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CRÍTICA LITERARIA

El fin del mundo es un hecho frecuente: Muñoz Molina escribe sobre la memoria y el tiempo

"Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo". Así comienza la nueva novela de Antonio Muñoz Molina, Tus pasos en la escalera.

En Tus pasos en la escalera hay mucho de aquellas cosas que no sabemos recordar y que, a veces, son recuerdos súbitos que llegan a traición

"Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo". Así comienza la nueva novela de Antonio Muñoz Molina, Tus pasos en la escalera. Ya podíamos leer en su anterior novela, Como la sombra que se va, que "la literatura se hace con lo que existe y con lo que no existe".

“El miedo no duerme nunca”, no en vano, como sabe el narrador-protagonista, porque se lo ha explicado su esposa, Cecilia, reputadísima neuróloga (una “de esas personas que siguen estando en los lugares de los que acaban de marcharse”), los seres humanos descendemos de organismos que sobrevivieron gracias a eso que llamamos miedo. Ella le dice a él, “un especialista en miedos retrospectivos”:

“Todo lo que ves es un espejismo”.

Y cuando él nos lo cuenta, cuando nos da cuenta de esa frase tan taxativa, no sabemos bien hasta qué punto lo es en esta novela que es lo que él nos cuenta. ¿Vemos lo que hay o vemos aquello que queremos ver?

Hay en esta novela de Muñoz Molina un deliberado intento de acercar la verdad que la ciencia es capaz de sonsacarle a la realidad, pero también una sensación de agrietamiento de la misma realidad por la que circula la historia que se nos cuenta, unos surcos imprecisos por donde se evidencian por ejemplo las “cosas que uno no se ha propuesto decir y vienen de pronto, no se sabe de dónde, y uno se encuentra diciéndolas”.

1Pero es la memoria la verdadera protagonista de esta novela peculiar, común y extraña a la vez, una novela de intriga escrita con las herramientas de narrador prodigioso habituales de Muñoz Molina. Tus pasos en la escalera es un libro arriesgado, una ficción envolvente repleta de sabiduría y de la evanescencia de la mejor literatura de entretenimiento. Todo ello, claro está, dentro del mundo narrativo personalísimo y distinguible de un autor majestuoso al que para llegar es necesario un cierto esfuerzo lector, un significativo esfuerzo intelectual que, como siempre, merece la pena. A mí me merece la pena.

Conocemos por el narrador-protagonista lo que Cecilia sabe sobre la memoria, pues, no en vano, su especialidad es la memoria del miedo, “el modo en que el trauma queda inscrito en conexiones neuronales que perpetúan la angustia, inmunes al olvido”, e investiga el estrés postraumático de los soldados y la posibilidad de borrar de sus memorias los recuerdos atroces, como vimos en la serie estadounidense de 2018 Homecoming, protagonizada por Julia Roberts:

“La memoria tiene más que ver con el porvenir que con el pasado, no preserva el fulgor glorioso de un solo momento que puede no repetirse sino secuencias de hechos que advierten de la probabilidad de algo”.

Olvidar, dice Cecilia, “es desprenderse de la carga entorpecedora de lo innecesario”.

En Tus pasos en la escalera hay mucho de aquellas cosas que no sabemos recordar y que, a veces, son recuerdos súbitos que llegan a traición.

En ella, el narrador-protagonista, quien, de vez en cuando, se desinstala “en el orden meticuloso del tiempo”, lee a menudo y nos relata aquello que le es relatado en sus lecturas, de tal manera que la novela contiene a su vez narraciones que conectan la realidad irreal que nos narra Muñoz Molina con la realidad irreal que lee su protagonista. Uno de esos libros que lee éste es una biografía del explorador estadounidense Richard Evelyn Byrd, de cuyo relato que de su lectura hace el narrador-protagonista no puedo evitar reproducir un hermoso pasaje:

“Una noche helada y de un silencio sin viento interrumpido a veces por los crujidos profundos de las masas de hielo [, el almirante Byrd] salió de la cabaña y vio la luna llena rodeada por un arcoíris circular. Vio levantarse ante él en la llanura blanca acantilados de hielo azules y esmeraldas. Le dio terror no saber si estaba dormido o estaba despierto. El cielo se llenaba de las deflagraciones de colores de una aurora austral. Volvió a la cabaña y puso en el gramófono la novena sinfonía de Beethoven. Sintió al asomarse de nuevo que la música y las luces eran la misma materia y que se confundían entre sí, que los colores se organizaban y atravesaban el cielo según el fluir de la música y que la música misma irradiaba los colores”.

Si hay un personaje destacable y singular en esta novela ese es Luria, el perro del narrador-protagonista, que tiene “un entusiasmo infatigable por la especie humana” y no sólo merodea el ámbito de la narración, sino que es parte esencial de la misma desde su condición animal, vital, sensible. Luria, que “prefiere la voz de Billie Holiday a cualquiera otra voz grabada” y es parte esencial del “anticuado mundo tridimensional” al que pertenece su dueño.

Lisboa es Nueva York y Nueva York es Lisboa en esta novela [no sigas leyendo si quieres preservar tu virginidad respecto de ella] de fantasmas. Desde Lisboa, vemos en una ocasión a la memoria del narrador-protagonista sumergirse “en un letargo anfibio entre el sueño y el deseo” para luego desprenderse “en la dulzura y el cansancio”.

Esos momentos en los que lo normal es imposible. Esos instantes en los que alguien puede escribir un “poema telegráfico de una sola palabra”. El poema es “Bioluminiscencia”. Instantes en los que reconocemos la dicha, como se sincera el narrador-protagonista:

“La sombra de una parra a la entrada de una casa de campo es la felicidad”.

Para él, para el sensacional personaje que vive dentro de Tus pasos en la escalera y su vocación de no hacer nada, “la belleza es un efecto óptico”. Es un “efecto secundario de la lejanía en el espacio, pero también en el tiempo”. Por eso en el pasado siempre parece que hay más belleza que en el presente. La belleza, iluminada interiormente por la inteligencia, es un espejismo según el narrador-protagonista, como todo cuanto ve. Lo sabemos. Lo sabemos porque él nos lo cuenta en boca de Cecilia, y porque le leemos cuando leemos la novela de Muñoz Molina de la que Muñoz Molina no es más que el médium de esta fantasmagoría fabulosa.

En efecto, como sabemos por el mayor experto en la escritura de Muñoz Molina, el historiador Justo Serna:

“La novela es —o puede ser— una reconstrucción potencial del mundo, una reelaboración de lo realmente acontecido. Con la novela, Antonio Muñoz Molina se pone en una situación posible, se introduce en una circunstancia que no ha vivido o que, al menos, no ha vivido así exactamente. Y lo hace con el concurso de personajes que de modo vicario le ayudan a entender su comportamiento: tanto el del autor, como el de las propias figuras o caracteres de la obra, que son remedo deformado o transfigurado del escritor”.

No he podido cerrar mejor esta reflexión sobre lo que he leído al leer Tus pasos en la escalera. Sé que ustedes me lo agradecerán.

(“Hay detalles que uno tiene la obligación de no olvidar”. Unos pasos en la escalera… y fin).