jueves 5/8/21
LIBROS

“A favor de la literatura y el arte”. Patria, una novela necesaria

patria2Fernando Aramburu nació en San Sebastián en 1959, el año del Plan de Estabilización que zanja el primer franquismo y empieza a legitimar a la dictadura desde su capacidad de crear bienestar. Falsamente, porque la dictadura siguió siendo eso, una dictadura insensible. Que se lo digan a los vascos de aquellos años 60 y 70. Que se lo digan especialmente a los patriotas que se arrogarán la capacidad de decidir quién es, y quién no, vasco, quién sojuzga y quién libera. 1959 es también el año que nació ETA. Pues bien, Fernando Aramburu ha escrito una novela para derrotar literariamente a ETA, como su alter ego explica en una “escena” clave de su novela Patria. De su necesaria novela Patria. De su excelente obra literaria titulada Patria.

No es casual, no, que el escritor y crítico literario Rafael Narbona, con motivo de su lectura de Patria, haya dejado escrito en Revista de Libros:

"La derrota literaria de ETA es tan importante como la desarticulación de la banda."

ETA. Mi hermano Ricardo y yo escribíamos hace cinco años en la revista digital Anatomía de la Historia que tendrían “que pasar muchas cosas y sobre todo dejar de suceder otras, pero el 20 de octubre de 2011 es ya una fecha que forma parte de la historia de la lucha que las democracias vienen entablando con el terrorismo.” Podemos decir, casi sin temor a equivocarnos, que ese día habían “terminado más de 50 años de terror infamante” gracias al “triunfo del Estado de Derecho, la labor de policías, jueces y fiscales, la eficaz colaboración internacional, sobre todo de Francia, y el referente permanente de quienes nunca se tomaron la justicia por su mano pero siempre estarán en nuestra memoria, las víctimas del terrorismo, que son, en el relato que debe prevalecer, las personas inocentes que murieron o vieron destrozadas sus vidas a manos de los terroristas.”

Euskadi Ta Askatasuna significa 'Euskadi y Libertad' y es el nombre de la organización terrorista independentista vasca que pretende que el País Vasco se independice de España y de Francia. “ETA. Cuarenta y tres años asesinando, con un balance de víctimas mortales, ocasionadas por su peculiar manera de arrogarse la representación de lo que quisieron entender como los vascos, que llega a unos fatídicos dígitos: 829 asesinados.”

ETA se creó en 1959, ese año en que nació Aramburu, durante la dictadura del general Francisco Franco. Una más de las herencias envenenadas que el franquismo dejara a la joven democracia que le sustituiría. Sigo con ese artículo sobre el final de ETA que escribí al alimón con mi hermano Ricardo:

“La actividad delictiva de los etarras –amparada en muchas ocasiones por el discurso buenista de algunos, presos o no de un síndrome de Estocolmo no siempre disculpable– se prolongó durante la transición a la democracia ya bajo el inicio del reinado de Juan Carlos I, y aun más, hasta nuestros días. Hasta, confiemos, el 20 de octubre de 2011.[…]

Los españoles, no sólo vascos, hemos pasado muchos años agachando la cabeza para maldecir la bestialidad de una banda de asesinos que se escondían tras sus invenciones historiográficas y se inventaban ideologías que respaldaran su maldad con el objeto de reivindicar unos derechos que a nadie defendían de su vileza... Tantos años de dolor y sin libertad completa en una parte de España.”

 

Y sobre ese trasfondo histórico, especialmente sobre el más reciente, el de los estertores de aquella enfermedad todavía tan viva, tan palpitante y tan muerte, es sobre el que escribe el escritor vasco.

Habla Aramburu (oculto magníficamente en la figura de un conferenciante-personaje de su novela):

“Hay libros que van creciendo dentro de uno a lo largo de los años en espera de la ocasión oportuna de ser escritos. El mío, del que he venido a hablarles hoy a ustedes, es uno de ellos.

Y sí, es una ocasión extraordinaria esta, cuando se está librando un auténtico combate, bien que literario, entre dos relatos, el de los asesinos de un lado, y el de los historiadores, el de la sociedad civil ajena al lunático proceder de los ladrones de la palabra patria, del otro.

[…] Este proyecto de componer, por medio de la ficción literaria, un testimonio de las atrocidades cometidas por la banda terrorista surge en mi caso de una doble motivación. Por un lado, la empatía que les profeso a las víctimas del terrorismo. Por otro, el rechazo sin paliativos que me suscitan la violencia y cualesquiera agresiones dirigidas contra el Estado de Derecho.

Estado de Derecho: ETA mató más cuando menos justificación tuvo, lo hizo cuando ya había desparecido el Estado policial y represor que la había creado.

[…] Escribí en contra del sufrimiento inferido por unos hombres a otros, procurando mostrar en qué consiste dicho sufrimiento y, por descontado, quién lo genera y qué consecuencias físicas y psíquicas acarrea a las víctimas supervivientes. Así mismo escribí en contra del crimen perpetrado con excusa política, en nombre de una patria donde un puñado de gente armada, con el vergonzoso apoyo de un sector de la sociedad, decide quién pertenece a dicha patria y quién debe abandonarla o desparecer.

En efecto, Patria es un hermoso alegato contra el dolor del ser humano causado por el ser humano, una denuncia en carne viva que señala sin ambages a los causantes de tan terrible padecimiento y analiza, como sólo un buen libro de Historia es capaz de hacerlo (algo que el texto de Aramburu no es, ¿o sí lo es?), los efectos del terror en quienes lo sufren y sus retorcidas causas, sus manipuladas causas.

Escribí sin odio contra el lenguaje del odio y contra la desmemoria y el olvido tramado por quienes tratan de inventarse una historia al servicio de su proyecto y sus convenciones totalitarias. Pero también escribí desde el estímulo por ofrecer algo positivo a mis semejantes, a favor de la literatura y el arte, por tanto a favor de lo bueno y noble que alberga el ser humano. Y a favor de la dignidad de las víctimas de ETA en su individual humanidad, no como meros números de una estadística donde se pierden el nombre de cada una de ellas, sus rostros concretos y sus señas intransferibles de identidad.

Aramburu escribe un monumental relato para ridiculizar el relato que ahora mismo están sustentando los secuaces, los herederos y los propios terroristas, ese que pretende esconder lo que fue ETA, el mayor esfuerzo totalitario sobre territorio vasco que jamás haya existido, muy superior al pacato totalitarismo del franquismo. Aramburu escribe para que el futuro sea el de la noble dignidad conculcada por quienes desmantelaron la verdadera patria de los habitantes de las tierras vascas. Aramburu escribe, desde luego, “a favor de la literatura y el arte”.

Procuré evitar los dos peligros que considero más graves en este tipo de literatura: los tonos patéticos, sentimentales, por un lado; por otro, la tentación de detener el relato para tomar de forma explícita postura política.

Y lo conseguiste, te hablo a ti Fernando, lo lograste, y te doy gracias por haberme regalado la maravillosa experiencia de leer esta novela escrita sin sentimentalismos ni intenciones partidistas ajenas a la verdad de la política. Sin sentimentalismos pero no sin sentimientos: he llorado en determinados pasajes de tu libro, y he llorado al acabarlo, pero también he sonreído en las escenas de cierta jocosidad que alimentan de verdad, de vida, tu relato. Y sí, “pedir perdón exige más valentía que disparar un arma”.

[…] Quise responder a preguntas concretas: ¿cómo se vive íntimamente la desgracia de haber perdido a un padre, a un esposo, a un hermano en un atentado? ¿Cómo afrontan la vida, tras un crimen de ETA, la viuda, el huérfano, el mutilado? … procurando trazar un panorama representativo de una sociedad sometida al terror. Quizá exagero, pero tengo el firme convencimiento de que también está en marcha la derrota literaria de ETA.”

Y yo. Es más, creo, Fernando, que con tu novela ETA ha sido derrotada en los libros, en la literatura. En la vida.

Por cierto, yo escribí hace algún tiempo un poema sobre los años de plomo de la España aterrada por el terror que se perpetraron y sufrieron especialmente los vascos. Es este:

huele a abismo
en el norte huele a abismo
al dolor de tierra verde del poeta
del poeta que escribía solo prosa
un hedor más bien de otra guerra
el de la guerra de los muertos
siempre los muertos
aquellos que valen tanto como tú o como yo
los muertos
y su silencio atronador
y sus gritos de espanto
traducidos en armas
y en más gritos
y en un odio inventado
un odio de insectos
de insectos terribles
el terror sin soldados
un terror de pioneros
de padres y madres moribundos
de hijos asfixiados
asfixiados en alcohol
en el alcohol de la memoria
falsa y tan memoria
ajena a la Historia

Para terminar, creo que la clave de esta impresionante narración está en las siguientes frases de uno de sus personajes, aquí tan "reconocible", tan gudari. El relato del pasado nunca les pertenece a los verdugos, jamás a los desalmados que confundieron la justicia con los sueños desaforados de unos patriotas que, como siempre, dan más valor a los muertos (los suyos) que a los vivos:

"Le ha dado por acosarnos. Al aita no le deja en paz. Desde que se acabó la lucha armada, los enemigos de Euskal Herria se han vuelto valientes. Se creerán que son los únicos que han sufrido. Está claro que buscan venganza. Nos quieren machacar y que nos rebajemos a pedirles perdón. ¿Yo pedir perdón? Antes me tiro al río."

El mismo personaje del que −aviso, esto es eso que ahora llamamos un spoiler, un destripamiento de los de antes Fernando Aramburu, o el hiperconsciente narrador, la voz que late a lo largo de la novela, nos dice que abrigará “la firme convicción de haber sido víctima de una estafa”, él, el etarra que tras 17 años de prisión, abandona ETA, justo medio año antes del anuncio del cese definitivo de la actividad armada de su banda, justo medio año antes de aquel 20 de octubre de 2011, justo medio año antes del día en que el relato de aquellos tiempos terribles empezó a pertenecerles a quienes tengan la mirada limpia que tienen tipos como los historiadores José Antonio Pérez Pérez, Gaizka Fernández Soldevilla o Raúl López Romo, la mirada de gente como Fernando Aramburu.

“A favor de la literatura y el arte”. Patria, una novela necesaria
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