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miércoles. 07.12.2022
LECTURAS SUMERGIDAS | REVISTA LITERARIA

José María Guelbenzu: “Hoy al escritor que se respeta es al que gana mucha pasta”

Por Emma Rodríguez | El escritor José María Guelbenzu sigue empeñado en atrapar las experiencias, anhelos y desencantos de su propia generación, esa que en Mayo del 68 se sintió capaz de cambiar el mundo y que ha sido testigo de la deriva de una sociedad cada vez más carente de valores.

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José María Guelbenzu © Nacho Goberna 2013

lecturassumergidas.com | @lecturass | Por Emma Rodríguez | A Gabriel Cuneo, un guionista de televisión a punto de cumplir los 50 años y en plena crisis existencial, lo que le reconcomía a veces por las noches, antes de coger el sueño, era “la necesidad de entender el camino por el que el mundo al cual pertenecía como simple ser humano se dirigía al futuro”. Una necesidad que le provocaba “una zozobra que a veces lo desvelaba” y que “alimentaba sus miedos, los miedos de toda una vida”. Gabriel Cuneo es el protagonista de “Mentiras aceptadas” (Siruela), la última novela de José María Guelbenzu, quien sigue empeñado en atrapar las experiencias, anhelos y desencantos de su propia generación, esa que en Mayo del 68 se sintió capaz de cambiar el mundo y que ha sido testigo de la deriva de una sociedad cada vez más carente de valores.

La España triunfante, aún tan cercana, de la época del pelotazo, es el escenario de una entrega coral que ahonda en las sensaciones de incertidumbre que experimentamos en un presente movedizo y que nos habla del lenguaje de la dignidad, un lenguaje perdido que un padre se afana en recuperar para su hijo. Un padre, Gabriel, al que Guelbenzu ha cedido sus propias vivencias y percepciones, consciente de que “el escritor es alguien que transita el mismo camino que los demás, pero que tiene la capacidad especial de fijarse en esos tramos que suelen pasar desapercibidos para la la mayoría, ocupada en ir haciendo el trayecto sin volverse sobre sus propios pasos.

Estamos ante un hombre que se ha acercado a la literatura desde sus distintos planos de acción, que se inició en las corrientes de la experimentación al lado de quien fuera su gran amigo Juan Benet [uno de los grandes renovadores de las letras españolas, original, complejo, creador del mítico territorio literario de “Región”], que ejerció de editor en tiempos en los que aún la prioridad no era convertir un libro en superventas y que ha compaginado la crítica literaria -que ejerce habitualmente en las páginas del diario “El País”- con una obra de ficción bifurcada entre las novelas de cariz más serio y las de índole policíaca, protagonizadas por la juez Mariana de Marco. En esta entrevista el autor nos deja entrever cómo el día a día se va colando en lo que se escribe y se vuelve algo más diáfano -comprensible- en ese proceso; habla de de los derroteros de la novela, ahora instalada en el conservadurismo, y reflexiona sobre las tensiones de un país, España, donde la democracia se instaló de golpe sin haber fortalecido sus raíces… Pensamientos y análisis al hilo de una entrega que se acerca al presente cargada, muy cargada, de preguntas en busca de respuesta, de horizontes posibles.

- Gabriel, el protagonista de “Mentiras aceptadas” se plantea qué es lo que está sucediendo en el mundo. ¿Fue a partir de esa pregunta que José María Guelbenzu puso en marcha la maquinaria de la novela?

- No exactamente. Lo que yo quise desde un principio fue escribir una novela sobre el vínculo existente entre padres e hijos, el único vínculo indestructible que existe sobre la tierra. Empecé simplemente ahí, pero al ir construyendo al personaje, al situarlo donde lo situaba, me encontré con alguien que, sin haber perdido la lucidez juvenil, vivía en una situación bastante confortable, había apagado su capacidad crítica, de resistencia ante la mediocridad. Todo eso se había diluido en el acolchamiento de una existencia que, de repente, se ve trastocada por las circunstancias: su padre está en fase terminal de una demencia senil, su hijo es un preadolescente que se empieza a dirigir hacia el futuro y él se siente tensado entre esas dos cuerdas, entre un pasado que le impresiona mucho y un porvenir por escribirse. Ahí es cuando empieza a plantearse preguntas que no se había formulado hasta entonces.

- La novela,  que se instala en la España de 2005, parte de la situación del personaje principal, pero a partir de ahí retrata a un país que vivió un espejismo y que se emborrachó de éxito, transmitiendo el estado de ánimo en el que nos encontramos ahora, ya superada esa fase: la fragilidad ante un presente en el que, como se dice en un momento dado, “todo lo sólido se desvanece, pisamos aire, no hay mayor zozobra”.

- Sí. Lo que cuento es la historia de un personaje, pero dentro de un tiempo concreto. Y esa fragilidad de la que hablas no está solo en esta novela sino que es una constante en todos mis escritos. Parte de la constatación de que el hombre moderno, el hombre contemporáneo, ya ha olvidado, ya ha abandonado ese mundo en el cual había una verdad única, una verdad que era su referente. Ahora el mundo está lleno de verdades múltiples y como es lógico todo se complica. Cuando existe una verdad única, como ha podido ser el origen divino del poder, por ejemplo, todo lo que hacemos está bien o mal con respecto a eso, pero en el momento en el que la conciencia del hombre se atomiza, ya no hay referentes para fijar las conductas, y es entonces cuando metafóricamente estamos pisando un suelo movedizo. Recurriendo a una frase de Marx, todo lo que era sólido se disuelve en el aire. Ha sido a partir de la Revolución Francesa, de la muerte de Dios, que se ha instalado entre nosotros ese caos, esa confusión ante la que el ser humano aún no ha encontrado una línea de actuación, para bien o para mal, sobre lo bueno o sobre lo malo, en la cual podamos reconocernos todos de manera nítida. Mientras Dios, el padre, marcaba los límites, sabíamos a qué atenernos, pero ahora que nos hemos independizado, estamos tanteando. A ver cómo nos las arreglamos, a ver cómo indicamos los pasos a seguir a los nuestros, a nuestros hijos, si nosotros mismos los desconocemos. Ese es el dilema.

- Pero esa sensación, esa incertidumbre, se ha acentuado. La crisis económica y moral de los últimos tiempos la ha intensificado.

- Yo creo que en el caso de Europa tenemos que remontarnos al final de la II Guerra Mundial. Después de la experiencia de los campos de concentración y del Gulag realmente se tocó fondo, se planteó la gran cuestión: ¿y ahora qué hacemos? No se tenía ninguna referencia, no se sabía sobre qué sentarse, sobre qué apoyarse y empezar a reconstruir moralmente. En lo que respecta a España, en estos momentos la situación es más provinciana, por decirlo de algún modo. Se ha vivido un espejismo, se ha perdido el espejismo y resulta que ese espejismo coincidió con la eclosión de la democracia, una eclosión razonablemente gratuita porque no tenía raíces. Ha pasado algo similar a la presencia del jurado en el ámbito de la jurisprudencia, una novedad, algo que nos han colado. Jamás había habido en España una cosa así, como jamás había habido democracia. Eso es algo que tiene que aceptarse. Y, además, hemos tenido la mala suerte de que la buena situación económica con la que empezó a asentarse y que al mismo tiempo la propició, se ha ido al traste y nos hemos encontrado con nada en las manos. Ahora, además, no sabemos muy bien ser demócratas porque no tenemos conciencia de ello...

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