sábado 31/10/20

Una historia de los 90

Daniel Yates

Rafa, con Jaco a su lado, iba por el camino de Perales sin prisas. Se internó en el parque, Jaco siguió andando sin separarse de su lado. Era un perro flaco y sucio que debió tener un pariente lejano pastor alemán. Rafa era un yonki, estaba enganchado a la heroína y estaba solo, con la única compañía de su perro. Su adicción comenzó siendo muy joven. Muchos colegas murieron de sobredosis, de su basca del instituto, los que con él descubrieron el caballo, no quedaba ninguno. La primera que la quedó fue su novia, era casi una niña.

De su familia hacía años que no sabía nada. Un día, su madre, desgarrada, sus hermanos, destrozados, y su padre, roto, pero firme ante él, le dijeron que se fuera y no volviera más. Era la única forma de recomponer la familia que Rafa había desquiciado. El descenso a la degradación, la humillación que le demandaba la heroína para aliviarlo unos instantes, cada vez más cortos, fue rápida. Lo aceptó, lo prefirió a cuantas ofertas le hicieron para desintoxicarse. Malcomió en albergues y parroquias, maldurmió en la calle cobijado por cartones, fue machaca en la Cañada. Después de vender todo lo que pudo robar en su casa, trapichear el producto de pequeños hurtos, llegó a vender su propio cuerpo, junto a su dignidad, por una papela. Se acostumbró a mentir y a mentirse, lo hizo una y otra vez. Todo pasó a ser una gran mentira, perdió a su familia, a sus amigas y amigos. Se quedó solo, solo con el caballo, un caballo desbocado que lo llevaba en su grupa al vacío. Ahora le daba vidilla un colega que le permitía trapichear con un poco de coca lo que le daba para la papelina diaria y muy poco más.

En el parque vio al «viejo», así lo llamaba Rafa, sentado en su banco preferido. Era un indigente, tranquilo, alcohólico, de voz aguardentosa y hablar pausado. Por la mañana siempre tenía unas monedas para tomar un café con leche en el bar, al mediodía, paciente, hacía la cola en algún centro asistencial. Por las mañanas y por las tardes, unas veces iba al parque, se sentaba en su banco, dormitaba o bebía vino peleón, dándole pequeños tragos, alargando su tetrabrik, otras veces deambulaba por la ciudad. Dónde pasaba la noche era un misterio. Cuando hacía frío usaba una trenca que alguna vez tuvo un color definido y un gorro de lana que solo se sacaba cuando hacía mucho calor. A Rafa le caía bien, siempre que pasaba por su lado lo saludaba. Aquella mañana el «viejo» le hizo señas para que se acercara, nunca lo había hecho. Rafa extrañado se señaló así mismo. El «viejo» le dijo que sí con la cabeza. Le dijo que tenía un regalo para él y le entregó una bolsa de papel. Rafa miró su contenido, había un paquete envuelto a conciencia. El «viejo» le dijo que lo había encontrado en una papelera del parque y tenía el presentimiento de que era algo valioso. Rafa que no despreciaba ningún regalo, lo aceptó. Se despidió del viejo y junto a Jaco siguió su camino.

Con la bolsa en la mano, Rafa también tuvo la intuición de que contenía algo que le cambiaría la vida, apuró el paso para llegar a su casa y abrirlo. La vivienda que había ocupado era una mezcla de casa abandonada y chabola, con un saloncito que tenía un sofá desvencijado recogido de la calle ya hace mucho, enfrente un televisor que hacía tiempo que no funcionaba y una mesa baja llena de objetos, la mayoría ya inútiles; un «dormitorio» donde apenas había lugar para un colchón sucio y alguna ropa desperdigada; un pequeño baño lleno de mugre; una cocina con un hornillo de camping gas, fundamental para calentar la cuchara con el buco y una pequeña mesa que usaba para chutarse, el fregadero lleno de cacharros que esperaban desde tiempos inmemoriales un poco de lavavajillas y agua, también había una puerta que daba a un pequeño patio abandonado, lleno de maleza y cosas inservibles que era el reino de Jaco.

Sentado frente al sofá sacó el paquete de la bolsa, estaba envuelto con cinta adhesiva. Creyó adivinar el contenido. Con ansiedad sacó su pequeña navaja, se inclinó y enterró la punta con cuidado, cuando la retiró, una pasta blanca cubría parte de la hoja. Esta quedó un rato suspendida mientras los ojos de Rafa regresaban a sus órbitas y la boca volvía a cerrarse. La probó, los restos los frotó con el pulgar y el índice. No le cabía duda, sobre la mesa, frente a él, tenía seguramente un kilo de cocaína muy pura. Se levantó embobado, hipnotizado ante el paquete. No se lo podía creer, no sabía qué hacer. Lo poco que probó lo aceleró. Fue a la cocina a darse un chute.

Al volver al saloncito había tomado una decisión, esto era un marrón, tapó como pudo la rajita que había hecho con la navaja y volvió a meter el paquete en la bolsa de papel. Llamó a Jaco que descansaba echado en el patio y volvieron al parque. Buscó al «viejo» para devolvérselo, no lo encontraron. Por la noche cogió las papelinas que ya tenía preparadas y salió a colocarlas. Trillaba entre los bares de la plaza Santa Ana y los de la zona de Huertas. Le pillaban a última hora, estaba tan cortada que sus clientes eran trasnochadores pasados de todo o los que se quedaban sin nada y a esa altura cualquier cosa les venía bien. Antes de volver a su casa pasó a pillar su groma de caballo para el día siguiente. Durante tres días se repitió la historia, por la mañana y las tardes con la bolsa de papel en la mano, iba a buscar al «viejo» en su banco preferido o por los alrededores del parque y por la noche a trapichear.

Cansado de pasear con la bolsa de papel, una mañana, a la hora de preparar las papelas decide apartar un poco de coca del paquete, llena la cuchara que usaba para el pico y con ella prepara las dosis, cortadas con la misma cantidad de lactosa. Sale como siempre con Jaco caminando hacia la calle Huertas. Es un paseo que le lleva tiempo, pero esta vez va ansioso por ver cómo funciona lo que lleva. Pronto se corre la voz de la calidad de lo que pasa, al poco rato crece la demanda y pronto termina con todas las papelinas. Al día siguiente y al otro se repite la operación. Tiene un montón de dinero, todo es beneficio. Piensa que él se merece también darse un homenaje con un buen pico, así que se dirige a buscar al Rubio, sabe que no va a ser fácil. El Rubio había sido su amigo y quien le suministraba antes el caballo, pero de verdad, no como la mierda que se chuta ahora. Pero el Rubio, como con todos, harto de los cuentos, las mentiras y de que no le pagara las dosis, terminó borrándolo. Al encontrarlo, tuvo que hacer esfuerzos para que le hiciera caso, al final le contó su encuentro con el «viejo» y el regalo que le había hecho, tuvo la prudencia de decirle que solo era un puñado. El Rubio no le creyó hasta que Rafa sacó el fajo de billetes. El Rubio se quedó con ellos a cuenta de la vieja deuda y le dio a cambio cinco papelas. No esperó a llegar a la casa, de camino en los servicios de un bar se dio un pico guapo. «Esto es otra cosa» pensaba mientras el caballo volaba por sus venas.

El Rubio se había llevado sus ganancias, así que Rafa decidió coger otra cucharada del paquete. Por la noche salió a moverla. Al día siguiente, por la mañana con el dinero obtenido le compró un filete a Jaco y lo llevó a una peluquería canina. Salió irreconocible. El color de su pelaje no era el mismo, se le notaba sedoso y brillaba. Por la tarde, en una tienda «buena» del barrio se compró un par de camisas y un jersey, otro vaquero, ropa interior y una cazadora que, con una camisa y el pantalón, se llevó puesta. En una zapatería adquirió unas botas y unas zapatillas nuevas. En un basurero quedaron su vieja ropa y sus más que gastadas zapatillas. Fue todas las noches a mover la merca por Huertas y Santa Ana. Durante esos días controló lo que le había pasado el Rubio. «llevo muchos años enganchado, demasiados amigos que se han quedado. Ahora sé cómo controlarme… ¿dejarlo? ¡No! ¿porqué?». Pero al final el caballo del Rubio se acabó.

Era media mañana Rafa, acompañado de Jaco, salió a buscar al Rubio. Lo encontró en la plaza, pero tuvo que volver a su casa. Esta vez el Rubio le había exigido mucho más dinero para ir saldando la deuda. Cerrada la transacción, emprendieron el camino de regreso, Rafa iba feliz con las cinco papelinas en el bolsillo del vaquero. En cinco días volvería a recuperar el dinero. Apuró el paso, ahora todos lo días comía, poco, en el bar de Antón que le dejaba pasar a Jaco. No era el hambre lo que le motivaba a llegar a tiempo, si no la camarera que siempre lo atendía. Era una joven guapa y simpática, de la que se había enamorado. ¿Cuánto hacía que no estaba con una mujer? El caballo también había desplazado el sexo y cualquier sentimiento que no fuera la necesidad de buscar el placer de sentirlo recorrer su cuerpo. Rafa la miraba extasiado, ella le sonreía y bromeaba, lo trataba como un ser humano más. Era la única que lo hacía desde hace mucho tiempo. A ella, Rafa le despertaba un sentimiento entre maternal y de lástima por un lado y defensivo por otro, sabía que era un yonki y no podía esperar nada de él. Rafa tenía la suficiente lucidez para saber que nunca pasaría nada entre ellos, «esa jai me mola, pero…». Cuando, después del café, paseaba por el parque, o también cuando lo hacía por la mañana, buscaba el banco preferido del «viejo», siempre que se veían se saludaban, ahora a veces se acercaba y charlaban un rato; gracias al «viejo» vivía esta buena racha. Cuando se iba, le dejaba unos cuantos billetes para sus «vicios», pero siempre que lo reencontraba seguía con su tetrabrik de Don Simón entre las piernas.

Así iban pasando los días, por la mañana preparar las papelinas, pasear con Jaco, dándose un garbeo por el parque, donde a veces se encontraba con el «viejo», comer en lo de Antón y ser atendido por la camarera a la que un día le regaló un fular que ella se lo agradeció con un beso en la mejilla. Rafa no pudo recordar cuando fue la última vez que le dieron un beso. «La heroína es una amante muy celosa», pensó. Por la tarde volvía al parque o se quedaba en la casa extasiado después de un chute y por la noche a trapichar. Cada tanto iba a ver al Rubio para pillar y seguir pagándole, saldada la deuda, ahora «amortizaba» sus intereses, parecía que estos iban a ser eternos. Así siempre aplazaba su nueva ilusión, comprarse una televisión, «una muy grande», pero a Rafa solo le importaban las bolsitas de blanca que le trasportaban a su nirvana. Una cucharada tras otra el paquete con la coca disminuía.

Los días iban siendo cada vez más fríos. En el parque los árboles se desnudaban alfombrándolo con hojas de distintas tonalidades de ocres. Había menos gente. Pocas madres paseaban en los cochecitos a sus bebés, a esta altura del año los más grandes estaban en el cole y muchos ancianos optaban por quedarse en sus casas, sesteando o sentados junto a la mesa camilla viendo la televisión. A Rafa y a Jaco no les importaba el frío, menos ahora con la cazadora nueva. Excepto cuando llovía, iban todos los días al parque.

Esa tarde después de comer en lo de Antón, Rafa y Jaco se dirigieron al parque para aprovechar el sol de esa fría tarde de otoño. De lejos divisó la figura del «viejo» en el banco. Estaba de espaldas, pero su abrigo y su gorro de lana gris eran inconfundibles. A medida que se acercaba vio que llevaba una bufanda. «Se la habrá comprado con el dinero que le di el otro día», pensó con satisfacción. Luego ya más cerca le llamó la atención que tuviera las piernas cruzadas. Cuando llegó junto a él le preguntó extrañado «¿quién eres?», al tiempo que se fijó que también tenía los brazos cruzados, pero de la mano derecha, oculta a la vista de otros, lo apuntaba una pistola de la que sobresalía un grueso y negro silenciador. Sin sacarse la bufanda, con pasmosa tranquilidad le contestó: «Soy un conocido del Rubio. Resultó ser bastante razonable tu amigo. Eso le ahorró a él sufrir y a nosotros no nos hizo trabajar mucho». Paralizado por el pánico, Rafa balbuceó: «¿dónde está el “viejo”?». Adivinó una sonrisa debajo de la bufanda. «Está en tu casa, concretamente en tu cama, en calzoncillos, pero no te preocupes, no va a pasar frío nunca más». Jaco, a su lado, escuchaba la conversación sin entender nada, pero percibía el olor a miedo que desprendía su dueño. Rafa miró para todos lados, el parque estaba desierto.

La voz del otro hizo que Rafa se volviera para mirarlo. Sus ojos eran fríos como la pistola que lo apuntaba, pero su voz sonó serena: «Por cierto, encontré en tu casa algo que me pertenece, pero falta casi la mitad». Rafa dominado por el terror, no le dejó continuar: «yo no…». «¿Tú, no qué, pendejo?», le cortó con desprecio. «Le juro que…», Rafa empezó a farfullar, pero enmudeció cuando vio que levantaba el brazo. La bala entró entre los dos ojos, cayó de espaldas. El sicario se puso de pie, desenroscó el silenciador que guardó en un bolsillo, mientras devolvía la pistola a la sobaquera. Tranquilamente se dirigió al camino de Perales. Jaco se quedó al lado del cuerpo de Rafa, lamiéndolo mientras emitía un ladrido medio quejido, medio llanto. El sicario esa noche embarcó para su país, en la maleta llevaba una camiseta de futbol para su hijo y un vestido de faralaes para su hija, seguro que se pondrían contentos. A la misma hora a Jaco lo encerraban en una perrera municipal.

Una historia de los 90