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martes 24/5/22
RELATOS | CARMEN BARRIOS

El gallito ciego

- ¿Quieres que juguemos al gallito ciego, mi amooooooor?- le pregunta ella melosa, redondeando la “o” de “amor” todo lo que puede con esos labios de manteca...

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Foto: Carmen Barrios

- ¿Quieres que juguemos al gallito ciego, mi amooooooor?- le pregunta ella melosa, redondeando la “o” de “amor” todo lo que puede con esos labios de manteca, bien pegados al hueco más receptivo de su oído.

Mientras su cuerpo se tensa electrificado por un escalofrío que le recorre como un relámpago desde la coronilla hasta el dedo gordo del pie izquierdo, le contesta que sí, sí, sí… El juego del gallito ciego, muuuhhh!! …ella ha vuelto a pronunciar esas palabras mágicas que le conducen de forma instantánea a las tardes bochornosas de los veranos de su infancia, cuando jugaba con su primo Teo a la hora de la siesta en el jardín trasero de la casona de sus abuelos. 

Teo y él tenían un código preciso, que se repetía cada tarde. Justo después de comer, cuando todo el mundo se amodorraba por el calor en cualquier rincón de la casa, Teo le guiñaba un ojo y con un imperceptible movimiento de cabeza le invitaba a salir al patio. Se refugiaban bajo una gran morera del sol intenso del verano para practicar su juego favorito. Teo, que era corpulento y tres años mayor que él, le cubría los ojos con el pañuelo negro del juego de magia y le susurraba al oído: “gallito, gallito ciego, gira como un espiral de viento y encuentra a tu primo Teo”. Entonces él giraba y giraba sujeto entre las manos firmes y calientes de Teo, que palpaban su cuerpo de púber un poco al azar, rozando por aquí y por allá una y otra vez, hasta que daba tantas vueltas que perdía el equilibrio.

Cuando se recomponía buscaba a tientas a su primo que le murmuraba palabras sueltas  como suspiros perdidos: “gallito, gallito ciego…gallito, extiende la mano y acaricia mi aliento”… “gallito, gallito ciego…hay gallito, atiende mi voz y bebe mi aliento”… “gallito, gallito ciego…”, hasta que de repente se topaba con él por sorpresa, y le abrazaba y sentía su cuerpo fuerte y sudado, y notaba su propio corazón rebotar con fuerza contra el pecho de su primo y empapaba sus sentidos con su olor salino y se dejaba llevar por Teo… se dejaba llevar hasta un lugar gozoso, regalado, un lugar compartido, hecho a la medida de dos muchachos abrasados por una fiebre rebelde, que renacía y se apagaba cada tarde de aquellos veranos ardientes de la incipiente adolescencia.

- “Teo, ¿dónde estás ahora?, ¿sigues jugando al gallito ciego?...¿dónde estás?” -murmura perdido-, mientras ella le ciñe, bien fuerte, sobre los ojos un pañuelo negro de seda….

- “Vamos, mi amoooor, gira como un espiral de viento y encuentra a tu nena fiera, hay mi gallito, gallito ciego”…-repite con mimo-, mientras le manosea y le impulsa con fuerza a dar vueltas y más vueltas hasta que pierde el equilibrio.

Cuando él consigue levantarse impera la oscuridad y silencio. Agudiza el oído hasta que escucha el roce sutil de unas manos sobre una tela suave. Se concentra y casi puede percibir, como si lo estuviera viendo, cómo ella se acaricia los pechos sobre la tela se su vestido y persigue atento el sonido de su mano cuando desciende hacia la parte baja del vientre. Escucha con devoción y se muerde los labios hasta hacerse sangre. La desea. En ese momento la desea tanto como deseaba a su primo Teo cualquier cálida tarde de verano. Desea llegar hasta ella y abrazarla, y embriagarse hasta la borrachera con su olor dulzón. Se orienta como un sonánbulo hacia un nuevo rumor de fricción, que aprecia cada vez más frenético, y la imagina sentada al borde de la cama con las piernas separadas, conteniendo el aliento y tragándose los suspiros de placer mientras se frota con la mano una y otra vez sobre la tela humedecida de sus bragas. Cuando está a punto de llegar hasta ella se da cuenta de que ha estallado una bomba de silencio. No se escucha nada. El sonido provocado por la fricción ha cesado de súbito.

- “Cariño -le dice con voz suplicante- continúa, no te pares, no descanses, no frenes, ya casi…casi…”. Pero no obtiene ninguna respuesta. Con ademán temeroso y el corazón detenido por la frustración se quita con desgana el pañuelo de los ojos y la ve caída, sin energía alguna, desmadejada e inerte sobre la cama.

- “¡No puede ser!. ¡Otra vez no! -grita frenético-. ¡Otra vez no!. Si te acabo de reparar, te puse hasta una batería nueva. ¡¡Es la segunda vez que te estropeas en un mes!!”.

El gallito ciego