jueves 20/1/22
RELATO CORTO MELIANO PERAILE

La niña Carmela

Observa por la ventana la calle completamente inundada, a lo lejos en la otra casa su pequeño vecino de casi su misma edad, la saluda
 

El agua seguía subiendo, el pronóstico se había equivocado esa vez. Sin electricidad o algún tipo de contacto con el mundo exterior más que la vieja radio de abuela Martha, el aborrecimiento crecía. Allí estaba Carmela, en su cama de dos pisos mirando como algunos peces jugaban en su habitación. Ya no quería jugar con ellos, la última vez casi se ahogó. Espera a que papá Víctor venga y los atrape para la cena. También la atrapa a ella y la sube a su botecito rústico y coqueto, armado exclusivamente para su desplazamiento dentro de la casa. En el trayecto hasta al comedor observa como el agua iba deteriorando lo que alguna vez fue ese lugar.

Alrededor de la mesa, presionada por libros y una televisión vieja evitando así que esta fluya con la corriente, están hija Lucía y tía Carolina, tratando de estabilizar la radio que emite sonidos casi inentendibles. Papá Víctor lanza cuatro pescados luchando por respirar a la mesa, uno de ellos se retorció lo suficiente para entrar al agua de nuevo. Cada uno comienza el ritual de la cena con su tarea específica. Hija Lucía intenta revivir algunas verduras sobrantes, tía Carolina comienza a desmenuzar el pescado y papá Víctor hace un tipo de fuego bajo techo.

Carmela comienza a remar con sus brazos hacia la sala de estar, donde encima de un estante se encuentra abuela Martha. Tendida sobre un intento de colchón que no parece nada cómodo; menos para su edad, la mira de reojo y comienza a tararear su canción. Carmela la había oído desde muy pequeña. Cuando abuela Martha podía caminar solían bailarla juntas. Ahora postrada, las notas van contra el techo y Carmela gira en el agua en su pequeño botecito, acompañándose de sus hombros para sentir la melodía.

Observa por la ventana la calle completamente inundada, a lo lejos en la otra casa su pequeño vecino de casi su misma edad, la saluda. Está vestido como un buzo, zambulléndose y nadando frente a su ventana. Carmela responde al saludo, ella nunca había tenido contacto con otros niños de su edad. El día a día era efímero en cuanto a lugares para quedarse, lo poco que llegó a conocer a otras personas los recuerda en momentos como este, desde una ventana, desde algún techo o desde una camioneta a toda velocidad en medio de la autopista, pero nunca cara a cara. La interacción se corta con una transmisión de la radio, advirtiendo que el agua seguiría subiendo debido a una tormenta que se aproxima. Se advierte que no es recomendable quedarse en la zona rural, la opción que facilita el locutor es cambiarse de ubicación. A lo que abuela Martha reacciona con un grito agonizante.

Papá Víctor al escucharla viene a cantar su canción con ella y mientras se acerca, con un tacto de ángel le aplica un tranquilizante. A Carmela no le gustaba eso, sentía que su abuela tenía que expresarse como ella quisiese, si era gritando, pues que sea gritando. Cada vez que se mudaban de lugar, cuando la abuela Martha podía caminar, se escondía o subía al techo amenazando lanzarse. Y ahora, por más de que esté postrada era difícil de tratar, encontrando la solución en calmantes y sedantes momentáneos.

Observa de vuelta por la ventana y su pequeño vecino, esta vez nadando afuera, continúa con la mirada fija hacia Carmela con sus grandes visores. Percatándose que tiene un bote de juguete, este le hace señas comparando su bote con el de ella. Carmela estaba riendo. Había algo más detrás de esa risa, algo que no había experimentado hasta ese momento. Sentía la necesidad de acercarse incluso un poco más, y rema hasta la entrada de la ventana notando que el seguro está por debajo del agua.

Se preguntaba por qué Papá Víctor no le había enseñado a nadar. Si estaban en un mundo roto ella debía estar preparada para todo, se cuestionaba. Con miedo intenta alcanzar el seguro, pero sin recompensa alguna. Consigue pegarse completamente a la ventana, mirando la libertad de su vecino Jorge. Decidió que así se llamaría, vecino Jorge.

Invade su olfato el pescado proveniente de la cocina, se despide de vecino Jorge sin entusiasmo y se dirige al comedor. Hija Lucía se luce con una ensalada de las pocas verduras rancias que quedaban y tía Carolina pone en práctica sus dotes de chef de supervivencia con la sartén en movimiento. Atentos a la estación de radio mientras sigue informando catástrofes que reemplazan a las baladas que parecían ya no existir.

Cae la lluvia, invadiendo en una mezcla de sonidos acompañados de temblores repentinos. El mundo estaba realmente descompuesto, pensaba Carmela. Todos toman posición, tan común este tipo de escenarios, se aseguran de guardar la comida ya hecha y los víveres. Las bolsas de dormir intactas y mochilas con ropa asegurada, todos se movilizan.

En un descuido, Carmela logra remar hasta una de las ventanas de la cocina y con cierta preocupación observa hacia la casa de la familia de en frente. Las voces de papá Víctor e hija Lucía la dispersan y observa a lo lejos cómo bajan a abuela Martha en un pedazo de madera. Tía Carolina viene en búsqueda de Carmela y la sube, salen hasta la entrada donde ya se encuentra “La Poderosa” encendida. Así la había llamado papá Víctor a la lancha que los había salvado incluso estando averiada, creía que no había mejor nombre para una máquina tan noble.

Suben el resto de pertenencias a la lancha y Carmela se acomoda al lado de abuela Martha, tratando de taparla de la estruendosa lluvia. Carmela mira hacia atrás tal cual actriz de cine mientras nuevamente abandonan lo que por algunos días fue su hogar. Ella no entendía mucho sobre el cambio climático y sus hazañas anteriores al mundo en el que había nacido, estaba acostumbrada a sequías intensas y a tornados que eran capaces de arrancar una casa de su cimiento, para ella todo eso era habitual. Solo escuchaba problemas, se preguntaba si valía la pena seguir en un mundo descompuesto, a veces tenía ganas de mudarse a otro planeta.

Después de unas horas salen de la zona, el cielo comienza a notarse despejado y lleno de estrellas. Carmela se acomoda al lado de abuela Martha y la abraza, lista para tomar un poco de sueño luego de tanta conmoción y parece ser que comienza a entrar en un profundo sueño el cual no se sintió duradero, puesto que abre los ojos y se encuentra encandilada por la luz de un foco potente y amarillento.

Se levanta de golpe y se percata que es de noche, están en un espacio bastante grande, sucio y decadente; una fábrica abandonada. Abuela Martha duerme plácidamente, piensa que le habrán inyectado un poco más para que no arme escándalos. A lo lejos del espacio una fogata, papá Víctor, tía Carolina e hija Lucía alrededor de ella. Carmela se levanta y en el trayecto hasta ellos observa como la suciedad, el polvo y la humedad van deteriorando los espacios, las paredes y lo que alguna vez fue ese lugar.

Toma un pedazo de pescado y sonríe, hasta que escuchan ruidos afuera. Observan sombras por las ventanas borrosas, escuchan pisadas corriendo. Todos agarran sus respectivas armas.

-¡Quedáte atrás, Carmela! -exclamó papá Víctor, y esta se tapa los ojos.

Los ruidos cesan hasta evocarse en la entrada principal del lugar, la familia apunta en sincronía. La puerta se abre y se revela la silueta de varias personas, entre ellas un niño pequeño. La niña se descubre los ojos.

-Vecino Jorge -dijo Carmela.

Gerardo Báez, de Asunción, Paraguay,

La niña Carmela