miércoles. 17.04.2024
El Juramento del Juego de la pelota según Jacques-Louis David

@Montagut | El siglo XVIII, con precedentes en la centuria anterior, generó nuevos espacios de sociabilidad y especulación al calor de las luces, con ánimo de discutir, plantear, enseñar y también divertir con novedades científicas, artísticas, filosóficas, literarias, económicas, sociales y hasta políticas. Estaríamos ante el auge de las Academias, y Reales sociedades científicas o Económicas de Amigos del País, corporaciones más o menos vinculadas a los distintos poderes, por los que la tutela del despotismo ilustrado evitaba conflictos y cuestionamientos profundos del Antiguo Régimen. Pero, al menos, aunque fuera también a mayor gloria de unos monarcas, en teoría “filósofos”, se generaba un tráfico de conocimientos y experiencias.

Otros espacios parecían más libres, es decir, las tertulias y los salones, pero al ser públicos pesaba también la vigilancia de esos poderes, aunque fuera de manera indirecta y no a través del patronazgo. Por fin, estarían las logias masónicas donde la independencia era más factible, cubiertas por el halo del misterio, del secreto o, al menos de la discreción, aunque no se vieran del todo libres de intervenciones, supervisiones y, sobre todo, en determinados Estados, hasta perseguida, como ocurría en España, por ejemplo, precisamente donde la Ilustración era más débil.

La Masonería adquirió en el siglo XVIII un evidente protagonismo, para poder discutir en su seno las ideas ilustradas y del primigenio liberalismo

La Masonería adquirió en el siglo XVIII, por lo tanto, un evidente protagonismo, más que para poder discutir en su seno las ideas ilustradas y del primigenio liberalismo, aplicar las mismas porque en el templo, en el taller, se practicaba la igualdad, principio revolucionario que cuestionaba la desigualdad jurídica de la sociedad estamental, además de la libertad y la fraternidad. Acudir a una tenida se convertía en un momento clave para estos hombres y también mujeres que podían, durante un espacio de tiempo determinado y de forma periódica, relacionarse dentro de una estricta jerarquía, a la que, en cierta medida estaban acostumbrados, pero que no surgía de una imposición secular, sino que nacía de la democracia. Así es, las constituciones de la institución, con salvedades y particularidades propias de cada Oriente y/o logia, establecían que las decisiones más importantes debían ser tomadas por todos los hermanos en las tenidas o asambleas, es decir, la iniciación de nuevos miembros, la elección de los cargos, y los propios cambios o reformas de los estatutos o reglamentos. Y la igualdad, insistimos, era un hecho evidente, que respetaba, como hemos expresado, la jerarquía interna propia de grados y oficios, pero que eliminaba las profanas, y permitía la libre manifestación de las opiniones. Por fin, la fraternidad, al ser todos hermanos y/o hermanas, traspasaba también las barreras estamentales del mundo profano, es decir, del exterior.

Pero, además, muchos de los estatutos, constituciones o reglamentos masónicos también insistían en que no se debían establecer diferencias en relación con la confesión religiosa, la nacionalidad, además de la posición social o la riqueza material de sus miembros, es decir, que, más allá de la superación de las barreras estamentales también se pretendían derribar entre las columnas del templo las religiosas y las de la nacionalidad, en una clara apuesta por el cosmopolitismo antes del estallido de la pulsión nacionalista del siglo XIX.

La Masonería, además, tenía una característica, a la que ya hemos hecho referencia, que la hacía especial, y era el secreto o la discreción y el juramento del silencio, que no existía en otros ámbitos, suponiendo un seguro de vida en una estructura política siempre vigilante contra cualquier tipo de disidencia.

La Masonería tenía una característica que la hacía especial, y era el secreto o la discreción y el juramento del silencio, que no existía en otros ámbitos

Así pues, la logia se convirtió, a nuestro entender, en una suerte de espacio utópico, que surgía en el momento mismo que se cerraban las puertas del templo y se iniciaban los trabajos, como se dice en Masonería, al resguardo no sólo del ruido profano, sino también de sus estructuras políticas y sociales profanas. Insistimos mucho en este aspecto práctico de la Masonería más que en el teórico porque no parece que abundaran las logias donde se especulase filosóficamente sobre los nuevos principios de organización política y social, aunque existieran algunos casos.

Otra matización que hay que tener en cuenta es que ese espacio, que hemos denominado utópico, no estuvo libre de conflictos internos, y la democracia tuviera evidentes fallos, especialmente cuando se pasaba al ámbito de los grandes grados, porque se desarrollaron prácticas oligárquicas y elitistas que impedían que dificultó el paso a los mismos a muchos hermanos.

El atractivo que suponía el nuevo espacio de sociabilidad, crítico por su forma de funcionar internamente, aunque no porque emitiera ideas al exterior de forma oficial, algo no propio de la naturaleza masónica, además de impensable en una época absolutista, por mucho que estuviera barnizada de progreso bajo el paraguas del despotismo ilustrado, provocó que se acercaran a la Masonería quienes poseían un espíritu inquieto y crítico.

En primer lugar, existía una aristocracia crítica contra el nivel al que había llegado el absolutismo con Luis XIV, es decir, la nobleza francesa de la época de los Duques y la Regencia, y que pretendía el establecimiento de un modelo monárquico distinto del que se había entronizado en Versalles.

Junta a esta nobleza crítica, existía una burguesía cada día más fuerte económica y socialmente, pero que no encontraba un cauce para participar ni gracias al naciente despotismo ilustrado que, en realidad, nunca trastocó claramente las estructuras sociales estamentales, por lo que iba más allá que gran parte de la nobleza crítica, más interesada en recobrar libertades y privilegios desterrados por el Rey Sol que en insistir en los principios de libertad e igualdad. En todo caso, también iría surgiendo una creciente nobleza que, con veleidades intelectuales, se fue acercando a los principios ilustrados. En las logias, por lo tanto, comenzaron a hermanarse nobles y burgueses, mucho antes de lo que luego se vería en el Juramento del Juego de Pelota.

Existía una burguesía cada día más fuerte económica y socialmente, pero que no encontraba un cauce para participar ni gracias al naciente despotismo ilustrado

Por fin, convendría también matizar que no todos los que se iniciaron en el siglo XVIII poseían un espíritu inquieto y crítico, y que muchos ingresaron por moda, o por socializar dentro del templo o en los ágapes y banquetes consiguientes. Los motivos para ser iniciado en Masonería son en toda época muy diversos, como diversa es la naturaleza humana, y hay que tener en cuenta que no siempre obedecen a los altos idealesque la Orden se ha propuesto desde sus inicios en el ámbito especulativo.

Pero si hemos vinculado a la Masonería con la Ilustración en esta tesis, debemos seguir haciéndolo paras seguir con las matizaciones. Así pues, ¿no fue la Masonería siempre muy respetuosa con el poder político del momento y con la Iglesia, como ocurrió con gran parte de la Ilustración?, ¿no estaríamos viendo en la Masonería las mismas contradicciones que gran parte de la Ilustración generó a su vez? A la primera pregunta no podemos negar que así fue. Pero a la segunda pregunta hay que matizar porque debemos entender cuál es la naturaleza de la Masonería. Es cierto que la Ilustración podría haber sobrepasado los límites y no lo hizo, aunque proporcionó el bagaje intelectual para una generación revolucionaria más joven, pero la Masonería no nació, en realidad, para ser una institución, organización o corporación con el fin de luchar contra el orden, por lo que, según este último planteamiento no sería contradictoria como la Ilustración.

Muchos no entendían como las logias no salían a la calle a tomar la Bastilla o a presionar a la Convención, pero es que ese nunca fue el objeto de la Orden

Pero otra cosa fue lo que sintieron algunos masones con el paso del tiempo, especialmente al descubrir esa naturaleza escrupulosa o respetuosa con el orden establecido, o cuando vieron que el método masónico, basándose en principios que en ese momento si era revolucionarios, pretendía que el iniciado trabajase individualmente con los mismos, pero no que la institución animase a tomar la Bastilla. Entonces, para una porción importante de masones el espacio utópico de la logia ya no servía en vísperas de 1789, porque querían que la igualdad, la libertad y la fraternidad se practicara fuera, en el mundo profano, y no sólo unas horas en cada tenida, celebrada periódicamente.

La Masonería, en consecuencia, no conspiró contra Luis XVI ni contra el sistema de brazos de los Estados Generales. No causó la Revolución, como pretendió demostrar la literatura antimasónica desde ese momento. Pero no se puede negar que los principios masónicos sustentaban los de una nueva sociedad, de la que nosotros somos herederos directos.

El ejercicio de sus principios en logia, en la tenida semanal, quincenal o mensual, habituó a muchos a una nueva forma de entender las relaciones en comunidad, y ayudó a la reflexión personal para luego trabajar en el mundo exterior o profano en el ámbito de cada uno. Muchos no entendían como las logias no salían a la calle a tomar la Bastilla o a presionar a la Convención, pero es que ese nunca fue el objeto de la Orden. El método masónico era muy ordenado, respetuoso y tranquilo, pero conformaba un carácter completamente contrario al absolutismo, las desigualdades y los privilegios estamentales.

Masonería e Ilustración