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miércoles. 29.06.2022
LECTURAS SUMERGIDAS | REVISTA LITERARIA

Ernesto Pérez Zúñiga tras las notas diabólicas de Tartini

Por Emma Rodríguez | Dice Ernesto Pérez Zúñiga que lo suyo con Giuseppe Tartini fue una fascinación. Que llegó a él a través de un artículo que hablaba sobre los violinistas diabólicos y que al escuchar su música ya no quiso dejar de seguir indagando, sabiendo, asomándose a su vida, a su obra, a la alargada sombra de su leyenda.

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Fotografía © Karina Beltrán

lecturassumergidas.com | @lecturass | Por Emma Rodríguez | Dice Ernesto Pérez Zúñiga que lo suyo con Giuseppe Tartini fue una fascinación. Que llegó a él a través de un artículo que hablaba sobre los violinistas diabólicos y que al escuchar su música ya no quiso dejar de seguir indagando, sabiendo, asomándose a su vida, a su obra, a la alargada sombra de su leyenda. El resultado de ese flechazo, de esa corriente de complicidad que se ha establecido, a través de los misteriosos y subterráneos cauces del tiempo, entre el autor y el compositor del XVIII es “La fuga del maestro Tartini” (Alianza), una novela que obtuvo recientemente el Premio Torrente Ballester y que ofrece al lector la posibilidad de múltiples registros y lecturas, desde la novela de aventuras, con tretas de espadachines incluidas, a la obra de iniciación en la que el protagonista va creciendo, avanzando y aprendiendo la difícil lección de vivir, pasando por la indagación profunda en la esencia de la música, sus caudales de emoción y su búsqueda de lo sublime, que en opinión de esta lectora es uno de sus mayores logros. Una indagación que el escritor realiza a través de un acertado lenguaje poético que ahonda en los ignotos territorios de los que brotan los sonidos, esas complejas y enigmáticas armonías que pueden partir de lo más simple.

Cuenta la leyenda de Tartini que una de sus piezas más célebres, “El trino del Diablo”, le fue entregada por el mismísimo Lucifer en un sueño y Pérez Zúñiga tira de ese hilo, un hilo que siempre le ha atraído porque le permite reflexionar sobre el mal, sobre el lado oscuro con el que el ser humano ha de convivir porque, al igual que la luz, le pertenece. Recurriendo a la estructura musical de la fuga, a un juego de dos voces, la del propio Tartini, que va escribiendo sus memorias, y la del novelista, que la reconstruye a su vez y que cuenta con la inestimable ayuda del señor de las tinieblas, Pérez Zúñiga conduce al lector por una vida rica en anécdotas y lances, pero también por esos pasadizos secretos donde llega a fraguarse la obra de arte que es capaz de superar a la muerte.

Sobre todo ello empezamos a hablar mientras sonaba de fondo -no podía ser de otro modo- una de las sonatas favoritas del escritor, la “Sonata IV en si Menor”. Imposible al escucharla no abrir el libro por la página en la que se cede la palabra a Ptolomeo, a su explicación de que “el alma está dividida en tonos musicales y que la expresión en música de sus pensamientos y sentimientos le es natural, como es natural que se alegre o se entristezca, se serene o se altere, según la música que llega a nuestros oídos y modula nuestro interior”.

- Sin duda. Una y otra vez, en el proceso de escritura de la novela, me paré a pensar cómo la misma muñeca podía ser capaz de herir, de matar, y también de hacer una música prodigiosa, cómo con la misma mano Tartini fue capaz de convertir la destrucción en creación y la muerte en belleza. Esa dualidad me resultó muy atrayente, fue clave para propiciar un primer acercamiento al personaje...

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Ernesto Pérez Zúñiga tras las notas diabólicas de Tartini