sábado. 15.06.2024
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Opinión | MERCEDES DE VEGA 

El domingo, 11 de septiembre, falleció el más británico de nuestros escritores. La cultura británica formaba parte de la vida de Javier Marías, de su formación e imaginario. Los títulos de sus novelas más emblemáticas fueron tomados de obras de ShakespeareCorazón tan blanco Mañana en la batalla piensa en mí. Fue profesor de literatura en la Universidad de Oxford y en la Universidad Complutense de Madrid. Todas las almas y Tu rostro mañana podrían leerse como ofrendas a Oxford y al mundo académico que frecuentó. Su fascinación por la literatura británica le llevó a traducir Tristram Shandy, de Laurence Sterne, por el que le otorgaron el Premio Nacional de Traducción en 1979. Tradujo a más de una veintena de escritores de lengua inglesa: W. B. Yeats, W. Stevenson, J. Conrad, V. Nabokov, W. Faulkner y una larga lista de clásicos. Uno de sus temas y preocupaciones literarias e intelectuales fue la traducción y el mundo del traductor como piezas intrínsecas a la creación literaria. 

Publicó 16 novelas, varios libros de relatos y más de mil artículos y ensayos, solo para El País escribió más de novecientos. Como curiosidad citaré Cuentos únicos, una antología que él prologó y recopiló de excelentes relatos de terror de escritores británicos del periodo de entre guerras que no obtuvieron éxito, más bien, fueron auténticos desconocidos, incluso varios de ellos murieron en el frente y Marías tuvo la audacia de incluir un relato suyo bajo seudónimo a modo de divertimento. Él mismo prologó y publicó en su exquisito y singular sello editorial Reino de Redonda una segunda versión. 

Su estilo recogió la influencia de Joyce y de Conrad, pero, sobre todo, de Faulkner del que escribió un excelente ensayo y al que admiraba profundamente. Marías era elegante y preciso, de párrafos largos y torrenciales, a borbotones, como le gustaba decir. Innovó el panorama literario español en los años setenta alejándose del realismo social imperante y del canon literario de la novela realista, haciendo suya la máxima filosófica de su padre, Julián Marías: “La vida humana es preocupación de sí misma” para ponerla en práctica en su literatura.

Los personajes de sus novelas eran cosmopolitas y cultos, sensibles y elegantes, individualistas e intensos, alejados intencionadamente de toda reivindicación política; preocupados por el yo y la mirada siempre hacia dentro cautivaron a un amplio segmento social de la España que salía del ostracismo internacional y que intentaba sobreponerse a la dictadura dejando atrás una sociedad empobrecida enterrando para siempre las diatribas de la Guerra Civil y la postguerra, la lucha de clases, el izquierdismo militante y huyó como de la peste representar una idea política. Recordemos que junto a Benet y Martín Santos Marías recogió el testigo de la modernidad narrativa que venía de la experimentación de Joyce, Proust, Kafka o Faulkner. 

Marías puso a Madrid en el centro de sus escenarios literarios y sus vagabundeos en una ciudad, a veces implícita, que hizo literaria y reminiscente

Sus personajes se reivindicaban como seres únicos, en el fondo existenciales sin proclamar existencialismo alguno. Realmente la escritura de Marías, sus temas y preocupaciones filosóficas han cautivado como ningún otro escritor a un sector social de la transición española altamente intelectualizado, independiente y culto, dijéramos que casi elitista de una forma de ver el mundo y de ubicarse en él, en la decepción de la vida cotidiana y de su eterno absurdo con planteamientos estéticos y éticos. Aunque, en el fondo, escarbando en sus novelas y artículos yace la idea de la memoria y el pasado, y no olvidó nunca que su padre, el pensador y filosofo, traductor y eminente ensayista Julián Marías, discípulo de Ortega y Gasset, fue represaliado por el Régimen Franquista por su pertenencia republicana y que la Transición y la Democracia apenas le devolvieron el reconocimiento que merecía, aunque le fuera concedido el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1996. 

Marías fue un escritor de máquina de escribir, puntilloso y perfeccionista, de los que ya casi no quedan. Se negaba a utilizar las nuevas tecnologías, ni correo electrónico ni ordenador. Como el amanuense que escribe tecleando cada letra impregnada en tinta, estampando su sello inconfundible de su paso por el mundo. Corregía sus páginas una por una, a mano, y las volvía a mecanografiar hasta la perfección como el artesano metódico y tranquilo. Quizá el soporte y la forma de escribir condicionan el estilo de alguna manera y el suyo era impecable y destilaba sosiego en los territorios que tanto le gustaban del espionaje, de las intensas relaciones amorosas siempre difíciles y crueles, de la mentira y la traición siempre presentes en sus tramas como fórmulas que le permitían regresar al pasado y a la familia escondidas en largas reflexiones, eternas frases laberínticas y en personajes que solían ser espías o profesores o gente corriente pero nunca sencillos y siempre inteligentes. 

Indómito, refinado y solitario, persiguió alejarse del poder y de los brillos de los que se arriman a las instituciones y a los premios literarios que no quiso recoger ni merecer, como el Nacional de Narrativa, concedido por el Ministerio de Cultura por Los enamoramientos en 2012, cuya honestidad al explicarlo “Creo que el Estado no debe darme nada por ejercer mi tarea de escritor" fue incomprendido y criticado por muchos y él nunca olvidó ni perdonó la falta de reconocimiento que se tuvo con la figura de padre.


Pero obtuvo enormes galardones de los que nunca presumió, candidato al Nobel innumerables veces, recibió el Premio de la Crítica en dos ocasiones, el Herralde, Ciudad de Barcelona, Rómulos Gallegos, Fasternrath, Miguel Delibes, Salambó, Tomasi di Lampedusa, Fromentor, The America Award, Bottari Lattes Grinzane, Mondello y un largo etc. Traducido a más de cuarenta lenguas y presente en una cincuentena de países fue miembro de la Real Academia Española y de la Royal Society of Literature. Pero la distinción más importante que obtuvo fueron los más de nueve millones de fieles lectores en todo el mundo durante cincuenta y un años, desde su primera novela en 1971, Los dominios del lobo.

Marías puso a Madrid en el centro de sus escenarios literarios y sus vagabundeos en una ciudad, a veces implícita, que hizo literaria y reminiscente en la que sus personajes se expandían por los barrios de Chamberí, el Viso o la Castellana, territorios por los que él se movía en la ciudad y le vieron nacer. Y si rindió tributo a Oxford y sus escenarios fueron muy internacionales, a Madrid la colocó en el corazón de Berta IslaLos enamoramientosMañana en la Batalla piensa en mí o Así empieza lo malo

Sus novelas Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en míTodas las almasTu rostro mañana (trilogía), Negra espada del tiempoLos enamoramientos o Berta Isla pasarán a la historia de la literatura como artefactos literarios maestros y novelas de imprescindible lectura porque forman parte de nuestra cultura más exquisita y rebosan confesiones y secretos, traiciones y disfraces con los que envolvernos para disfrutar de un novelista genial.


Foto Mercedes de Vega
Mercedes de Vega | Escritora y socióloga

Mercedes de Vega | Escritora y socióloga

Javier Marías, indómito y refinado