LIBROS | RECORRIDO POR SU VIDA Y SU OBRA

Félix Grande, el poeta del pueblo

Publicamos el artículo que el escritor y crítico Arturo del Villar escribió el mismo día del fallecimiento del poeta Félix Grande. Un recorrido por la biografía y, sobre todo, por la obra del Premio Nacional de las Letras de 2004.

Félix Grande con Francisca Aguirre
Félix Grande con Francisca Aguirre

Debo escribir las palabras más tristes este 30 de enero en que ha muerto mi amigo Félix Grande, uno de los poetas más honrados a los que he tenido la suerte de conocer. Su honradez consistía en aplicar la ética a la lírica, de manera que su obra escrita refleja las vicisitudes de nuestro tiempo, que resulta ser un tiempo de crisis, según nos aseguran los sociólogos. Por ese motivo se cuestionó él mismo a menudo la motivación de su trabajo en verso, facilitándonos una amplia poética como exposición de sus ideas sobre la escritura poética.

Félix Grande nació en un momento trágico de la historia de España, el 4 de febrero de 1937, de modo que le faltaban solamente seis días para cumplir 77 años. En aquel tiempo a la vez de traición y heroísmo, según el bando contendiente, su padre, guardia de Asalto, combatía a los sublevados contra la República y sus patrocinadores internacionales, mientras su madre trabajaba en un hospital como enfermera y lavandera a la vez que cuidaba de su hijo, al que llevaba en brazos corriendo al refugio cuando la aviación nazifascista anunciaba su barbarie contra la población civil. Dada su ideología republicana, la familia perdió la guerra, y en consecuencia la ensangrentada posguerra, de modo que padeció el infortunio de la miseria y el miedo, puesto que los vencidos carecían de derechos ante los triunfadores.

Un niño criado en esas circunstancias no puede ser después un escritor dedicado a pulir sus palabras para buscar la manera de eternizarse en ellas. Eso lo pretendían escritores tan antiguos como Horacio o tan próximos como Juan Ramón Jiménez, inquietos por alcanzar la eternización en la memoria de los seres humanos con su obra perfectamente realizada. Y es cierto que lo han conseguido.

Nada le importaba la eternidad a Félix Grande, poeta del tiempo presente. Le costó muchos sacrificios salir adelante en esos días de horror y terror, como hijo de vencido que nada podía pedir ni esperar de los triunfadores. Se crió en un pueblo y ha sido el poeta del pueblo, del que deseó convertirse en portavoz gracias a su poesía. La historia de su vida queda explicada en sus versos, hasta el punto de titular Biografía a la recopilación de sus primeros cinco libros poéticos (1971), a los que continuó aportando nuevos datos autobiográficos en sucesivas publicaciones. Otro título significativo buscado para una antología de sus versos es Años (1975), sin calificativo.

EL ABUELO QUE HIZO HISTORIA

La recreación principal de su tiempo la hizo en prosa, en un libro que resume un siglo de la trágica historia de España desde las pequeñas historias vividas en el pueblo de Tomelloso, al que está vinculada su familia, aunque él naciese en Mérida por imposición de la guerra: La balada del abuelo Palancas (2003). Libro de memorias que contiene una depurada expresión poética, de prosa lírica aprendida en el habla manchega, la de los ingeniosos hidalgos que se han sucedido en nuestra literatura.

El abuelo Félix Grande Martínez se ganó el apodo de Palancas por haber realizado una de esas heroicidades brutales sólo posibles en los pueblos. La llevó a cabo en Tomelloso en el verano del histórico (por tantos otros motivos) 1898, y consistió en mover y arrastrar un cilindro de piedra de unos mil kilos de peso. Cuando le preguntaron cómo lo consiguió, respondió sencillamente que haciendo palanca. Y así obtuvo el apodo, convertido, según costumbre pueblerina, en patronímico.

Su nieto del mismo nombre, Félix Grande Lara, el tercer Palancas, después de cumplir los sesenta años quiso recuperar el tiempo perdido, aunque no fuese alegre ni fácil de vivir. Tiempo de hambre y miedo, en el que la familia supo conservar la dignidad. Así, nos cuenta la alegría que sintió cando en la escuela le regalaron una camisa, azul, naturalmente, que era el color del uniforme fascista, pero no pudo estrenarla porque su padre, Félix Grande Ortega, el Palancas II de la dinastía, encarcelado y represaliado por haber defendido la legalidad constitucional, le prohibió que la usara.

Libro de memorias en el que se recupera el tiempo perdido con sus datos exactos, con sus fechas fijadas, pero en el orden desordenado en que llegaban los recuerdos al papel: unas escenas las presenció él mismo, y otras las había escuchado relatar como el caudal familiar transmitido en herencia:

Mi padre conservaba una memoria estereofónica y disfrutaba entregándome los recuerdos, sabiendo que con ellos me otorgaba lo mejor de su herencia y que yo no ignoraba que a esos bienes no los desgasta el despilfarro, ni los disminuye el reparto, ni se desmoronan en una partida que no sea la del camino sigiloso del paso de las generaciones.

El autor interviene en el relato, puesto que lo redacta en primera persona, aunque no sea el protagonista. Se presenta ante el lector para irle exponiendo sus propios pensamientos y sentimientos acerca de los sucesos narrados. De ese modo le obliga a mantenerse en contacto con él, porque no está hojeando una novela, sino una historia verdadera. Lo notable es que esa historia está narrada con el lujo de la mejor poesía castellana, la que el autor nos fue entregando en verso desde 1964.

EL ARTE DE PARAR EL TIEMPO

La balada del abuelo Palancas fue escrita cuando su nieto había alcanzado la justeza en el decir, una vez perfeccionada su palabra a lo largo de esos cuarenta años de entrega cotidiana a la tarea de escribir. Su prosa se recarga con felices acumulaciones de conceptos para añadirle expresividad, en un coloquio cada vez más próximo a la tensión lírica. La regularidad rítmica se expande en ondas concéntricas, que acumulan lirismo a una narración calificable forzosamente como prosa poética, sin dejar de ser descriptiva, de un neocostumbrismo distante del que estuvo de moda en el siglo XIX, tanto en la novela como en la poesía.

Al saber que dominaba el uso del castellano que utiliza el pueblo para hablar con su vecino, en ese pueblo de Tomelloso famoso por las bodegas de sus excelentes vinos manchegos, siguiendo el consejo de Gonzalo de Berceo se dispuso a escribir una prosa en román paladino, que vale bien su verso:

Ya con los pies recién aposentados en el desfiladero de la vejez, con las arterias coronarias pidiéndole socorro a la prudencia y con la próstata más impertinente que una china arrendada en el zapato, el nieto mayor de Palancas comprende hoy cómo su abuelo trajinó…

Era el momento adecuado para evocar los años de aprendizaje de la vida, el de los variados oficios para ganarse el pan de cada día, hasta conseguir trabajar en lo que verdaderamente le gustaba. Y cuando admitió haber alcanzado la edad idónea para filosofar y disculpar y entender las cosas, con el cuerpo desgastado por el tiempo implacable, redactó en cerca de cuatrocientas páginas la historia de su pueblo, de su familia y de sus aspiraciones. Así concluyó el tercer Palancas de la dinastía una hazaña más memorable que la iniciada por el primero. El hombre de pueblo es también el escritor del pueblo, con el que mantuvo siempre una cercanía sentimental.

El tiempo está continuamente insertado en su escritura, como una obsesión a la que combatir para librarse de ella. Es un tema recurrente en la mejor lírica castellana, tanto que Machado definió a la poesía como “palabra en el tiempo”, así que Félix Grande, uno de los mejores poetas de nuestra época, no podía evitar analizarlo en sus escritos. Su tiempo vital resultó amargo, como hijo de un defensor de la República derrotado por los vencedores de la guerra, y así lo retrató para ser fiel a sí mismo. Por ello consigue comunicarnos esa honradez constante en su actitud vital.

TESTIGO DE NUESTRO TIEMPO

En su primer poemario, Taranto, escrito en 1961, aunque publicado diez años después, se preguntó: “tal vez / un tiempo sea el estigma de otro tiempo”, y lo planteó de tal manera que se deducía la seguridad de que efectivamente era así. El tiempo de hoy es el estigma del pasado ayer, y repite con imitación calcada todas sus estridencias. Por eso resulta inevitable que la historia se imite a sí misma, ya que los seres humanos pertenecientes a una generación son herederos de la predecesora, y sólo han conseguido perfeccionar los medios de matar.

Como poeta del presente será considerado en las historias literarias un testigo de cargo sobre la historia española en su época. “Todo se diluye / abandonado en el tiempo”, explicó en su primer libro impreso, Las piedras (1964). En una lectura superficial parece tratarse de una colección de poemas amorosos, pero se descubre enseguida la trampa del tiempo abierta para hacer inevitable la caída en ella, como un paso forzoso: “El tiempo. / El tiempo, el tiempo, hermana”, repetía insistentemente para subrayar sus efectos sobre la mujer a la que se dirigía y sobre él mismo.

Fue un tiempo trágico para las generaciones que sufrieron los desastres de la guerra y de su secuela no menos desastrosa, la posguerra encarcelada por la dictadura. A la guerra en España siguieron otras guerras repartidas por todo el mundo, en Europa, África, Asia y América. Esa continuación de las noticias bélicas incidía en menor medida sobre la angustiosa realidad cotidiana española, pero repercutía ampliamente sobre la sensación constante de vivir en peligro.

Otro poema del mismo libro lo expone, mediante una fórmula expresiva desarrollada en fases, para la totalidad de las acciones humanas: “Cosas, sueños, todo lleva / el mismo curso; el del tiempo”, hasta el final: “Todo se diluye / abandonado en el tiempo”. Nada se escapa de la dictadura temporal, los seres humanos nos hallamos tan presos de él como las cosas, camino de la destrucción final y total.

Si además resulta que la época es sombría al hallarse dominada por el miedo, el escritor ha de sentirse comprometido con las penalidades observadas a su alrededor. La escritura de Félix Grande en verso y prosa responde a una necesidad ética de manifestar sus opiniones sobre un mundo en descomposición. Uno de sus libros de relatos se titula Lugar siniestro este mundo, caballeros (1980), percepción de un tiempo generacional sobre su época. El mundo, naturalmente, no es nada por sí, más que mundo físico; los encargados de hacerlo paradisíaco o infernal somos sus habitantes en cada momento histórico.

Es sabido que ciertos escritores, en diversas etapas, han pretendido olvidar la realidad circundante, mediante la creación en sus obras de ambientes escapistas favorables a la confianza, unos paraísos artificiales muy bellos pero imposibles. Ésos no son los testigos de su tiempo, sino los falsificadores.

LOS GOLPES DEL SIGLO

No es el caso de la escritura de Félix Grande. Como testigo de su tiempo quiso insertar en él toda su obra, para reflejarlo, y si fuera posible actuar sobre sus consecuencias. Se lee al comienzo de Música amenazada (1966) lo que puede considerase el anuncio del tema inspirador: “El siglo veinte me golpeaba como a un gong”, y poco después: “Se envejece muy rápido en Europa”, consecuencia de la acción golpeadora del presente en aquel siglo demoledor, el de las dos guerras mundiales y las incontables guerras locales. En el poema siguiente, sin título, describió la realidad absurda de una circunstancia sin razón, es decir, irracional, aunque la sufriéramos los considerados animales racionales por un exceso de complacencia en nosotros mismos:

Aquí
el pasado es absurdo,
residual
e inexistente a fuerza de ser sombra;
el futuro,
ajeno
y amurallado de clamor y de crimen;
el presente,
esta cuarentena
poblada de palabras en mitades
que casan mal y que se roen unas a otras
con cautela y monotonía.

Pasado, presente y futuro son lo mismo, tres etapas en la eternidad, pero nos duele el instante pasajero, tal vez por ese motivo. El presente de la escritura parecía negativo, sometido a una dictadura controladora de las palabras lo mismo que de las acciones, por lo cual podía adivinarse que el futuro, al menos el inmediato, no sería mejor. El libro completo lleva el desánimo repartido por sus páginas.

EL FENÓMENO POÉTICO

La denuncia poética expuesta por Félix Grande sobre el tiempo que le correspondió vivir alcanzó un carácter épico en Blanco spitiruals, poemario que obtuvo en 1967 el premio Casa de las Américas en La Habana, y que es el más testimonial de cuantos nos ha legado. Es su libro más reeditado y más citado, y uno de los más representativos de la poesía del siglo XX en cualquier idioma. En cierto modo es asimismo el más comprometido con la realidad de la época, materia de su inspiración:

Escribo para vosotros, testarudos, calamitosos seres
que deambuláis en este laberinto agrietado de nuestro siglo.
Os mando estas cartas porque creo en el fenómeno poético,
lenguaje enloquecido y apesadumbrado que se derrite de calor
ante un malasio que agoniza entre el plomo y la rabia.

Esta confidencia representa su poética, incluida dentro del poema como una declaración de intenciones más que como un ejercicio retórico equilibrado. Consideraba a la poesía un fenómeno, lo que implica el desconocimiento de su sentido creador. Hace muchos siglos que los mismos poetas y los analistas de sus escritos intentan alumbrar con sus elucubraciones la motivación de la poesía, sin haber alcanzado hasta ahora una definición válida. Por eso hay que creer en el fenómeno poético, que es real y demostrable en sus consecuencias, sin comprenderlo. No importa ignorar las razones de la escritura poética, ya que lo valioso es su consecuencia: el poema. Si el poema ofrece interés, no hace falta explicar por qué y cómo ha sido compuesto, que son datos inoperantes para conformar la comunicación entre el autor y el lector.

Debido a ello mencionó el “lenguaje enloquecido”, porque se diferencia del utilizado habitualmente en el diálogo social. Además el lenguaje se apesadumbra ante la realidad. En la cita se hace referencia a un malasio asesinado por una bala o bomba, porque era la guerra de actualidad entonces, pero la ciudadanía del personaje es intercambiable sin que se altere el sentido de ese verso. El lenguaje poético sirve para denunciar las iniquidades de un mundo más enloquecido que él, lo mismo que una crónica periodística. Otra cosa es el alcance de los diversos medios de comunicación.

TAREA DE POETA LÍRICO

Félix Grande poeta reconocía la escasa resonancia de su oficio (“Por el momento soy únicamente un poeta lírico”, dice uno de sus versos), pero encontraba ánimos para alzar su voz contra las atrocidades del momento. Tenía entonces treinta años, y confiaba en alcanzar a ver un cambio político y social. Las citas tomadas de los diarios de información general, inspiradoras de los poemas, demuestran la inserción de los veros en su momento mismo creador. El poeta asumió su condición de cronista de su tiempo, y la expresaba en verso, como era obligado en su caso.

Blanco spirituals nació de los elementos actuales en el momento de su escritura, pero como quiera que las situaciones comentadas en los versos constituyen acontecimientos tan humanos que son cotidianos, mantienen su vigencia absoluta. Basta cambiar algún  nombre propio de personas o lugares geográficos para que la historia sea actual. Las sucesivas guerras provocadas por el imperialismo en espacios concretos son capítulos del gran conflicto universal interminable.

Cuando apareció Blanco spirituals se discutía en las revistas literarias españolas si era preferible una literatura de preocupación social o de depuración expresiva; la disyuntiva se resumió en dos manifestaciones simbólicas, la berza o el sándalo. En su libro Félix Grande apostó por la berza y el sándalo al mismo tiempo. Su escritura prefería el compromiso social, manifestado con un lenguaje poético exacto y bien desarrollado.

El poeta escribió como un español sometido al horror de la dictadura fascista, pero sus comentarios cobraban alcance universal, como lo demuestra el que su poemario fuese premiado en La Habana. Y además son intemporales, puesto que ahora mismo continúa siendo actual la tesis esencial desarrollada en sus versos, aunque hayan cambiado algunas circunstancias motivadoras de la escritura.

PARA VOCIFERAR SOCORRO

En la primera edición de Biografía se incluyó un libro nuevo, Puedo escribir los versos más tristes esta noche, claro homenaje a Pablo Neruda por utilizar un verso suyo. Está compuesto en prosa, excepto el poema final, en el que se escenifica el paso del tiempo en un laberinto que avanza y retrocede sobre el presente: el pasado nunca se desvanece cuando es atroz, y el futuro nunca llega cuando se sabe que va ser nefasto.

En otro poema, “Candilejas”, el poeta se explayó acerca del sentido de la poesía para él (“Pero has vuelto de nuevo a recurrir a la poesía”) y para sus colegas de dedicación a tan poco acreditado trabajo (“Piensas ahora en los poetas de tu país. ¿Cuántos de ellos ejercitan su oficio a escondidas como un parapeto contra las esquirlas de su vida y su época?”). Ningún ser humano se encuentra solo, porque pertenece a una colectividad social asentada en idénticas circunstancias. Se lo contó a sí mismo reflexivamente: “Estás vivo en la historia. Vivo en tu tiempo y tu país”, y por lo tanto comprometido con ellos.

Por eso aceptó cuestionarse la validez de su trabajo y del realizado por sus compañeros de oficio. En 1971 quedaba poca esperanza de hacer cambiar las estructuras sociopolíticas españolas. El poeta debía abordar el tema cotidiano de inquietud general, como testigo del momento. Un poema debía ser entonces una crónica de los sucesos que acaecen en la calle, según la recomendación de Juan de Mairena a sus discípulos. Al observar las imperfecciones se imponía denunciarlas, y en eso implicaba a su poesía: “Todo mi oficio se reduce a buscar sin piedad ni descanso la fórmula con que poder vociferar socorro y que parezca que es el siglo quien está aullando esa maravillosa palabra.” Una poesía, pues, para pedir socorro, no para el autor, sino para los habitantes de ese siglo tan precisado de ayuda.

La poesía de Félix Grande estaba motivada en esos años por la inquietud proporcionada por la situación colectiva española, pero expuesta desde la intimidad del poeta. Por eso constituye una alianza entre la declaración estrictamente social, que debe ser colectiva, y la personal, que es forzosamente íntima, con lo que se acrecentó su originalidad.

HORACIO MARTÍN,EL OTRO

En ese mismo año de 1971 tuvo lugar el nacimiento de su heterónimo Horacio Martín, aunque la que podemos denominar aparición estelar ocurrió en 1978, con la publicación de Las rubáiyátas de Horacio Martín. Este poeta tiene su propia biografía y su bibliografía, y hasta su propio premio Nacional de Poesía en el año de la edición de su libro. Se trata de un personaje importante en la historia, puesto que Horacio Martín Ferrer es nada menos que bisnieto del Abel Martín heterónimo de Machado. Con tales genes por fuerza debía ser un notable escritor.

El poeta erótico anunciado en Las piedras alcanzó su plenitud con las rubáiyátas, cantos de orientación sexual en los que hay un protagonista único, el cuerpo femenino. La realización del erotismo influye sobre el lenguaje, lo cambia por necesidad y lo renueva: “Tú eres el lenguaje profundo / Contigo todo tiene nombre”, escribió en alusión a un momento renovador en el que todo se recrea.

El nuevo poeta aportó en sus escritos todo el erotismo oriental, sin el pudor típico de los occidentales, impuesto por una interpretación parcial del judeocristianismo. Desde los poetas arabigoandaluces no se había cantado en España la pulsión sexual con tanta libertad y tanto lirismo como lo hizo Martín. Ese aire innovador coincidió con el cambio en usos y costumbres derivado del cambio político, y seguramente presentan alguna relación. Es verdad que la escritura de las primeras rubáiyátas comenzó en los estertores de la dictadura, pero sin la alteración de las conductas sociales sería impensable su publicación, y por lo mismo no merecía la pena continuar la tarea. “No hay amores malditos”, asegura uno de los poemas, en contra de la hipocresía en materia erótica asentada en la sociedad española. En efecto, es la sociedad la que está maldita, nuca el sentimiento amoroso.

Sin la pasión erótica no sería posible la poesía de Martín. Es un poeta comprometido, pero su compromiso no se relaciona con la sociedad, como el de Félix Grande, sino muy concretamente con el cuerpo de la mujer. “La majestad del compromiso” se titula una rubáiyáta, en la que el poeta conmina a la mujer: “Comprométete o calla”, dando así unidad al cuerpo y el lenguaje, lo mismo que en otro poema: “Tu piel junto a mi piel, eso es lenguaje. / Todo cuanto pretenda enmudecerlo / maldito sea.”  Porque no hay amores malditos, sino hipocresía.

Horacio Martín fue creciendo en intensidad, pasó de del verso a la prosa, y un día se enfrentó a su creador. El resultado es un libro espléndido, Sobre el amor y la separación (1996), difícil de clasificar porque reúne varios géneros literarios, el lírico, el narrativo, el ensayístico, el autobiográfico y el epistolar, siempre con una perfección formal en verso y prosa admirable. Allí se relataron su demencia y su muerte, y se publicaron algunos poemas ya póstumos.

Parecía que la muerte literaria de Horacio Martín conllevaba el silencio de Félix Grande, porque se dedicó a publicar antologías y reediciones de sus libros, hasta que en 2011 dio a la imprenta un nuevo título, Libro de familia, que si no aportó nada nuevo a su historial, mantiene la originalidad creadora del poeta con nuevo tono.

Además de la obra poética recordada en esta nota de urgencia motivada por la noticia de su muerte, es considerable la ensayística y narrativa, así como la inspirada por su afición al cante flamenco, excesivamente amplia para comentarla ahora.