Nuevatribuna

Una España mundial en un libro de Historia provocador

historiamundial2En su prólogo a Historia mundial de España (Ediciones Destino, 2018), su director, el catedrático Xosé Manoel Núñez Seixas, la presenta como “una” Historia de las Españas ambiciosa y polifónica, global, hecha desde fogonazos puntuales y escrita por 111 autores de diez países distintos.

Historia mundial de España pretende ser, y lo es, una obra provocadora con la intención de actuar como “una concertina atonal”. No es una historia nacional, y por tanto carece de un sentido teleológico, que es lo menos que se le puede pedir, a estas alturas, a “una” historia de un país, de un país de países en este caso. Es, eso sí, “una” historia, en el pleno sentido, de las decisiones contingentes e imprevistas de quienes protagonizaron el pasado y el presente de lo que hoy es España.

Su utilidad se centra en su pretensión de dilucidar si los humanos somos capaces de convivir pese a nuestras desavenencias sobre el pasado. Los humanos españoles, supongo.

Sus 128 epígrafes, dedicados cada uno de ellos a un año significativo, a decir de sus autores, del pasado de los territorios españoles, corresponden a doce capítulos genéricos encabezados por unas introducciones muy profesionales a cada gran periodo.

De la península Ibérica a Hispania

Para el catedrático y académico de la española de Historia Santiago Carlos Montero Herrero no están en las palabras definitorias de este periodo, aculturación prerromana, romanización…, las señas de identidad de lo español, ni tampoco en los orígenes celtas o ibéricos ni en las hazañas patrióticas de aquellas gentes frente a la conquista y dominio romano, que trajeron “la historia a la península Ibérica”.

De las ruinas de Roma al poder andalusí

El profesor universitario José M. Andrade Cernadas explica que a la impronta romana le sigue, tras el intermedio godo, la impronta musulmana, a la que se enfrentarán los nacientes pequeños estados cristianos, y la época de la extensión del culto jacobeo y del nacimiento de las lenguas romances de la península Ibérica.

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La conquista de Granada por los Reyes Católicos. Siglo XV

Reinos feudales y culturas en diálogo y desencuentro

El título del capítulo se las trae. Para Andrade Cernadas ya no hay consenso a la hora de decir que el principal eje vertebrador de los reinos hispanos cristianos de los siglos medievales fue la conquista del suelo musulmán (la mal llamada Reconquista), pero tal cosa sucedió. Muchos territorios de la España medieval vivieron una nada fácil convivencia de tres culturas: la islámica, la cristiana y la judía.

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Cuadro Velazquez: Retrato de una niña. Siglo XVII

Una monarquía policéntrica

El encargado de la introducción al capítulo dedicado a la creación de la llamada Monarquía Hispánica, el catedrático y académico de la mexicana de la Historia José Javier Ruiz Ibáñez, asegura que aquélla nació a finales del siglo XV, y era “una entidad política” integrada por diversos territorios peninsulares forzada por la “presión de dos grandes potencias, Francia y el Imperio turco”. Existía una “multitud de jurisdicciones y centros de decisión” que obedecían a una corona cada vez más poderosa a la que no obstante imponían “hasta dónde y cómo cumplir sus órdenes”. Aquella “monarquía de Antiguo Régimen” se basaba “en la desigualdad jurídica de personas y reinos”. Era el siglo XVI, cuando tenía lugar “la dominación ibérica de América” mientras se avanzaba “hacia un mundo global”, un mundo “complejo, intolerante y abierto a la vez”.

La hegemonía en su laberinto

La presencia global del rey Felipe II se reforzó notablemente, a decir de Ruiz Ibáñez, con la incorporación a sus posesiones del reino de Portugal en 1580, pocos años después de que la Monarquía Hispánica alcanzara sus límites de influencia y liderara la cristiandad. Más basada en la reputación que en la acción, a comienzos del siglo XVII la monarquía de España había pretendido “dominar más de lo que podía” y la sociedad española no sabía gestionar un imperio “pero tampoco podía dejar de hacerlo”.

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Familia Carlos IV, Siglo XIX

Supervivencia imperial y conformación de los reinos ibéricos

Ruiz Ibáñez se encarga asimismo de introducir este capítulo dedicado a lo que supuso el siglo XVII en la historia española. Esa centuria dejó “a la monarquía española exhausta y en proceso de redefinición”, y a la sociedad peninsular “deprimida”. No obstante, las pérdidas territoriales fueron limitadas, pero se fue imaginando de forma distinta según cada territorio “la concepción de qué era ser español y qué consecuencias tenía tal naturaleza”. La “brillantez cultural, festiva y artística” de sus habitantes no evitó que permanecieran “alejados de la revolución científica y la renovación del pensamiento” que sí estaba teniendo lugar en otros lugares de Europa. En ese siglo ya se había “constituido un zócalo común entre las poblaciones” que conformaban España.

Inspiración francesa, ambición mediterránea

Para el profesor universitario Antonio Calvo Maturana, la Guerra de Sucesión española, a comienzos del siglo XVIII, que significó la implantación de la dinastía de los Borbones en el trono español, tras la larga estancia de los Habsburgo, dejó a la Monarquía Hispánica como una potencia europea de segundo orden que aún atesoraba sus territorios coloniales americanos pero sería ya incapaz de llevar a cabo una política internacional independiente aunque llegó, en su pequeñísima pero aún persistente ambición mediterránea, por primera vez a acuerdos con el mundo musulmán, incluido el Imperio turco. Fue un siglo, el de la Ilustración española (“tutorizada, católica y de ciencias aplicadas no especulativas”), reformista en el que los reyes hispanos no pretendieron en cualquier caso socavar la esencia del Antiguo Régimen (monarquía absoluta, sociedad estamental y economía mercantilista).

El sueño del absolutismo ilustrado

Las últimas décadas del siglo XVIII y el arranque del XIX son también prologadas por Calvo Maturana. Sin un lugar propio en el panorama internacional, la monarquía española llegará a la contemporaneidad secuestrada literalmente por Napoleón, aquel “hijo conservador de la revolución”, justo cuando estaba teniendo lugar el periodo de madurez de la Ilustración española.

De imperio a nación en busca de una identidad

En el decisivo proceso de cambios que tuvo lugar en la primera mitad del siglo XX nos introduce la catedrática María Sierra. España añadió a su revolucionaria transformación social y política (que sustituyó la jerarquización de las autoridades y las relaciones sociales al instituir un régimen liberal y constitucional), la pérdida de su imperio colonial (salvo algunas provincias de ultramar meramente explotadas económicamente) y su circunscripción territorial casi exclusivamente al entorno meridional europeo. Todo ello mientras afanosamente, como las demás naciones occidentales, construía su “identidad colectiva moderna”.

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Guerra Civil

Las Españas posibles

La segunda mitad del siglo XIX es también analizada resumidamente por Sierra: por medio del uso de la corrupción política y las relaciones clientelares que se plasmaron de forma evidente en el llamado caciquismo, el orden conservador acabó por imponerse a la potencialidad democrática que podía subvertirlo. Mientras, se intentaba homologar económicamente a la nación española con los países europeos más avanzados y, con cuentagotas, “una España mucho menos conocida” conectaba con el entorno científico y técnico que estaba transformando el mundo.

Desastres coloniales, esperanzas y crisis

El propio Núñez Seixas es quien escribe la introducción a este capítulo, que nos lleva desde la crisis de 1898 hasta el final de la Guerra Civil en 1939. En pleno auge del imperialismo occidental, España se repliega, pierde sus últimas colonias no africanas y ya no es más que “una mediana potencia en claro declive” que luchará en el norte de África para defender su protectorado sobre una pequeña parte de Marruecos mientras el descrédito de la Restauración, de la monarquía (borbónica) por tanto, será la crisis definitiva de un régimen poco constitucional, nada democrático. Una dictadura, la del general Primo de Rivera, intenta apuntalar el reinado de Alfonso XIII y regenerar desde el orden (antiguo, muy conservador) un Estado, un país, que se resiste a la modernidad occidental y que ni siquiera ha sido tenido en cuenta cuando la Primera Guerra Mundial sacude casi toda Europa. La vía reformista de la Segunda República sustituyó a la monarquía, pero “había llegado tarde”, justo cuando las “doctrinas irracionalistas, el protagonismo de las masas y la apelación a la violencia” chocaban con las democracias en crisis en buena parte del mundo. La Guerra Civil española sería de alguna manera el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial. ¡Para una vez que España regresaba al torbellino esencial de la historia!

2018

2018

Dictadura, democracia y desencanto

Núñez Seixas, en la introducción al último capítulo de Historia mundial de España, explica la dictadura franquista, la Transición y lo que vino después hasta casi antes de ayer. El “prudente aislamiento” en el nuevo conflicto mundial acabó imponiéndose a las ganas de la “dictadura católico-autoritaria con fuertes componentes fascistas” salida de la victoria en una guerra civil provocada por sus promotores. Represora siempre y más monárquica (sin rey, con Franco como máxima autoridad casi regia) que fascista tras el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, la modernización económica sucedió al atraso y, después, a la dictadura le siguió el espíritu europeísta que facilitó ir desde el autoritarismo hasta la democracia en la década de los años 70 del siglo XX. Para Núñex Seixas, la Transición cumplió “un guion establecido desde tiempo atrás”, y eso le suena a uno como algo más impuesto desde el pasado que pactado en un presente tenso pero no demasiado entre los reformistas del franquismo y los principales dirigentes antifranquistas que habían sobrevivido a Franco, muerto en 1975. La España comunitaria desde 1986, ya democrática y de vocación modernizadora llegó creciendo económicamente hasta el borde crítico de 2008 para caer inmersa en la zozobra política, “institucional, generacional y territorial” en la que hoy, mientras escribo esto, nos encontramos quienes somos españoles: en la “crisis del régimen de la Transición” (sic: el régimen).