miércoles. 28.02.2024
Giovanni Papini
Giovanni Papini

En su librito Breviario de política experimental, el conde de Romanones dijo: “De joven hay que leer mucho; en la madurez, lo bastante; de viejo, poco. Cuando los años pasan, aprovecha mucho más el dedicarte a rumiar las lecturas pasadas, reflexionando sobre ellas, analizándolas y contrapesándolas. Labor entretenida y provechosa”.

En una entrevista Juan Goytisolo decía: El texto literario exige la relectura. Me han pedido una frase con motivo del Premio Cervantes y mi frase ha sido: “No busco lectores, busco relectores”.—Mire, para darle una idea, una muchacha joven me dijo: “Leí su obra “Las virtudes del pájaro solitario” y me gustó”. Yo le dije: “¿La ha releído usted?” Ella se quedó un poco desconcertada y me dijo: “No”. Y le dije: “Pues o usted es una mala lectora o yo soy un mal escritor”

Siguiendo los consejos de ambos, un autor que he leído y releído varias veces, y lo sigo haciendo es Giovanni Papini, y especialmente dos de sus obras, a las que me referiré a continuación. Cada vez que te acercas a ellas, son una fuente inagotable de conocimiento y de profundas reflexiones.

La primera mitad del XX fue uno de los periodos históricos más dramáticos de la humanidad, ya que se produjeron dos cruentas guerras mundiales, además de la irrupción de los totalitarismos y de las dictaduras, que estuvieron a punto de llevar al mundo a una auténtica hecatombe. Por ello, no es casual que en esa época la literatura fuera muy crítica. Una obra emblemática es 'Gog', de 1931, del citado Papini.

La primera mitad del XX fue uno de los periodos históricos más dramáticos de la humanidad, ya que se produjeron dos cruentas guerras mundiales. En esta época la literatura fue muy crítica. Una obra emblemática es 'Gog' (1931)

Gog es un personaje imaginario, es un inmigrante que logra fortuna en EEUU, pero que se aburre; por ello decide emplear sus millones en cumplir caprichos excéntricos, nuevas sensaciones, coleccionar cosas inútiles, codearse con grandes pensadores y artistas, y, por último, jugar a ser Dios, decidiendo la suerte de otras personas.

Papini utiliza esta estrategia para desarrollar un original libro de relatos, a modo de un anecdotario o un cuaderno de apuntes. Junta ficciones, opiniones, entrevistas, curiosidades, anécdotas inverosímiles y propuestas indecorosas, todo narrado por Gog, a quién utiliza como vehículo de su mordaz crítica social. Toca muchos temas: el capitalismo, la superpoblación, la industrialización, el comunismo… además de enjuiciar a personalidades como Freud, Lenin, Ford, Einstein o Gandhi… Muestra un gran acierto a la hora de prever el futuro. De ahí, que muchas de sus afirmaciones sean actuales. 

Reflejaré algunos fragmentos de profundo calado. 

De la entrevista con Henry Ford: “-Usted sabe -me ha dicho- que no se trata de desarrollar una industria, sino de realizar un vasto experimento. Nadie ha comprendido bien los principios de mi actividad. Sin embargo, son muy sencillos: se reducen al Menos Cuatro y al Más Cuatro. El Menos Cuatro: disminución proporcional de los operarios; del tiempo para la fabricación de cada unidad vendible; de tipos de los objetos fabricados; y, finalmente, de los precios de venta. El Más Cuatro, relacionado con el Menos Cuatro, son: aumento de las máquinas de los aparatos, con objeto de reducir la mano de obra; de la producción diaria y anual; de la perfección mecánica de los productos; de los sueldos”. 

Con Gandhi: “-Quiere saber -me ha dicho- por qué deseamos expulsar a los ingleses de la India. Es sencillo: los mismos ingleses me han dado esta idea castizamente europea. Me formé durante mi larga estancia en Londres. Me di cuenta de que ningún pueblo europeo soportaría el ser mandado por hombres de otro pueblo. Entre los ingleses, sobre todo, este sentido de la dignidad y de la autonomía nacional está desarrolladísimo. No quiero ingleses en mi casa precisamente porque me parezco demasiado a los ingleses”. 

Con Lenin: “Murmuré sobre su gran obra realizada en Rusia. -Pero si todo estaba hecho -exclamó Lenin- antes de llegar nosotros. Los extranjeros y los imbéciles creen que aquí se ha creado algo nuevo. Error de burgueses ciegos. Los bolcheviques no han hecho más que adoptar, desarrollándolo, el régimen zarista, que es el único adaptado al pueblo ruso. No se pueden gobernar 100 millones de brutos sin el bastón, los espías, la policía secreta, el terror, las horcas, los tribunales militares y la tortura. Nosotros hemos sido solo la clase que fundaba su hegemonía sobre este sistema. Eran 60.000 nobles y 40.000 grandes burócratas; en total, 100.000. Hoy cerca de 2 millones de proletarios y de comunistas. Es un progreso, porque los privilegios son 20 veces mayores, pero el 98% no ha ganado mucho en el cambio. Esté seguro de que no ha ganado nada. -Entonces -murmuré-, ¿y Marx, y el progreso, y lo demás? -A usted, un hombre potente y extranjero -añadió-, se lo podemos decir. Nadie lo creerá. Pero recuerde que Marx nos ha enseñado el valor instrumental y ficticio de las teorías. Dado el estado de Rusia y de Europa me he servido de la ideología comunista para conseguir mi verdadero fin. En otros países y en otros tiempos hubiera elegido otra. Marx no era más que un burgués hebreo aferrado a las estadísticas inglesas y admirador secreto del industrialismo. Un cerebro saturado de cerveza y de hegelianismo, en el que Engels esbozaba alguna idea genial. La Revolución rusa es una negación de las profecías de Marx. Donde no había casi burguesía, ha vencido el comunismo”. 

El titulado La compra de la República. Su lectura me ha remitido a la Grecia de la crisis de la deuda, a la reforma del artículo 135 de nuestra Constitución, o a la plutocracia de EEUU. En definitiva, a una realidad incuestionable: que los poderes económicos pueden poner a sus pies a los gobiernos. 

“Este mes he comprado una República. Capricho costoso. Era un deseo que tenía hace mucho tiempo. Me imaginaba que el ser dueño de un país daba más gusto. La ocasión era buena y el asunto quedó arreglado en pocos días. El presidente tenía el agua hasta el cuello: su ministerio, compuesto de clientes suyos, era un peligro. Las cajas de la República vacías; crear nuevos impuestos hubiera supuesto tal vez una revolución. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República, y además asigné al presidente, a todos los ministros unos emolumentos dobles de los que recibían del Estado. Me han dado en garantía -sin que el pueblo lo sepa- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un covenant secreto que me concede el control sobre la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el dueño casi absoluto del país”. 

03_LibroNegro

Tras la II Guerra Mundial, Papini en 1951 publicó otro libro Gog: el Libro Negro. No menos impresionante. Según sus propias palabras: Le puse ese título, elegido exclusivamente por mí, porque las hojas del nuevo diario corresponden casi todas a una de las edades más negras de la historia humana o sea a los años de la última guerra y del período posbélico

Procediendo igual que en el pasado, Gog se ha acercado a los hombres más célebres y representativos de nuestro tiempo y las conversaciones mantenidas son casi siempre sorprendentes y reveladoras. Es un desfile de entrevistas con personajes verídicos (Mólotov, Picasso, Wright, Dalí, Hitler, Valéry, Huxley, Marconi, Lorca, Vóronov…) como a otros totalmente imaginarios: su trama es la exposición de problemas políticos, morales, sociales, psicológicos y teológicos, desarrollados con la perspicacia y la hondura del autor de la Historia de Cristo y de El Diablo. El genio inagotable de Papini, que con su sola presencia llena casi medio siglo de la literatura europea, nos ofrece, con Gog El Libro Negro, una muestra insuperable de su prodigioso talento, que sabe armonizar la más desenfrenada sátira con un lirismo conmovedor; el humor más hiriente con el diagnóstico exacto de los males de nuestra época.

De los 70 capítulos, conversaciones de Gog. El Libro Negro, me fijaré y trascribiré solo uno de ellos-por no alargar el escrito-, La Conversación 19, vinculada con el tema de la guerra, que es una lacra constante de la especie humana. Es toda una lección de historia. Además de gran actualidad, pensemos en la guerra de Irak, Afganistán o Ucrania.

Conversación 19: 
UNA VISITA A OTORIKUMA (O LAS PARADOJAS DE LA GUERRA) Tokio, 3 de abril.

“Hoy en día Otorikuma es considerado el historiador más genial del Japón (personaje ficticio), aun cuando desde hace muchos años no haya publicado ninguna obra nueva. Es un anciano modesto y pequeño, tiene setenta y cinco años de edad, y vive privadamente dando lecciones a estudiantes de la Universidad.

Hubiéramos podido continuar siendo un pueblo de samurai, de artistas y poetas; en cambio, quisimos convertirnos en un pueblo de fabricantes, de ingenieros y navegantes (…) y finalmente sobrevino el castigo

Fui a verlo con la esperanza de saber por su medio qué piensan hoy, acerca del mundo, los japoneses más inteligentes. Pero Otorikuma no gusta hablar acerca de su patria. Me habló en perfecto inglés:

“Yo era contrario a la última guerra, y por muchas razones, algunas buenas y otras malas. El Japón había vencido la vez primera a un coloso, la China; la segunda vez venció a otro coloso: Rusia. Pero éstos eran gigantes avejentados, enfermos, todavía medievales. No debía ahora enfrentarse contra un tercer coloso en pleno crecimiento de fuerzas y de ambiciones, como son los Estados Unidos. Una vez que se han dado dos golpes con buen éxito es una locura arriesgarse a dar un tercero y un cuarto. Ahí tenemos a Napoleón: había conquistado a Alemania e Italia, pero no logró el mismo éxito contra Inglaterra y se vio arruinado en la campaña de Rusia.

En el año 1853, los norteamericanos habían obligado al Japón, con amenazas, a abrir sus fronteras a la civilización del Occidente, y nosotros, en lugar de resistir, nos convertimos en alumnos e imitadores de Europa y de los Estados Unidos. Fuimos discípulos excelentes, pero es muy difícil que el alumno pueda superar al maestro si continúa obrando en el mismo plano de la enseñanza recibida. A pesar de las amenazas hubiéramos podido continuar siendo un pueblo de samurai, de artistas y poetas; en cambio, quisimos convertirnos en un pueblo de fabricantes, de ingenieros y navegantes. Traicionamos el espíritu antiguo de nuestras tradiciones nacionales y finalmente sobrevino el castigo.

“Si un pueblo de ruiseñores siente envidia del águila y pretende parecerse a los gavilanes, acaba por ser víctima del cóndor. Pero, le suplico que abandonemos este tema, demasiado doloroso para mi viejo corazón”.

- ¿Qué piensa acerca de la tragedia actual del mundo?
- Si en verdad es una tragedia, no puede concluir más que en una catástrofe. Pero también puede ser que sea una tragicomedia, y entonces también puede concluir en un contrato de bodas. Pero yo soy historiador, no profeta. Ya que tiene la bondad de escucharme, deseo hablarle de las muy extrañas paradojas que se han producido después de la última guerra.

En otros tiempos, y bajo otras civilizaciones, las naciones derrotadas eran obligadas a ceder territorios y a pagar indemnizaciones, pero los jefes de esas naciones, y menos aún los jefes militares, no eran procesados por los vencedores. Los monarcas abdicaban a veces, pero por su propia voluntad; los generales vencidos podían ser castigados por sus gobiernos, pero no por los vencedores; el dolor y la vergüenza de la derrota ya eran de por sí un duro castigo. Ahora, en cambio, los jefes políticos y militares de los países vencidos son considerados delincuentes, y como tales son procesados y castigados. -Juicios de Núremberg y de Tokio, tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Este es un hecho completamente nuevo en la historia moderna. Se ha hablado de «criminales de guerra», pero todos los ejércitos que están en guerra cometen, en formas más o menos graves, lo que se llama «atrocidades». Si los vencidos hubieran resultado vencedores, con los mismos pretextos hubieran podido declarar «criminales» a los mismos hombres que han sido sus jueces. Si mañana hubiera otra guerra, cualquier general de cualquier país puede correr el riesgo de morir ahorcado o fusilado si no tiene la fortuna – a veces puramente fortuita -, de pertenecer al bando de los vencedores.

Pero, hay otra paradoja aún más sorprendente. Los vencedores sacrifican millones de vidas y gastan centenares de miles de millones para lograr la victoria, pero inmediatamente después se apuran a gastar otros centenares de miles de millones para alimentar a los pueblos vencidos, para darles los medios de reparar las ruinas de la guerra, para levantar otra vez las industrias, para alcanzar un mejor nivel de vida y lograr una mayor prosperidad. Este singular espectáculo se vio ya después de 1918, pero ahora es todavía más espectacular. El hombre común de la calle podría pensar que era mucho más sencillo ahorrar los millones destinados a la destrucción, con lo cual también se ahorrarían los destinados a la reconstrucción, millones todos que proceden de los combatientes y de los contribuyentes del pueblo victorioso.

Desde 1914, el género humano ha sido herido por una forma grave de locura colectiva, la que por el hecho de ser común y universal no es advertida y reconocida como locura auténtica

Pero hay todavía otra paradoja aún más increíble e inverosímil. Los vencedores han gastado profusamente vidas y millones para aniquilar a las fuerzas armadas del adversario, y apenas obtenida esta finalidad que parecía ser para ellos de importancia vital, se apresuran a proporcionar fusiles, cañones, aeroplanos y miles de millones a los pueblos vencidos a fin de que el día de mañana éstos se conviertan en sus aliados contra algunos de sus aliados de ayer. Sería algo similar que la policía, después de desarmar a una banda de malhechores, pusiera en manos de éstos armas más poderosas que las que antes tenían, y los invitara a combatir contra las milicias auxiliares que participaron en su captura.

Estas paradojas no son absurdos inventos de mi fantasía, podría leer las pruebas y confirmaciones en los diarios de todos los países. Ciertamente, en estas paradojas hay una necesidad dialéctica en vías de realización, pero deberá usted confesar que se trata de una dialéctica diabólica o, mejor aún, demente. Según mi parecer, la verdad es que, desde 1914, el género humano ha sido herido por una forma grave de locura colectiva, la que por el hecho de ser común y universal no es advertida y reconocida como locura auténtica. Lo que sucede en los últimos lustros no es juzgado fruto de la fiebre o del delirio, como es en realidad de verdad, sino simplemente se le considera un desarrollo natural de la vida humana. Ninguno piensa o puede pensar, consiguientemente, en una verdadera y apropiada curación. El frenesí y la obsesión parecen estados normales y nadie se da cuenta de las alocadas paradojas a que se ven arrastrados los hombres.

Esta enfermedad, lo mismo que todas las enfermedades mentales, tiene un desarrollo caprichoso y cíclico: a los ataques de furor homicida de los períodos 1914-1918 y 1939-1945, suceden períodos menos violentos, pero en los que son evidentísimas y constituyen un pavoroso preludio de otros ataques furiosos, las manías de persecución, de grandezas, la manía del suicidio, de la destrucción y otras igualmente peligrosas. La humanidad tendría necesidad urgente de una cura drástica y radical, pero, ¿dónde están los siquiatras titanes capaces de intentarla? Cuando la Tierra toda es un manicomio hasta los médicos y enfermeros se ven reducidos a ser simples espectadores impotentes o se vuelven locos igual que sus pacientes. Esta locura, colectiva e incurable, conducirá probablemente a un exterminio total o a un suicidio universal. Solamente la Divinidad podría curar y traer la salvación, pero hasta ahora Dios guarda silencio, y ese silencio de Dios es quizá la más terrible condenación de los hombres».

Otorikuma cesó de hablar y me miró. Por la expresión de mi rostro debió darse cuenta de que sus pensamientos me habían turbado y entristecido, pues me estrechó fuertemente la mano derecha con sus dos pequeñas manos y me acompañó obsequiosamente hasta la puerta”. 

Giovanni Papini, fuente inagotable de conocimiento