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martes 17/5/22
CRÍTICA LITERARIA

¿Dónde está la literatura en 'Patria'?

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Es imposible saber cuál es la intención que anima a un escritor cuando escribe una novela. Lo es, incluso, para los escritores, si hacemos caso a sus declaraciones cuando se les pregunta para qué escriben. Y, si se les pregunta por el porqué, entonces, la dispersión es absoluta. Son tan dispares sus respuestas que, al final, convenimos en que recordar el dicho de que “cada escritor, su librillo… de intenciones” es lo más recurrente.

Es una cuestión que no admite respuestas homogéneas, válidas para todos los que se embarcan en la “aventura” -etimológicamente, “a lo que salga”-, de escribir una novela. Ni el libro de Sábato, El escritor y sus fantasmas, ni La experiencia literaria, de Alfonso Reyes, ni La angustia de las influencias, de Harold Bloom, con ser tres libros que inquieren en estos asuntos de un modo incisivo, despejan tal incógnita.

Desde luego, no tengo ni idea de cuál fue la intencionalidad de F. Aramburu cuando escribió Patria (2016) y, a posteriori, cuando “vendió” su historia a una serie cinematográfica (2020). Tampoco lo lamento, porque hacer comparaciones entre lo que quiso y el resultado obtenido es tarea inútil. En crítica literaria no se juzgan las intenciones, sino los resultados. El problema emerge cuando las ocultas intenciones del escritor se sustituyen por efusiones emocionales y psicológicas, además de ideológicas y políticas.

Con la excepción de señalar que la novela Patria utiliza el flash-back, que es más que recurso necesario tratándose de una novela amnésica, poco o nada se dice de su sintaxis, de su lenguaje, de su capacidad metafórica, de su adjetivación, de su punto de vista, de sus monólogos, de sus descripciones analíticas, del uso de la ironía, del uso de las preposiciones y de las comas, del uso de su narrador, del sistema utilizado para jerarquizar estéticamente las caracterizaciones de los personajes; en definitiva, nada de una gramática de la novela o de la “organización de su masa verbal”, que dijera Bajtin.

Se supone que el escritor es un cultivador de matices puestos en escena gracia a la ambigüedad literaria y ante la cual el lector se ve obligado a reflexionar y decidirse por sí mismo

No sé si importa estar de acuerdo con la afirmación de que Aramburu “consigue su objetivo, a través de la historia de dos familias separadas por el conflicto, de que los lectores se sientan a la vez como si fueran la madre de un chico que está en la cárcel por haber matado o la hija de un asesinado”. Porque vendrá otro crítico y dirá todo lo contrario. Una manera de superar este inveterado enfrentamiento sería discutir basándonos, no sobre la lógica de las creencias de cada interlocutor, sino de analizar los mecanismos literarios utilizados para conseguir tal resultado. Es posible que no lleguemos nunca a aceptar de forma unánime tales análisis, ni los literarios, ni los ideológicos, pero conseguiríamos dos cosas: fijarnos en los valores literarios de una novela y atemperar nuestros enfrentamientos, pues nadie, a menos en este país, se mata por defender que Atxaga es mejor que Aramburu, o al bies.

No reniego del análisis ideológico de una novela. Defiendo la existencia de un método que diagnostique cómo un autor inserta ese mundo de las ideas en un relato, sin que estas se vean en el texto como la luz del día, como sucede en Patria.

Una novela que sigue alimentando las razones para que sigan existiendo dos tipos de lectores enfrentados no es buena señal, ni ideológica, ni literaria. Desde este punto de vista, se trataría de una pésima novela si se tiene en cuenta que contradice las buenas intenciones del autor que buscaba la superación del conflicto a un nivel emocional y catártico entre las partes. En efecto. Tras su lectura, los “buenos optan por los “buenos” y los “malos” por los “malos” . Y no creo que, tras su lectura, haya muchas conversiones, sino, al contrario. Los bloques enfrentados ideológicamente, antes de leer la novela, seguirán situándose en el mismo dique del “autismo ideológico” después de leerla, y, desgraciadamente, seguirán sin aceptar que una novela pueda estar bien escrita si va en contra del propio pensamiento. O al revés, claro.

Nadie puede decir que Patria sea una buena o mala novela, si no se demuestra con un análisis riguroso de ella, basado en criterios  literarios que hacen posible tal bondad o maldad estética. Afirmar que es una mala novela, porque su tesis no concuerda con mis criterios; o, al contrario, sostener que es una buena novela, porque defiende lo mismo que yo pienso, sigue siendo un criterio tan humano como peligroso para la salud de la literatura. No debería olvidarse que una novela puede estar muy bien escrita y no gustarme. Y que una novela puede gustarme infinito y ser, sin embargo, una depravación escrita.

Que un escritor consiga que el lector sienta afinidad o repugnancia por un personaje es, qué duda cabe, un acierto literario. Y Aramburu, por las respuestas producidas en sus seguidores y detractores, lo ha conseguido plenamente. Pero, si observamos esas opiniones contrariadas, comprobaremos que no se basan en criterios literarios, sino derivadas de un maniqueísmo ideológico patente. Para un escritor, que asegura que el poder de su escritura está en su estética, ver que las críticas, tanto positivas como negativas, solo se aguantan en pivotes políticos y no en valores literarios no debería agradarle lo más mínimo. Y a la crítica literaria, tampoco, no por honradez intelectual, sino por si siguen manteniendo el axioma de Stendhal que tanto les gustaba repetir en los 80: “la política en una obra literaria es un pistoletazo en medio de un concierto”. Una aberración. Pero, a la vista de lo sucedido, solo según y cómo.

Se supone que el escritor es un cultivador de matices puestos en escena gracias a la ambigüedad literaria y ante la cual el lector se ve obligado a reflexionar y decidirse por sí mismo. Este ámbito de la libertad del lector no existe en Patria, porque el autor no la permite. Al final, e inexcusablemente, te identificas con los buenos que se supone son como tú, y desprecias a los malos porque son tu antítesis. El lector no es que sea tonto o listo, es que no le queda otra salida. Se siente atrapado. Porque, el universo de Aramburu es hermético. Hay que ser muy tonto para no inclinarse por los buenos vascos, es decir, por las víctimas de un bando que piensan, leen y viajan, mientras que los vascos malos, son unos mendrugos mentales, calculadores y mendaces.

Desde este punto de vista, Nabokov, aunque estuviese de acuerdo con la tesis de Patria, escupiría sobre ella.

¿Dónde está la literatura en 'Patria'?