jueves 20/1/22
MÉDICOS LIBERTARIOS

Javier Serrano y Coello, el “médico bienhechor”

El médico español que mejor representó la lucha por la defensa del proletariado en materia de sanidad.
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Preliminar

Durante la segunda República, periódicos anarquistas como Solidaridad Obrera, Tierra y Libertad y CNT, manifestarán de modo sistemático las lamentables condiciones higiénicas en que subsistía la vida de los trabajadores, denuncia que, obviamente, irá aparejada con el origen social de tal malestar: el sistema capitalista burgués.

La diana crítica de esta prensa será sin variación alguna las malas condiciones de vida y de higiene del proletario, la falta de alimentos básicos, las deficiencias sanitarias estructurales -dispensarios y hospitales- y, muy especialmente, el sistema asistencial médico-sanitario del Estado.

Los anarquistas desconfiaban por naturaleza de las actuaciones de la Administración Pública en materia de protección de la salud. Su denuncia será siempre la misma: “Para los hospitales no hay nunca dinero. Lo hay para las cárceles” (Solidaridad Obrera, 20.4.1932).

Pero el movimiento libertario no se limitó a proponer teóricamente el desmantelamiento del entramado oficial sanitario del Estado. Ofreció pautas y modelos concretos para que esa situación diese un vuelco radical a favor de los pobres. En ese proceso, las contradicciones dentro del propio anarquismo no dejaron de aflorar y ayudaron a que tales propósitos hiciesen agua. A ello se añadió el golpe de Estado y el triunfo de los golpistas que se llevaría por delante, no solo la obra realizada, sino, mucho peor, a los protagonistas involucrados en el proyecto.

Javier Serrano y Coello no fue uno de los que más se esforzaron en que ese cambio se hiciese realidad, sino que nadie como él trabajó en el intento. Fue el médico que mejor representó la lucha por la defensa del proletariado en materia de sanidad.

Su periplo terminaría en un largo exilio.


¿Quién fue Javier Serrano?

Nació en Barcelona el 9 de noviembre de 1897. Hijo de emigrantes manchegos. Casó en mayo de 1935 con Carmen Barasona Sos El tenía 37 años y ella 17. Tuvieron dos hijos, Javier y Carmen. Murió de leucemia el 4 de marzo de 1974. Contaba con 76 años.

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Serrano con su esposa.

Se licenció en medicina por la universidad de Barcelona en 1928, con 31 años, una edad nada habitual para finalizar una carrera. Trabajó como médico, primero, en Barcelona, hasta que obtuvo una plaza en L´Espluga Calba (Lérida). Lo hizo, también, como inspector sanitario municipal, lo que le proporcionó un conocimiento directo y exhaustivo de la situación sanitaria y asistencial de la comarca catalana y, por extensión, de España.

Fue médico y un activista consumado como conferenciante, publicista y actuó siempre buscando el interés de la clase obrera desde la perspectiva médica.

Sin lugar a dudas, Javier Serrano fue el médico más importante que hubo en Cataluña durante el periodo republicano, mucho más de quienes han pasado a la historia como capitostes dirigentes de la Generalista durante el periodo republicano. Nadie se esforzó tanto por mejorar la situación de los pobres desde el punto de vista médico, hospitalaria y asistencialmente. Fue un caso paradigmático de generosidad.

Militante por una Escuela Racionalista

Partidario de la enseñanza humanista y científica, siguiendo los patrones didácticos de la Escuela Moderna, creada por Ferrer i Guardia, participó en la creación de los denominados Centros o Escuelas Racionalistas, donde se aspiraba a una formación científica. Su nombre se hizo imprescindible en las distintas conferencias organizadas e impartidas por el Ateneo Cultural Racionalista de cualquier lugar de Cataluña.

Significativamente, durante el bienio negro de la República, gobernada por las derechas, el número de charlas de Serrano brillará por su ausencia. La libertad de expresión bajo ese periodo bajaría unos enteros. He aquí algunos avisos donde se anunciaba sus conferencias, publicados en el periódico de La Vanguardia.

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En la barriada de la Torrasa en Hospitalet de Llobregat entre 1931 y 1933, junto con políticos anarquistas como José Peirats, José Rogé, Federica Montseny, Nicolás Capo, Francisco Alba y otros, Serrano disertó sobre “Origen de la moral y mecanismo de la atracción sexual” y “Profilaxis de las enfermedades”.

En ocasiones, la policía se encargó de que sus conferencias no llegasen al proletariado. Así, la conferencia que pretendía dictar en la calle de Tantarantana fue anulada por aquella al presentarse en dicho centro procediendo a su clausura, con la excusa de que “no se había solicitado el correspondiente permiso”. Eso ocurriría el 18 de agosto de 1932. El 21, los mossos lo detuvieron poniéndolo a disposición del juzgado de Sabadell, que “lo había reclamando por un sumario de injurias con motivo de una conferencia dada en aquella localidad, bajo el nombre de doctor Fantasma, conferencias de propaganda extremista” (La Publicitat, 21.10.1932). Sería puesto en libertad sin cargos.  

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Su actividad como impulsor de estos centros Racionalistas siguió en firme a pesar de sus continuos encontronazos con la policía. El 1 de febrero de 1933, un nutrido grupo de profesores racionalistas y Ateneos Culturales celebraron una Asamblea pro cultura racionalista en el local de la Agrupación Cultura Faros -en la Avenida Mistral 17-,  con el propósito de crear un periódico que fuese portavoz del racionalismo y publicar material escolar apropiado para dichas escuelas. El semanario llevaba por título Nueva Humanidad y su fin no podía ser más elocuente, al menos en su declaración: “Desaletargar los cerebros y afianzar las conquistas revolucionarias y sociales”. En el Consejo de redacción figuraban el doctor Javier Serrano (Dr. Fantasma), encargado de la sección científica y, entre sus, colaboradores se encontraba su amigo Isaac Puente.

Como hecho insólito en su currículum, topamos con el protagonizado en 1933. Fue acusado por un delito de amenazas. Según el parte judicial, durante los años 1931-1932 había amenazado a Teresa Puigbó y a su esposo José Suñé. Mediante cartas y postales, Serrano “los había amenazado de muerte en el caso de que se le negaran determinados favores y el pago de una cantidad que el del banquillo dice que le debe el matrimonio. El fiscal solicitó la pena de dos años, once meses y once días de prisión menor y el pago de las accesorias procesales” (La Vanguardia, 4.8.1933).

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Un hecho que contrasta con la calificación general de “médico bienhechor” con el que fue reconocido en los predios de la izquierda libertaria.

Articulista muy incómodo

Su primer artículo en Solidaridad Obrera está fechado el 26 de marzo de 1932. Título: La salud del pueblo es suprema ley. Un lema que en el caso de Serrano se convertirá en dogma. En efecto. Desde 1931, Javier Serrano firmaba habitualmente con los seudónimos de “Dr. Fantasma” y “Dr. Klug” -en alemán,  discreto, sensato y juicioso-, tres cualidades que, conociendo sus escritos, no parece que cuadrasen de forma exacta con su prosa, excepto la de juicioso, pues, sin duda, de inteligencia y de generosidad andaba más que sobrado.

No solamente escribió en Solidaridad obrera y Tierra y Libertad, sino que, además de escribir libros como Memorias de un médico y alguna publicación en La Novela Ideal, publicaciones de La Revista Blanca (1934), lo hizo la revista Nueva Humanidad. Semanario Racionalista (marzo y abril de 1933); en La Revista Blanca (1935), se encuentran sus publicaciones muy solicitadas como La medicina al alcance de todos. Lo que debe hacerse y lo que no debe hacerse mientras llega el médico y por qué debe hacerse, (Ediciones de La Revista Blanca).

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Su nombre, fuera como Javier Serrano o como Dr. Fantasma o Dr. Klug, pronto adquirió notoriedad en las páginas de Solidaridad Obrera. A tres meses de su primer artículo, Liberto Callejas hablará de los médicos anarquista que “actúan a favor de los proletarios”. Entre ellos citará a Isaac Puente y a Diego Ruiz, añadiendo: “Otro médico, el doctor Fantasma colabora asiduamente en Solidaridad Obrera y dice verdades como puños (…) Todos hacen lo que pueden. Por eso son escarnecidos y perseguidos. Mientras tanto la tisis se extiende sobre el mundo como una mancha de aceite” (Solidaridad Obrera, 21.6.1932).

Me referiré a varios artículos que englobó bajo la consideración de dos epígrafes: Campañas sanitarias y Folletín Sanitario, un documental escrito que bien merecería publicarse como referente necesario crítico de la situación sanitaria de una época.

El mismo era consciente de la virulencia de sus escritos, tanto por la forma como por su contenido, por lo que, como he dicho antes, era muy consciente de lo “insensato” o “valiente” de su actitud, según se mire, pues pocos médicos estaban dispuestos a jugarse su carrera afirmando lo que decían. El cerebro, menos aún el bolsillo, de la mayoría de la clase médica se dejaba guiar por principios políticos y de solidaridad económica con los pobres. Para hacerlo, había que ser de otra pasta.

Desde el primer artículo que escribió era consciente del berenjenal en el que se metía. Por ello advertía: “Pase lo que pase, ningún nombre saldrá de mi pluma. Sé las enemistades que me granjearé, pero nada me hará retroceder en el cumplimiento de lo que considero mi deber. Los que de verdad y con amor hayan estudiado una profesión sanitaria, me aplaudirán”. Luego, añadirá: “Los que se avergüencen o indignen de lo que escriba, la culpa será de ellos por haber industrializado una profesión de tan íntima confianza. La clase médica ejerce una medicina rutinaria, explota a los pobres con medicamentos inútiles, y descuida las reglas fundamentales de la ciencia”.

El artículo es una denuncia de la (de)formación científica en que eran educados los futuros médicos en España en las facultades. Era una contradicción muy grande a su entender. Porque, entre otras cuestiones, se preguntaba “si el título de médico se daba para garantizar la salud pública, “¿por qué entonces no se otorgaba con el máximum de garantías de suficiencia?”.

Sus reflexiones y propuestas progresistas aparecidas en el periódico son inagotables y, como en el caso de su compañero Isaac Puente, no se le escapó ningún aspecto del ámbito de la sanidad como objetivo crítico de sus análisis, además de proponer iniciativas estructurales inéditas para el desarrollo de instituciones sanitarias y abaratamiento de los medicamentos para los pobres.


Isaac Puente Amestoy, médico, anarquista, libertario


Serrano era anarquista, pero no descuidaba los aspectos reformistas que la mejora sanitaria de los trabajadores requería de inmediato. De ahí que, incluso, dentro de la militancia libertaria médica, algunas de sus propuestas no recibieron el aplauso que merecían, siendo, por el contrario, tachado de burgués y de reformista, una de las razones por las que la dirección del sindicato no vio con buenos modos sus planteamientos.

Contra la parafernalia médica

A los médicos funcionarios Javier Serrano los calificará de “sustentadores del Estado y defensores de la sanidad oficial, que es una estafa”. Deplorará su deformación científica, atribuyéndola a “los programas de estudios (que) son inútiles, enrevesados y disparatados. Salimos de la universidad sin una enseñanza sólida, científica y acabada. Habíamos visto muchas operaciones, pero no sabíamos hacer ninguna” (Solidaridad obrera, 26. 3.1932).

Sus críticas descabezarán al más pintado, acusando a sus homólogos de perseguir únicamente fines económicos y de practicar un curanderismo profesional y explotación de los enfermos: “Es una estafa la existencia de médicos incompetentes (…) justifican con su ignorancia los exorbitantes honorarios de estas eminencias y de estas lumbreras, deificándolas injustamente por no saber su obligación”.

Esta corrupción mercantilista de la medicina era la que, según el doctor Fantasma, originaba “el egoísmo corporativo”, debido en parte “a la dificultad con la que se propagaban en España los sindicatos de sanidad”. Los médicos eran políticamente unos negaos y guiaban solo por el afán de lucro.

En su opinión, al desbarajuste médico se le correspondía el desbarajuste farmacéutico existente en España. Dirá: “es lamentable la ignorancia del pueblo sobre lo que se refiere a higiene y medicina. El médico le hace deificar y pagar sin chistar honorarios exorbitantes a individuos que se llamaban lumbreras y que muchos de ellos son ni más ni menos que habilísimos comerciantes (“Solidaridad Obrera, 3.4.1932).

En cuanto a las mutuas, dirá con sarcasmo que “habían hecho un descubrimiento maravilloso: la hernia abdominal no se producía porque el obrero sufriera un golpe en un accidente laboral, sino porque el obrero tiene las paredes abdominales flojas”. (31.3.1935). En 1933, ya había dicho que “cualquier día uno de esos autos burgueses que corren velozmente nos aplastará con su masa y el opulento burgués que lo guíe nos pedirá daños y perjuicios por haberle salpicado las ruedas con nuestra sangre” (Soledad Obrera, “Las mutuas de seguro”, 17.2.1933). Serrano actuó como perito en distintos pleitos por obreros y los perdió todos, a causa de la legislación y de los jueces que siempre dieron la razón a los empresarios ante los requerimientos de los obreros.

Uno de sus artículos más acerbos será el titulado “La Sanidad rural y su desdichada organización”. En él daba cuenta de su experiencia como inspector de sanidad. Su descripción pertenecía a la típica España de principios del siglo XX y no la que debería tener la  II República. Para quien haya leído algunas Memorias Sanitarias Municipales de sus pueblos en esta época convendrá en darle la razón. El cuadro descriptivo resultante es realismo sucio: “El cacique y el secretario eran los funcionarios de derecho divino que disponían del dinero del ayuntamiento a su entero capricho (...). Ni una vez por curiosidad se me consultaba sobre ningún problema sanitario (…) Un día me obligaron a cerrar un local perteneciente a una sociedad contraria al Ayuntamiento bajo el pretexto de no reunir condiciones higiénicas, siendo uno de los mejores locales de la población. En una palabra, no existía sanidad rural”.

Denunciaba que “los inspectores municipales de sanidad, coaccionados por los caciques rurales, ocultan absolutamente todas las deficiencias sanitarias. No existen laboratorios en los pueblos, ni oficinas sanitarias, ni elementos de desinfección. Los enfermos no tienen ninguna hoja de garantía en la que consten todos los síntomas encontrados por el médico”.

Terminaba diciendo que “miles de víctimas piden una organización sanitaria desde sus sepulcros. De niños muertos por desconocer la elemental técnica de los partos se cuentan por millares (Solidaridad obrera, 8.4.1932). Y no exageraba. Las referidas Memorias Sanitarias Municipales daban cuenta que España durante la II República se encontraba en términos sanitarios como a principios del siglo XX.

Culpaba de todo ello al sistema burgués y a las relaciones sociales que creaba dicho sistema político (de explotación), en las que él se incluía como afectado.

El 12 de agosto de 1932, escribe un artículo en la revista Tierra y Libertad -titulado Irresponsabilidad-, donde plantea que, si la biología condicionaba la conducta de forma absoluta, eso significaba la eliminación de cualquier responsabilidad personal. Entresaco de él algunas afirmaciones rotundas: “Mientras subsista una educación fundada en la responsabilidad, en el castigo y en el premio y en el pecado sexual, la Humanidad se revolcará  en sangre y violencias”.

En otro orden de matices, añadirá: “Renegar de la religión es estar convencido de su falsedad y creer que amar es pecado es una estupidez inconcebible (…) La Iglesia tiene interés inmenso en diferenciar a los individuos en buenos y malos porque de otra manera no habría razón para existir el cielo y el infierno a costa de los cuales vive, pero un dios que castigue al que nace malo de cuyo nacimiento es irresponsable o al que se vuelve más malo por culpa de una sociedad que da culto a la violencia y al robo será muy estúpido”.

Y, adelantándose en muy pocos años a lo que iba llegar, aunque con un referente bien claro del pasado, se preguntará: “¡Cuando la guerra, en todas las naciones los sacerdotes bendecían las armas destinadas a matar, ¿qué concepto tenían de su Dios estos sacerdotes?”.

El corolario final era un canto al determinismo, que no fatalismo, social: “No hay buenos y malos. Cualquiera de nosotros en un momento podría realizar un acto malo y en otro no. Nuestra salud, la educación, el medio, las circunstancias nos hacen buenos o malos en un momento para variar nuestros sentimientos muy pronto”.

Y no, no era fatalista. Su vida demuestra que lo que pretendía era cambiar radicalmente ese ambiente de explotación. Era, sin duda, un pesimista de la razón, pero un optimista de la voluntad.

Serrano, “médico bienhechor”

En octubre de 1932, en el periódico Solidaridad Obrera, ofrecía, junto con Alfonso Royo, servicios gratuitos de rayos X a aquellos cenetistas que se encontraban en situación de paro forzoso. También, se hacía extensivo el descuento a los medicamentos, para que la ayuda fuera mucho mayor. La acogida fue muy bien recibida. Tanto que la redacción de Solidaridad Obrera pidió́ que la iniciativa sirviese de estímulo al resto de intelectuales sindicados para que actuaran de igual manera. Además, este “rasgo humanitario” de Serrano, se aireará en contraposición de “aquellos médicos que por mercantilismo, habían convertido su profesión en algo denigrante”. Para el periódico, se trataba de una ocasión única, en la que el anarcosindicalismo, por primera vez, había visto una oportunidad de conseguir la “unión del brazo y del cerebro”, no solo con los médicos militantes, sino, también, con el resto de los técnicos sanitarios, ya fuesen afiliados o meros simpatizantes. Una idea que también había propuesto Isaac Puente, pero que no iría mucho más allá de estas efusiones del periódico anarquista, en parte por culpa de las distintas concepciones existentes en la dirección del sindicato.

Serrano mantuvo a lo largo de los años una conducta de abierta generosidad y compromiso intelectual y político, escribiendo sin cobrar un céntimo en periódicos y revistas y ofreciendo a sus camaradas la gratuidad de algunos de sus servicios médicos. En octubre de 1933, se podía leer un anuncio en Solidaridad Obrera: “El compañero Javier Serrano (doctor Fantasma), se ofrece a todos cuantos compañeros lo deseen, a visitarles gratuitamente en el local de la Agrupación Pro Cultura “Faros”, avenida Mistral 17, hoy domingo por la mañana, de once a una” (Solidaridad Obrera, 8.10.1933). Precisamente, este Ateneo anarquista sería clausurado en diciembre de 1933, tras el fracaso de la proclamación del comunismo libertario en distintas zonas de España.

En 1934, seguía ofreciendo sus servicios, tal y como lo refleja este anuncio inserto en el periódico Solidaridad Obrera (11.4.1934): “Dr. Klug. Consultorio Gratuito. Al Ateneo Porvenir de Igualada. Iré el domingo que vosotros creáis oportuno. Escribidme a SOLIDARIDAD OBRERA”.

Lo mismo que en 1935. El anuncio ofrecía a los compañeros en paro forzoso el servicio gratuito de rayos X, siempre que mostrasen el aval de su sindicato.

No cederá un ápice en defender sus ideas en beneficio del proletariado, concretado en el abaratamiento del coste asistencial hospitalario, en especial, de los medicamentos, cuyos precios eran disparatados e inalcanzables al bolsillo del trabajador y del parado; promover estructuras asistenciales (clínicas, dispensarios, hospitales); siguiendo, en todo momento, el enfoque médico de la ciencia oficial y no naturista, detalle que también generaría suspicacias en el aparato del sindicato.

Para Serrano, la medicina oficial, la que procedía del conocimiento y de las técnicas científicas y de los laboratorios, era la más eficaz. Pero, además de esta ciencia médica, se necesitaba una organización y financiación para que los frutos científicos llegasen a los obreros, sin esperar a que la revolución social triunfara. La medicina de Serrano era científica y asistencialista. Aunque en ocasiones ofrezca fórmulas naturistas en contextos muy determinados, sus propuestas como médico no eran naturistas, ni cayó jamás en la trampa de la simpleza en la que una y otra vez se precipitaban las ofertas de fórmulas basadas en ungüentos y jabones, y que él mismo se encargaría de criticar, en especial, las abortivas.

No solo eso. A pesar de que era partidario de las especialidades farmacéuticas, a menudo describirá fórmulas magistrales con componentes que se podían adquirir en las droguerías con costos muy económicos más bajos que los que cobraban en las farmacias. Serrano precisará hasta el precio de los mismos para que ser engañados por desaprensivos médicos y farmacéuticos.

Serrano decía que en su época existía “una nube de naturistas, fisiatras, que realizan una explotación formidable entre los obreros, pero eso se debe a que estos, temerosos de los abusos de médicos y farmacéuticos, caen de lleno en las garras de estos curanderos sin conciencia, por ignorancia y por falta de dinero” (El desconcierto farmacéutico, 3.4.1932). Y denunciaba que “había farmacias en combinación con médicos, consultorios aparentemente gratuitos, pero mucho más caros que cualquier despacho de lujo”.

Al hablar de la cura de la tuberculosis se preguntaba “¿qué medicamentos se emplean para curar la tuberculosis?”. Y respondía que “cinco o seis eficaces y cinco o seis mil completamente inútiles, cuyo objeto es enriquecer un número aproximadamente igual de sujetos desaprensivos, bien vistos en la sociedad capitalista y considerados como personas decentísimas por robar y asesinar, según normas que no caen dentro de la ley”.

Después de repasar los nombres de los medicamentos existentes en el mercado contra la tuberculosis, concluía que “en un régimen capitalista era imposible solucionar la enfermedad por la imposibilidad que los enfermos proletariados pueda hacer el régimen de reposo en plena naturaleza que es indispensable para su curación y el precio exagerado de los medicamentos. La tuberculosis es una enfermedad incurable dentro del capitalismo” (Solidaridad obrera, 18.8.1933. “Tuberculosis”).

Serrano fue un especialista en hacer exploraciones analíticas y radiológicas y todo lo que tuviese que ver con los medicamentos le interesaba. Participará en la lucha que diferentes entidades adoptaron con el objetivo de abaratar los medicamentos destinados a los colectivos mutualistas.

El doctor Serrano y el aborto

Como para la mayoría de los médicos anarquistas, el aborto no fue la cuestión capital de sus empeños, sino, ante todo y sobre todo, el control de natalidad.

Eso no significa que no abordasen el tema del aborto en infinidad de ocasiones. En el caso de Serrano, su artículo más expresivo lo publicó en Solidaridad Obrera. Llevaba por título “El aborto, sus peligros y complicaciones”.

En su opinión, el aborto casi siempre se lo provocaban las mujeres voluntariamente por la imposibilidad de mantener a sus hijos, por culpa de una situación de pobreza terrible. Serrano, como Puente, además de denunciar el aborto clandestino, por los enormes riesgos que conllevaba para la mujer, era consciente de dirigirse a unas mujeres que Javier Serrano consideraba "poco instruidas", de ahí que, en su ignorancia, empleasen medios tradicionales para abortar que en su mayoría les causaban la muerte o  provocaban perniciosos efectos para su salud. En dicho artículo, refería con pelos y señales algunos de estos métodos como “contusiones en el vientre, ingestión de venenos, uso de bujías, sondas de caucho o irrigaciones intrauterinas de agua jabonosa o formol”, medidas desesperadas que las mujeres con embarazos no deseados y ante el miedo al estigma social se veían obligadas a utilizar (Solidaridad Obrera, 14.4.1934).

No extrañará, por tanto, que la necesidad de instruir a la mujer sobre los peligros del aborto clandestino por el elevado riesgo para la salud de la madre llevase a Serrano y a otros médicos, a publicar en el periódico fórmulas químicas anticonceptivas, de naturaleza casera. muchas de ellas basadas en manteca de cacao y glicerina. En su mayoría, recetas copiadas de los neomaltusianos franceses, en especial del libro de Gabriel Hardy en Medios para evitar el embarazo.

xavier serrano 10Al propio doctor Serrano se le atribuirá una de estas fórmula": “100 gramos de manteca de cacao, 3 gramos de clorhidrato de quinina, 1 gramo de timo, 5 gramos de agua de colonia y 10 gramos de glicerina". En el artículo referido, dirá: “Sé de una mujer que se inyectó en su cavidad abdominal trescientos centímetros cúbicos de agua jabonosa sin sobrevenirle la muerte, ni ninguna complicación a pesar de la enorme inflamación que sobrevino. Empleando solo de cinco a diez c. c. no he observado ninguna complicación ni me han hablado de dolor, habiendo sido llamado solamente para curar la hemorragia muy abundante  según el mes del embarazo, casi siempre el tercero”. Concluía el doctor Klug: “Debe instruirse a la mujer de los peligros del aborto para evitar sus trágicas consecuencias”. 

Hay que señalar que, con relación a las clásicas irrigaciones con sustancias antisépticas, se recomendaba un preparado a base de diversas sustancias como solución de permanganato potásico, solución de formol, de sublimado, de cloramina y de vinagre. Así puede verse en el folleto de la anarquista Amparo Poch y Gascón -cofundadora de la revista Mujeres Libres-, La vida sexual de la mujer. Pubertad- Noviazgo-Matrimonio, (Luis Morote, Valencia 1932).

Organización Sanitaria Obrera (OSO)

Serrano era médico de la Mutua Ferroviaria -su padre era empleado de ferrocarriles-, y en 1935 comprará un moderno aparato de rayos X. En marzo de 1935, lo contaba de este modo: “Gracias a los esfuerzos de los compañeros ferroviarios y de Luz y Fuerza, la organización confederal posee lo que tanta falta nos hacía: un aparato de rayos X de gran potencia que queda desde este momento a la disposición de todos los Sindicatos de la Confederación Nacional del Trabajo” (Solidaridad Obrera, “Compañerismo. A los compañeros de Luz y Fuerza, a los ferroviarios y a toda la organización”, 24.3.1935).

Contaba que había conseguidos miles de pesetas, echando mano de la familia, de los amigos y de él mismo pidiendo dinero a rédito, para costear el aparato de rayos X. Y, por supuesto, la ayuda de los compañeros ferroviarios y de Luz Fuerza.

El aparato de rayos X era como los que había en los hospitales. El propósito de Serrano era muy claro: disponer como sindicato y como organización sanitaria obrera de todo lo necesario, médicamente hablando, para enfrentarse a las enfermedades sin que la clase trabajadora sufriera la explotación del sistema médico capitalista al uso. No quedarían ahí las aspiraciones del doctor Serrano. Quería que la OSO dispusiera de una clínica con los adelantos modernos en sus dependencias, incluido un laboratorio. Y así lo manifestó en el periódico. Su propuesta fue recibida con relativo entusiasmo, pues solo se publicó una artículo alabando dicho gesto. E. Mateo Soriano escribirá al Doctor Klug dándole las gracias por su intención de “crear una clínica para obreros de Barcelona”. Mateo se deshacía en elogios por su “galantería humanista”, al mismo tiempo que le expresaba su disposición a “ayudarte moral, intelectual y materialmente en tu obra, para curar desinteresadamente a los enfermos dolientes”. Calificaba su obra de “Científica y Humanista” (Solidaridad obrera, 31.3.1935).

Contaba Serrano que se había iniciado una suscripción tanto para la construcción de este Hospital Proletario como para los futuros consultorios gratuitos en las barriadas. En cuanto a la futura población enferma del hospital, dejaba claro que “no se excluirá a nadie, sea cual fuere su ideología”, pues el fin de la creación del hospital y de consultorios gratuitos no era crear centros revolucionarios: “Nuestra misión será la curación de los enfermos sin imposiciones doctrinales sin obligarles a confesar ni profesar por la violencia ni nuestros ideales ni ningún ideal. Una institución sanitaria vigorosa, donde se cure a los enfermos sin preguntarles ni su religión ni sus ideas”.

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Serrano con su esposa.

En cuanto al modo de sufragar los costos de tales edificios, consideraba que había que contar con la masa social, no solo con los abnegados idealistas y afiliados al sindicato. Terminaba diciendo: “Hagamos una organización sanitaria más humana, más perfecta que aquellas en las cuales sucumben los enfermos después de renunciar a sus ideales por la coacción fanática de monjas y frailes” (Solidaridad Obrera, Mi opinión personal sobre el hospital proletario, 10.4.1935).

Pronto, sin embargo, se pondrían en evidencia las divergencias existentes sobre el proyecto. La Comisión encargada de dirigir el proyecto dictaminó que, aunque seguían con el proyecto de la creación de consultorios y clínica gratuitos, “tras cambiar impresiones con los camaradas médicos que se han ofrecido para ayudar a tan magna obra han llegado a la conclusión siguiente: Establecer lo más pronto posible un Consultorio-Clínica en lo más céntrico de Barcelona, dotado de todo el instrumental moderno y de higiene que sea la admiración de propios y de extraños, suspendiendo todos aquellos trabajos que habíamos realizado para establecer consultorios por barriadas, hasta tanto que veamos el efecto que causa el que establezcamos en el centro de la ciudad”.

Aseguraba, no obstante, que el consultorio número 1, establecido en la barriada de Pueblo Nuevo calle de Taulat, 23, continuará con sus funciones bajo la dirección del camarada  doctor Javier Serrano, todos los miércoles de doce a una de la tarde, pero en lo sucesivo no se abrirá ninguno más  tanto no se inauguro el central” (Solidaridad obrera, 24. 4. 1935).

Hasta el mes de octubre de 1935, la estructura no se consolidará. Cuando lo haga, el periódico Solidaridad Obrera reproducirá el cuadro médico al completo dispuesto a llevar adelante el proyecto (13.10.1935). En dicho cuadro aparece Félix Martí Ibáñez, médico anarquista compañero de Serrano y que, con el tiempo, adquirirá una importancia decisiva en el organigrama sanitario de la Generalitat durante la contienda y responsable primero de la primera legalización del aborto realizada en España.

En el mes de julio de 1936, pocos días antes del golpe fascista, el proyecto entró en una crisis tan aguda que el equipo de médico dimitió en pleno, incluido Serrano. Según la nota publicada, la causa de la dimisión se debió “a su absoluta disconformidad con la marcha actual de la entidad”. Firmaban la nota en nombre del cuerpo facultativo los doctores J. Serrano, J. Sala, A. Gozalbo, Félix Martí Ibáñez y A. Santamaría (Solidaridad Obrera, 4.7.1936).

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Las razones de esta dimisión no se aclararon. Se habló de un enfrentamiento entre los médicos y los directivos que representaban a los mutualistas. No hay modo de saberlo. Lo que parece más evidente es que se trataba de un enfrentamiento entre los propios militantes anarquistas, entre médicos entre sí, entre estos y los enfermos. La deseada unidad entre “brazo y derecho” no fue posible. Demasiados intereses de clase y burocracia política en juego. 

El presidente del Consejo de Administración, José Barrachina, publicará un artículo aclarando que el servicio médico continuará prestándose con toda regularidad y que los problemas de la entidad, como el comportamiento de todos “habrá que juzgarlos dentro de casa”, para lo que convocará una asamblea general para ¡el 19 de julio! (Solidaridad Obrera, 7.7.1936).

Por su parte, el periódico Solidaridad Obrera -lo que era bien sospechoso-, no tomará partido ante el conflicto. Se mostrará imparcial y neutral. Se limitará a decir que el Comité Regional de Cataluña había marcado ya en las páginas de Solidaridad Obrera “su posición con referencia a esta organización, por cuyo motivo no volveremos a publicar nada que se relacione con los problemas internos de la misma” (Idem). Es decir, se sometía a las directivas establecidas por la dirección del Sindicato, nada coincidentes con los planteamientos con la OSO.

En definitiva, se había impuesto el ala radical del anarquismo. De hecho, en mayo de 1936, en el congreso de Zaragoza, se defendió la tesis de que “la revolución no puede cimentarse ni sobre el apoyo mutuo, ni sobre la solidaridad, ni sobre ese arcaico tópico de la caridad”. Eso significaba que parte de la militancia de OSO no era bien vista por el movimiento libertario radical, dominante en la CNT, por considerarlos reformistas y nada revolucionarios.

El anarquismo radical consideraba que la revolución social terminaría con la causas de la enfermedad y que cualquier remedio paliativo minaba el fervor revolucionario y por tanto retrasaba la revolución. Serrano aceptaba, como buen anarquista estas tesis, pero consideraba que la enfermedad como tal no tenía solo un origen social y que la medicina oficial, la que procedía del conocimiento y técnicas científicas, era la más eficaz. Había, por tanto, que buscar medios y procedimientos de financiación y de organización para solucionar de inmediato los problemas sanitarios de los obreros.

La OSO mantuvo durante la guerra el consultorio de Casanova 33, sostenida por la iguala de los afiliados. No así el proyecto de hospital que quedó estancado. Demasiados intereses económicos soterrados de mutuas y de médicos, fueran o no anarquistas.

Miembro del Consejo General de Sanidad

Tras el 19 de julio de 1936, Serrano siguió en la brecha sanitaria y hospitalaria sin descanso. Estará en todas las iniciativas importantes relativas a la organización sanitaria durante todo el período bélico. En julio, participará activamente en las gestiones para organizar la Universidad Popular. El 8 de agosto en un artículo dibujará la organización de la nueva sanidad en tiempo de guerra. Lo publicará en Solidaridad Obrera con el título: “Hacia una socialización de la medicina”. De hecho, la importancia de Serrano se visualiza de un modo definitivo cuando el día 10 de agosto de 1936, Serrano recibirá al presidente Companys visitando el Hospital Clínico.

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El 12 de agosto, publicará otro artículo sobre el modelo asistencial a seguir con los heridos de la CNT y se erige en portavoz de la idea de unificar todas las ayudas y todas las iniciativas médicas y hospitalarias sobre la base de la constitución de un Sindicato Único de Sanidad e Higiene de la CNT.

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También será nombrado como vocal del Comité creado por la Consejería de Justicia relativos a las prisiones, tal y como lo refleja el Boletín Oficial de la Generalitat. Estaba formado por José María Imbert Perejoan como presidente, y como vocales Xavier Serrano Coello, Eduard Sanjuan Albí, Sebastià Nicolau Ferrando y Jaume Miquel Palau” (BOGC de 14 de agosto de 1936).

Las ideas de Javier Serrano se harán palpables en los principios que rijan la organización de las prisiones. Fue un intento de transformación del régimen carcelario en Cataluña. Lo primero que hicieron fue destruir la cárcel de mujeres por insalubre. Se sustituyeron los guardias de seguridad por auxiliares, pedagogos y reformadores sociales. Se incautaron fincas para que trabajaran en ellas los presos en régimen de libertad y se transformó un convento para convertirlo en reformatorio. Su pretensión no era castigar a los presos, sino educarlos, de ahí que se prohibieran los castigos. Estos cambios no pasaron desapercibidos. El periódico L’Instant presentaría esta reforma como una intervención ideal, transformadora del actual sistema penitenciario conocido hasta la fecha.

Desde la Generalitat, se disuelve la Junta Superior de Sanidad creándose el Consejo Superior de Sanidad. Javier Serrano i Coello, en representación de la CNT, será nombrado miembro del Consejo General de Sanidad y del Consejo de Sanidad de Guerra.

Companys ofreció a los partidos y sindicatos entrar a formar parte del gobierno con el fin de unificar los distintos poderes políticos en liza. Los libertarios dudaron, pero, finalmente, cedieron. En el aire estaba la Cartera de Sanidad y Asistencia Social. El nombramiento recaerá en el periodista anarquista Antonio García Birlán, pero el primero en quien se había pensado para el cargo fue Serrano. Companys no lo veía con buenos ojos, “dados sus antecedentes judiciales de Serrano”. Ya he señalado que Serrano había tenido varios conflictos, durante los cuales se mantuvo firme en sus principios rechazando los criterios de la justicia (burguesa). Por otra parte, era conocida su posición radical con los laboratorios farmacéuticos y las mutuas. Demasiado radical.

Posteriormente, Serrano ocupó el cargo de Jefe de los Servicios Técnicos de Sanidad, y en enero de 1938 fue nombrado Jefe del Servicio de Interrupción artificial del embarazo, cargo del que dimitirá siete días más tarde, sin que las causas de su dimisión aflorasen. Ni existen declaraciones al respecto. Ni de Serrano, ni de las autoridades.

Exilio y campos de concentración

Terminada la contienda, se exilió a Francia. Su hijo Javier lo recuerda así: “Mi padre estuvo en varios campos de internamiento o concentración, donde fueron los españoles, como Agde (Hernault), en Occitania a 307 Km de Barcelona o como Argelès Sur Mer donde fueron muchos catalanes en Languedoc Rosellón a 189 km, donde lo pasó muy mal, viviendo en barracones de madera. Lo último que sé es que estuvo en Banyerès de Bigorre a 540 km. de Barcelona, desde donde vino a Barcelona más o menos en 1945, al parecer atravesando zonas rurales y montañosas a través de los Pirineos. Pasó siete años en Francia, haciendo de enfermero y de panadero. En medio, un intento fracasado de marcha a América”.

Las últimas noticias me las transmite, también, su hijo Javier: “Mi padre vuelve a Barcelona en abril de 1946 y en ningún momento será molestado por las autoridades, aunque estará nueve meses sin ejercer, hasta que Lluís Trías de Bes le facilita la colegiación.

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Pero como había pasado mucho tiempo sin ejercer, no podrá integrarse en la Mutua Ferroviaria. Por recomendación de una señora de ideología afín, entró como médico en la Previsora Mallorquí, trabando en medicina general, análisis y radiología. Hasta 1964, no accede a ejercer en la seguridad social, al tener antecedentes políticos contrarios al régimen. Finalmente, entra con una plaza de medicina general en el Ambulatorio Numancia, jubilándose en noviembre de 1967, y con estos tres años de cotización le permitirán obtener una pequeña cantidad para su jubilación. En los años del retorno no participará en actividad política que la familia sepa. Ni siquiera se relacionará con los antiguos compañeros”.

Esta será la última foto de Javier Serrano con su esposa, fechada en 1974.

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Tal y como figura en la documentación del centro de Centro de Documentación de la Memoria Histórica, en Salamanca, fue condenado por delito de masonería, a 12 años y 1 día de reclusión menor e inhabilitación absoluta perpetua. No ingresó en la cárcel.

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Murió el 4 de marzo de 1974, con 76 años. La Vanguardia publicaría su esquela con todos los sacramentos católicos de rigor.

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NB. Las fotos de Javier Serrano y de Carmen Barasona proceden del archivo de sus hijos, Javier y Carmen, ambos médicos. A sus padres y a ellos va dedicado este reportaje.

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