viernes 30/7/21

La verdad escondida

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Javier miraba la pantalla con los ojos ya acuosos de años y recuerdos; miraba sin acabar de fijar la atención y sin que su postura o su actitud reflejaran que algo hubiera acabado de captar su atención. Más que mirar hacia algo, se podía decir que Javier estaba, pero sin que nadie pudiera fijar el verdadero paradero de sus ideas: hacía días que el mundo y él se miraban desde dos paralelas que nunca se tocaban ni coincidían en punto alguno: Javier habitaba su propio pasado formado por recuerdos desordenados según eran convocados por su memoria y el mundo, como siempre, devoraba ese fugaz instante que habita entre el futuro y el pasado y al que nos empeñamos en llamar presente.

Desde hacía apenas unos tres meses había decidido abandonar las acaloradas discusiones de sus compañeros de residencia y refugiarse en el silencioso mundo de su propio soliloquio, verdadera conversación en la que se discutía todo y todo se volvía a cuestionar como si la vida toda dependiera de aceptar los distintos conceptos que repasaba como la sólida base de un futuro cada vez más corto.

Con verdadera avaricia, Javier trataba de asir una verdad, aunque fuera una sola verdad a la que agarrarse para justificar toda su vida  y las grandes convicciones de su vida iban y venían presentándose vacías, huecas y livianas como plumas al viento. Siempre había sido él quien conducía los sesudos debates de su círculo de amigos: intelectual bien formado y obsesionado por buscar las mejores fuentes y argumentos, de repente, con su cuerpo ya en retirada y su cabeza en perfectas condicones, se había quedado suspendido en el vacío sin un sólo punto al que asirse para seguir debatiendo. Por eso se había retirado a su cuarto, para no desalentar a sus amigos con su búsqueda desesperada de algo con lo que poder construir un futuro que ya sólo les llegaría de refilón.

Unas elecciones más, a su edad, se presentaban como esa última y gran actuación; la última escena del ciudadano consciente de su papel en la historia de la sociedad que estaba a punto de abandonar; el último mutis por el foro de la escena antes de que el telón bajara sin esperanza de levantarse de nuevo. Se sabía llamado a luchar, como los viejos caballos de guerra que relinchan enardecidos en los establos cuando oyen los toques de carga de las maniobras a las que ya no les llevan: su época ha sido, pero todavía queda una última parada en la que lucir los jaeces y las crines recogidas; un último día en el que SER antes de que llegue….¿Qué debía llegar? ¿Para qué nos preparamos?

Y esas dos preguntas le desvelaron la clave y la solución de todos los enigmas que ocupaban su solitario retiro de meses: todo es, al final, nada. ¿Qué mejor mensaje, qué mejor acto de coherencia que entregarse a la escenificación completa de lo que encierra la verdad descubierta y que nos prepara para la nada, la nada que a todos nos aguarda y a todos nos iguala?

Y con los ojos por fin atentos, fijos y alertas, descubrió la esencia de la nada entre las propuestas de estas sus últimas elecciones: Isabel Díaz Ayso encarnaba en sí misma la esencia de una nada vacía, estéril, ajena a la vida, a la propia humanidad y entregada al inmenso vacío mental que una simple caña de cerveza es capaz de rellenar y dejar ahíto de intelectualidad para siempre. Y entonces supo que su último gran acto democrático consistía en aceptar la verdad de esa nada hecha persona y darle el voto con el que aceptaba la intrascendencia de su propia vida y abrazaba su destino como parte de la inmensa nada que a todos nos aguarda.

Con letra firme y decidida, empezó a escribir la charla que daría a sus amigos mañana tras el desayuno:

La portadora de la verdad grita que viva la libertad, pero en verdad nos guiña un ojo que deja ver el auténtico mensaje de todo su discurso: VIVA LA NADA. YO SOY LA NADA, aceptar la nada y votadme a mí, que conozco el secreto y prodigioso milagro de hacer… nada.

Javier durmió tranquilo esa noche soñando...nada.

La verdad escondida