LIBROS

La elegancia de un viajero

Acerca de Melancolía y Espejos rotos de una mujer de Alejandro Tarantino.

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Acerca de Melancolía y Espejos rotos de una mujer de Alejandro Tarantino. Editorial Amargord 2024

Por Flavia Sant’Elia [Insegnante e scrittrice. Laurea magistrale in Lettere e Lingue e Letterature: Interculturalità e Didattica. Laurea in Scienze Filosofiche e Storiche]

Traducción por Adso Tarantino Ortiz


Finales del año 2024. Ya es un viaje con entidad. Alejandro Tarantino, como en un relato clásico, regresa desde su iniciada senectud ciceroniana (está en los sesenta y doy testimonio de su vitalidad intelectual) a los primeros poemas en Melancolía, que reconoce con la entidad suficiente para ser leídos; y también regresa a un libro que hace de charnela en su cambio de mundos (hay una anterioridad que es y no es su presente): Espejos rotos de una mujer es una declaración nada convencional de amor, y un decir sobre cómo se piensa lo que se ama; amor a sí –porque uno quiere como se quiere– que ama a alguien tan secreto como la génesis de su erotismo. No necesitamos saber quién, ni de qué viene su sensualidad, y a estas alturas la pregunta por el cuándo solo abriría un relato “rosa” que alguien tan reservado jamás corroboraría. Siempre dice que quiere desaparecer, aunque se expone, o quizá sea la forma, no sé. Lo que sé es que aborrece la conversión del eros social en pornografía, y lo extiende a su literatura.

Me une a él un origen, un lugar siciliano. Me pidió que redactase, en un gesto de amistad, el colofón de un libro que escribe: En conversación con Quignard. Un libro intenso, animal, bello, abismal, un diálogo con un autor que le ha llevado a una lectura tan poética como su escritura. He tenido la suerte de leer fragmentos y ojear su índice. Espero con ganas su publicación (aún confío que libros así encuentren editores). Este “cameo” en su obra y haberlo leído anteriormente me ha dado la excusa para escribir esta breve reseña de una edición dual.

Alejandro es un lector pausado y aurífero, consciente de su época indivisa de otras; consciente de los que han sido antes de él, de nosotros, incluso de ellos, los que no leen y los que no aman, ellos los que no descubrieron la dimensión empática del arte.

Melancolía es un ejercicio analítico de ajuste con los fantasmas que lo habitan, desde la muerte del padre hasta las pérdidas vividas como muertes sucesivas. Esta cura del dolor y la angustia se vislumbra en los versos de amor, que como fragmentos de una imagen residen, también, en la mujer de la que escribe en Espejos rotos… En ambos lo que se expresa es la vida, son libros que vencen la muerte. Pero no sé cómo quedó el poeta tras la refriega, si fue una victoria pírrica, no se lo pregunté porque sé que habría guardado silencio. Es tan increíble cómo se puede hablar con él respirando lo íntimo… y no entrar en su intimidad. Quizá sea su parte siciliana –griega, romana, árabe–…

El editor jugó la baza de la continuidad al ser valiente y editar dos libros del mismo autor a la vez, supongo que vio lo que vi al leerlos: los inicios estilísticos y semánticos de un poeta en la frontera de la civilidad, no en un lado u otro, sino, como él mismo dice, “en la marca”, en la tierra de nadie (su libro El idroscalo de los colibríes, editado por Dyskolo en 2023, es un hermoso ejemplo de ello). Su lucidez es cercana al espanto y la fascinación (θαύμα). Cómo no serlo si su primer álter fue Cioran (escribió su memoria de licenciatura sobre este autor). Y “Chema de Amargord” quizá vio la exégesis genealógica de otros títulos que ha publicado de Tarantino: Gli ignoti nell’Ospedale degli Incurabili y La luz. El arte de asolar la demencia. Libros que hablan sobre el corazón vital de lo incurable y la metáfora de sentir la soledad de la locura o el dolor del mundo.

Y en ninguno de los libros que me ocupan hay concesiones a la claridad. Alejandro escribe libros en los que sumergirse, no compendios de poemas de un tiempo que a la fuerza tienen el marchamo de pertenecer a alguien, y esa es toda su unidad… Son libros en un sentido clásico, de poeta romano, no catálogos de obscenos instantes del ego (ya se sabe de una modernidad fragmentada, rota, desarticulada y de una enorme cantidad de poetas que juntan trozos de una vida como si fuesen respuestas hermenéuticas a lo que está deshecho, y es posible que sea suficiente…). Esta entidad filosófica de su poética ya estaba en Los árboles solitarios, editado por Devenir en 2015, un libro que da la medida inicial de la elegancia de su escritura, y del valor que le otorga a la soledad poblada de la lectura. Sí, leer a Alejandro es descubrir una elegancia de dicción larga y lenta. Claro que te puedes quedar con uno u otro poema, alguno habrá que te toque; pero el reto está en leerlos todos como una unidad semántica, si no su inteligibilidad narrativa se pierde, y todo su trabajo con la hermenéutica del símbolo se opaca. ¿Para qué leemos? No leerlo a él para domesticar las aporías del tiempo, ni mucho menos para el dolce far niente della mente. Leer es un ejercicio noético. Así lo entiende Alejandro. Es posible que se dirija a un lector intenso, pero es que él lo es, y no veo la razón que debiera aplacarlo, desde luego no el mercado de la edición y la literatura complaciente y repetitiva que no se aventura más allá de los vacuos juegos de lenguaje y de un estilo tan alienado por una época de monstruos políticos que raya en la autoayuda.

Él no es un ególatra, no hace sino desprenderse de sí. Y esto tiene un impacto en los lectores que busca: la empatía. Porque habla de lo que sabe, pero como si otro distinto a él lo hiciese. No es de extrañar que esté inmerso en concebir un manifiesto, una teoría, sobre lo que denomina poetas especulares. Un pensar al borde de nuestra realidad contemporánea acerca de todo lo que podemos decir, expresar; una teoría sobre lo decible que ya se prefiguró en otro de sus libros, tal vez el más oscuro y del que parece sentirse especialmente cercano: El prestigio de la oscuridad, editado por Devenir en 2016. En él se siente la presencia de su admirado José Ángel Valente, y también de su sentido Vincenzo Consolo, dos de los que llama especulares.

En Espejos rotos de una mujer equilibra la voz de la palabra con la voz plástica sostenida en obras de técnica mixta sobre páginas de La mujer rota de Simone de Beauvoir. Como los fragmentos de un espejo estas obras nos devuelven imágenes que juegan especularmente con los poemas, relacionar estas voces hasta fundirlas en una es lo que Alejandro exige al lector en este poemario. Y qué dice esta voz superpuesta, que amar es una tensión continuamente desbordada por la palabra poética; que amar es poseer las contradicciones del otro, y si no fuese posible, hacerlas propias, que lo deseable sería poseerlas y hacerlas propias, en alma y cuerpo, en la piel y la palabra. Es un libro sobre la naturaleza del amor.

Y qué libro no es una historia de amor, o una historia de vida, una historia de amor y vida sin los raptos caprichosos de la realidad; qué sino islas de amor y vida son sus libros… Melancolía parece haber sido dictado por su garganta en el paleolítico de su alma a su deseo de vivir, a su propia voz irreconocible y reconocida por sus lectores, y deja entrever un lugar edénico previo a la muerte. Imagino la cantidad de veces en que se convirtió en estatua de sal al escribirlo, los momentos que contempló una luz y que miró atrás, aterrado, a la oscuridad que lo atrapó de nuevo. En este libro hay mucho de esa nostalgia que se siente hacia lo que no se ha vivido y, menos mal, la rebelión frente a ella de la creación. Leemos en él la fuerza que bate las cadenas que las pavuras de lo perdido nos imponen.

Libros que superarán el olvido, que hallarán en todo tiempo lectores; porque no pueden ser reducidos a un mero accidente del ser, porque se conjugan en un pretérito perfecto simple, porque no dejarán de suceder. Hagamos lo que hagamos seguiremos amando, come la malattia del nulla in nessuno accade (como la enfermedad de la nada en nadie acontece)… sin motivo, sin sentido. Con la elegancia de la antigüedad el amor se impone a la melancolía y a los espejos rotos; es un viaje por los lugares sin tiempo…

Palermo, febrero 2025