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sábado. 25.06.2022
LECTURAS SUMERGIDAS | REVISTA LITERARIA

Édouard Louis retrata la Francia menos civilizada

Por Emma Rodríguez | Para acabar con Eddy Bellegueule, la primera obra publicada por el autor francés Édouard Louis, es una novela tan potente que perfectamente podemos definirla como un puñetazo literario.

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Édouard Louis / Fotografía © John Foley/Opale

lecturassumergidas.com | @lecturass | Para acabar con Eddy Bellegueule, la primera obra publicada por el autor francés Édouard Louis, es una novela tan potente que perfectamente podemos definirla como un puñetazo literario. Un puñetazo porque nos sobrecoge y nos sacude, porque nos habla de sectores de la población, de modos de vida, a los que normalmente se da la espalda, de los que la sociedad acomodada no quiere saber. Un puñetazo porque nos obliga a mirar a los focos de marginación, de pobreza, de xenofobia, de violencia, que anidan en la civilizada Europa, en este caso Francia, la Francia de hoy, esa Francia que tantas veces se pone como ejemplo de libertad y de cultura.

Louis relata en primera persona el maltrato que sufrió por parte de su familia, de su entorno –una población rural de la región de Picardía– por el hecho de ser homosexual. Su testimonio, pasado por el filtro de la literatura capaz de elevar los hechos de la vida, de dotarlos de un significado profundo, se convierte en el testimonio de los diferentes, de los excluidos, de los marginados. He ahí la grandeza de una historia escrita con un lenguaje sencillo, directo, con un estilo descarnado, veraz, en el que la dureza, la brutalidad, de lo que se cuenta se combina con una  sabia dosis de humor, ese humor necesario para tomar distancia, para relatar lo que duele, lo que toca de cerca, como si todo le hubiera sucedido a otra persona, a la persona que fue el narrador, en un tiempo lejano, en otra vida ya asumida, con otro nombre, antes de entender que sólo existía una salida: escapar y empezar de cero.

Son muchas las reflexiones que despierta esta novela que se ha convertido en un fenómeno literario en Francia, con más de doscientos mil ejemplares vendidos, algo absolutamente inusual tratándose de la primera entrega de un desconocido de 24 años.

- ¿Hasta qué punto en esta novela fuiste consciente de dar la palabra a los que nunca son escuchados, a los marginados, a los humillados?

- Sí. Fui consciente de ello. Diría que mis libros son hijos de la ausencia. Cuando empecé a interesarme por los libros, a descubrir la literatura –bastante tarde ya que en mi familia no se leía, la lectura se consideraba un signo de pereza o de feminidad para un chico-, lo que me llamaba la atención era no encontrar el mundo de mi infancia, ese mundo de pobreza, de miseria extrema, incluso en los autores a los que más admiraba. Como mucho descubría libros que hablaban del mundo obrero, pero ése no era el mundo de mi infancia: de pequeño mi madre decía que los obreros eran burgueses, ya que cobraban su salario todos los meses, mientras que mi familia sobrevivía gracias a las ayudas sociales. Éramos lo que Marx denominó el lumpenproletariado. Albergábamos mucho resentimiento contra los obreros. Por ello, en efecto, he querido dar voz a ese mundo invisible. Cuando hablo de “dar la palabra”, creo que “palabra” es algo importante. En Acabar con Eddy Bellegueule he plasmado el lenguaje de ese mundo. En el corazón de la escritura del libro, he intentado encontrar una construcción literaria que diese a entender ese lenguaje. Porque un mundo siempre es un lenguaje. Las expresiones, los dialectos, las construcciones revelan el inconsciente y las maneras de pensar de un mundo. Darle visibilidad significaba darle voz.

- La violencia es el gran tema de la novela. ¿Vivimos en sociedades especialmente violentas? ¿Crees que la desigualdad, que aumenta con la crisis económica, con las políticas de austeridad, fomenta aún más la violencia?

- Acabar con Eddy Bellegueule describe, en efecto, un pequeño pueblo del Norte de Francia, aislado, excluido, caracterizado por su extrema pobreza, sobre todo tras los cierres de las fábricas de los pueblos de alrededor, en las que trabajaba casi todo el mundo. Y no digo que la fábrica fuese lo mejor. Cuando veo el efecto de la fábrica en los cuerpos, el sufrimiento, la fatiga, no puedo dejar de alegrarme cuando una cierra. Pienso que es un trabajo que no debería existir. Lo que es terrible tras el cierre de una fábrica no es el cierre en sí, sino la miseria que le sigue, ya que la sociedad no ayuda lo suficiente a las personas que pierden su trabajo. Pero, como lo describo en mi libro, es cierto que esa exclusión tan fuerte que sufría el mundo de mi infancia, mi familia, mi madre, producía ella misma una gran violencia, que en el libro alcanza a todos aquellos considerados “diferentes”: a Eddy Bellegueule, pero  también a las mujeres, los inmigrantes que se ven en la televisión, etcétera. Es un principio básico que encontramos en Bourdieu, Freud o Marcuse: el principio de conservación de la violencia: cuando uno es víctima de la violencia sin cesar, y sin cesar es reproducida, como en el caso de las clases más pobres, uno termina por reproducir esa violencia sobre los demás, a otro nivel: sobre las mujeres, los homosexuales… Mi libro es la Historia de esa violencia...

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Édouard Louis retrata la Francia menos civilizada