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sábado. 10.12.2022

La incultura de los líderes políticos

El 8 de junio de 1949 George Orwell presentaba al mundo la primera edición de 1984. Un clásico de literatura.

Los años de universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados. 

"Fahrenheit 451" (1953), Ray Bradbury


¿Qué hubiera hecho un intelectual como Manuel Azaña, Premio Nacional de Literatura, extraordinario orador en la vida pública actual española? ¿O el ministro de la Republica, diplomático, jurisconsulto,  catedrático y escritor, el socialista Fernando de los Ríos? ¿O incluso el polémico Juan Negrin, brillante investigador, médico y profesor de fisiología?

El tiempo anterior a la guerra civil constituyó un espacio cívico donde el intelectual y la política componían un ecosistema sustantivo e imprescindible en la política española. Hoy sin embargo,  El prestigio del "no saber" o el desprecio del conocimiento caracterizan buena parte de los debates políticos. Lo que en una dictadura se aborda con prohibiciones y silencios, en las democracias se procura con campañas de manipulación en las que una verdad queda inutilizada por sentimientos de desconfianza o negación preventiva. Hay sectores de la población que se sienten orgullosos de ser incultos.

Por todo ello, hay políticos que no creen en la cultura, que estiman que no deja de ser un adorno en cualquier tipo de gobierno

Los políticos demuestran cotidianamente que la ignorancia no es ningún tipo de obstáculo para la gestión pública, bien al contrario se convierte en protagonista activa del hecho dialéctico. Feijóo criticaba la prohibición de los toros en Cataluña con este argumento de peso: "Cuando se revisa la pinacoteca de Picasso se advierten bastantes asuntos de tauromaquia. No sé si el señor Picasso era catalán, pero creo que sí”. Por otro lado, tomó el título de la obra de George Orwell,1984, como si éste fuese el año en el que fue escrita, pese a que esta novela data de 1949.

Pedro Sánchez no tuvo el conocimiento suficiente para corregir a su mediocre copywriting que confundió a Gil de Biedma con «Blas Otero» en la celebración del 40.º aniversario de la victoria del PSOE.  A Rivera e Iglesias en la Universidad Carlos III, se les preguntó a ambos por sus lecturas y recomendaciones filosóficas. Iglesias se inventó la "Ética de la razón pura" de Kant. Y Rivera elogió la insigne figura del maestro de Königsberg, pero no fue capaz de mencionar una sola de sus obras.

La posmodernidad ensayó todo género de argucias ideológicas para desorganizar a la clase trabajadora, deprimirla en todas sus fuerzas transformadoras y desfigurar las tesis históricas emancipadoras. En este momento ahistórico, por tanto, de lo poshumano -el individuo ya no es centro ni protagonista de nada-,  el pensamiento es orillado, desmerecido y permutado por el cuerpo y su referencia estadística. El individuo se diluye apartado de cualquier experiencia intelectual de tal manera que, como afirma la artista Lynn Hershman Leeson, se convierte en sus propios datos.

Por todo ello, hay políticos que no creen en la cultura, que estiman que no deja de ser un adorno en cualquier tipo de gobierno. Pero sí en la cultura de consumo, en la cultura como simulacro (sería, quizá, más oportuno decir simulacro cultural).  Este contexto, dificulta sobremanera la cultura para la defensa democrática de la ciudadanía, narcotizada por Netflix, YouTube y las redes sociales; que ha delegado en Google y en Twitter los conocimientos y la capacidad de pensar, y, por tanto, la posibilidad de un juicio crítico: que sigue sin ningún tipo de dique intelectual lo que opina el opinador de Twitter más famoso, y se expresa con vehemencia, sin detenerse ante la amenaza o el insulto. Las redes sociales son también las redes del odio, de la mentira y los bulos o ‘fake news‘. El paraíso de la posverdad, de lo inauténtico.

La incultura de los líderes políticos