sábado 25/9/21

Lo importante es llegar al destino

Valbanera
Buque Valbanera

A las Alicias C que en el Mundo existe.

“Llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza”
​Paul Géraldy


Datos, documentos, fotografías…todo sirve para dar consistencia a una historia.

Las historias las hacen los hombres y por supuesto, las mujeres, con sus deseos, sus intereses, sus necesidades, sus ilusiones, sus fantasías, sus olvidos… ¡Menos mal que hay olvidos! Vivir siempre con la memoria es imposible. La memoria estállena de omisiones generosas, generosas con uno mismo. La memoria con quien siempre debe ser generosa es con los recuerdos.

Hay vidas que no merecen la pena ni ser contadas. Algunas incluso no merecen la pena ni ser vividas, pero en eso no entramos…

Sobre nosotros mismos solemos ser excesivamente críticos, aunque nadie renuncia a vivir como ha vivido porque, en definitiva, ¡otro remedio ya no queda! La gente normal no somos capaces de pensar que a otros les pueda interesar ni quiénes hemos sido y qué hemos hecho. Los que piensan que han nacido para figurar en los libros de historia son otra cosa, eso sí, no conozco a nadie que no haya terminado en sitio distinto a los demás.

La historia que aquí se cuenta puede que no tenga la suficiente entidad para ocupar las páginas de un libro de historia ni de las muchas biografías que se publican, pero una cosa sí es cierta, para algunos seguro que sí lo fue. Hoy queda el recuerdo generoso.

No es la carne y la sangre, sino el corazón lo que nos hace padres e hijos. (Friedrich Schiller)

Los personajes de lo aquí contado pudieron dudar de la importancia de su existencia, pero eso júzguenlo ustedes mismos.

Ahora es cuando viene eso de …Érase una vez… un pequeño comercio de mercería, tejidos y confección, al final de la primera década del pasado siglo. Los comercios eran muy diferentes a los que nosotros hoy conocemos. ¡Que tontería!, la vida misma era diferente. Estanterías y mostradores todos de madera con grandes cajones, que chirriaban al ser abiertos. En ellos se guardaba el “género”: botones, hilos, agujas, cremalleras, lino, algodón, lana, tejidos finos. Los mostradores que separaban a los dependientes de la clientela no tendrían menos de un metro.Los mozos con traje y corbata atendían galantemente a señoras y modistillas sin hacer distinción ¡norma de la casa!

Los hombres entraban sólo para hacerse confeccionar alguna prenda: camisa, chaqueta, pijama. Nada de ropa de trabajo eso tendrían que ir a la zona de la calle Fuencarral. La superficie del mostrador era de cristal, siempre limpia, lo que permitía ver los productos más lujosos entre los que también se incluían sombreros de señora y algún prendedor de pelo.

El colorido buscaba llamar la atención del público. Al fondo había un gran arco que daba paso a una trastienda y a una zona de cortinajes donde se tomaban medidas para la confección. Era un espacio como la mitad que el anterior.A la izquierda había una escalera metálica de caracol que bajaba a un semisótano con ventanales en su parte superior. Aquellos huecos permitían la entrada de luz y aire. A través de sus cristales se oían pisadas y taconeos de los viandantes de la calle del Marqués Viudo de Pontejos, aunque para los madrileños nunca pasó de ser y será la Calle Pontejos.  

En la parte superior se vendía al detal, pero escaleras abajo estaba el alma y el corazón de aquel negocio.Media docena de jovencitas cosían vestimentas, tanto de hombre como de mujer, unas a mano y otras a máquina. El bullicio de aquel lugar, donde el tra,tra,tra de las Singer era superado por las cantinelas y risas de las muchachas, sólo era cortado con esporádicos chillidos de alguna de ellas cuando la aguja penetraba en la yema de uno de sus finos dedos, o porque el encargado, desde arriba, gritaba un “¿qué pasa con ese jolgorio, señoritas?”

 Alicia C., la C del segundo nombre era por el día de nacimiento, pero ella coqueta nunca lo considero “bonito”, trabajaba en aquel lugar entre telas de colores, hilos y un dedal de metal siempre en su dedo.   En aquel angosto lugar el bullicio crecía aún más cuando algún mozo de reparto bajaba las escaleras a recoger algún paquete, bien para llevarlo a otros establecimientos más alejados del centro o para entregar en el domicilio de los clientes. Vestidos de paseo para señoras o trajes de paño para oficinistas, lo más demandado.

 Alicia C. no perdía de vista la escalera de hierro forjado. Sus ojos negros, siempre vivos e inquietantes esperaban atisbar, como el marinero ilusionado tierra en el horizonte, los botines relucientes que acompañaban a unos pantalones negros rayados en gris, y tras ellos a un joven apuesto, alto, de tez y ojos claros, que siempre aparecía lanzando grandes risotadas y diciendo galanterías y requiebros a todas las jovencitas. En muchas ocasiones, sus comentarios estaban llenos de sarcasmos, aunque siempre de lisonjas “saben ustedes que hoy Don Conrado se quejaba al entrar en la tienda de lo nublado y lluvioso que estaba el día, ya le he dicho, hombre si tiene Usted al sol y a sus rayos ahí abajo encerrados”. Todas reían con cierto rubor y Alicia C. fruncía el ceño, pues sus compañeras reían sabedoras de quién era el sol.

Doroteo era el tercer hijo de una familia de un cierto acomodo, con tierras de labor y algún negocio menor en un pueblo colindante a la capital. Aun con posibilidades de realizar estudios no lo había hecho,como sí lo hicieron sus hermanos varones y no por falta de capacidades ni de medios. Ingeniería el mayor, arquitectura el pequeño, en la época era asegurar el porvenir. Mal se tendrían que dar las cosas para que no subieran algún escalón social; incluso una de las hermanas había estudiado magisterio, aunque el objetivo real era realizar un buen matrimonio, uniendo a su belleza una buena educación. A las otras dos hermanas de Doroteo, Dios no les había agraciado físicamente en la misma medida, eran de futuro más problemático, pensaban los padres. Ellos serían los que tendrían que dotar aquellos matrimonios. Era cuestión importante para que no estuvieran abocadas a la soltería, como la pobre Tía Mercedes, solterona que había consumido su juventud ayudando a su hermana mayor al cuidado de la prole, pero que con la edad se había convertido en un incordio.

Doroteo había elegido otro destino para su vida que no pasaba por los estudios. La visión de su camino era más ancha y mucho más larga, decía él. Su padre, no sin cierto reproche, mantenía otros argumentos: “tú hijo, siempre con delirios de grandeza, te contentas con ser Presidente de no sé qué sociedad política, cosa que sólo es para los que de ellas suelen vivir, pues en este mundo los que tienen una idea sana, nada consiguen y como decía mi jefe, Don Zenón, el que sirve al común no sirve a ninguno”.

A Doroteo le importaba poco la opinión de su padre, le respetaba eso sí, pues en tal regla le habían educado, pero respetar no significa compartir. Su carácter abierto, verbo fácil y pronta agarrada, le hacía sentirse apuesto y provocador y eso en un mundo, que él pensaba estaba cambiando de manera acelerada, era casi una garantía absoluta de triunfo. Nada le preocupaba.

El sorteo de quintas le había llevado a Marruecos, al Rif, que en aquel momento era un conflicto absurdo lleno de veleidades y muertos al intentar tener lo que ya se había perdido irremediablemente, un Imperio.  Su padre, Don Rafael, no sé si habíamos dicho su nombre, le había ofrecido pagar la exención de 1.500 pesetas o buscar a uno de sus labriegos que fuera en su lugar, pero la tozudez del hijo y su forma “muy suya” de ver las cosas le llevó a decir: ¡No y No!

 El padre, a la desesperada, intentó también hablar con el Marqués de Valtierra, un gran valedor a cambio de una módica prebenda, sabedor de que una palabra de este haría que su hijo quedara en Madrid. Tampoco hubo forma que consintiera. “Padre, Doroteo es un caso perdido, vale que se le haya metido una cosa en la cabeza para que él erre que erre, si se ha emperrado en pasar penurias que las pase”, decía el hermano mayor.

Una vez en Tetuán, tallado, pesado y uniformado descubrieron que tenía los pies planos y eso le llevó directo de regreso a casa. Motivo bastante para creerse que sus dotes naturales estaban destinadas a aliarse con algún don sobrenatural. La juventud suele incorporar a su ser un batiburrillo de sentimientos que les hacen creerse seres portentosos, hasta que un buen día chocan con la realidad o lo que es peor con un destino más tozudo que sus creencias. Cuando se es joven no se repara en gastos de voluntarismo y siempre se cree que el no alcanzar las metas es por debilidad del otro.  

No dejó de utilizar todas estas habilidades en los escarceos que periódicamente buscaba con Alicia C. Unas veces, cuando acudía a la tienda de confección, en la cual creyó haber encontrado la vía para dar salida a su carácter emprendedor de comerciante, convenciendo a Don Conrado, para vender sus productos por toda la provincia de Madrid. Otras, esperando, como el que pasa por allí, en la Plaza de Pontejos a que Alicia C. saliera del taller de costura y abordarla pertrechado de un mal disimulado paquete de papel de estraza atado con un cordel que lo único que contenía era un gurruño de El Imparcial. Siempre se ofrecía acompañarla; pasear juntos hasta el tranvía en Sol, al ser un camino coincidente para entregar él su paquete. Una vez que llegaba el coche de la línea tres, Sol-Quevedo, él subía tras ella al pescante y continuaba viaje hasta la última parada y desde ahí caminando hasta la zona de Cuatro Caminos. Él no había llegado a la Puerta del Sol cuando ya se había deshecho de su falsa carga, depositándola en algún lugar con disimulo.

La magia del envoltorio se rompió el día que ella le recordó, llegando a su casa, que se le había olvidado tirar el paquete y él, cortado, respondió: Es que hoy sí llevo cosas, es un paquete de verdad.

Alicia.C era huérfana de Guardia Civil, que había emigrado a la capital con su madre, de nombre Juana, y sus hermanos, unos años antes. Procedía esta familia de la dura Castilla de Aranda. Nació en la ciudad de Segovia donde su padre prestaba servicio en el Benemérito Cuerpo y posteriormente, pasó a hacerlo en el cercano y próspero pueblo de Cantimpalos. Había aprendido las reglas básicas de la educación, del cálculo, la lectura y la escritura en una “perfecta letra inglesa” y como toda joven de la época, en edad de merecer, esperaba la llegada de aquel hombre que pudiera cumplir sus sueños y expectativas.

La humildad de su familia la obligó pronto a incorporarse a una vida laboral que, aunque mal pagada, tenía un alto reconocimiento en las clases bajas de la sociedad madrileña, como era dedicarse a la confección. Vestía con las ropas que ella misma se hacía, ahorao scura por el fallecimiento de su padre. Se consideraba una mujer poco agraciada, pequeña de estatura y nariz de porreta, eso es lo que peor llevaba; su pelo negro y sus ojos igualmente negros, la mirada profunda y treméndamente alegre conjugada con una permanente sonrisa ensalzaban su radiante simpatía. Una mujer diamante de belleza singular. A las feas los guapos las desean, decía.

 Todo ello hizo que aquel lanzado pronto reparara seriamente en Alicia C. y que de aquellos encuentros esporádicos surgiera un noviazgo formal de la época.  Formal porque la propia Alicia.C hacía que su sobriedad castellana, no le permitiera al impulsivo joven acercarse ni un centímetro más de lo necesario. Eso a pesar de lo mucho que le gustaba Doroteo.  No le daría un beso hasta que estuviesen casados, ¡cómo debía de ser!  El noviazgo debía terminar en boda o en bodas, tantas como el destino deparara…

Doroteo un día apareció en Pontejos para acompañar a Alicia C. hasta su casa. Mientras caminaban hacia Sol y sin muchos preámbulos le pidió que se casara con él. Ella tomó aire, y ante el arrebato del joven lo más que pudo hacer es asentir con un alegre movimiento de ojos.

Él tomó aire y eso le preocupó a ella. Doroteo comenzó a explicarse. “Voy a irme a Cuba, que es una tierra de fortuna, pues aquí no hay expectativas para nada, este país se regodea en sus propias miserias y a mí me asfixia. En cuanto me haya asentado tú y tu madre os venís para Cuba y allí nos casaremos por todo lo alto con el dinero que ya habré ganado”.

 Alicia C. entristeció su mirada y estuvo a un tris de pronunciar un “largo me lo fías Doroteo”. Al día siguiente le respondió que no iba a ser posible, que ella no marcharía si no estaba casada y que no se casaría para que él ser marchara tan lejos. Un Océano por medio es mucha distancia para recién casados. El plan debería ser otro: él partiría para Cuba y cuando hiciera esa fortuna vendría a buscarla, se casarían y luego vivirían donde el destino les deparara. Doroteo aceptó la propuesta, mucho no le quedaba. “Doroteo propone y Alicia C. dispone“ fue lo más que acertó a decir.

El día de partir le pidió de nuevo un beso que aminorara la tristeza de su marcha, ella respondió como una espoleta: “No, aún no”. 

Doroteo marchó a Cuba, muchas vueltas y tentativas de negocios por la isla incluida una incursión prolongada en la península de Yucatán en el revolucionario México. Finalmente se instaló en el municipio de Camagüey situado en el este de la Isla estableciendo allí un negocio de hostelería.

La relación epistolar fue tan fluida como atemporal, pues desde que la carta era enviada hasta que podía ser leída había pasado más de un mes, en todo caso la correspondencia dejaba una cosa clara la mecha estaba bien prendida.

 La sorpresa de Alicia.C fue cuando un día, la que recibió el correo transatlántico, no fue ella sino su madre. Las dos se juntaron en torno al brasero a leer la carta, pero la madre se resistió a que fueran ellas las lectoras exclusivas y avisaron a los hermanos mayores y varones de la joven para que fuera el mayor de los hijos quien procediera a la lectura.

Era de Doroteo, estaba claro, el contenido es lo que provocaba desazón en Alicia C. ¿Qué diría?

La propuesta no era sencilla, como no podría ser de otra manera proviniendo de tan singular personaje. En unos días su hermano Fernando les iría a visitar, les llevaría unos pasajes para el transatlántico Valvanera que partiría del Puerto de Barcelona el 10 de agosto. Dos billetes de primera clase para un camarote de cuatro plazas por valor de 775 pesetas cada uno. Es lo mejor que pudo encontrar, estaban cerca del excusado y tanto el Capitán Martín Cordero, como el Primer Oficial Pedro García, eran buenos amigos suyos y se asegurarían de que las mujeres estarían a la altura de “las damas” que eran.

Ellas no tendrían más que ocuparse de hacer el equipaje, no muy abultado pues en Cuba se vestía de otra manera debido al calor y a la humedad; embarcar en tiempo y tener una buena travesía pues en el Puerto de La Habana él las esperaría para llevarlas a la “bella casa en Camagüey”. 

Alicia C. veía que Doroteo propone, pero Alicia C. dispone y luego Doroteo hace con todo de su capa un sayo.

El hermano continuó con la lectura. En cuanto al matrimonio no se preocupen, será de toda satisfacción de Alicia C y de Usted. Mi padre Rafael organizará una gran comida en Aravaca para que todos mis hermanos y familiares “la conozcan a Usted, a su hija y a sus hijos”. Mi hermano Fernando las acompañará en el tren hasta Barcelona y Mosén Javier, buen amigo mío, oficiará un matrimonio por poderes en el cual mi hermano me sustituirá a los efectos legales y religiosos y se ocupará de correr con todos los gastos. Una vez que lleguen a Cuba celebraremos de nuevo el matrimonio con todos los amigos de aquí que son muchos.    

Alicia C. no sabía realmente qué actitud debían tomar. Sus sentimientos se entrecruzaban entre el estómago y la cabeza. El destino volvía a jugar a impulsos y uno se puede dejar llevar por un loco, pero el amor no es un sentimiento racional y el deseo tampoco y ella sabía bien lo que quería.

Juana se levantó de la silla de mimbre apoyando sus gruesas manos en los muslos. Los hijos la miraron sorprendidos. “¡Vamos hija! Que cuatro meses se pasan enseguida. Tenemos que ver qué nos llevamos. Yo nunca he estado en Barcelona, bueno ni en ningún otro sitio más que Madrid y Segovia y además ya lo dice Doroteo que tenemos que subir al Valvanera ese, que no podemos perderlo”.

Todo se fue realizando bajo los designios de la pareja y una gran dosis de destino a favor pues sólo aquello que se hace desde el más firme convencimiento se acaba cumpliendo.

Alicia.C, su madre y su futuro cuñado partieron en la fecha prevista en tren a Barcelona. Era para ellas, el viaje más largo nunca realizado.  

 El enlace se ofició el 9 de agosto de 1919. El novio, empoderado, dejó a las mujeres en el Hotel en la Plaza Real y les dijo que él iría a tomar algo con los amigos y el cura y que a primera hora estuvieran listas pues el Valvanera partía pronto. 

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El Valvanera, de Pinillos Izquierdo y Compañía, partió rumbo a Nueva Orleans con escalas en Santa Cruz de la Palma, San Juan de Puerto Rico, Santiago de Cuba y la Habana. Eso sí, sin llevar abordo ni a madre ni a hija. Fernando no había llegado a tiempo de llevarlas al Puerto, o mejor dicho, cuando entraban en el Puerto vieron al Valvanera doblar la bocana con su estruendoso  silbato anunciando la partida. Tuvieron que esperar casi un mes en Barcelona hasta que pudieron embarcar en otro mercante que las llevara hasta su destino en Cuba. El 3 de septiembre cruzaron la escalerilla rumbo a América, mientras tanto Fernando pasearía a su cuñada y a su madre por la Ciudad Condal en justo castigo a su “despiste”. El pasaje ya no era de primera lo cual suponía una suerte de serias incomodidades como la de compartir camarote con casi 30 mujeres, pero afortunadamente el barco iba directo a La Habana. Cuando avistaron el puerto se veían numerosas personas alzando los brazos, saludando y gritando como si de mar a tierra se pudiera distinguir en la distancia, o de tierra a mar. El desembarco fue rápido, aunque un mundo les pareció a todos los que llevaban un mes y medio embarcados, encerrados,viendo sólo mar y vomitando constantemente,sin saber nada del mundo, solo lo poco que el capitán les transmitía, las noticias importaban bastante poco.

Doroteo se aprestó nervioso y excitado a saludar a su suegra y a su mujer. Excitación que excedía de su estado impulsivo de natural. Subió al carro los equipajes e hicieron el trayecto en un sepulcral silencio por parte de él lo cual no solo sorprendía a Alicia C. sino también a su madre.

Llegados a su destino Doroteo le dijo mirándole fijamente a los ojos “Alicia cuando te pedí un beso y no me lo diste pensé que, si me lo hubieras dado, nunca me hubiera casado contigo, pero ahora ya somos marido y mujer y lo necesito”.

Ella se lo dio suavemente poniéndose de puntillas y rozando unos labios con los otros. Al separarse vio que él lloraba como un niño. Ella se sorprendió de ver a ese inmenso hombretón con ese gesto compungido. “¿Qué pasa Doroteo?”

“El día 10 se hundió el Valvanera antes de entrar en el Puerto de la Habana, han muerto todos sus ocupantes. No se ha sabido más del barco.No sé qué hubiera sido de mí si por mis locuras te hubiera perdido”

Ella, con lágrimas en las mejillas y sonrisa en los ojos, le besó de nuevo y le dijo “bueno, por las locuras de tu hermano me tienes aquí, Doroteo propone, Alicia C. dispone y Dios lo compone”

NOTA:  El Transatlántico Valbanera propiedad de Vapores de Pinillos, Izquierdo y Cª zarpo en su último viaje el 10 de agosto de 1919, el buque lleva abordo 1230 personas, el 5 de septiembre 742 pasajeros abandonaron el barco en Santiago de Cuba a pesar de tener pagado su billete hasta la Habana.  El 9 de septiembre el vapor trató de entrar en el puerto en La Habana pero el temporal se lo impidió

488 personas perdieron la vida en el naufragio. Nunca fue encontrado ningún cadáver. Ver El Misterio del Valbanera García Echegoyen Ed. Agualarga.

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