domingo 29.03.2020
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La urbe

La urbe

Con nostalgia, la ciudadanía recordaba el tiempo en que el sol se dispersaba por todos los rincones. Un buen día, los servicios meteorológicos anunciaron importantes precipitaciones. Agregaban que las necesarias lluvias contribuirían a limpiar la atmósfera y que los campos sedientos colmarían sus entrañas. No sabemos si fue porque la persistencia del mensaje de los expertos ejerció un poder de seducción sobre las alturas, o porque ya estaban maduras para caer, el caso fue que las lluvias llegaron, aunque fueron tan escasas que no sirvieron para remediar la sed que padecía la tierra.

Hacía muchos años que se presentaban, muy de tarde en tarde y en forma de lloviznas; eso sí, venían acompañadas de muchos preámbulos sonoros y visuales, mas antes de calmar la sed de los campos desaparecían silenciosamente. Se marchaban sin escuchar las plegarias de los fervorosos creyentes que clamaban al cielo la solución de sus desgracias. Apenas quedaba agua en los embalses y los acuíferos se iban secando.

Aquella mañana se dejaban ver residuos de la escasa lluvia que el día anterior había caído. Minúsculos charquitos de agua se aferraban en los lugares más inhóspitos. Pero la situación seguía siendo alarmante. “Si la lluvia no se produce, de forma inmediata y en abundancia, habrá que tomar medidas drásticas”, dijeron los expertos. Estaba justificada aquella alarma. Los habitantes de las urbes añoraban la calidez del sol, pero no era solo añoranza; sus rayos debían luchar contra una muralla de polución atmosférica para llegar a la tierra. Ahora, cuando el sol se dejaba ver parecía una sombra lastimera de antaño, un fantasma que recorría la ciudad como un alma en pena.

Los meteorólogos siguieron dando esperanzas; era raro el día que no anunciaban precipitaciones abundantes. Pero a pesar de los partes meteorológicos, la lluvia guardó silencio. Desde las alturas y convertida en vapor envolvente, participaba de la grandiosa escenografía celeste. Siempre amenazante, allí estaban aposentadas y parecía mofarse de los habitantes del planeta Tierra.

La situación de gravedad se fue generalizando y el pánico cundió entre los ciudadanos. A juicio de las autoridades, tal alarma se debía a la persistencia de los exagerados mensajes que lanzaban los ecologistas. Los organismos internacionales se vieron forzados a tomar decisiones para calmar a la opinión pública. Los congresos, seminarios y simposios se sucedieron uno tras otro. Pero a pesar de las grandes declaraciones de principios, las soluciones no llegaban. La situación era cada vez más crítica. Los gobiernos nacionales comenzaron a hacer recomendaciones, a establecer normas de obligado cumplimiento para paliar los graves efectos de la contaminación atmosférica. Se recomendó el uso del transporte colectivo y la utilización de mascarillas para las personas que tuviesen problemas respiratorios. En cuanto a las fábricas que no cumpliesen las ordenanzas sobre Medio Ambiente, tendrían que asumir las consecuencias.

Mucho se legisló, pero casi todas las normas fueron incumplidas. Los sociólogos argumentaron que era una consecuencia lógica del cambio pretendido en las costumbres individuales y colectivas; que los nuevos hábitos no se introducen de la noche a la mañana, que había que dar tiempo. Los infractores comenzaron a recibir notificaciones de multas, aunque unas ignoradas y otras recurridas se amontonaban en los despachos de la Administración. Las tesis de los sociólogos se cumplieron. Los automovilistas, a tenor del trabajo que les costaba desprenderse del auto, más que un ente autónomo, parecían formar parte del coche. Y qué decir de las fábricas; éstas se resistían a cumplir la normativa argumentando los efectos nocivos que podían darse sobre los trabajadores: “Son normas muy drásticas”, decían unos. “Es una exageración de los ecologistas que están en el gobierno”, decían otros. Fueron muy pocos los que entendieron la gravedad de la situación. La mayoría pensaba que la alarma pasaría como había sucedido otras veces.

El uso de las mascarillas fue una de las excepciones, ya que algunas personas se veían obligadas a llevarla si querían conservar sus deteriorados pulmones. Más tarde, su uso fue extendiéndose a toda la población como medida preventiva. Las fábricas de mascarillas subieron sus ventas considerablemente y hasta comenzaron a cotizar en bolsa.

En los diferentes departamentos administrativos se acumulaban los recursos de los administrados. Éstos no eran contestados por falta de personal, y los recurrentes pensaban que el silencio administrativo les daba la razón y les permitía seguir incumpliendo la norma. Los jefes de departamento solicitaban ampliación de plantilla, pero siempre recibían la misma respuesta: “No hay presupuesto. Arréglense con los recursos existentes”. Así pues, las primeras normas que se dieron no sirvieron para aminorar la expulsión al aire del maldito CO.2 y demás elementos contaminantes que tanto mal estaban causando.

***

Las conferencias internacionales se hicieron más frecuentes y largas. En ellas se discutía sobre lo divino y humano y los debates eran cada vez más encendidos. Los periodistas, muy atentos a las propuestas que se iban aprobando, establecían verdaderas carreras entre la sala del Congreso y las estancias habilitadas para la prensa: todos pretendían ser los primeros en dar la noticia a sus respectivos medios de información.

– Normas radicales y no paños calientes es lo que necesitamos– decían los progresistas–. Hay que ir a la raíz de los problemas para resolverlos. Nos hemos demorado en tomar conciencia de la situación real.

 – Reconvertir las fábricas de automóviles en fábricas de bicicletas –decían los radicales ecologistas–. Las bicicletas no necesitan gasolina y tendríamos el problema solucionado. Además, es más saludable el ejercicio físico que el sedentarismo.

Naturalmente, ante las propuestas de los ecologistas siempre estaban preparados los conservadores, intentando poner cordura ante las barbaridades que, a juicio de ellos, se decían. Después de cada introducción, se pasaba a dar una serie de soluciones que, a criterio de algunos, eran imposibles de llevar a la práctica.

– No se pueden dar esas medidas tan radicales, pues haríamos caer en picado la economía industrial y la de los combustibles. ¡Señores!, no hagan demagogia en esta sala y tengan la valentía de decir a sus electores que pretenden cerrar sus fábricas; que piensan dejarlos en el paro y en la indigencia más absoluta.

– Lo que tenemos que hacer es cambiar un sistema caduco que amenaza a nuestro planeta. La preservación del Medio Ambiente está en juego, y con él la vida en la tierra– decía la unificación de izquierdas con gran énfasis–. Tenemos la técnica suficiente para solucionar los graves problemas que tenemos, ¿por qué no se pone en práctica? Yo lo diré señores; porque hay muchos intereses económicos por medio. 

Es cierto que los debates habían contribuido a acentuar las investigaciones; que se dieron diversas soluciones para paliar la contaminación atmosférica. Pero ponerlas en práctica era tan costoso que tanto la Administración como los particulares se inhibían. Algunos decían que era más beneficioso pagar las multas que hacer las complicadas instalaciones que pedían. Se entraba así en un círculo vicioso; el temor de los gobernantes a cerrar fábricas era mucho mayor que los efectos nocivos del incumplimiento de las leyes medioambientales.

Después de muchas indecisiones, se legisló una rebaja considerable de los impuestos para las industrias que estuviesen dispuestas a colaborar en tan magna empresa. Pero lo que se legislaba nunca colmaba las expectativas de las partes: los empresarios consideraban que las inversiones debían ser asumidas por la Administración, al igual que se hacía con otros servicios públicos. Los sindicatos no estaban de acuerdo, pues consideraban que debían ser las empresas que contaminaban las que asumieran los costos. Dichas declaraciones iban acompañadas de una gran cantidad de cifras sobre las plusvalías que habían obtenido en los últimos años, y sobre las deficiencias en los servicios públicos de vital importancia: “¡Es inaudito tal pretensión! La salud se deteriora por falta de recursos mientras los beneficios empresariales suben como la espuma”, argumentaban.

Mientras las autoridades nacionales intentaban poner en práctica algunas soluciones, los encuentros internacionales se sucedían. Fueron años de interminables debates que, en la mayoría de los casos, solo servían para mostrar las grandes diferencias de los grupos representados, o las capacidades dialécticas de los ponentes.

El deterioro del medio ambiente y el de las personas fue en aumento. El absentismo laboral crecía; muchas fábricas tuvieron que reducir sus pedidos al no encontrar personal cualificado para cubrir las bajas por enfermedad. Las afecciones respiratorias causaron verdaderos estragos sobre la población infantil. A pesar de haber seguido estrictamente las normas sobre el uso de mascarillas, la mortalidad de los más ancianos creció considerablemente. Y qué decir de los centros hospitalarios; éstos se vieron desbordados por la afluencia de enfermos. Los responsables de los hospitales y centros sanitarios cursaron peticiones a los gobiernos. Peticiones que iban pasando de una administración a otra sin que ninguna de ellas diera soluciones. Siempre recibían la misma contestación: “No hay presupuesto. Arréglense con los residentes y con el voluntariado”. A pesar de todas las recomendaciones del Ministerio de Sanidad y de la buena voluntad de los diversos grupos sociales, la situación caótica de los hospitales no se resolvía.

Se creó el (O.I.P.D.M.A), organismo internacional para encauzar toda la problemática. Éste propició un foro permanente para seguir discutiendo sobre las posibles soluciones. Los congregados alumbraban multitud de espléndidas resoluciones, pero cuando éstas se intentaban llevar a la práctica se estrellaban contra el muro del pragmatismo. Ya eran muchos años de dar propuestas y de posponerlas, los ciudadanos empezaron a considerar que las instituciones tradicionales se habían convertido en foros dialécticos en donde primaba tirar las tesis del contrario antes que dar una alternativa real al problema. A criterio de éstos, más parecía una plática de gallos, papagayos y cotorras que un congreso dispuesto a dar soluciones de forma racional. Los más críticos decían, que los foros internacionales habían perdido su contenido, que sólo servían para hablar de economía y poco más; que los grandes problemas de la humanidad estaban sin resolver, a pesar de haberse agudizado.

Un buen día, y digo buen día por lo que aconteció, el cielo comenzó a expulsar agua por todas partes. Las esperadas lluvias aparecieron de forma súbita y sin ser anunciadas; se precipitaron sobre la tierra enseñoreándose de calles, plazas y campos. Parecía que la naturaleza se estuviera mofando de los terrícolas.

Todos salieron a las calles para recibir al preciado tesoro. Cantaron y bailaron desaforadamente. Elevaron las miradas hacia las alturas para dar gracias por la generosidad que el cielo les brindaba. Los más creyentes pensaron que la gran sequía padecida era debida a una maldición divina por los pecados cometidos, que las lluvias significaban el perdón y la purificación de los agravios. Siguieron cayendo durante días haciendo las delicias de campos y ciudades. Multitud de personas se regocijaban dejándose acariciar por las aguas. Pero aquella alegría se fue tornando en preocupación cuando las lluvias, lejos de desaparecer, se fueron haciendo cada vez más intensas. La gente comenzó a preocuparse cuando el suave manto de agua se fue tornando en furiosa riada que se llevaba objetos inanimados. La gente se refugió en sus casas y las calles quedaron desiertas; miraban a través de las ventanas el caer incesante de la lluvia. De nuevo, elevaron plegarias al cielo pidiendo que cesaran, pero el agua siguió cayendo. Los campos, antes sedientos, expulsaban el sobrante anegando tierras y sembrados. Las ciudades, antes grises, se volvieron azuladas y brillantes. Tanta agua cayó que los mares crecieron.

Una mañana de abril, aparecieron los intensos rayos del sol. Éstos se fueron esparciendo para mostrar una dantesca imagen: algunas casas flotaban como endebles barquitos, la mayor parte de las ciudades costeras quedaron inundadas y la mayoría de las islas fueron tragadas por el mar con sus habitantes incluidos.

***

Poco tiempo tardaron los expertos en comprobar las consecuencias del desastre y en contabilizar las pérdidas económicas. La población había disminuido considerablemente: primero por las enfermedades que la contaminación atmosférica causó y, después, por las inundaciones generalizadas. Cuando se dieron cuenta de la tragedia, todos comenzaron a entonar un, mea culpa, e hicieron grandes promesas de futuro. Se hicieron grandilocuentes discursos asegurando que habían aprendido la lección. Prometieron que el sentido común reinaría sobre la tierra para prevenir catástrofes de esa envergadura. Todos juraron que la ciencia debía ponerse al servicio de la humanidad y no de los índices macroeconómicos. Se comprometieron a diseñar nuevos organismos internacional para velar por la prevención del planeta y de la humanidad.

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Este artículo forma parte del libro El grito, de Teresa Galeote, editado en 2009. 

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