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jueves. 11.08.2022
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Wilder y Diamond
 

La decimotercera novela del escritor británico Jonathan Coe es una obra maestra. El señor Wilder y yo fue publicada originariamente en 2020 y traducida de una forma espléndida dos años más tarde por Javier Lacruz a mi lengua.

Calista Frangopoulou, compositora de música para películas, es la narradora y ¿protagonista? de la novela. Ella dice de sí misma: “todas las cosas y todas las personas me recuerdan alguna película”.

Y, en la página 16… ¡Boom! Aparece Dios: aparece el gran Billy Wilder (él es el señor Wilder, y yo es Calista). Y, poco después, llega también su socio y co escritor de sus últimas trece películas: I.A.L. Diamond.

“Me gustó cómo la contó el señor Diamond, cómo le brillaron los ojos cuando llegó al final del chiste, cómo para él, aunque fuera solo un momento, contar aquella gracia aportaba un instante de extraña alegría y claridad al mundo. Y me di cuenta de que, para un hombre como él, un hombre esencialmente melancólico, un hombre para el que este mundo cruel solo podía ser una fuente de amargura y desilusión, el sentido del humor no era solo algo bonito sino algo necesario, que contar un buen chiste podía aportar un momento, fugaz pero maravilloso, en el que la vida tenía un extraño sentido y ya no parecía azarosa ni caótica ni inescrutable. Me alegró pensar que en medio de todos los problemas espinosos del mundo seguía conservando aquella fuente de consuelo”.

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Wilder y Diamond

Sí, el también grandioso I.A.L. Diamond y su más valiosa respuesta: “claro, ¿por qué no?”

La música y la música del silencio, lo que pasó en Auschwitz y los ojos de quien todo aquello que tenía que ofrecer ya nadie lo quiere de verdad.

Esta joya literaria de Coe incluye un guion de cine, uno auténtico: uno de Wilder, uno de Coe, un guion absoluto que, ojalá, alguien ruede alguna vez.

El cine, la música, la literatura: la perfección.

Puede que esta novela sea, como dice Calista, un poco como es la película Fedora, la penúltima de Billy Wilder: una obra de arte que tiene muchas cosas importantes que decir sobre la edad, la belleza, sobre cómo idolatramos la juventud y la fama. Quizás (“¿cómo lo haría Lubitsch?”) con elegancia, astucia, insinuación, todo embadurnado de un ligero cinismo.

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Jonathan Coe reconoce que nadie le ha influido tanto en su vida como el cineasta de origen centroeuropeo. De tal manera que si lo que ha querido con su reciente novela es rendirle un homenaje literario, se lo ha dado con creces: le ha rendido un tributo maravilloso.

En ese homenaje hay más arte festivo, ocurrente, que melancolía, más amor por el futuro que deseo de remedar el pasado.

Es una majestuosa ofrenda reverencial elaborada con las más sutiles y hermosas herramientas que la literatura puede prestar a esos genios que, como el escritor inglés, son capaces de detener el tiempo sobre las páginas de un libro.

Las sabias palabras de Billy Wilder le dicen a la protagonista de la novela:

“Cuando te haces viejo, las esperanzas disminuyen y los arrepentimientos aumentan. El reto es aún afrontarlo. Impedir que los arrepentimientos pesen más”.

Y estas otras:

“La vida es horrible. Eso lo sabemos todos. No te hace falta ir al cine para darte cuenta de que es horrible. Vas porque durante un par de horas le darán a tu vida un poco de chispa, ya sea por humor o las risas, o aunque solo sea…, no sé, por unos trajes bonitos o unos actores guapos o algo; una chispa que no tenía antes. Un poco de alegría, supongo”.

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Disfrutar cuando se disfruta.

La urgencia por crear y ofrecerle algo al mundo: gracias Billy, gracias Jonathan, por ofrecerle al mundo, a mí al menos, a quienes amo, algo. Algo tan bello.

Aunque, señor Coe: no le perdono que me haya hecho llorar de emoción bondadosa al acabar de leer su novela, una vez más magnífica. Es la segunda vez que lo haces, Jonathan.

(No recuerdo haber llorado al acabar una novela, en este caso tres novelas conectadas, salvo cuando finalicé la lectura de otra joya humana, La Tía Julia y el escribidor, una de las deslumbrantes novelas de otro gigante, Mario Vargas Llosa. Es un llanto complejo, breve y exacto: es el llanto por un mundo en el que uno ha vivido emocionado y al que no regresará, es un agradecimiento rotundo y una despedida).
 

Codita. Esto es una bola extra. Las trece películas que hicieron juntos I.A.L. y Billy fueron estas joyas magníficas (prácticamente todas lo son, con alguna excepcioncilla): Ariane (1957), Con faldas y a lo loco (1959), El apartamento (1960), Uno, dos, tres... (1961), Irma la dulce (1963), Bésame, tonto (1964), En bandeja de plata (1966), La vida privada de Sherlock Holmes (1970), Avanti! (1972), Primera plana (1974), Fedora (1978, cuyo rodaje es el hilo conductor de la novela de Coe) y Aquí, un amigo (1981). Como para no deberles a ambos prácticamente LA VIDA.

El señor Wilder y yo: el señor Jonathan Coe y yo