éste no es sitio para una mujer”, responde que “no es sitio para nadie”), el Ejército sublevado, ya franquista, en la novela de Pérez-Reverte sin mujeres, como sin mujeres lo fue, un bando en el que “los hombres en edad de combatir hace tiempo que están movilizados con los nacionales, en la cárcel, bajo tierra o en el ejército enemigo”.

Dos bandos y equidistancia

Los dos bandos, por supuesto. Si en uno el “consuelo moral y el sostén ideológico” lo facilitaban en los comisarios políticos (si hay que ponerle un pero al realismo equidistante de la novela, que es para algunos su lastre, es que éstos son malos malísimos) y los capellanes castrenses en el otro (sólo aparece uno en Línea de fuego):

                “Unos mueren por el paraíso de Cristo y otros por el proletariado”.

Para uno de esos comisarios políticos, “el ejército del Ebro es la vanguardia del proletariado mundial. Los del otro lado son mercenarios o gente obligada a luchar, mientras que ellos son el pueblo en armas”. Le podremos escuchar decirles a los suyos que “somos un muro de bayonetas sostenido por la verdad científica y la razón, mientras que los de enfrente son mercenarios o parias obligados a luchar por una causa que no es la suya”. La dignidad combatiendo contra lo que otro personaje del bando contrario defiende, que es el orden que extirpe a la chusma. Porque Línea de fuego no sólo va de escaramuzas, tiros, sangre, arrojo, miedo permanente a morir (en ocasiones un “miedo reflexivo, consciente, tranquilo”) y sudor, es una profunda narración dinámica de lo que vivieron los seres humanos que se enfrentaron a muerte en una guerra sin cuartel, inmisericorde. Civil. Incivil.

falangistasenlaguerra
Falangistas durante la Guerra Civil

“No es cierto, como dicen los rojos, que cuatro militares y banqueros se alzaran contra el pueblo. Yo soy pueblo, mi familia es pueblo, y estábamos como muchos otros hartos de tanta impunidad, de tanta barbarie, de tanto si no estás conmigo estás contra mí. ¿Quién, al ver que se insulta a su madre o su novia, a su hermana, no saldría en su defensa? Pues la ofensa que le hacen a España sus enemigos, destruyéndola, es más que un insulto. Es un crimen”.

Eso dice, entre otras cosas, la carta que lleva en su bolsillo un jovencísimo alférez de la Legión. Y me imagino que ahí está el meollo de los peros que muchos desde postulados ideológicos inflexibles vierten sobre esta gran novela: el blanqueo del franquismo, la equidistancia que deja al bando finalmente derrotado como eso, como un mero bando. No como el legítimo bastión de la dignidad humana herida. Y derrotada.

Porque no olvidemos que aquellos otros españoles, los que lucharon junto a los golpistas, los sublevados, los llamados nacionales, pueden considerar sin dudar una brizna que era buena aquella gente que se había curtido “en la lucha callejera contra Azaña y Companys, como antes se luchó contra Lerroux, Ferrer Guardia y Mendizábal”.

Pero, como en Línea de fuego no hay un interés por ajustar cuentas con un bando ni quizás tampoco se esconda en ella la intención de ser un libro de Historia, leemos en ella que esos comisarios políticos tan cruelmente intransigentes consiguen también que en un batallón casi todos sus soldados aprendan a leer, siete de cada diez, “una cifra muy por encima de la de los soldados de Franco, para quien la tropa es carne de cañón que no necesita libros y maestros, sino misas y curas”.

La guerra no es una aventura

Como en otras novelas bélicas de Pérez-Reverte (muchas de las suyas), sus soldados sobre todo esperan, “como todos los soldados en todas las guerras”. Soldados que viven y mueren en ella sin obstruir el humor, un humor muy español, reconocible, en sus circunstancias poderosamente vívidas a fuer de literarias.

                “-Sin poder fumar, esta guerra es una mierda.

                -Y hasta fumando”.

En la soldado Pato vemos la guerra, si antes supimos lo que era para ella en su primer contacto, pocos días después de la lucha tras cruzar el Ebro “su primera batalla le está pareciendo una aventura fascinante. Se siente entera y útil formando parte del todo. Del esfuerzo, el heroísmo y la lucha”. Y más de una semana en el frente hacen que Pato admita que lo que al principio le pareció “asombroso”, ahora le resulte “sobrecogedor”. En absoluto “semejante a lo que una imagina desde lejos”.

carlistas en guerra civil
Carlistas en la Guerra Civil

La guerra, que es sobre todo “andar y desandar, correr y esperar”. También “mojarse, pasar hambre y frío”. La guerra, hecha de soldados, “capaces de lo peor y de lo mejor”, porque “lo peor de la guerra son los hombres, y lo mejor también los hombres”. Hombres que a menudo lo que anhelan es “descansar, dormir o morir”. La guerra, hecha de silencio, olores, luces, ruido y oscuridad. Hecha de la vida en el vértigo.

“Los impactos de mortero salpican resplandores azules y naranjas en la incertidumbre del alba. […] La noche todavía no queda atrás, y las últimas casas del pueblo conforman un paisaje fantasmal de sombras espesas iluminadas por los fogonazos de los disparos. Huele a madera quemada, a nitramina explosiva, a polvo que flota en el aire dando a la penumbra una consistencia casi física. En la distancia arde una casa, rodeada de un halo siniestro de luz rojiza”.

La guerra —en la cual, “las buenas maneras se dejan para las novelas”— y el paisaje donde transcurre, el paisaje que va muriendo un poco a su paso:

“El resol es tan intenso que las piedras en torno a la ermita deslumbran como si estuvieran cubiertas de nieve, y los almendros y olivos que se extienden desde los bancales se difuminan en una calima polvorienta”.

Un personaje dice matar los hechos, no a las personas, y otro en esa misma conversación afirma que “la mayor parte luchamos contra las ideas de ellos”. Son legionarios que no buscan revolucionar el mundo, sólo “echar a esos indeseables” para luego asistir al espectáculo de “quién nos decepciona y quién no” (afirma rotundo el alférez legionario). Todo ello reducido a una “cuestión de cojones”. De quién aguanta más que el otro: “muy español, todo, muy propio de ambos bandos”. ¿Equidistancia en estado puro la de Pérez-Reverte? ¿Pero el que habla no es el personaje de una novela? ¿Parte de uno de los dos bandos, un humano que piensa en voz alta? No fue una guerra corriente, y un corresponsal extranjero le dice a su compañera de fatigas: “a la mierda la objetividad”. Habla el capitán republicano Bascuñana:

“Hay un momento complicado, cuando descubres que una guerra civil no es, como crees al principio, la lucha del bien contra el mal… Sólo el horror enfrentado a otro horror”.

linea (3)“Lo que más deseo del mundo es caminar sin que me disparen”, le responde a uno de los corresponsales un brigadista internacional cuando le preguntan qué es lo que más le apetece en ese momento. Que no te disparen como máximo deseo. La guerra. Vivian, la periodista estadounidense, reconoce que creía que todo aquello era sólo una aventura, cuando en realidad era la vida. Una vida repleta de “cadáveres tirados en los parapetos con expresiones rígidas y sorprendidas”, porque “un soldado siempre parece morir decepcionado, como sin terminárselo de creer”. Un soldado ante “un futuro que ya no existe”.

Yo creo que, en el fondo, Pérez-Reverte dedica este libro a aquellos soldados que combatieron en los frentes de aquella guerra y después, cuando regresaron a sus hogares, jamás dijeron una palabra sobre ella.

Aprovecho, Arturo Pérez-Reverte, para preguntarte, no fuera a ser que leyeras esto: ¿de dónde has sacado lo de pitón para llamar a lo que llamas pitón 2345 veces a lo largo de tu gran novela de guerra?

Tomando distancia en la línea de fuego con Pérez-Reverte: palabras y muerte en la...
Comentarios