Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna
Joan Segovia | @JoanRohan
Fritanga, el nuevo juego de Devir, propone una idea simple y efectiva: competir por no acabar frito en una freidora improvisada sobre la mesa. Es una de esas premisas que parecen un chiste interno convertido en producto real, y precisamente por eso funciona. La mezcla entre una ambientación absurda, mecánicas ligeras y una estética colorida consigue lo que se propone: partidas cortas, con risas aseguradas y sin necesidad de grandes explicaciones. Pero, como toda fritura, no está exenta de sus quemaduras.
Una de las mejores cosas que tiene Fritanga es su accesibilidad. El juego se construye casi por completo a base de iconografía, sin textos, lo que lo hace ideal para públicos de todas las edades y para mesas multilingües. Para quienes tienen peques que aún no leen con soltura, esto es oro. También lo es para quienes, como muchos jugadores habituales, están hartos de traducir cartas sobre la marcha. Aquí no hace falta. Todo está en los símbolos, y una vez entendidos, se interiorizan muy rápido. La curva de aprendizaje es muy baja, lo que permite que nuevos jugadores entren sin miedo ni frustración. Además, cabe tener en cuenta que el reglamento viene en una gran variedad de idiomas, cosa que se agradece siempre.
La estructura de las partidas también contribuye a esta sensación de ligereza. Fritanga dura lo justo: ni se hace corto ni se arrastra. Entre 15 y 25 minutos por partida, en función del número de jugadores y su soltura, lo cual lo convierte en un excelente relleno entre juegos más pesados o como primera propuesta de una noche distendida. Y aunque es un juego familiar, no está reñido con el pique. Hay muchas oportunidades para tirar al rival al aceite o para sabotear sus movimientos, y eso genera carcajadas constantes.
Dentro de las modalidades de juego disponibles, la que más brilla es sin duda el modo versus, donde cada jugador va por su cuenta intentando ser el último en quedar con vida. La interacción directa es constante, las trampas se suceden y las situaciones absurdas no tardan en aparecer. Es en este caos controlado donde el juego alcanza su mejor forma. Sin embargo, no hay que despreciar el modo contra “Todos contra el chef”. En esta variante, uno de los jugadores asume el rol de verdugo y trata de eliminar al resto. El ritmo cambia, se vuelve un poco más táctico y se presta a un tipo de juego más pausado. Es una opción menos explosiva, pero igual de válida, sobre todo para quienes disfrutan buscando combinaciones óptimas entre cartas y movimientos.
Gráficamente, Fritanga entra por los ojos. El estilo de los personajes —esos alimentos congelados con cara alegre— es simpático y coherente con el tono general del juego. Las cartas tienen un diseño limpio, claro, fácil de leer, y los componentes, aunque sencillos, cumplen con lo que se espera de un juego en este rango de precio y tamaño. Aquí no hay lujos, pero tampoco hace falta. Aunque si se echa en falta algo de variedad en los tonos de las cartas, pues al ser todas anaranjadas se parecen bastante entre ellas.
Eso sí, no todo está perfectamente cocinado. El reglamento presenta zonas grises que, si bien pueden resolverse con sentido común, resultan algo molestas cuando uno intenta enseñar el juego o resolver una discusión sobre reglas. Casos como la elección del jugador inicial en el modo versus o la interpretación exacta de efectos como “la fritura no siempre es el final” están explicados de forma ambigua o directamente ausentes del reglamento. Es probable que en futuras reimpresiones esto se corrija, pero por ahora obliga a buscar respuestas en foros o directamente improvisar una solución sobre la marcha.
Tampoco ayuda que el espacio necesario para jugar no esté bien reflejado en el propio formato del juego. Fritanga es pequeño, portátil, se guarda en una caja cómoda… pero una vez que despliegas la cuadrícula de cartas en la mesa, más el espacio para las cartas de cada jugador, la cosa crece rápidamente. No es un problema grave, pero sí puede descolocar si uno lo elige pensando en una partida rápida en una mesa pequeña o improvisada. La distribución del tablero, además, puede quedar un poco torcida si no tienes el espacio suficiente para alinear todo correctamente, lo que afecta un poco a la experiencia de juego, no solo visual.
Aun con sus fallos menores, Fritanga consigue lo más importante en un juego de este tipo: que todos en la mesa quieran repetir. Es un juego directo, simpático y bien pensado para quien busca diversión inmediata sin complicaciones. Cocinado en su punto, con el exterior crujiente y sin oler a refrito. No intenta reinventar la rueda porque, solo quiere arrancar una sonrisa y ofrecer un rato entretenido, y en eso cumple con nota.




