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La Historia y la microhistoria: leemos a Serna y Pons

miorhistoria1Los historiadores españoles Anaclet Pons y Justo Serna han publicado a través de la editorial Comares el libro MicroHistoria. Las narraciones de Carlo Ginzburg, con lo que añaden otro título imprescindible a su producción historiográfica sobre la razón de ser de la disciplina histórica. Esta edición es heredera de otro libro de ambos autores (Cómo se escribe la microhistoria. Ensayo sobre Carlos Ginzburg, de 2000), bien que actualizado y esencialmente reescrito.

Las reflexiones de Pons y Serna son de tal calado que me he visto en la necesidad de reescribirlas para satisfacer mi gusto personal por su saber y para mostrarlas, dándolas con mis palabras (y muchas de las suyas) una utilidad resumida para quien quiera adentrarse a sabiendas en su lectura o ahorrársela si carece de tiempo y voluntad historiográfica profesional. Un aviso: lo que vas a leer es mi lectura interesada de lo que considero esencial de este libro, que, para mí no es, paradójicamente, la obra de Ginzburg, sino la microhistoria como una de las formas de la Historia.

La Historia

Empecemos fuerte. ¿Qué es la Historia? Responden Pons y Serna:

“Historiar significa investigar, el proceso de pesquisa que nos permite conocer lo que de entrada ignorábamos, algo sucedido, pero de lo que no sabíamos el proceso concreto o el resultado final”.

No sólo en tanto que ciudadanos, a los historiadores “nos preocupa el presente, lo que nos toca vivir”. Investigamos “desde lo que nos concierne”. Desde el presente. Pero es el pasado lo que nos interesa, es sobre lo que nos ocupamos: nuestro objeto de estudio son los “acontecimientos ya concluidos”, aquellos “actos humanos consumados”. No husmeamos por escapismo, por evasión, por huida, “en ese mundo desaparecido”: lo hacemos “para contrastar lo que ahora vemos y no acabamos de entender, para comparar con lo ocurrido y ya terminado o que creemos ya terminado”. ¿Y qué es el pasado? Para Serna y Pons…

“En realidad, el pasado no pasa, no acaba de pasar, y sus consecuencias perduran, llegando hasta nosotros material o inmaterialmente.”

Como mucho de lo más importante que nos acontece “es resto o herencia”, resulta que el pasado, lo acontecido, es “efecto o defecto que nos condiciona”. Y da igual que sepamos o no que nos condiciona, aunque es mejor saberlo. La labor social de los historiadores es ayudar a entender el presente.

“La validez de las obras históricas depende de la verdad que incorporan y de la explicación razonable y verosímil que aportan”.

Sí, aunque matizo: creo que la verosimilitud es más propia de la ficción narrativa que de la Historia, esa narración literaria del pasado a la que no le basta ser creíble, ha de ser cierta.

Para cerrar este epígrafe, acerquémonos otra vez al sentido del oficio de Pons, Serna, Ginzburg... El objeto de estudio de la Historia es la historia, es decir, el pasado. La Historia explica aquello que es lo más característico de la historia: “la historicidad del contexto, o sea, aquel hilo conductor que da significado y singulariza como irrepetibles unos hechos”.

La microhistoria

Pero, ¿qué es lo que se estudia de ese sedimento infinito que es en definitiva el pasado? Todo lo experimentado por la humanidad es inabarcable como objeto de análisis. Los historiadores nos resignamos a lo limitado, siempre hemos de optar y seleccionar. Ejercemos una “discriminación justificada”. Ahí es dónde encaja la llamada microhistoria (‘microHistoria’, como muy bien remarca la cubierta del libro de Pons y Serna):

“La perspectiva microanalítica nace en las ciencias sociales por imitación a lo hecho en las ciencias experimentales”.

La microhistoria, que es una forma de escribir la Historia, una práctica (un “proyecto historiográfico”, a decir del propio Ginzburg), no estudia lo curioso o lo pintoresco. Cuando se reduce “la escala de observación para estudiar la conducta social” se pretende apreciar significados que podrían haber acabado por ser invisibles. Como si se usara un microscopio, se estudia un caso particular porque puede ser generalizado o porque finalmente al menos puede servir de ilustración general. Se trata de estudiar aquello que tiene representatividad.

Los autores utilizan la categorización de los elementos que componen la microhistoria descrita por Ginzburg, para quien la microhistoria (despojada de la audacia historiográfica que tantas veces ha hecho pasar por microhistoria lo que no lo era) ha de cumplir para serlo en puridad los siguientes requisitos: reflexionar sobre lo particular (“sobre el caso que se examina”), comparar las formas culturales para apreciar las semejanzas, alternar “lo observado en primer plano y lo captado en otro general” (oscilar entre lo micro y lo macro), “examinar narrando”, rechazar el escepticismo posmoderno apartando todo “relativismo epistemológico” y situar la prueba documental del pasado estudiado en el centro absoluto del análisis:

                “La microhistoria desafía a la macrohistoria, y a la inversa”.

Serna y Pons nos aclaran que la microhistoria sería algo así como intentar reconstruir un puzle pero del que se carece de un referente cierto, un puzle que no viene acompañado por un modelo seguro. Sobre la metáfora del rompecabezas ya he escrito en otro sitio, pero yo me refería a la Historia, no a una de sus formas o proyectos. Dejamos a los dos historiadores que sigan explicándose. Sólo se tienen fragmentos de ese todo descompuesto. Fragmentos, no detalles. Restos. Estudiemos esos fragmentos, hagamos microhistoria. Escribamos Historia por medio de la representatividad que somos capaces de vislumbrar en esos documentos a los que les otorgamos categoría de acontecimientos, no por mera curiosidad, sino porque atisbamos en ellos lo que el pasado no siempre es capaz de ocultar.

Pieter_Bruegel

La verdad

Los autores dan fe de la decidida defensa que del oficio del historiador hace Ginzburg, quien “dice confiar en la verdad, critica las formas contemporáneas del escepticismo”, a las que achaca su “irracionalismo estetizante” y su “populismo negro y mudo”, aquellas que se niegan a analizar e interpretar, “invocando la voz de los excluidos”:

“Frente al escepticismo, Ginzburg opone la búsqueda paciente y modesta de la verdad”.

Ginzburg hace suyos los postulados de otros historiadores que contestaron las explicaciones posmodernistas de Hayden White (ya sabemos, el gran negador de la Historia como acercadora de la verdad, el de que el hecho sólo tiene una existencia lingüística). Contra esa reducción de la Historia a la retórica de los White, el historiador italiano proclama el principio de realidad.

Para el historiador estadounidense, no puede en modo alguno ser conocida la realidad externa, no puede ser copiada, sólo puede ser representada. La Historia es sólo escritura, es un discurso narrativo en prosa que poco se diferencia del discurso narrativo de la novela. Ginzburg, no en El queso y los gusanos, por cierto, “arremete contra los críticos del positivismo, los posmodernos escépticos” y en general contra “aquéllos que cultivan la metafísica de la ausencia”. La metafísica de la ausencia… ¡Qué gran hallazgo! Sigo. Para el historiador italiano:

“La realidad representada está efectivamente evocada, está presente, y es lo que motiva la representación misma”.

Ginzburg rebate el escepticismo posmodernista con el gran instrumento de “los investigadores de la verdad”: la prueba. Dos son las formas de argumentación con las que trabajamos los historiadores. Por un lado, nos valemos de una que sirve para describir hechos comprobados: es la verdad verificable. Por otro, establecemos las posibilidades que nos concede la verdad conjeturada. Los historiadores no sólo relatamos, también, y ahí está la búsqueda de certezas, investigamos.

“Quien investiga no inventa, sino que construye un relato dentro del abanico de posibilidades que imagina”.

La Historia no emplea, no es una, narración fantástica: la Historia es “una narración con pretensiones de verdad”. Y los historiadores, apostillan Serna y Pons, no son literatos o creadores, son científicos que saben “evitar los excesos de la intuición”. De su esfuerzo depende que no se tenga por Historia la que escriben fraudulentamente quienes recrean fantasiosamente el pasado, quienes mezclan “la Historia con la propaganda, con la ficción y con la invención”.

Ginzburg ve su oficio de historiador como algo detectivesco. Parte del ineludible hecho de que la realidad, a la que se puede llegar de diversos modos, es plural; es algo que aparenta carecer de significado y en cuyos pliegues existe algo material y visible pero también ecos que no son perceptibles, hoy, pero pudieron haberlo sido para nuestros antepasados. Ese enigma es analizado por los historiadores explorando los vestigios que de él nos llegan, nos quedan, por medio de presunciones que son intrépidas y prudentes al mismo tiempo. Se necesita para ello una capacidad sensora muy entrenada, sutil.

Dejo hablar al propio Ginzburg:

“Lo verdadero es un punto de llegada, no un punto de partida. Los historiadores hacen por oficio algo propio de la vida de todos: desenredar el entramado de lo verdadero, lo falso y lo ficticio que es la urdimbre de nuestro estar en el mundo”.

queso y gusanosEl queso y los gusanos

Dado que el libro de los profesores Pons y Serna tiene por objeto esencial analizar aquella obra de los años 70 del siglo pasado titulada El queso y los gusanos, escrita por Carlo Ginzburg, tendré que escribir aquí de qué va aquella obra tan citada y quizás leída: El queso y los gusanos pretende hacer la historia (así lo escriben Pons y Serna: “hacer la historia”) de la cultura popular, o mejor, como el propio Ginzburg dejó sentado, “reconstruir un fragmento de lo que se ha dado en llamar cultura de las clases subalternas” y lo intenta acercándonos a “una figura anómala, no representativa”, el molinero Domenico Scandella apodado Menocchio, nacido en la región italiana de Friuli en 1532. Ginzburg no quiso escribir una biografía y años después cuando su libro ya era un clásico contemporáneo dijo de él que se trataba de “un ensayo de experimentación narrativa”.

Por zanjar el asunto, lo que El queso y los gusanos pretende demostrar o en lo que quiere sustentarse es en la idea de que no sólo existió durante el Antiguo Régimen, en el siglo XVI al menos, una separación de culturas sino que entre la cultura hegemónica (la de los poderosos) y la subalterna (la del resto de la población) también hubo circularidad, esto es, una influencia recíproca. En ese libro hay mucho de la empatía inherente al oficio de historiador, hay una distancia de analista compatible eso sí con “la participación emocional”.

Por cierto, y ya acabo, el libro de Pons y Serna es un libro escrito para que lo lean y lo comprendan los especialistas, es una obra destinada a auténticos expertos en el conocimiento de lo que es la Historia y lo que creen los historiadores que la Historia es.

"Decía Jorge Luis Borges, y no le faltaba razón, que lo definitivo sólo pertenece a la religión o al cansancio. Los objetos históricos no son definitivos: tampoco lo son las investigaciones que los aborda".