martes 1/12/20

La tumba oscura

La temporada de excavaciones estaba siendo realmente buena: muchos objetos de uso cotidiano, algunos adornos, utensilios, restos de lo que parecían ser pieles con rastros de tinturas y el descubrimiento por el que ese yacimiento en concreto, hasta ahora ignorado y perdido en la inclinada ladera del monte, casi oculto por la vegetación, entraría a formar parte de la élite de las excavaciones: la necrópolis más antigua y extraordinaria conocida hasta ahora.

Las dataciones del carbono y la estratigrafía de la zona localizaban la ocupación humana entre los 38.000 y los 40.000 años de antigüedad, justo cuando los primeros seres humanos modernos apenas asomaban por esas cornisas escarpadas de los montes; una época que asistía, como indecisa aún, al declive de los Neardentales y a la expansión de nuestros padres; una época dura, extrema, violenta y oscura en la que los grupos, clanes y tribus, formados por unos pocos individuos, vivían siempre al borde del desastre.

Los restos humanos de la época hallados hasta ese verano nunca habían mostrado signo alguno de veneración o culto; es más, muchos de ellos mostraban signos de violencia alimenticia a cargo de bestias y congéneres, razón por la que lo encontrado en la Cueva del Verde sobrepasaba cualquier sueño.

En lo más profundo de la sima, allí donde la luz jamás llegó, bajo paredes pintadas y labradas con todo tipo de signos; allí donde por alguna extraña razón no se encontraban huesos de animales o huellas de una ocupación posterior de osos o lobos, presentes en otras cámaras de la caverna, treinta y tres tumbas formaban tres círculos alrededor de una última tumba extrañamente larga y distinta.

Hasta ese momento, habían trabajado, datado y documentado lo encontrado en las tumbas que formaban los tres círculos exteriores, pero hoy se conocería el interior de lo que parecía ser el centro de todo el complejo. Asombrosamente, en todas las tumbas abiertas se había repetido, con exactitud y fidelidad, el mismo patrón hasta el punto de hacer difícil la distinción entre ellas y sus respectivos ocupantes: sobre el cráneo una cinta de cuero en la que se contaban 33 piezas de cuarzo blanco. Sobre el pecho, un medallón formado por cuatro escápulas de lobo unidas por el extremo del Acromion que conseguía recordar cierta semejanza con una esvástica y al lado de cada uno de los pies, dos cráneos de cánido de los considerados compañeros del hombre 20000 años más tarde en hábitats lacustres.

Día tras día, el equipo había levantado las lápidas calizas que tapaban la excavación de cada tumba y día tras día, con monótona regularidad, había levantado el mapa de los restos, realizado fotografías, analizado vestigios para acabar anticipando números y objetos con asombro, curiosidad y sensación de estar ante algo único, especial y muy importante.

Sobre las 9 de la mañana llegaron los directores de la excavación, cada uno responsable de un área concreta para asistir al levantamiento de las cuatro losas de la tumba central. Por primera vez habían documentado importantes diferencias y eso era todavía más sorprendente.

Las dos losas que se encontraban en el lado este de la tumba tenían grabados, con milimétrica minuciosidad, los mismos signos que estaban grabados en la pared este de la cámara, mientras que las dos losas del lado oeste no tenían grabado ninguno y presentaban un aspecto más tosco, menos trabajado que el resto de las tumbas. Al levantar la piedra cabecera del lado este, el equipo entero lanzó un sonido ahogado, como de asombro: el interior de la excavación estaba forrado de losas cubiertas  de la parte plana de la concha de la vieira, sin que ninguno pudiera entender su perfecto estado de conservación. En el centro de la tumba, una diadema con las consabidas 33 piedras de cuarzo blanco y otra, nunca vista antes, de 33 piedras negras de obsidiana, más pequeñas y perforadas en su centro. En el espacio central delimitado por las piedras, un cráneo con las claras señales de la vejez perfectamente visibles.

Al levantar la segunda losa, siguieron las sorpresas: si bien el medallón de las cuatro escápulas era conocido, en esta tumba parecía haber estado conectado a una especie de delantal o túnica ornamental formada por costillas que parecían humanas y rematada por multitud de caninos que, a primera vista, se identificaron como pertenecientes a lobos. Las piernas del sujeto se proyectaban hacia el fondo de la tumba y ofrecían otra sorpresa todavía más extraña. Si bien los cráneos al lado de los pies ya eran habituales, no era habitual que fueran de lobo y que los tobillos parecieran estar anudados por una gruesa cuerda de tendones que, después de fijar los pies del esqueleto, desaparecía por un agujero practicado en la losa que cerraba el enterramiento.

El conjunto era extraño y bello, aunque el detalle de la cuerda anudada a los tobillos perdiéndose en la oscuridad del fondo resultaba inquietante y complicada de explicar. La sensación de inquietud retornó al equipo cuando, ya cerca de las 4 de la tarde, documentada, fotografiada y cartografiada la llamada tumba 34, el equipo se dispuso a levantar la tercera losa. Cuando estaban a punto de hacer fuerza sobre las palancas, un becario del equipo, al que todos llamaban “el brujo”, lanzó un grito y cayó al suelo desmayado e inconsciente. Este chico tenía una fascinación por la cámara y el mote le había venido de intentar explicar a los demás el significado de los signos y las alegorías. Sin hacerle demasiado caso, todos habían llegado a comprender que el brujo estaba convencido de que la sala era sagrada; que había sido un lugar peligroso y que los tres círculos, formados con la excavación de una tumba por cada generación transcurrida, tenían la misión de encerrar algo que no debía escapar. Según él, cada tumba alojaba a un servidor que, uniformado con las armas de la misma lucha, hacía fuerte el círculo que ayudaba a formar.

Sin hacer demasiado caso del desmayo, el equipo levantó la losa para ver que la cuerda se prolongaba hasta anudarse en los tobillos del segundo esqueleto, pero que esa segunda tumba no estaba cuidada y ornamentada. Era negra y se habían tomado la molestia de formar una gruesa capa de hollín en la tierra de las paredes. Ni un adorno, ni una piedra; solo suelo negro y sobre los huesos de las piernas, dos fémures de caballo cruzados a la altura de las rodillas. Cada fémur del hombre subía hasta intentar unirse con el tronco, y digo intentar porque una gruesa pieza de pizarra mantenía separada la cabeza del fémur del acetábulo de la cadera. Esto era algo extraño que nadie había contemplado jamás. Habían enterrado a un hombre con las piernas cortadas, cuidadosamente cortadas y atadas por los tobillos, unido a otro esqueleto localizado en una tumba adyacente y comunicada. Nadie tenía noticia de nada parecido.

Las sorpresas continuaron al levantar la segunda losa y descubrir dos aspas más: una sobre el pecho formada por dos fémures de cabra y otra, sobre el rostro, formada por dos fémures de lobo. Brazos y cabeza, perfectamente seccionados, se mantenían separados del tronco por tres piezas de pizarra semejantes a las que separaban las piernas. En cada pizarra encontraron reproducido el mismo y único motivo que podía verse en la pared oeste de la sala: un círculo completo en cuyo interior se inscribían, paralelas, dos líneas quebradas con tres picos claramente marcados. Nada más, sólo hollín en las paredes y en el piso de la cueva y una sensación de profundidad extraña que parecía prolongar la visión hacia el centro de la tierra; como si la tumba misma fuera sólo la abertura de un túnel inmensamente largo.

Cuando todos estaban acabando los trabajos de documentación de la segunda fosa, despertó el becario desmayado y se acercó en silencio al borde de las dos fosas. Nadie había reparado en que ya estaba despierto, pues le habían medio abandonado tras dejarlo tumbado en el borde de la sala con los pies un poco más altos que la cabeza y apoyados en un cajón de utensilios. Al llegar al borde de la fosa del oeste, le preguntó a uno de los directores por el hacha de obsidiana que guardaba la tumba. Extrañado, el profesor le respondió que no habían encontrado ningún hacha en la tumba, que la segunda fosa sólo tenía huesos y el extremo de la cuerda que provenía de la primera fosa. Sin hacer caso ni comentar nada, el estudiante rascó con la mano entre las rodillas del muerto y una pieza de obsidiana, tiznada de hollín, brilló limpia tras el paso de los dedos. Con la mirada perdida en el vacío, el estudiante dijo alto y claro:“ Ha vuelto y su noche gobernará el mundo”, justo antes de volver a desmayarse entre agitadas convulsiones.

El profesor, todavía asombrado y sin comprender demasiado bien que había pasado, atendió al muchacho, mandó llamar al médico del pueblo cercano que a veces les había ayudado a curar una raspadura o caída y se puso a repasar los acontecimientos a la vez que se los contaba a sus colegas. Todos se quedaron asombrados con el relato, pero su asombro creció al comprobar que una hebra de la cuerda que unía a ambos cadáveres, llegaba a anudarse en la piedra de obsidiana que el estudiante había nombrado como hacha.

Todo el equipo de la excavación miraba las tumbas buscando un significado, una explicación lógica que sacar de conocimientos y yacimientos anteriores, pero nadie podía ofrecer una explicación estructurada.

Llegó la noche y el estudiante seguía reposando, sedado, en casa del médico del pueblo; el campamento hablaba tranquilo de los acontecimientos del día y la noche del verano llegaba para refrescar el ambiente cargado de calor. Las últimas luces del día iluminaban las nubes que se acercaban llenas con la pesada amenaza del agua; algo bastante incómodo en la vida del campamento al aire libre. Otra noche de charcos, ropa olvidada que amanece empapada, algún calzado arruinado para siempre; una o dos tiendas inundadas y poco más. Pero esa noche sería distinta.

En el pueblo y pasado el efecto del sedante, el becario se levantó apresurado preguntando la hora y rogando que le llevaran al campamento como fuera. El médico intentaba tranquilizarlo diciendo que la tormenta era de las serias y que era mejor esperar en casa, que la gente del campamento era experta y que, si la cosa se ponía dura, sabrían refugiarse en la Cueva del Verde, que había visto tronar muchas noches como esa sin que pasara nada. Tras discutir con el médico cerca de media hora y ante la amenaza casi cumplida de irse andando bajo la lluvia, el médico accedió a llevarlo en el coche no sin antes decirle que era poco menos que un imbécil influenciable y delicado que debía cambiar de vida y no dedicase a andar de excavaciones y campamentos.

Los truenos, por fortuna, impedían toda conversación en el coche y los relámpagos iluminaban el camino convertido en algo parecido a un regato de montaña. El médico refunfuñaba diciendo que había que ser un completo gilipollas para no mandar al cuerno al chaval y salir de la cama en una noche como aquella, cuando llegaron a la explanada en la que, unas horas antes, se levantaba un campamento que albergaba a unas treinta personas, útiles, almacenes, cocinas y otras instalaciones.

Las tiendas, aún sujetas por los vientos, se levantaban al cielo hechas jirones desgarrados y por todos lados se veía la ropa desperdigada que, horas antes, se guardaba en esas tiendas. Mochilas diseminadas, cajas de herramientas y de los objetos provenientes de la excavación hecha en la última semana, las cocinas derribadas y tumbadas. Todo hablaba de destrucción y desastre, pero no se veía a nadie por ningún lado, ni una luz, ni una voz, nada.

El médico, ya más asombrado y menos enfadado, pensó que se habrían refugiado todos en la cueva y hacia allí encaminó sus pasos y con sus pasos, la esperanza de que no hubiera habido ninguna desgracia seria. Al llegar a la entrada de la cueva, justo allí donde el agua ya no empapaba el suelo y el ánimo se calma esperando protección, la linterna del médico iluminó una escena de tragedia que nadie podía anticipar: sentados con la espalda contra la pared, con los brazos recogiendo las rodillas y las caras lívidas de terror, todo el grupo miraba hacia la sala de las tumbas oscurecida por un velo de absoluta negrura que ninguna luz de linterna podía traspasar.

Sin visión, pero oyendo el estruendo impresionante del fragor de una batalla desatada en la que luchaban miles de almas, el grupo asistía impotente, al clímax una batalla tan antigua como el mundo. No los veían, pero sentían el ánimo de los ejércitos, el miedo, el dolor, la lucha, el odio, el temor a la derrota; sentían en su alma el recuerdo antiguo de todas las batallas que el hombre ha luchado y la certeza de la presencia del enemigo ponía a prueba el valor de sus espíritus. La tormenta de la noche era un pálido reflejo de la violencia de la lucha que tenía lugar en la cámara. La noche pasó y un lejano sol mandó reflejos de una claridad enfermiza sobre el mundo.

Con esos rayos inclinados el grupo se dio cuenta de que el muro de oscuridad se había esfumado y que el camino hacia la sala de las fosas parecía libre. Encabezados por el estudiante que tan bien conocía el camino, llegaron todos a la sala  y lo que vieron les heló el alma: las paredes chorreaban un líquido rojo y pegajoso que empapaba el suelo. La pared este, la misma que tan preciosos dibujos y signos había conservado por milenios, se había derrumbado rota y astillada como si un golpe enorme hubiera hecho explotar toda su estructura. Tras ella, una sala desconocida se abría, oscura y negra, a los ojos de todos.

Las tumbas, anegadas de fango negro y pestilente, habían desaparecido y los huesos que no habían sido llevados al museo, asomaban rotos y dispersos en el lodazal. Pero la mayor violencia se había producido en las tumbas centrales: la tumba del oeste presentaba una profundidad imposible de medir y en su lado este colgaba una cuerda hecha girones que pasaba hacia el otro lado, ahora vacío y sucio, con las piedras rotas y las conchas esparcidas por el mismo fango negro que llenaba las otras fosas. Ni rastro de los esqueletos que por la tarde descansaban tranquilos, unidos por los tendones del tiempo.

Todos callaban absortos en la contemplación de los efectos de la guerra librada, pero el brujo se encaminaba, como sonámbulo, al borde de las tumba del oeste. Cuando sus pies rozaron el borde, se detuvo y vuelto a todos, pudieron verle la cara con los ojos en blanco y ciegos a la luz de las linternas. El médico intentó acercarse cuando el chico comenzó a hablar con una voz desconocida, profunda y llena de amenazas: “Por años de oscuridad y odio fui dominado; por el ladrar de los perros y los lobos fui ahuyentado; con la fuerza del caballo doblaron mi voluntad y mis rodillas; con la agilidad de la cabra que escala las cornisas me evitaron y por el valor del lobo me derrotaron y humillaron; pero he vuelto y la cuerda se ha roto. He vuelto y las tumbas se llenan con el fango de mi odio. He vuelto y el mundo tiembla mientras el sol se esconde. He vuelto y mi noche gobernará el mundo. El mal triunfa por fin”. Al terminar de decir estas palabras, el muchacho cayó muerto y el grupo entero expiró a sus pies. La entrada de la cueva se derrumbó y el acceso de la sala se cegó por completo. 33 cuerpos yacían en la sala a la espera de que el tiempo pasara sobre su recuerdo.

La tumba oscura