CRÍTICA LITERARIA

Falcó en la Guerra Civil, dos veces: Arturo Pérez-Reverte en su salsa

Lorenzo Falcó es un personaje increíble que necesita tomar cada dos por tres cafiaspirinas para su dolor de cabeza eternizante, y que combate a los rojos en la Guerra Civil a su manera de espía descreído pero laureado por esa gloria del honor entendido al estilo fordiano que tanto le gusta a su creador, que es el mismo creador del homo antecessor del espía franquista, el capitán Alatriste. Sí, Arturo Pérez-Reverte. Ahí lo dejo, a Pérez-Reverte, digo. Me voy con Falcó y sus dos primeras novelas, publicadas en Alfaguara en 2016 y 2017, respectivamente, tituladas la primera de ellas Falcó y la otra Eva.

Falcó y Eva nos cuentan el imaginario fracaso del rescate falangista de José Antonio Primo de Rivera poco antes de su fusilamiento en 1936 y el inventado intento de hacerse con un cargamento que era parte del famoso oro de Moscú por parte de un buque franquista en el año 37, también es una historia de (des)amor y alguna cosa más. No leas lo inmediatamente siguiente, que sí es un spoiler, o sí si no te importa. Es para que veas lo de la historia de (des)amor:

“No creo que sea verdad que nos amemos”, le dice ella (sí, la comunista Eva) en la segunda entrega de la serie a él (sí, Lorenzo Falcó, sea lo que sea que sea Falcó), quien la responde: “yo tampoco lo creo”.

Un final digno de la Casablanca más creíble, más inimaginable.

Ser un señorito andaluz que no quiere serlo porque prefiere vérselas con la realidad de la posibilidad permanente de la muerte es poco creíble. Pero yo me lo he creído leyendo Falcó (que es el señorito jerezano huido del personaje chulito que podría haber dado en ser, inutilizable como protagonista de las novelas de su creador) y leyendo Eva. Y ni sé por qué ni me importa. Imagino que tendrá que ver con dos cosas: mis ganas de dejarme engañar cuando se trata de la Guerra Civil (aquellos días en que “la sangre resultaba pegajosa y se adhería a los dedos y a la memoria”), y es una novela, y la pericia del escritor de ambas novelas.

Un mujeriego, un machista de los de antes de la guerra, de los de después de la guerra. De los de durante la guerra. Falcó, “un conjunto bien coordinado de reflejos automáticos”, es un machista que protagoniza novelas que bien podrían ser tachadas de machistas si no fuera porque lo que hacen es reproducir el mundo machista del siglo XX, y cuentan con una co protagonista de armas tomar, una mujer absolutamente alejada de los iconos feminoides del machismo irredento: Eva. (No digo su apellido para no hacer un spoiler de esos.)

Todo esto y la Guerra Civil española, claro. “En otras guerras se mata, pero en esta se asesina”. Pongámonos en antecedentes. Cuando comienza lo que no podrá ser ya otra cosa que una guerra civil, allá por julio de 1936, Falcó le dice a su jefe en los servicios secretos españoles, el llamado Almirante, respecto del golpe de Estado militar al que se dará en llamar Alzamiento:

            “¿Estamos a favor o en contra?”

Un Almirante que es también un personaje de tomo y lomo, muy bien perfilado, mejor quizás que el propio Falcó, de cuyo ser de una pieza hablan mucho estas palabras suyas:

“A poco que vivas, la vida les quita la letra mayúscula a palabras que antes escribías con ella: HONOR, PATRIA, BANDERA”.

Y sí, el autor de ambas novelas ha dejado ya manifiestamente escrito en otros lugares (uno dedicado explícitamente a ella) lo que él ha aprendido de lo que fue la Guerra Civil. Tachado de equidistante, el autor de Falcó y Eva termina siendo en ambas novelas, creo yo, algo más convincente en su análisis de aquellos años terribles y esenciales en nuestro pasado reciente de españoles ahora en paz. Lorenzo Falcó no es un alter ego de Pérez-Reverte, pero es inevitable considerar que haya algo de su creador en él (los dos saben que “cuando esto acabara van a faltar tumbas”). Tampoco sé muy bien por qué creo tal cosa. Pero el caso es que Falcó tiene ideas como esta sobre aquella guerra que él vive de primera mano:

“Lástima de la hoguera donde se iba a consumir, o se estaba consumiendo, la mejor juventud de una y otra parte”.

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Un Falcó, ya digo, descreído, adscrito rotundamente a un bando, pero sin la fe de los fieles, fiel pero sin creencias incrustadas en el alma, que le dice a una falangista-falangista:

“¿En qué habría de creer? ¿En unos generales llamados por Dios a salvar España de la horda marxista? ¿En una República proletaria, bondadosa y honrada que defiende su libertad?... Eso os lo dejo a vosotros. A los muchachos con fe”.

Falcó “vive a sus anchas en la incertidumbre”. Para él, “el mundo era un lugar sencillo: un equilibrio natural de adrenalina, riesgos, fracasos y victorias. Una larga y excitante pelea. Una breve aventura entre dos noches eternas”.

Claro que Falcó y su creador ignoran, no sé si adrede, al menos sí eluden, porque les sobra en su intención analítica, que también aquello fue un combate entre el autoritarismo y la democracia, entre el capitalismo indomable y el capitalismo reformable, entre…

Y Eva, la creyente, Eva no necesita el pasado, porque Eva cree saber que “todo va a derribarse para reconstruirlo de nuevo. Vienen tiempos de caos. De ruido y de furia”.

Falcó y Eva son también novelas de héroes en las que los héroes no necesitan serlo sus protagonistas, en las que los héroes son bien conocidos por el principal personaje de la serie, para quien son más transparentes que los canallas, y a los cuales los “ha visto pasar muchas veces camino del olvido o del cementerio, sin dejar atrás más que un redoble de tambores que sólo escuchan ellos”. Héroes a los que nosotros también vemos pasar camino del cementerio, pero ya no del olvido.

“Para un marino a bordo de un barco, pensaba Falcó, lo mismo que para el soldado en la batalla o para el feligrés arrodillado ante un sacerdote, la enormidad de la propia insignificancia resultaba tan evidente que el único consuelo era imaginarse gobernados por hombres que poseían certezas en lugar de preguntas”.

Y el 3 de octubre, anuncia Alfaguara, la tercera novela de la serie: Sabotaje. Habrá que leerla.